Torres más altas cayeron...
Benedicto el Magnánimo ha deslumbrado hoy a unos cuantos párrocos de Albano (Italia), al afirmar que la fe es más fuerte que todas esas corrientes históricas que van y vienen, como el relativismo moral, la razón ilustrada, el marxismo, el laicismo.
Pero bien pensado es cuando en las sociedades humanas disminuye esa fe tan apegada a certezas absolutas, a ángeles caídos, a partos virginales o a la infalibilidad de quien manda, lo que surge, como insinuó Descartes, es la duda. Y la duda metódica conduce a la investigación científica y al respeto por las diferencias. De la duda nació la crítica social, la reflexión filosófica y el avance científico.
Frente a esa duda, tan humana y tan miserable, el santo Padre afianza la imagen de una fe invencible, triunfal frente a sus enemigos, erecta y firme ante cualquier minucia histórica como las citadas. Tras su estela, los milicianos de Cristo defienden teorías cuasi-creacionistas y las introducen en las escuelas, retocan la nomenclatura urbana en honor de sus jefes o erigen monumentos grandiosos con sus iconos publicitarios. El sacerdocio, como casta, redacta documentos que incitan a la insumisión civil, arrastra a sus fieles a manifestarse por las calles y maldice públicamente a sus adversarios ideológicos.

Provocación?
Los cristianos de hoy pueden seguir creyendo en la astucia de Eva, en serpientes que hablan, en las trompetas de Jericó o en la elocuencia de la burra de Balaam. Mantienen la confianza en hitos escultóricos que creen duraderos e imponerlos al resto de la población como ya hizo el dictador gallego con sus estatuas ecuestres, es el caso de la cruz de cuarenta metros de altura que, erigida orgullosa ante el Museo de las Ciencias de Valencia, se levantó de forma provisional para aquel encuentro de familias católicas. Me encantaría una exposición de la familia de Australopithecus en las puertas de la Catedral de la Almudena.
El símbolo de la cruz, el mismo que alzaban los viejos inquisidores no hace mucho, el emblema de la fe que nos salva del diablo, de la ciencia, de la modernidad, del progreso, del marxismo, de las corrientes iluministas, podría consolidarse como faro y sólida roca.
Alguien tan iluso como Voltaire les dijo - La fe consiste en creer en las cosas porque son imposibles -. Todos sabemos que la razón no puede ocultarse por la sombra de una cruz aunque mida 40 metros de alta.
Pero bien pensado es cuando en las sociedades humanas disminuye esa fe tan apegada a certezas absolutas, a ángeles caídos, a partos virginales o a la infalibilidad de quien manda, lo que surge, como insinuó Descartes, es la duda. Y la duda metódica conduce a la investigación científica y al respeto por las diferencias. De la duda nació la crítica social, la reflexión filosófica y el avance científico.
Frente a esa duda, tan humana y tan miserable, el santo Padre afianza la imagen de una fe invencible, triunfal frente a sus enemigos, erecta y firme ante cualquier minucia histórica como las citadas. Tras su estela, los milicianos de Cristo defienden teorías cuasi-creacionistas y las introducen en las escuelas, retocan la nomenclatura urbana en honor de sus jefes o erigen monumentos grandiosos con sus iconos publicitarios. El sacerdocio, como casta, redacta documentos que incitan a la insumisión civil, arrastra a sus fieles a manifestarse por las calles y maldice públicamente a sus adversarios ideológicos.

Provocación?
Los cristianos de hoy pueden seguir creyendo en la astucia de Eva, en serpientes que hablan, en las trompetas de Jericó o en la elocuencia de la burra de Balaam. Mantienen la confianza en hitos escultóricos que creen duraderos e imponerlos al resto de la población como ya hizo el dictador gallego con sus estatuas ecuestres, es el caso de la cruz de cuarenta metros de altura que, erigida orgullosa ante el Museo de las Ciencias de Valencia, se levantó de forma provisional para aquel encuentro de familias católicas. Me encantaría una exposición de la familia de Australopithecus en las puertas de la Catedral de la Almudena.
El símbolo de la cruz, el mismo que alzaban los viejos inquisidores no hace mucho, el emblema de la fe que nos salva del diablo, de la ciencia, de la modernidad, del progreso, del marxismo, de las corrientes iluministas, podría consolidarse como faro y sólida roca.
Alguien tan iluso como Voltaire les dijo - La fe consiste en creer en las cosas porque son imposibles -. Todos sabemos que la razón no puede ocultarse por la sombra de una cruz aunque mida 40 metros de alta.





