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Alma mía, no aspires a la vida inmortal, pero agota el campo de lo posible. Píndaro, Píticas III, ep. 3
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LAICISMO parte 1


El Laicismo es un concepto basado en:
1° un racionalismo absoluto: la única fuente y la única medida de la verdad es la razón humana. El laicismo rechaza toda revelación y por tanto toda verdad que pretenda basarse en una revelación y desprender de la misma su validez: Para el laicismo, el cristianismo es un conjunto de mitos y supersticiones en evidente contradicción con la razón humana.
2° un radical inmanentismo: nada existe que trascienda al hombre, este mundo y esta historia, tal como el hombre la ha plasmado en el curso de los siglos, con sus realidades grandes y bellas y con sus monstruosidades. No existe un Ser –como se quiera llamarlo: Dios, lo Absoluto- que haya creado al hombre y el mundo y dirija la historia humana, la cual carece enteramente de finalidad. No existe una ley moral cuyo fundamento y cuya obligatoriedad emanen de un Legislador supremo. Esto no significa que no existan leyes y valores morales que el hombre debe observar; pero estas leyes y valores humanos tienen su origen en el hombre. Sin embargo, por cuanto el hombre es un ser histórico, que vive en el tiempo, las leyes y valores humanos no son realidades absolutas, siempre válidas, sino que evolucionan con el hombre, con la comprensión siempre nueva que él tiene de sí mismo y el mundo, con los inventos y descubrimientos científicos que lleva a cabo, con las exigencias y necesidades siempre nuevas que debe satisfacer.
Existe por tanto una ética laica, racional y obligatoria, por lo cual sería falso e injusto acusar al laicismo de inmoralismo y libertinismo; pero es una ética puramente humana, expresión de la autonomía del hombre, siempre expuesta a la duda; es una ética no religiosa y por consiguiente no basada en normas absolutas, siendo el hombre su único juez y árbitro.
3° la libertad absoluta, cuyo único límite consiste en no perjudicar la libertad de los demás y por lo tanto no impedir que ellos puedan gozar de la misma libertad: el “laico” es libre de hacer todo cuanto no perjudique a los demás ni les impida hacer lo que desean.



En conclusión, el laicismo es en general ateo o al menos agnóstico; profesa la autonomía absoluta del hombre y la sociedad humana en relación con Dios, la fe y la moral cristiana. No es en sí mismo contrario a la religión, pero estima que es –y siempre debe seguir siendo- un asunto privado, por lo cual no debe tener influencia alguna en la vida pública. Por consiguiente, rechaza vigorosamente toda “ingerencia” de la Iglesia –y por lo tanto de la fe y la moral cristiana- en la vida del Estado, en la elaboración de las leyes y en la administración pública. Los cristianos pueden evidentemente participar, en calidad de ciudadanos, en la vida estatal, pero procediendo en su actividad pública etsi Deus non daretur, “como si Dios no existiera”, es decir, sin pretender hacer valer y prevalecer sus principios religiosos y morales.
El laicismo es contrario a toda forma de Concordato entre el Estado y la Iglesia Católica, ya que mediante los Concordatos se concederían “privilegios” indebidos a la Iglesia Católica, considerada por los laicos una simple asociación de ciudadanos a los cuales se aplican las normas que regulan las instituciones de derecho privado. El laicismo es absolutamente contrario a todo tipo de “ingerencias” de la Iglesia y las jerarquías eclesiásticas en los asuntos públicos, “ingerencias” que van en detrimento de la autonomía y el pluralismo del Estado.
Por último, el laicismo es por naturaleza pluralista, por lo cual condena todo integralismo y fundamentalismo ideológico o religioso, exigiendo por consiguiente que todo ciudadano pueda adoptar libremente las opciones morales y culturales de su preferencia, sin que nadie pueda impedírselo basándose en principios religiosos o normas morales con fundamento religioso: esto constituiría un integralismo fundamentalista, que por naturaleza es enemigo de la libertad y la tolerancia y fuente de intolerancia, autoritarismo y engaño.

http://www.humanitas.cl/index.html Revista de Antropologia y Cultura Cristiana



De la división entre clérigos y laicos

El laico es el hombre de la razón; el creyente es el hombre de la fe” N. Bobbio.

La palabra Laico (del griego λαϊκός, laikós - alguien del pueblo, de la raíz λαός, laós - pueblo )

En el siglo III laicos” (laikos anthrôpos) son los simples fieles, en cuanto se distinguen de quienes ejercen un ministerio en la comunidad cristiana, a partir de la alta Edad Media, se produjo en la Iglesia una desvalorización de los laicos, tanto desde el punto de vista cultural como espiritual. Así, la cultura teológica –y la cultura en general- llegó a ser monopolio de los clérigos y se llamó idiotae e illiterati a los laicos.
Por otra parte, bajo el influjo de la espiritualidad monástica, los monjes y el clero fueron denominados spirituales por cuanto se dedicaban a las realidades espirituales y a la perfección cristiana. los asuntos de la Iglesia correspondían únicamente a los clérigos: Laici sua tantum, id est saecularia; clerici autem sua tantum, id est ecclesiastica negotia, disponant et provideant, escribía el cardenal Humberto de Silva Cándida († 1061)
Los laicos, en cambio, eran llamados carnales porque se dedicaban a las realidades materiales y vivían casados, debían ocuparse solamente de las realidades seculares y mundanas,
La naissance de l’esprit laïque au déclin du Moyen Age, Lovaina, París, Nauwelaerts, 1956

En los siglos XIII y XIV comenzó un proceso de laicización –o, como se dice preferentemente en el mundo anglosajón, de secularización- del pensamiento y la vida, que se intensificó en los siglos siguientes, un proceso consistente, en primer lugar, en la progresiva separación por parte de las realidades mundanas de la religión cristiana, sustrayéndose a su influjo y tutela, tanto en el pensamiento como en la vida y sus comportamientos; luego, en la afirmación de la autonomía e independencia de las realidades humanas, inicialmente en relación con la Iglesia, su autoridad, su doctrina y sus leyes morales, y posteriormente también en lo tocante a Dios mismo; y por último en la exclusión de la religión de todos los ámbitos de la vida humana, y por tanto en la negación de Dios y la lucha contra la Iglesia.
Con Nicolás de Cusa (1401-64), Copérnico (1473-1543) y sobre todo Galileo (1564-1642), se afirma la autonomía de la ciencia, ya que para conocer el mundo físico, ordenado matemáticamente, basta recurrir a los principios de carácter intrínseco en la naturaleza. Así, las matemáticas sustituyen a la teología y la metafísica en la interpretación del mundo físico. La laicización del derecho, que tiende a declararse autónomo no sólo en relación con la religión, sino también con la moral cristiana, comienza con Acursio (1184-1260), quien afirma que el jurista no necesita saber teología, porque “todo está contenido en el derecho” (omnia in corpore iuris inveniuntur)” (Ad. 1, 10, De iustitia et iure, 1), y es formulada plenamente en el siglo XVII por Huig van Groot (Grocio), quien afirma que el derecho natural sería válido “aun cuando admitiésemos que Dios no existe (etiansi daremus non esse Deum)” (De iure belli et pacis, Parisiis, 1625, Proleg. § 11). Con N. Maquiavelo, la política adquiere autonomía en relación con la ley moral, puesto que para el hombre político lo que cuenta es el éxito,
El proceso de laicización, que cubre todos los campos y alcanza su vértice con el Iluminismo del siglo XVIII y la Revolución Francesa, desemboca en el siglo XIX en el inmanentismo absoluto, es decir, la negación de Dios como Ser trascendente y de todo vínculo de la realidad humana con Dios y la religión, que se convierte en “asunto privado”: el hombre ocupa el lugar de Dios, llegando a ser el punto de referencia y la medida de toda realidad. Como señala K. Marx, “el hombre es para el hombre el ser supremo”, tanto en calidad de ser individual como social, es decir el hombre como Estado (Hegel), con L. Feuerbach, la teología se vuelve antropología como Humanidad (Comte), el positivismo materialista llega a ser la ”religión de la Humanidad”, como sociedad (Marx), mientras el cientificismo agnóstico ocupa el lugar de la metafísica y F. Nietzsche proclama “la muerte de Dios”. De ese modo, el proceso de laicización culmina en la irreligión y la lucha contra la Iglesia y el cristianismo.




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