Tregua de sexos.
El hombre completo es el que explora todas las habitaciones de su casa y las acepta. Tan detestables como de costumbre, las etiquetas pretenden clasificar el mundo, para hacernos un inútil manual de usuario. Dos de las últimas sandeces de esa índole son el hombre "heterogay” y el “metrosexual” (¿de qué va eso, de meter mano en el vagón camino del trabajo?). Como diría el showman popular (acépteseme el juego de palabras), “manda huevos”. El hombre completo es el que acepta su lado femenino, y sabe que la sensibilidad o la intuición pueden también ser herramientas para construir su presente.
Desde siempre me he sentido muy poco corporativista con el género masculino, y he ido por libre. Por eso, entre otros tantos motivos, aborrezco las típicas discusiones de guerra de sexos, los trillados cañonazos que se lanzan ambos bandos, las consabidas gracietas y las zalameras concesiones. Algún día, el ser humano despertará de esta modorra y se dará cuenta de lo parecidos que son ellas y ellos, si se zafan del lastre de siglos de prejuicios. ¿Puede alguien entender que un hombre, heterosexual convencido –otra etiqueta, inevitable, al fin y al cabo-, no desee sexo un día determinado porque simplemente no le apetece? ¿o que se sienta más fuerte por emocionarse sin tapujos por una película o un concierto, o por decir lo que siente, que otro que se reprime por no sentirse débil? ¿o que no sea un ser fundamentalmente visual y necesite estímulo para todos sus sentidos, por ejemplo?
Tengo una amiga que me dice (no es la única que lo piensa, pero ella lo dice más castiza -hoy es San Isidro, casualmente-): “eres una tía en un cuerpo de tío, pero hétero”. Yo le acepto la broma, pero no dejan de ser las mismas cantinelas, que la sensibilidad es patrimonio femenino y lo masculino es ir al grano y a ver si te comes una rosca.
Del mismo modo que ser poeta o escritor, o viajero en un mundo de turistas, significa “elegir” el camino más difícil, aceptar todo lo que un ser humano alberga, exige una buena dosis de valentía. Y al final, aunque sepa que no es aconsejable, le queda a uno en los labios el sabor de lo genuino, y cierto orgullo, de ese que no favorece.
Sé que hay muchos otros que explotan todo su bagaje interior, no por contentar o seducir a incautas e impresionables muchachitas, no me refiero a esa nueva clase de ave rapaz disimulada. Les animo a ser como son, aunque se encuentren algunos “cromagnones” por el camino, de ambos sexos, que también hay mujeres más bastas que un arado (¿qué etiqueta les toca a esas? ¿”agrosexuales”?), porque si llegara un día en que hombres y mujeres dijeran, simple y llanamente, lo que sienten y lo que piensan, no sé si viviríamos en un mundo mejor, porque las motivaciones no varían, se puede ser sinceramente mediocre, pero por lo menos sí pasearíamos por un mundo un poco menos complicado y alienante, eso seguro.

Desde siempre me he sentido muy poco corporativista con el género masculino, y he ido por libre. Por eso, entre otros tantos motivos, aborrezco las típicas discusiones de guerra de sexos, los trillados cañonazos que se lanzan ambos bandos, las consabidas gracietas y las zalameras concesiones. Algún día, el ser humano despertará de esta modorra y se dará cuenta de lo parecidos que son ellas y ellos, si se zafan del lastre de siglos de prejuicios. ¿Puede alguien entender que un hombre, heterosexual convencido –otra etiqueta, inevitable, al fin y al cabo-, no desee sexo un día determinado porque simplemente no le apetece? ¿o que se sienta más fuerte por emocionarse sin tapujos por una película o un concierto, o por decir lo que siente, que otro que se reprime por no sentirse débil? ¿o que no sea un ser fundamentalmente visual y necesite estímulo para todos sus sentidos, por ejemplo?
Tengo una amiga que me dice (no es la única que lo piensa, pero ella lo dice más castiza -hoy es San Isidro, casualmente-): “eres una tía en un cuerpo de tío, pero hétero”. Yo le acepto la broma, pero no dejan de ser las mismas cantinelas, que la sensibilidad es patrimonio femenino y lo masculino es ir al grano y a ver si te comes una rosca.
Del mismo modo que ser poeta o escritor, o viajero en un mundo de turistas, significa “elegir” el camino más difícil, aceptar todo lo que un ser humano alberga, exige una buena dosis de valentía. Y al final, aunque sepa que no es aconsejable, le queda a uno en los labios el sabor de lo genuino, y cierto orgullo, de ese que no favorece.
Sé que hay muchos otros que explotan todo su bagaje interior, no por contentar o seducir a incautas e impresionables muchachitas, no me refiero a esa nueva clase de ave rapaz disimulada. Les animo a ser como son, aunque se encuentren algunos “cromagnones” por el camino, de ambos sexos, que también hay mujeres más bastas que un arado (¿qué etiqueta les toca a esas? ¿”agrosexuales”?), porque si llegara un día en que hombres y mujeres dijeran, simple y llanamente, lo que sienten y lo que piensan, no sé si viviríamos en un mundo mejor, porque las motivaciones no varían, se puede ser sinceramente mediocre, pero por lo menos sí pasearíamos por un mundo un poco menos complicado y alienante, eso seguro.

Divagaciones literarias.
Para Joseph Conrad (Jósef Teodor Konrad Nalecz Korzeniowski, antes de “britanizar” su nombre polaco), suponía un desafío agotador escribir una novela, sin embargo, “El corazón de las tinieblas” la acabó en un año, más o menos. “Heart of darkness” es el título original, y uno no sabe si la traducción, como suele ocurrir, es del todo fiel a la idea del autor, aunque en realidad no importa que sea “El corazón de las tinieblas” o “Corazón de oscuridad”-o de tinieblas, si se quiere-, porque lo importante es ese corazón del hombre que refleja el autor, tan capaz de tragarse sus luces con las sombras que en él habitan, en el corazón de aquél oscuro infierno del Congo a finales del siglo XIX (el título del libro viene de una frase del rey Leopoldo II, tirano belga que exprimió al Congo). Tal vez esta obra de Conrad tuvo un parto más fluido que sus otras creaciones porque bebió en gran parte de la experiencia del autor, Capitán Mercante de la Marina Británica desde 1886, pero también de las ideas y sentimientos que albergaba en torno a la sociedad y el tiempo que le tocó vivir. Siempre he pensado que el camino, el viaje, la vida desde los remolinos del río y no desde la orilla, son las verdaderas musas para un escritor. Pero seguramente me equivoque, porque por esa misma época, un casi aún adolescente Rimbaud escribió su “Le bateau îvre” sin haber visto antes el mar. ¿Quién puede decirme donde reside el talento? Algunos destilan sus experiencias y su visión del mundo en pacientes alambiques y nos ofrecen un vino añejo y noble. Flaubert, fuente de la que todos bebieron después, corregía y pulía hasta la saciedad sus obras, con un perfeccionismo atroz. Otros nos arrojan con divina insolencia los licores que atesoran. Unos comienzan su relación con la literatura en plena madurez (Conrad casi a los cuarenta), otros la descubren de manera precoz (e incluso precozmente la abandonan, como el mismo Rimbaud). Es un misterio. Un hermoso misterio.
El mismo año en que nació Conrad (respetaremos la versión anglófona, pues él mismo “eligió” ser británico, claro que ser polaco no era cosa fácil en aquella época, cuando Polonia era un país fantasma, desmembrado y ocupado), 1857, precisamente Gustave Flaubert publicaba “Madame Bovary”. Cuando Joseph tenía tres años, nace Chéjov, uno de mis cuentistas favoritos (a pesar de las traducciones). A sus cinco años, apareció “Los miserables”, de Víctor Hugo. A sus nueve, “Crimen y castigo” de Dostoievski. Tres años después, cuando va por primera vez a la escuela, Tolstoi publica “Guerra y paz”... Ya en su madurez, Conrad vive en Aldington, Inglaterra, cerca de R.Kipling (con una visión muy distinta del colonialismo victoriano), Henry James o H.G.Wells, con los que mantiene relación. Realmente un tiempo fecundo para las letras. Ser escritor nunca ha sido un camino fácil, y se me ocurre que en la segunda mitad del siglo XIX, llegar a ser uno de los grandes era aún más complicado. Y sin embargo, la lista es interminable.
Ahora, al hilo de todo esto, y tras la excusa de nombrar uno de mis libros favoritos (quienes no lo hayan leído, sepan que la película “Apocalypse Now” -1979- de F.F.Coppola es una versión libre en la forma pero bastante fiel en el fondo a ese “Heart of darkness”, una de esas raras ocasiones en las que el séptimo arte no desmerece un libro), se me plantean cuatro preguntas: ¿Una existencia intensa augura una creación fértil? ¿Llega a alguna parte el talento sin encontrar un ambiente favorable? ¿El trabajo y el aprendizaje pueden de veras pulirlo, desbastarlo y perfeccionarlo? Y sobre todo, ¿hay lugar para un escritor de corazón en el mundo de tinieblas que estamos viviendo en estos tiempos?
La felicidad, ese esquivo pez de escamas brillantes, no tiene nada que ver con esto. El mismo Conrad, como tantos otros, tuvo una vida difícil, a pesar de todo, de esas dos ocupaciones tan bellas, la mar y la literatura. Ese sí que es un misterio. Un maldito misterio. No se trata de tener, ni de hacer, tan sólo de ser.
En el prólogo de su primera edición, en 1902, Joseph Conrad escribió: ““El corazón de las tinieblas” es experiencia llevada un poco (y solamente un poco) más allá de los hechos reales, con el propósito, perfectamente legítimo, creo yo, de traerla a las mentes y al corazón de los lectores. Había que dar a ese tema sombrío una siniestra resonancia, una tonalidad propia, una continua vibración que quedara –eso esperaba- suspendida en el aire y permaneciera grabada en el oído después de que hubiera sonado la última nota”.
¿Y qué es acaso, si no exactamente eso, la literatura...?
El mismo año en que nació Conrad (respetaremos la versión anglófona, pues él mismo “eligió” ser británico, claro que ser polaco no era cosa fácil en aquella época, cuando Polonia era un país fantasma, desmembrado y ocupado), 1857, precisamente Gustave Flaubert publicaba “Madame Bovary”. Cuando Joseph tenía tres años, nace Chéjov, uno de mis cuentistas favoritos (a pesar de las traducciones). A sus cinco años, apareció “Los miserables”, de Víctor Hugo. A sus nueve, “Crimen y castigo” de Dostoievski. Tres años después, cuando va por primera vez a la escuela, Tolstoi publica “Guerra y paz”... Ya en su madurez, Conrad vive en Aldington, Inglaterra, cerca de R.Kipling (con una visión muy distinta del colonialismo victoriano), Henry James o H.G.Wells, con los que mantiene relación. Realmente un tiempo fecundo para las letras. Ser escritor nunca ha sido un camino fácil, y se me ocurre que en la segunda mitad del siglo XIX, llegar a ser uno de los grandes era aún más complicado. Y sin embargo, la lista es interminable.
Ahora, al hilo de todo esto, y tras la excusa de nombrar uno de mis libros favoritos (quienes no lo hayan leído, sepan que la película “Apocalypse Now” -1979- de F.F.Coppola es una versión libre en la forma pero bastante fiel en el fondo a ese “Heart of darkness”, una de esas raras ocasiones en las que el séptimo arte no desmerece un libro), se me plantean cuatro preguntas: ¿Una existencia intensa augura una creación fértil? ¿Llega a alguna parte el talento sin encontrar un ambiente favorable? ¿El trabajo y el aprendizaje pueden de veras pulirlo, desbastarlo y perfeccionarlo? Y sobre todo, ¿hay lugar para un escritor de corazón en el mundo de tinieblas que estamos viviendo en estos tiempos?
La felicidad, ese esquivo pez de escamas brillantes, no tiene nada que ver con esto. El mismo Conrad, como tantos otros, tuvo una vida difícil, a pesar de todo, de esas dos ocupaciones tan bellas, la mar y la literatura. Ese sí que es un misterio. Un maldito misterio. No se trata de tener, ni de hacer, tan sólo de ser.
En el prólogo de su primera edición, en 1902, Joseph Conrad escribió: ““El corazón de las tinieblas” es experiencia llevada un poco (y solamente un poco) más allá de los hechos reales, con el propósito, perfectamente legítimo, creo yo, de traerla a las mentes y al corazón de los lectores. Había que dar a ese tema sombrío una siniestra resonancia, una tonalidad propia, una continua vibración que quedara –eso esperaba- suspendida en el aire y permaneciera grabada en el oído después de que hubiera sonado la última nota”.
¿Y qué es acaso, si no exactamente eso, la literatura...?
El partido.
Sólo una cosa podía aburrir más a Aitor que ver un partido sin goles, y era escucharlo. Hasta la voz del locutor era soporífera. La radio del coche tenía testigos luminosos de color ámbar, como el semáforo junto al que estacionaron, que se había quedado atascado en la luz de precaución. Una luz inútil, en una calle desierta, un domingo de otoño. Quedaban cinco minutos y en Oviedo la Real empataba a cero, como de costumbre. Había amainado, después de llover toda la tarde, y en la acera sólo arrastraba los pies un abuelo con su txapela, paseando al perro, o tal vez el perro paseaba al abuelo, porque el animal se paraba a esperarle cada tres metros. Por un círculo abierto con la manga del jersey en el vaho del parabrisas podía ver la línea del monte Urgull, vigilando la marea alta del Cantábrico en la playa de la Concha. El año que la Real Sociedad ganó la liga, Aitor fue un crío más de los que jugaron allí por las tardes, sobre todo en primavera, cuando el mar estaba aún demasiado frío, y los chavales tenían toda la playa para ellos. Hundido en el asiento del coche, a Aitor se le fue filtrando el recuerdo de Jorge, un niñato que siempre venía con su flamante camiseta oficial, y se quejaba en voz alta cuando le escatimaban un pase. Era el típico chupón que cada vez que fallaba un tiro, levantaba arena de una patada. Como Aitor no era muy bueno, solía hacer de defensa, por eso, cuando en una ocasión se plantó delante del portero y decidió intentarlo, y falló, se le quedó grabada en la mente la mirada de reproche de Jorge. Le resultaba curioso cómo algunas escenas de su infancia, pasajes que no aparecerían nunca en una biografía, permanecían con mayor nitidez que el nombre de alguna chica a quien le levantó la falda.
La Real acababa de arañar una falta al borde del área. El conductor dormitaba, ajeno a todo. Parecía que dejase caer el peso de su nariz sobre la barba, arrullado por la cantinela de la radio. No le importaba el fútbol, y casi se diría que no le concernía demasiado el motivo de la espera en ese coche. A Aitor no le caía bien ese tipo callado y grueso, que escudriñaba en los ojos de los demás, pero era su compañero y, por fortuna, una máquina al volante. Un lituano mandó la pelota a las nubes, pero el árbitro ordenó repetir la falta. Daba igual, otra vez fuera. La manga aclaró de nuevo el círculo en el cristal, y volvió a aparecer el abuelo, que apenas había llegado a la esquina, tras el perro, cuyo hocico tembló con algo parecido a un suspiro.
Aitor sacó su pasamontañas del hueco de la guantera para desempañar todo el parabrisas, no había otra cosa a mano. Es lo que pasa cuando robas un coche, que no sabes lo que hay dentro, aunque ese al menos tenía una radio barata. Frotó la lana en sus vaqueros para secarla un poco. Con el partido a punto de acabar, esperando el pitido final, lo que suena es el móvil. Una llamada de medio minuto en la que Aitor apaga la radio y no dice nada. El conductor se incorpora, tampoco habla, pero pregunta levantando las cejas. “¡Bai!”, le increpa Aitor, embutiendo deprisa la cabeza en el pasamontañas. Su compañero arranca y las ruedas chirrían. Un perro ladra. El vehículo dobla a la derecha en la Avenida de la Libertad, rápido pero sin estruendo. Hay gente paseando, gente que ya salió de casa. El conductor apura lo necesario para pasar el semáforo en verde, mientras Aitor le quita el seguro a la pistola y entreabre la puerta. Un último acelerón, ahora sin cautela. La acción debe cumplirse con presteza. Aitor se hiperventila a bocanadas. El compañero da un volantazo para encarar una calle estrecha y arranca el retrovisor de una furgoneta. El freno de mano les deja atravesados en diagonal en un paso de peatones. Aitor patea la puerta y da una zancada fuera del coche. Un hombre se gira hacia el ruido y se encuentran las miradas. Apenas una fracción de segundo y dos tiros le tumban como a un bolo. Aitor salta al asiento y el coche despega de allí a todo gas, hacia el puente sobre el Urumea.
Saliendo de la ciudad, aún borracho de adrenalina, y si no fuera por el pasamontañas, Aitor juraría que Jorge le ha reconocido, antes de caer, porque tenía la misma mirada que aquella tarde en la Concha, quince años atrás. Enciende la radio y escucha los resultados. La Real ha perdido, por un penalti en el último minuto.
La Real acababa de arañar una falta al borde del área. El conductor dormitaba, ajeno a todo. Parecía que dejase caer el peso de su nariz sobre la barba, arrullado por la cantinela de la radio. No le importaba el fútbol, y casi se diría que no le concernía demasiado el motivo de la espera en ese coche. A Aitor no le caía bien ese tipo callado y grueso, que escudriñaba en los ojos de los demás, pero era su compañero y, por fortuna, una máquina al volante. Un lituano mandó la pelota a las nubes, pero el árbitro ordenó repetir la falta. Daba igual, otra vez fuera. La manga aclaró de nuevo el círculo en el cristal, y volvió a aparecer el abuelo, que apenas había llegado a la esquina, tras el perro, cuyo hocico tembló con algo parecido a un suspiro.
Aitor sacó su pasamontañas del hueco de la guantera para desempañar todo el parabrisas, no había otra cosa a mano. Es lo que pasa cuando robas un coche, que no sabes lo que hay dentro, aunque ese al menos tenía una radio barata. Frotó la lana en sus vaqueros para secarla un poco. Con el partido a punto de acabar, esperando el pitido final, lo que suena es el móvil. Una llamada de medio minuto en la que Aitor apaga la radio y no dice nada. El conductor se incorpora, tampoco habla, pero pregunta levantando las cejas. “¡Bai!”, le increpa Aitor, embutiendo deprisa la cabeza en el pasamontañas. Su compañero arranca y las ruedas chirrían. Un perro ladra. El vehículo dobla a la derecha en la Avenida de la Libertad, rápido pero sin estruendo. Hay gente paseando, gente que ya salió de casa. El conductor apura lo necesario para pasar el semáforo en verde, mientras Aitor le quita el seguro a la pistola y entreabre la puerta. Un último acelerón, ahora sin cautela. La acción debe cumplirse con presteza. Aitor se hiperventila a bocanadas. El compañero da un volantazo para encarar una calle estrecha y arranca el retrovisor de una furgoneta. El freno de mano les deja atravesados en diagonal en un paso de peatones. Aitor patea la puerta y da una zancada fuera del coche. Un hombre se gira hacia el ruido y se encuentran las miradas. Apenas una fracción de segundo y dos tiros le tumban como a un bolo. Aitor salta al asiento y el coche despega de allí a todo gas, hacia el puente sobre el Urumea.
Saliendo de la ciudad, aún borracho de adrenalina, y si no fuera por el pasamontañas, Aitor juraría que Jorge le ha reconocido, antes de caer, porque tenía la misma mirada que aquella tarde en la Concha, quince años atrás. Enciende la radio y escucha los resultados. La Real ha perdido, por un penalti en el último minuto.
El primer paso.

De un camino de un millón de pasos, el primero siempre es el más difícil. Hoy sólo estoy oteando el horizonte, pronto me mezclaré con el paisaje, que es en el rumor del bosque, en el hermoso silencio del desierto, o en la playa, mojándose los pies, como uno aprecia el viaje. Un saludo a todos.








