Canciones...
Es una lástima que no pueda poneros música en esta bitácora, pero hoy quiero compartir estas dos canciones con todo el mundo... porque sí, porque me llegan, porque no las suscribo al pie de la letra, no quiero que los que me importan me dejen en paz, y sé lo que puede ofrecer una mujer, especialmente una, pero me erizan el alma y son algunos de mis himnos personales...
Vagabundear
Harto ya de estar harto, ya me cansé
de preguntar al mundo por qué y por qué
la rosa de los vientos me ha de ayudar
y desde ahora vais a verme vagabundear
entre el cielo y el mar.
Vagabundear.
Como una cometa de caña y de papel,
me iré tras una nube, pa(ra) serle fiel
a los montes, los ríos, el sol y el mar.
A ellos que me enseñaron el verbo “Amar”
Soy palomo torcaz.
Dejadme en paz.
No me siento extranjero en ningún lugar.
Donde haya lumbre y vino tengo mi hogar.
Y para no olvidarme de lo que fui,
mi patria y mi guitarra las llevo en mí.
Una es fuerte y es fiel
La otra, un papel.
No llores porque no me voy a quedar.
Me diste todo lo que tú sabes dar.
La sombra que en la tarde da una pared
y el vino que me ayuda a olvidar mi sed.
Que más puede ofrecer
una mujer.
Es hermoso partir sin decir adiós,
serena la mirada, firme la voz.
Si de veras me buscas, me encontrarás.
Es muy largo el camino. Para mirar atrás.
Qué más da, qué más da
aquí o allá.
Joan Manuel Serrat.
Canta por mí
Cruzó el pasado en el camino
y lo miraba y no podía llorar.
Entre el crepúsculo y el alba
no hizo otra cosa que dejarse llevar.
Y refulgiendo cual luciérnagas,
caminando sin prisa sobre el tiempo,
huyen de un mundo material,
son espíritus batidos por el viento.
Y ahora van hacia su abstracción,
dales sólo paz y una sonrisa,
cielo abierto y aire para respirar.
Caen las estrellas de su mano,
verdean los campos a un resquicio de luz,
la pradera ahora es su casa
donde la espiga brota entre la flor.
Si les miente la vida
se hacen parapetos con poemas.
Un día color de melocotón,
cuando todos seamos libres,
cuando las piedras se puedan comer
y ya nadie sea más que nadie,
canta por mí
si no estoy yo aquí.
Viene el día en que seremos puros
como cielo de verano sobre el mar.
Cantaré por ti
si no estás tú aquí.
Manolo García y Quimi Portet
Vagabundear
Harto ya de estar harto, ya me cansé
de preguntar al mundo por qué y por qué
la rosa de los vientos me ha de ayudar
y desde ahora vais a verme vagabundear
entre el cielo y el mar.
Vagabundear.
Como una cometa de caña y de papel,
me iré tras una nube, pa(ra) serle fiel
a los montes, los ríos, el sol y el mar.
A ellos que me enseñaron el verbo “Amar”
Soy palomo torcaz.
Dejadme en paz.
No me siento extranjero en ningún lugar.
Donde haya lumbre y vino tengo mi hogar.
Y para no olvidarme de lo que fui,
mi patria y mi guitarra las llevo en mí.
Una es fuerte y es fiel
La otra, un papel.
No llores porque no me voy a quedar.
Me diste todo lo que tú sabes dar.
La sombra que en la tarde da una pared
y el vino que me ayuda a olvidar mi sed.
Que más puede ofrecer
una mujer.
Es hermoso partir sin decir adiós,
serena la mirada, firme la voz.
Si de veras me buscas, me encontrarás.
Es muy largo el camino. Para mirar atrás.
Qué más da, qué más da
aquí o allá.
Joan Manuel Serrat.
Canta por mí
Cruzó el pasado en el camino
y lo miraba y no podía llorar.
Entre el crepúsculo y el alba
no hizo otra cosa que dejarse llevar.
Y refulgiendo cual luciérnagas,
caminando sin prisa sobre el tiempo,
huyen de un mundo material,
son espíritus batidos por el viento.
Y ahora van hacia su abstracción,
dales sólo paz y una sonrisa,
cielo abierto y aire para respirar.
Caen las estrellas de su mano,
verdean los campos a un resquicio de luz,
la pradera ahora es su casa
donde la espiga brota entre la flor.
Si les miente la vida
se hacen parapetos con poemas.
Un día color de melocotón,
cuando todos seamos libres,
cuando las piedras se puedan comer
y ya nadie sea más que nadie,
canta por mí
si no estoy yo aquí.
Viene el día en que seremos puros
como cielo de verano sobre el mar.
Cantaré por ti
si no estás tú aquí.
Manolo García y Quimi Portet
Sabiduría y conocimiento.
No, no son lo mismo, ni lo dudes. Pueden ir de la mano o pueden darse la espalda en los extremos del balancín del ego humano.
Séneca, al que se tiene por sabio, y tal vez lo fuera, dijo cosas como:
“No es por veredas planas que se sube a las alturas.”
“El que da debe olvidar pronto. El que recibe, nunca.”
Sabias palabras... en verdad. Pero Séneca, por ejemplo, escribió un discurso ignominioso para su pupilo Nerón, en el que este mismo se exculpaba de la "repentina" muerte de su propia madre Agripina y su hermano (que iba a ser escogido por su madre como futuro césar). A cambio, Séneca amasó una considerable fortuna, proviniente en gran parte de las arcas del propio asesinado...
¿Conocimiento? Sí, de la retórica, la dialéctica, filosofía, etc... ¿Sabiduría...?
Un proverbio alemán reza:
“Cuando el jefe manda bien, huelgan las preguntas.”
¿Sería por eso que el pueblo alemán entró en un estado de trance infame ante el jefe más jefe de todos los jefes?
Y aún así, el déspota estaba solo:
“El fuerte es más fuerte cuando está solo.” (Adolf Hitler...).
En fin, sabiduría y conocimiento, no son lo mismo.
A lo mejor como dicen los taoístas, el Yin está en el Yan y viceversa. A lo mejor no hay nadie totalmente "bueno o malo". A lo mejor muchas infancias desgraciadas y reprimidas han dado grandes monstruos, solos en su pesadilla, pero capaces de arrastrar a la plebe tras ellos.
Alguien dijo dos cosas muy parecidas:
“¿Quieres contar tus amigos? Cae en el infortunio.”
“La prosperidad hace amigos, la adversidad los prueba.”
Fue... Napoleón... el corso terrible.
En fin, yo me quedo con estas tres perlas, de alguien que, quién sabe, debió ser más sabio... ¿...o no?:
“Las grandes almas tienen voluntades; las almas débiles sólo tienen deseos.”
“No sabe más el que más sabe, sino el que sabe para qué sabe.”
“El tigre no habla de la tigritud. Salta.”
Lao Tsé.
Séneca, al que se tiene por sabio, y tal vez lo fuera, dijo cosas como:
“No es por veredas planas que se sube a las alturas.”
“El que da debe olvidar pronto. El que recibe, nunca.”
Sabias palabras... en verdad. Pero Séneca, por ejemplo, escribió un discurso ignominioso para su pupilo Nerón, en el que este mismo se exculpaba de la "repentina" muerte de su propia madre Agripina y su hermano (que iba a ser escogido por su madre como futuro césar). A cambio, Séneca amasó una considerable fortuna, proviniente en gran parte de las arcas del propio asesinado...
¿Conocimiento? Sí, de la retórica, la dialéctica, filosofía, etc... ¿Sabiduría...?
Un proverbio alemán reza:
“Cuando el jefe manda bien, huelgan las preguntas.”
¿Sería por eso que el pueblo alemán entró en un estado de trance infame ante el jefe más jefe de todos los jefes?
Y aún así, el déspota estaba solo:
“El fuerte es más fuerte cuando está solo.” (Adolf Hitler...).
En fin, sabiduría y conocimiento, no son lo mismo.
A lo mejor como dicen los taoístas, el Yin está en el Yan y viceversa. A lo mejor no hay nadie totalmente "bueno o malo". A lo mejor muchas infancias desgraciadas y reprimidas han dado grandes monstruos, solos en su pesadilla, pero capaces de arrastrar a la plebe tras ellos.
Alguien dijo dos cosas muy parecidas:
“¿Quieres contar tus amigos? Cae en el infortunio.”
“La prosperidad hace amigos, la adversidad los prueba.”
Fue... Napoleón... el corso terrible.
En fin, yo me quedo con estas tres perlas, de alguien que, quién sabe, debió ser más sabio... ¿...o no?:
“Las grandes almas tienen voluntades; las almas débiles sólo tienen deseos.”
“No sabe más el que más sabe, sino el que sabe para qué sabe.”
“El tigre no habla de la tigritud. Salta.”
Lao Tsé.
El albatros
Como un joven albatros, me hizo la naturaleza
indeciso ante el momento de emprender la gran travesía
como aún me tiene la inexperiencia, aliatado
cuando la audacia me arranque del acantilado en que nací
cuando el momento llegue
y me aprieten tanto las manos del ansia
que salga despedido hacia el océano
mi único techo y mi carta de navegación será la bóveda celeste
la infinita marmita borboteando turquesas será mi patria y mi sustento
los vientos y las corrientes mis senderos y caminos
el sol y la estrella polar mis deidades
Ahora que la brisa me anuncia el invierno
debo partir, seguir rumbos ancestrales
que trazaron hace milenios mis mayores
que sin saberlo grabaron los siglos en mi interior
Batir las alas para alcanzar los atajos de aire caliente
que suben desde la efervescencia de las olas
dejarme llevar entonces
planear libre sobre mundos acuáticos
islas animales en movimiento
que exhalando nubes danzan entre el agua y el gas vital
cada amanecer lo adivinaré antes que ellas
mi viaje será reinventado cada jornada
cada nuevo día será el primero
vagaré sobre vapores de sal
resistiré tormentas de agua violenta sobre mi lomo
haciendo de mis alas mármol y seda
suaves y potentes, danzarinas y hercúleas a la vez
Hasta que haya tejido con la estela de mi sombra
un manto fugaz sobre todo el globo azul
entonces buscaré una ínsula
un hogar al que querer siempre regresar
una roca revestida de verde para serle fiel
entonces el albatros será anciano y sabio
como lo habrá baqueteado el vivir
paciente y sereno, como lo hizo el viaje
sólo entonces, al esperar serenamente al sol
en vez de salir a buscarlo
al capear impasible los inviernos sin huir ya de ellos
sabré que puedo dejarme morir
al abrigo de mi yacija de riscos
mientras la luna me arrulla y vela mi sueño
como una candela en la oscuridad
la bruma y el batir del oleaje me cantan una nana de despedida
para dormir con una dócil sonrisa amarilla
mi última noche en el paraíso
para soñar mi último trozo de eternidad sin anhelos
sospecharla sin desvelo, antes de la partida
de despertar de nuevo a la Vida en otro lugar

Artista.
Un hombre delgado, de porte místico, como un dibujo de Modigliani, se dirigía una tarde de Noviembre hacia una galería de arte cercana al Retiro. Una mujer joven con un vestido pastel, dulcemente atractiva como una campiña de Monet, terminaba de leer un folleto sentada en un banco. La hojarasca de las aceras se amontonaba en torno a los troncos de los árboles, nostálgica de sus ramas. Él no se percató, pero ella le observó caminar. Las piernas del hombre eran dos zancos de ave acuática, y apenas se le oía mientras avanzaba. Dobló la esquina y desapareció.
El hombre entró en la galería, no era la primera vez. En aquél lugar vendían reproducciones de óleos de los pintores más célebres. Sobre tres mil euros, que él no podría pagar nunca, aunque acudía de vez en cuando por placer. La encargada le reconoció y le saludó con una sonrisa de protocolo, sin esmerarse demasiado, no había negocio. Llegó el hombre a su sala favorita, la que exponía desde hacía meses la copia de un cuadro de Gustav Klimt, “El beso”.
-Una joya –murmuró para sí mismo al cabo de unos minutos.
Pero alguien le había oído.
-¿Verdad? Es mi cuadro favorito.
El hombre se giró hacia la frase y descubrió una mujer joven con un vestido pastel.
-Ojalá pudiera permitírmelo, ya sé que no es el original, pero así podría contemplarlo todos los días –se lamentó ella.
-Claro, bueno, yo a veces vengo a verlo aquí.
-Yo me he enterado hoy, estaba sentada aquí cerca en un banco y he visto un folleto de la galería en el suelo.
Ya el hombre no miraba el cuadro, observaba a la joven y reparó en la forma de su barbilla, que tiritaba un poco mientras ella hablaba sin apartar la vista de la pintura.
-Venía justo este cuadro en el folleto, estaba como esperándome, ahí en el suelo.
-Eso sucede. Las cosas nos esperan.
-Yo también lo creo –y la barbilla se estiró por una sonrisa.
-Hacía tiempo que este cuadro me esperaba –aseveró el hombre- Lo descubrí hace pocos meses, pero me es tan familiar...
En ese momento el hombre extravió su mirada más allá de la pareja de Klimt, atravesando el ornamento que la envuelve, y así, absorto, no cayó en la cuenta de que la mujer del vestido pastel le estaba mirando a él, otra vez. Le evocaba un poeta de los de antes, de los de una comida al día y camastro viejo, de los que te hacían el amor como si fueran a morirse, y te mataban .
-Es curioso, yo estaba convencida de que era un pintor desconocido y con el tiempo he ido descubriendo que mucha gente lo admira.
El hombre parecía oír sin escuchar. Pero era una esponja sensible a todo su entorno desde hacía cinco minutos. Desde que adivinó la belleza del cuerpo de la mujer tras el vestido pastel, barbilla abajo.
-Klimt es un pintor agradecido, resulta muy decorativo, por eso siempre queda bien.
-Sí, claro, a veces creemos que somos originales y después resulta que vamos por los mismos caminos, ¿verdad?
-Suele pasar. Lo que importa es aprender a mirar. La mirada es lo que hace distintas a las cosas.
Algo en la mirada de la mujer hacía distinto a aquél hombre, quien destilaba, a pesar de la ropa gastada y algunas frases hechas, cierta dignidad por el alambique de unos brazos de planta que movía con la profundidad de un bailarín ruso.
-¿Qué ves tú en ese beso? –propuso el hombre.
La barbilla se levantó y los ojos se entrecerraron, para enfocar, tal vez, una idea.
-No sé, ternura, adoración, protección, no sé, simplemente me parece hermoso.
Los labios de la mujer, que decía menos de lo que pensaba, tenían algo frutal en su brillo.
-Están aislados del mundo, ¿lo ves? -los hombros se rozaron. El hombre continuó:
-Les envuelve un halo dorado. ¿Sabes –ella sabía pero callaba- que el padre de Klimt era orfebre? –con la pregunta se miraron por un segundo a los ojos- Ese manto y esa luz les protegen, su amor es como una capa. Y ella está rendida, la cabeza inclinada, feliz, pero en realidad es dueña y señora del hombre, que la adora. ¿Lo ves? –lo veía, lo había visto hacía mucho tiempo- Él está en un segundo plano.
-Klimt era un gran admirador de la mujer, muy valiente para su tiempo –acertó a decir ella, nerviosa por la proximidad de la voz de aquel hombre.
-Sí, se cargó unos cuantos prejuicios de la época.
-Sí, desde luego –rió ella, y sonrió él por primera vez.
De repente el gesto cobró intención y el rostro del hombre se hizo cotidiano. Ella ya estaba imaginando un beso, el beso, un rato después, tal vez, entre los árboles ocres del parque, junto a la verja rematada en oro del Retiro, pero... algo no funcionaba.
-Tienen otra copia de Klimt aquí, mira, está allí detrás –señaló él.
-Bueno, se me hace un poco tarde.
-Es otra belleza, “Danae”, ¿lo conoces?
-Mi amiga me va a matar, ya me retraso.
-Mira, ven, es genial –la larga mano del hombre abarcó el brazo de la mujer, y ella desplazó por un instante a su amiga de la atención.
-Lo conozco... –balbuceó entre los labios al caminar.
La mano se quedó allí, y ella notó un pulgar extendido y suave que se encaramaba hasta el hombro. Era una mano del Greco, pero con el descaro de un Goya.
-La lluvia de Zeus... se convierte en lluvia de oro y posee a Danae... ¿no es precioso?
-Mucho...
-Como Danae estaba encerrada en una torre... –y el hombre le explicó durante largo rato una historia que ya conocía, mientras ella se metió en el cuadro por enésima vez- ...y entonces, para dejarla encinta, ¿ves? incluso algunos adornos de la lluvia dorada recuerdan espermatozoides... –parecía saberlo todo, pero él no tenía ni idea de la sensación que a ella le producía desde siempre ese cuadro, una espesa fiebre que nacía de los muslos, él no sabía de la libertad que esa pintura restauró a la mujer, que elegía dejarse llevar y explorar su propio placer -...así que Klimt cambió la visión de la mujer en aquellos años del imperio austríaco.
-Sí... oye, ha sido un placer, de veras, pero...
-¿Te vas ya? –la mano cayó del hombro y cortó el aire, cargado.
-Mi amiga...
Pero la esponja del hombre estaba ebria de sí misma y no había escuchado nada de eso.
-¿Te apetece un café? –dijo él ensayando otra sonrisa premeditada.
-No, gracias, tengo que irme ya –quería irse hacía rato, desde que vio esfumarse el brillo del oro en el halo de aquél tipo.
El hombre, ahora desgarbado y altivo como un esperpéntico boceto de Egon Schiele, hundió las manos en los bolsillos, y con los ojos se despidió de la barbilla y de los labios de la mujer, los que le hubiera encantado morder como una manzana.
-Vale, cuídate. A lo mejor coincidimos otro día por aquí... ¿no?
-Claro... bueno, tú también, ¿eh? Ciao –dijo ella con un gesto algo infantil de la mano, antes de girarse y taconear hasta la salida.
Y por la puerta desapareció el pastel del lindo trasero de la joven, en el que el hombre hubiera deseado derramarse como la lluvia de Zeus, pero de una manera bastante más prosaica.
El hombre entró en la galería, no era la primera vez. En aquél lugar vendían reproducciones de óleos de los pintores más célebres. Sobre tres mil euros, que él no podría pagar nunca, aunque acudía de vez en cuando por placer. La encargada le reconoció y le saludó con una sonrisa de protocolo, sin esmerarse demasiado, no había negocio. Llegó el hombre a su sala favorita, la que exponía desde hacía meses la copia de un cuadro de Gustav Klimt, “El beso”.
-Una joya –murmuró para sí mismo al cabo de unos minutos.
Pero alguien le había oído.
-¿Verdad? Es mi cuadro favorito.
El hombre se giró hacia la frase y descubrió una mujer joven con un vestido pastel.
-Ojalá pudiera permitírmelo, ya sé que no es el original, pero así podría contemplarlo todos los días –se lamentó ella.
-Claro, bueno, yo a veces vengo a verlo aquí.
-Yo me he enterado hoy, estaba sentada aquí cerca en un banco y he visto un folleto de la galería en el suelo.
Ya el hombre no miraba el cuadro, observaba a la joven y reparó en la forma de su barbilla, que tiritaba un poco mientras ella hablaba sin apartar la vista de la pintura.
-Venía justo este cuadro en el folleto, estaba como esperándome, ahí en el suelo.
-Eso sucede. Las cosas nos esperan.
-Yo también lo creo –y la barbilla se estiró por una sonrisa.
-Hacía tiempo que este cuadro me esperaba –aseveró el hombre- Lo descubrí hace pocos meses, pero me es tan familiar...
En ese momento el hombre extravió su mirada más allá de la pareja de Klimt, atravesando el ornamento que la envuelve, y así, absorto, no cayó en la cuenta de que la mujer del vestido pastel le estaba mirando a él, otra vez. Le evocaba un poeta de los de antes, de los de una comida al día y camastro viejo, de los que te hacían el amor como si fueran a morirse, y te mataban .
-Es curioso, yo estaba convencida de que era un pintor desconocido y con el tiempo he ido descubriendo que mucha gente lo admira.
El hombre parecía oír sin escuchar. Pero era una esponja sensible a todo su entorno desde hacía cinco minutos. Desde que adivinó la belleza del cuerpo de la mujer tras el vestido pastel, barbilla abajo.
-Klimt es un pintor agradecido, resulta muy decorativo, por eso siempre queda bien.
-Sí, claro, a veces creemos que somos originales y después resulta que vamos por los mismos caminos, ¿verdad?
-Suele pasar. Lo que importa es aprender a mirar. La mirada es lo que hace distintas a las cosas.
Algo en la mirada de la mujer hacía distinto a aquél hombre, quien destilaba, a pesar de la ropa gastada y algunas frases hechas, cierta dignidad por el alambique de unos brazos de planta que movía con la profundidad de un bailarín ruso.
-¿Qué ves tú en ese beso? –propuso el hombre.
La barbilla se levantó y los ojos se entrecerraron, para enfocar, tal vez, una idea.
-No sé, ternura, adoración, protección, no sé, simplemente me parece hermoso.
Los labios de la mujer, que decía menos de lo que pensaba, tenían algo frutal en su brillo.
-Están aislados del mundo, ¿lo ves? -los hombros se rozaron. El hombre continuó:
-Les envuelve un halo dorado. ¿Sabes –ella sabía pero callaba- que el padre de Klimt era orfebre? –con la pregunta se miraron por un segundo a los ojos- Ese manto y esa luz les protegen, su amor es como una capa. Y ella está rendida, la cabeza inclinada, feliz, pero en realidad es dueña y señora del hombre, que la adora. ¿Lo ves? –lo veía, lo había visto hacía mucho tiempo- Él está en un segundo plano.
-Klimt era un gran admirador de la mujer, muy valiente para su tiempo –acertó a decir ella, nerviosa por la proximidad de la voz de aquel hombre.
-Sí, se cargó unos cuantos prejuicios de la época.
-Sí, desde luego –rió ella, y sonrió él por primera vez.
De repente el gesto cobró intención y el rostro del hombre se hizo cotidiano. Ella ya estaba imaginando un beso, el beso, un rato después, tal vez, entre los árboles ocres del parque, junto a la verja rematada en oro del Retiro, pero... algo no funcionaba.
-Tienen otra copia de Klimt aquí, mira, está allí detrás –señaló él.
-Bueno, se me hace un poco tarde.
-Es otra belleza, “Danae”, ¿lo conoces?
-Mi amiga me va a matar, ya me retraso.
-Mira, ven, es genial –la larga mano del hombre abarcó el brazo de la mujer, y ella desplazó por un instante a su amiga de la atención.
-Lo conozco... –balbuceó entre los labios al caminar.
La mano se quedó allí, y ella notó un pulgar extendido y suave que se encaramaba hasta el hombro. Era una mano del Greco, pero con el descaro de un Goya.
-La lluvia de Zeus... se convierte en lluvia de oro y posee a Danae... ¿no es precioso?
-Mucho...
-Como Danae estaba encerrada en una torre... –y el hombre le explicó durante largo rato una historia que ya conocía, mientras ella se metió en el cuadro por enésima vez- ...y entonces, para dejarla encinta, ¿ves? incluso algunos adornos de la lluvia dorada recuerdan espermatozoides... –parecía saberlo todo, pero él no tenía ni idea de la sensación que a ella le producía desde siempre ese cuadro, una espesa fiebre que nacía de los muslos, él no sabía de la libertad que esa pintura restauró a la mujer, que elegía dejarse llevar y explorar su propio placer -...así que Klimt cambió la visión de la mujer en aquellos años del imperio austríaco.
-Sí... oye, ha sido un placer, de veras, pero...
-¿Te vas ya? –la mano cayó del hombro y cortó el aire, cargado.
-Mi amiga...
Pero la esponja del hombre estaba ebria de sí misma y no había escuchado nada de eso.
-¿Te apetece un café? –dijo él ensayando otra sonrisa premeditada.
-No, gracias, tengo que irme ya –quería irse hacía rato, desde que vio esfumarse el brillo del oro en el halo de aquél tipo.
El hombre, ahora desgarbado y altivo como un esperpéntico boceto de Egon Schiele, hundió las manos en los bolsillos, y con los ojos se despidió de la barbilla y de los labios de la mujer, los que le hubiera encantado morder como una manzana.
-Vale, cuídate. A lo mejor coincidimos otro día por aquí... ¿no?
-Claro... bueno, tú también, ¿eh? Ciao –dijo ella con un gesto algo infantil de la mano, antes de girarse y taconear hasta la salida.
Y por la puerta desapareció el pastel del lindo trasero de la joven, en el que el hombre hubiera deseado derramarse como la lluvia de Zeus, pero de una manera bastante más prosaica.
Sobre... vivir
imitar cualquier sonido cuando hablo
cantar, como algunos pájaros plagian palabras
o ladrar como humano y bramar como establo
Puedo parecer cualquier cosa mientras sobrevivo
gatear despreocupado de regreso al parvulario
colgarme, como vampiro que repliega sus alas macabras
o a duras penas caminar con trémulo báculo
Puedo parecer cualquier cosa mientras sobrevivo
perderme cada día en mil disfraces
amordazar mi voz, tras mil caretas
apagar mi llama poco a poco, inconsolable
Puedo parecer cualquier cosa mientras sobrevivo
pero sólo alcanzo a ser yo, a veces
simplemente ser, sin burdas tretas
recorrer mi camino paso a paso, infatigable
cuando no intento parecer otra cosa y entonces vivo
o cuando me soy fiel, abandono losas, y escribo
.......................
PD: Quiero agradecer a todas y cada una de las personas que me han dado una palabra de aliento, el que no pasaran de largo. A las que conozco, a las que nunca he visto, pero de las que invariablemente sé algo, y es que no van por el mundo como sombras, porque aún son sensibles a los destellos del otro. En lo material, voy cayendo en picado, hacia el océano, como un Zero japonés. Sí, soy un kamikaze, porque soy un radical en algo, o vivo como reclama mi esencia, o no me interesa este ensayo. De esta obstinación sólo pueden salir dos cosas, un vagabundo más para hacer cambiarse de acera a algunos, o un escritor. El destino (y mi empeño) dirán si la próxima vez que me veas será al borde del camino o firmando ejemplares...
MALAS NOTICIAS.........

Esta bitácora la he venido haciendo con todo mi cariño, y deseoso de compartir mis letras e ideas, mis latidos, con cualquier persona dispuesta a escucharlos. Venía a una biblioteca, con conexión gratuita durante una hora, colgaba mis cosas, etc.
Pero hoy, es uno de los peores días de mi vida. Y no sólo porque en unos días voy a estar en la calle, sin dinero, sin futuro, y con el presente malherido, no, eso no es lo peor, lo peor es la sensación de haber malgastado diez años de mi vida, y sobre todo, el haber perdido algo que creía mágico. Una amistad que creía especial.
Si no fuera porque una débil vocecilla en mi interior dice que tengo que seguir, que escribir, porque algún día compartiré eso con muchos, hoy sería un día perfecto para morir, aunque no con la dignidad con la que lo decían los nativos americanos un día de batalla, no, hoy sería una huída, simplemente. Un día perfecto para morir, porque es un día negro para vivir.
Sólo espero que no me olvidéis, pero me gustaría deciros, a los que me leéis, que puede que tarde un tiempo en volver, o que el ritmo baje de repente a partir de ahora. Ya no podré hablaros casi cada día.
Perseguid vuestros sueños, a mí, es lo único que me mantiene ahora mismo con vida.
De profundis
Corre sangre terrosa por las venas del mundo
late un corazón de magma bajo la corteza del orbe
sacudiendo las osamentas de billones de finados
profanando la memoria de la estirpe del hombre
desencajando las tumbas donde se escondía el olvido
turbando las fosas que se llenaron de siglos
removiendo el polvo de los cuerpos extintos
derrumbando las cavernas sobre los fuegos del averno
sobresaltando fósiles de su letargo eterno
arrastrando en la púrpura corriente historias ahogadas
arrancando raíces de árboles milenarios
mezclando su sabor a fibras hechizadas
con el plasma subterráneo
Corre sangre terrosa por las venas del mundo
late un corazón de magma bajo la corteza del orbe
y a cada latido impregna todo lo que existe
anega grutas y pozos con su diástole
fluidos y humores en sístole absorbe
Pero se muere el planeta, de alevoso cáncer
se pudre sin tregua, se hincha el cadáver
y como un globo dentro de otro se infla y empuja
se agrietan los continentes, se abren abismos
se vacían los océanos, los valles se inundan
exhalan azufre las heridas mortales de la tierra
y brota incandescente el ácido suero vengativo
que corroe plantas, paisajes, países, fronteras
que derrite la carne de villanos y justos
Corre sangre tenebrosa por las arterias del simio inmundo
late un corazón de alimaña bajo la codicia del hombre
Sin prisas
que se secan en el pasado
cada traspié me aleja mucho más de las paredes
que enclaustraron mi esencia antaño
a veces al caminar apresuradamente
persiguiendo una nube, tropiezo con piedras
que lastran mi viaje, y por un tiempo
me devuelven a mis miserias añejas
Pero se acabó la nostalgia zalamera
se acabaron la prisa y el hostigamiento
y el acechar verdades escurridizas
como lagartijas, que cuando las atrapas
dejan el señuelo de su cola para confundirte
sabiendo desdeñosas que al tiempo les crecerá otra
Se terminó el perseguir a esa taimada sabandija
aguardaré impávido a encontrármela de frente
para leer irreverente en sus sorprendidos ojos de ópalo
mientras mi daga despierta y acaba con ella
y entonces ni nubes ni reptiles
me distraerán ya del camino
sólo entonces tendré las manos vacías
para recibir el regalo de una verdad sin rebozos
Berlín, 1930.
Al señor J. le gustaba su rutina. Perpetuar el negocio familiar, un banco fundado por su abuelo a mediados del XIX. Le gustaba comprobar la puntualidad del encendido de las farolas desde el ventanal de su pulcro despacho, ponerse su sombrero de fieltro y que el conserje le abriera la enorme puerta, al salir de su edificio, camino de su recreo.
Al señor J. le gustaba sentarse siempre en la misma mesa, junto al mismo ventanal del mismo café, cercano a los teatros de la calle Handerberg. Desde allí observaba a los muchachos bromeando en las aceras, o compartiendo un aguardiente en la barra del café, y se fijaba en cómo sus cuerpos llenaban con insolencia aquellos trajes primerizos. Se deleitaba en el tono de sus nucas, entre su cabello rubio y el atlético campo de juego de su espalda. Desde hacía unos años el orgullo y la potencia parecían iluminar la piel de aquellos efebos, al tiempo que Alemania volvía a ser una nación altiva y pujante en el primer año de la década de los treinta. Al señor J. le gustaba caminar hasta la iglesia del Káiser Guillermo, aunque nunca se fijaba en las agujas de sus torres, porque al señor J., lo que le gustaba, era tomar el tranvía de superficie a aquella hora, cuando los jóvenes abarrotaban el vagón. Tenía un BMW, incluso un chófer, pero prefería tomar siempre el tranvía en aquel lugar y a aquella hora. Al señor J. le gustaba el trayecto hasta su casa, una lujosa fachada cerca de la calle Oranienburger, pero no porque pasara por la isla de los museos o cruzara el Spree y el corazón medieval de Berlín, un paisaje que jamás contemplaba, y es que lo que le gustaba, al señor J., era que nadie reparaba en su éxtasis cada vez que las sacudidas del coche de la línea 3 apretaban a alguno de aquellos muchachos contra su chaleco.
Una tarde, una como todas las demás, estaba absorto en las probabilidades del roce con un joven que se había despojado de una chaqueta beige, y cuyos tirantes hacían derramar su mirada sobre la curva de un pantalón beige. Pero aquella tarde, el señor J. cayó en que se había saltado su parada, cuando alzó la vista y vio alejarse la cúpula dorada de la sinagoga nueva. Nervioso y contrariado por el percance, intentó abrirse paso hasta la salida, pero tuvo que esperar tras una malhumorada barrera humana que aguardaba la siguiente parada. Cuando por fin descendió, cerca del parque Humboldt, comenzó a caminar deprisa, desubicado, por unas calles que no eran las suyas. Al señor J. no le gustaban los cambios, y su frente sudaba bajo el sombrero de fieltro, sin reconocer aún los primeros edificios del Mitte, porque el señor J. nunca se fijaba en ellos, ni en las pintadas en las paredes, ni en las estrellas de David firmadas con insultos en los comercios, ese primer año de la década de los treinta, mientras se fraguaban los nubarrones de una tormenta negra, blanca y roja, que iba a cambiar la vida del señor J. para siempre.
Al señor J. le gustaba sentarse siempre en la misma mesa, junto al mismo ventanal del mismo café, cercano a los teatros de la calle Handerberg. Desde allí observaba a los muchachos bromeando en las aceras, o compartiendo un aguardiente en la barra del café, y se fijaba en cómo sus cuerpos llenaban con insolencia aquellos trajes primerizos. Se deleitaba en el tono de sus nucas, entre su cabello rubio y el atlético campo de juego de su espalda. Desde hacía unos años el orgullo y la potencia parecían iluminar la piel de aquellos efebos, al tiempo que Alemania volvía a ser una nación altiva y pujante en el primer año de la década de los treinta. Al señor J. le gustaba caminar hasta la iglesia del Káiser Guillermo, aunque nunca se fijaba en las agujas de sus torres, porque al señor J., lo que le gustaba, era tomar el tranvía de superficie a aquella hora, cuando los jóvenes abarrotaban el vagón. Tenía un BMW, incluso un chófer, pero prefería tomar siempre el tranvía en aquel lugar y a aquella hora. Al señor J. le gustaba el trayecto hasta su casa, una lujosa fachada cerca de la calle Oranienburger, pero no porque pasara por la isla de los museos o cruzara el Spree y el corazón medieval de Berlín, un paisaje que jamás contemplaba, y es que lo que le gustaba, al señor J., era que nadie reparaba en su éxtasis cada vez que las sacudidas del coche de la línea 3 apretaban a alguno de aquellos muchachos contra su chaleco.
Una tarde, una como todas las demás, estaba absorto en las probabilidades del roce con un joven que se había despojado de una chaqueta beige, y cuyos tirantes hacían derramar su mirada sobre la curva de un pantalón beige. Pero aquella tarde, el señor J. cayó en que se había saltado su parada, cuando alzó la vista y vio alejarse la cúpula dorada de la sinagoga nueva. Nervioso y contrariado por el percance, intentó abrirse paso hasta la salida, pero tuvo que esperar tras una malhumorada barrera humana que aguardaba la siguiente parada. Cuando por fin descendió, cerca del parque Humboldt, comenzó a caminar deprisa, desubicado, por unas calles que no eran las suyas. Al señor J. no le gustaban los cambios, y su frente sudaba bajo el sombrero de fieltro, sin reconocer aún los primeros edificios del Mitte, porque el señor J. nunca se fijaba en ellos, ni en las pintadas en las paredes, ni en las estrellas de David firmadas con insultos en los comercios, ese primer año de la década de los treinta, mientras se fraguaban los nubarrones de una tormenta negra, blanca y roja, que iba a cambiar la vida del señor J. para siempre.
La novia del doctor Frankenstein.
Mary Shelley (Godwin de soltera, pero casi más conocida en la posteridad que su marido Pierce B. Shelley, el poeta romántico inglés) escribió un gran relato, tras una velada memorable. Ojalá uno hubiera podido colarse en aquella mansión, despojándose del gabán, prendido de lluvia y niebla, saludando con encanto británico a los invitados, tomando asiento entre ellos, deleitándose con la tertulia, la apuesta literaria y el rumor de la tormenta tras las vidrieras... ah, aquellos fantásticos fabuladores, qué agradable compañía, la de las mentes fecundas y sus inquietantes criaturas.
Qué miopes los que ven un monstruo desalmado en ese pobre hombre remendado de cadáveres, ese infeliz que recibió la incomprensión y el odio de las gentes y el desamor de su creador. Qué injustos los que ven al hijo del diablo en ese pobre vampiro enamorado que maldijo su destino y buscó a su amada a través de los siglos. Shelley (¿Godwin, Wollstonecraft?) o Bram Stoker, eran ante todo unos románticos, en el sentido artístico, y en el humano. “Frankenstein o el Prometeo moderno” (revelador título original del libro) es la historia de un hijo perdido y marginado en la soledad del distinto, la de Drácula es la de un amante febril que no acepta la muerte y el final de las cosas. Los tornillos, cicatrices, colmillos y capas negras, son sólo una ensalada para enganchar a los lectores menos avezados. Una cortina de humo que sólo los más audaces, o los más románticos, podrían atravesar.
El cine ha profanado los huesos de aquellas obras para rentabilizarlos, ha saqueado sus tumbas, unas veces con más acierto que otras. Y ahora, tú que me lees, estarás pensando en aquella secuela cuyo título parece encabezar mi texto de hoy, y estarás regañándome porque la novia, aquella grulla de mirada exagerada y cabellos electrificados, era de Frankenstein, no del doctor.
Pero yo me estoy inventando una historia, una nueva, la mía. En ella el doctor Frankenstein soy yo, y no quiero vencer a la muerte, ni pelearme con Dios. Sólo quiero encontrar un tesoro que se resiste, en lo profundo de un océano de tiempo. He visto reflejos de esa inmensa riqueza, desperdigados por el mundo, borrosos como una moneda de oro en el fondo de un estanque. Y he pedido un deseo. Encontrar a alguien. A ella.
Pero hasta hoy sólo he visto destellos, piezas de un puzzle, que como buen doctor y cirujano de las letras podría reunir, para tejer su piel. Podría coser a los hombros y las divinas clavículas de A., los fibrados brazos de N., y a ellos las manos de O. Podría colocar los brillantes ojos de O., o los profundos ojos de A. en el rostro armónico de I., en su centro asentar la fina nariz de A., bajo ella los labios apetecibles de C., y tras ellos los dientes de M. y la ardiente lengua de B. Enmarcar esa cabecita preciosa con el cabello de S., sobre el cuello egipcio de A. Podría armar ese cuerpo desde la cintura de E., hacia las caderas añoradas de D., hacer que se balanceara sobre las piernas de N., rotando en torno al inaccesible ombligo de E., o al adorable sexo de I. Haciendo temblar los pechos perfectos de I. y las dulces nalgas de T. al caminar... Pero al fin y al cabo, con todo ello, sólo conseguiría el cuerpo perfecto, el altar sublime... y sin embargo... seguiría faltando lo más difícil de encontrar... ese corazón audaz y noble capaz de llenar mi mundo de Verdad.
Lo hermoso de la fe es lo invisible, no los templos, ya sean una capilla de madera en Escandinavia o una catedral barroca en el sur de Italia. Lo que realmente robaría de cada una de ellas son cosas invisibles, como la manera de sonreír, la intensidad de un beso, de un roce, lo entregado en el abrazo, la luz de una mirada, la curiosidad compartida... y esas cosas no puedo coserlas con hilo y aguja porque no las abarcan mis manos.
En fin, las utopías son así, y además, yo soy de letras, no el doctor Frankenstein.
Qué miopes los que ven un monstruo desalmado en ese pobre hombre remendado de cadáveres, ese infeliz que recibió la incomprensión y el odio de las gentes y el desamor de su creador. Qué injustos los que ven al hijo del diablo en ese pobre vampiro enamorado que maldijo su destino y buscó a su amada a través de los siglos. Shelley (¿Godwin, Wollstonecraft?) o Bram Stoker, eran ante todo unos románticos, en el sentido artístico, y en el humano. “Frankenstein o el Prometeo moderno” (revelador título original del libro) es la historia de un hijo perdido y marginado en la soledad del distinto, la de Drácula es la de un amante febril que no acepta la muerte y el final de las cosas. Los tornillos, cicatrices, colmillos y capas negras, son sólo una ensalada para enganchar a los lectores menos avezados. Una cortina de humo que sólo los más audaces, o los más románticos, podrían atravesar.
El cine ha profanado los huesos de aquellas obras para rentabilizarlos, ha saqueado sus tumbas, unas veces con más acierto que otras. Y ahora, tú que me lees, estarás pensando en aquella secuela cuyo título parece encabezar mi texto de hoy, y estarás regañándome porque la novia, aquella grulla de mirada exagerada y cabellos electrificados, era de Frankenstein, no del doctor.
Pero yo me estoy inventando una historia, una nueva, la mía. En ella el doctor Frankenstein soy yo, y no quiero vencer a la muerte, ni pelearme con Dios. Sólo quiero encontrar un tesoro que se resiste, en lo profundo de un océano de tiempo. He visto reflejos de esa inmensa riqueza, desperdigados por el mundo, borrosos como una moneda de oro en el fondo de un estanque. Y he pedido un deseo. Encontrar a alguien. A ella.
Pero hasta hoy sólo he visto destellos, piezas de un puzzle, que como buen doctor y cirujano de las letras podría reunir, para tejer su piel. Podría coser a los hombros y las divinas clavículas de A., los fibrados brazos de N., y a ellos las manos de O. Podría colocar los brillantes ojos de O., o los profundos ojos de A. en el rostro armónico de I., en su centro asentar la fina nariz de A., bajo ella los labios apetecibles de C., y tras ellos los dientes de M. y la ardiente lengua de B. Enmarcar esa cabecita preciosa con el cabello de S., sobre el cuello egipcio de A. Podría armar ese cuerpo desde la cintura de E., hacia las caderas añoradas de D., hacer que se balanceara sobre las piernas de N., rotando en torno al inaccesible ombligo de E., o al adorable sexo de I. Haciendo temblar los pechos perfectos de I. y las dulces nalgas de T. al caminar... Pero al fin y al cabo, con todo ello, sólo conseguiría el cuerpo perfecto, el altar sublime... y sin embargo... seguiría faltando lo más difícil de encontrar... ese corazón audaz y noble capaz de llenar mi mundo de Verdad.
Lo hermoso de la fe es lo invisible, no los templos, ya sean una capilla de madera en Escandinavia o una catedral barroca en el sur de Italia. Lo que realmente robaría de cada una de ellas son cosas invisibles, como la manera de sonreír, la intensidad de un beso, de un roce, lo entregado en el abrazo, la luz de una mirada, la curiosidad compartida... y esas cosas no puedo coserlas con hilo y aguja porque no las abarcan mis manos.
En fin, las utopías son así, y además, yo soy de letras, no el doctor Frankenstein.
Álbum de viaje.
Cuando recuerdo deliberadamente un viaje siempre me sorprende una imagen que no intuía, o un aroma, de repente, como si mi olfato me llevara de nuevo hasta allí. Otras veces, en el momento menos esperado, en la rutina, en la calle, a solas conmigo mismo o entre la multitud, el sonido más trivial puede aparecerse y redoblar alegremente en mi cabeza, y después le sigue una visión, y a ella el olor de un instante, o al revés, no importa el orden, y entonces el recuerdo del viaje se instala, cuando todos los sentidos se cogen de la mano y bailan de nuevo para mí la mágica danza del lugar.
Puedo buscar esos momentos entre mis fotos, o intentar reconocer un paisaje, abierto o urbano, a partir de un detalle casual, una noticia en la prensa, un cartel publicitario, una música en la calle, una sonrisa en el metro. Pero siempre, lo que más vivo conservo en mí de los parajes visitados es precisamente lo más intangible, un pálpito, una sensación diáfana, un estado del alma. Por eso creo que ningún viajero pasa nunca por el mismo lugar, que ningún sitio es siempre el mismo para todos los viajeros. Ni siquiera regresando a nuestros rincones favoritos del planeta, nos repetimos. Porque somos ya distintos, porque nuestros pequeños paraísos son ya diferentes.
A menudo, el Edén que te robó el corazón se convierte, con el tiempo, en un barrio más de la periferia de esta enorme y alienante ciudad en que se está convirtiendo el planeta, pero algunas veces las cosas cambian, por fortuna, para mejor. Especialmente dentro de nosotros. Entonces sabemos mirar con otros ojos, descubrir los recovecos que nos pasaron antaño inadvertidos, dedicar nuestro tiempo a perdernos, para encontrar algo, un camino en el bosque, un rostro en el mercado, una casa desvencijada, un árbol anciano y solitario donde nadie lo espera... puertas abiertas a nuevas perspectivas. Las mejores fotos de un viaje son las que nos retratan a nosotros mismos, sin que asomemos la cabeza en ellas.
Puedo buscar esos momentos entre mis fotos, o intentar reconocer un paisaje, abierto o urbano, a partir de un detalle casual, una noticia en la prensa, un cartel publicitario, una música en la calle, una sonrisa en el metro. Pero siempre, lo que más vivo conservo en mí de los parajes visitados es precisamente lo más intangible, un pálpito, una sensación diáfana, un estado del alma. Por eso creo que ningún viajero pasa nunca por el mismo lugar, que ningún sitio es siempre el mismo para todos los viajeros. Ni siquiera regresando a nuestros rincones favoritos del planeta, nos repetimos. Porque somos ya distintos, porque nuestros pequeños paraísos son ya diferentes.
A menudo, el Edén que te robó el corazón se convierte, con el tiempo, en un barrio más de la periferia de esta enorme y alienante ciudad en que se está convirtiendo el planeta, pero algunas veces las cosas cambian, por fortuna, para mejor. Especialmente dentro de nosotros. Entonces sabemos mirar con otros ojos, descubrir los recovecos que nos pasaron antaño inadvertidos, dedicar nuestro tiempo a perdernos, para encontrar algo, un camino en el bosque, un rostro en el mercado, una casa desvencijada, un árbol anciano y solitario donde nadie lo espera... puertas abiertas a nuevas perspectivas. Las mejores fotos de un viaje son las que nos retratan a nosotros mismos, sin que asomemos la cabeza en ellas.
La dama del Tajo.
A veces lo obvio y lo sólido se desvanecen de la memoria. Intentar revivir un encuentro con una ciudad, es como querer recordar los ojos de una mujer que viste pasar fugazmente. Nuestra mente bosqueja al carboncillo sus facciones, huidizas, pero el sobresalto del estómago permanece ahí, perfectamente reconocible.
Una de esas bellas y enigmáticas féminas es para mí... Lisboa. Fue apenas un roce, la contemplación apresurada de tan bella dama, de espíritu de vino añejo y maneras de aldeana, sabedora de su encanto, pero distante. Fue una estocada certera que no quiero arrancarme. La gran señora despliega con ademán sereno sus encantos, y tú deseas regresar un día a sus brazos, para explorar los dulces pliegues de su madurez y aprender a amarla.
Lisboa es un escaparate de botellas polvorientas, negruzcas, que con letras de imprenta escriben una historia en color blanco sobre sus cuerpos. El gran terremoto del siglo XVIII dejó sus cicatrices en la piel de la viuda lisboeta, que las luce como heridas de un amor huido a destiempo, desolador, pero que también la hizo más fuerte.
En su escote se viste de distinción y solera, como luciendo su mejor colgante, de azulejos y adoquines. Sus senos te seducen, aún bajo el ropaje, y te incitan a recorrerlos. Barrio Alto y la Alfama, apuntando suaves pero aún sugerentes al cielo blanquecino que refleja el Tajo. Con mano audaz palpas su cuerpo de Afrodita destartalada a medias, repitiendo caricias de antaño, pero reiterando siempre la luminosidad del goce. Con esos dedos hedonistas, te cuelas en el eléctrico ventiocho.
Qué placer tan sencillo el camino sin destino marcado, el encuentro sin búsqueda. Tomar y dejar ese burrito de madera, apearse y regresar después a esa circunvalación encantadora. El tranvía serpentea entre la piedra mohosa, el adoquín pulido de lloviznas atlánticas, los azulejos enseñoreados de historias de indianos, sobre los negruzcos raíles, testigos del tiempo. Ancianas forradas de oscuro cruzan cansina y despreocupadamente ante el ciclópeo ojo del tranvía que, lento y previsible, se ha convertido en un transeúnte más. Los chiquillos lo alcanzan en una carrera traviesa y viajan de prestado en la cola del asno electrificado. A duras penas moldeas tu trasero en los asientos, de incómodas lamas de madera, pero te olvidas al instante de eso, viendo la vida... divagar, más que pasar, a través de las lunas. Te acompaña como una banda sonora el crujir de las tablas, sobre todo cuando el ventiocho toma una curva y parece que la cola no va a seguir a la cabeza por esa cuesta. Cuando el entrañable asno se para, tomando y dejando viajeros cotidianos, se detiene el mundo, el silencio te estremece y, por un instante, tocas el alma de la Lisboa más íntima, eres entonces vecino de sus vecinos, percibes el ondear de sus sábanas tendidas al fondo de callejones sombríos, respiras la cálida luz que se cuela sobre las vías, tímidamente azul y vertical. Cuando ese par de minutos transcurren, la campanilla y el repiqueteo del tranvía te devuelven de un empujón al presente... pero uno se alegra. Un traqueteo y las tablas crujen de nuevo. Todo es como una sinfonía, la melodía cobra esplendor en los silencios.
Lisboa es la boca del eterno rostro de la península. Ha entonado los fados más hondos, fertilizado con su magia los corazones de los lisboetas, con su cubierta de piedra triste y su base de amorosa alegría contenida... esa boca plañidera en las desgracias y los tiempos oscuros, que ha besado radiante los días felices, esos labios de mujer que tanto calla y tanto conoce, que prefiere el susurro y la sonrisa tenue, siempre tibia...
Las manos de Lisboa te bañan en agua templada si cierras los ojos.
Una de esas bellas y enigmáticas féminas es para mí... Lisboa. Fue apenas un roce, la contemplación apresurada de tan bella dama, de espíritu de vino añejo y maneras de aldeana, sabedora de su encanto, pero distante. Fue una estocada certera que no quiero arrancarme. La gran señora despliega con ademán sereno sus encantos, y tú deseas regresar un día a sus brazos, para explorar los dulces pliegues de su madurez y aprender a amarla.
Lisboa es un escaparate de botellas polvorientas, negruzcas, que con letras de imprenta escriben una historia en color blanco sobre sus cuerpos. El gran terremoto del siglo XVIII dejó sus cicatrices en la piel de la viuda lisboeta, que las luce como heridas de un amor huido a destiempo, desolador, pero que también la hizo más fuerte.
En su escote se viste de distinción y solera, como luciendo su mejor colgante, de azulejos y adoquines. Sus senos te seducen, aún bajo el ropaje, y te incitan a recorrerlos. Barrio Alto y la Alfama, apuntando suaves pero aún sugerentes al cielo blanquecino que refleja el Tajo. Con mano audaz palpas su cuerpo de Afrodita destartalada a medias, repitiendo caricias de antaño, pero reiterando siempre la luminosidad del goce. Con esos dedos hedonistas, te cuelas en el eléctrico ventiocho.
Qué placer tan sencillo el camino sin destino marcado, el encuentro sin búsqueda. Tomar y dejar ese burrito de madera, apearse y regresar después a esa circunvalación encantadora. El tranvía serpentea entre la piedra mohosa, el adoquín pulido de lloviznas atlánticas, los azulejos enseñoreados de historias de indianos, sobre los negruzcos raíles, testigos del tiempo. Ancianas forradas de oscuro cruzan cansina y despreocupadamente ante el ciclópeo ojo del tranvía que, lento y previsible, se ha convertido en un transeúnte más. Los chiquillos lo alcanzan en una carrera traviesa y viajan de prestado en la cola del asno electrificado. A duras penas moldeas tu trasero en los asientos, de incómodas lamas de madera, pero te olvidas al instante de eso, viendo la vida... divagar, más que pasar, a través de las lunas. Te acompaña como una banda sonora el crujir de las tablas, sobre todo cuando el ventiocho toma una curva y parece que la cola no va a seguir a la cabeza por esa cuesta. Cuando el entrañable asno se para, tomando y dejando viajeros cotidianos, se detiene el mundo, el silencio te estremece y, por un instante, tocas el alma de la Lisboa más íntima, eres entonces vecino de sus vecinos, percibes el ondear de sus sábanas tendidas al fondo de callejones sombríos, respiras la cálida luz que se cuela sobre las vías, tímidamente azul y vertical. Cuando ese par de minutos transcurren, la campanilla y el repiqueteo del tranvía te devuelven de un empujón al presente... pero uno se alegra. Un traqueteo y las tablas crujen de nuevo. Todo es como una sinfonía, la melodía cobra esplendor en los silencios.
Lisboa es la boca del eterno rostro de la península. Ha entonado los fados más hondos, fertilizado con su magia los corazones de los lisboetas, con su cubierta de piedra triste y su base de amorosa alegría contenida... esa boca plañidera en las desgracias y los tiempos oscuros, que ha besado radiante los días felices, esos labios de mujer que tanto calla y tanto conoce, que prefiere el susurro y la sonrisa tenue, siempre tibia...
Las manos de Lisboa te bañan en agua templada si cierras los ojos.
