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Alas de Albatros
Frases borrosas, emociones, ideas... no quería pero al final me salió un diario.
De mis alas:
"...ses ailes de géant l'empêchent de marcher".
(Charles Baudelaire).


Ahora en Madrid:

"Tú..., sí, tú..., eres bueno".
(Robert de Niro, "Analyze this").


De mí, lo mejor que puedo decir es que sigo teniendo ilusión por la vida y unas insolentes ganas de escribir. Lo peor, que soy contradictorio, es decir, humano.

Mi puerta está abierta en:
Translation:

Many flavours will lose, but you can try to translate the dust of my steps on this website, and have a foggy idea about my writings, if you click above on your flag and then enter my URL there.


El baúl del albatros:

ñ (Shift+click -o botón derecho del ratón- y enlaces en ventana nueva).
Polvo, retales, y retratos en sepia de dos años de "Alas de Albatros".


Puentes a otros lares:
AGENDA


Yo de ti iría, si estás en:
Payasada del mes:
Recomendado de la semana:
ABCD...
Sindicación
 
Afluentes


Fluyes como un río, tal vez manso
e ignorando si futuras cascadas agitarán tu camino
como un arroyo serpenteo dando tumbos
arrastrando cadáveres arbóreos
estallando sordamente contra las rocas
intuyendo la venidera llanura que apaciguará mi inercia
tú en tu valle, yo en mis barrancos
separados por la cordillera del tiempo
anhelamos la intensa espuma y el sereno espejo del otro
mezclarnos en algún lugar del mapa
para trazar serpientes cristalinas

Acaso alguna vez el sol y las tormentas se aliaron
y sobre tus aguas llovieron gotas de mí
y gotas de ti llovieron, se hicieron torrente conmigo
así, burlando las montañas que nos separan
cada uno tenemos el eco del otro
el sabor del otro
el aroma del otro
diluidos en nuestra propia esencia
y por eso cuando desemboquemos, unidos
cuando seamos afluentes
tus lodos, mis barros, nos serán ya familiares

Quiero reunir en un océano inabarcable tu esencia y la mía
que nacieron del mismo aguacero, en la misma cumbre
y se separaron durante una estación, o dos
para valorar y atesorar aún con mayor intensidad
los nuevos colores en el paisaje
los nuevos paisajes en el tiempo

Atropellando guijarros sigo esperándote




pd: republico estos poemas antiguos porque la mayoría de vosotros no los conocéis, porque elijo leeros estos días, y porque en parte mi estado actual vuelve a definirse en ellos. Estoy vivo, decididamente.

 
Cuatro estaciones
Mi mano llena de burbujas traviesas al abarcar tu cintura
al posarse cuesta abajo en tu cadera, te trae hacia mí
y vienes con tu sonrisa de tarde ensanchada
te acercas con tus ojos que destellan como hoja de navaja
mientras me deslumbran en ese instante
se clavan sin permiso en mi pecho
su filo cercena músculo, crujen los huesos
separa venas, secciona arterias,
disecciona soledades, mutila los miedos,
noches agrias, mañanas de soles secuestrados
y todos esos sueros de la derrota huyen de mí
desde el trampolín de tus ojos

Vienes con tu luz y tus dagas a abrirme en canal, y me dejo
vienes a caberme dentro, y te hago hueco
y me hago hueco
si lo deseas seré refugio por si hay tormenta
si te acomodas en mi cuerpo
si lo deseas come y bebe de mi corazón
del que tienes ahora goteando estrellas en tus manitas

En tu cabello quiero pasar el invierno
en tus labios quiero exprimir el verano
rodando por tu piel de bronce y seda
como corren los diamantes de agua
cuando sales del mar y te acercas
eclipsando al sol con tu silueta de fruta
acariciando mi rostro feliz
con el airecillo de tu sombra
en tu sexo y en tu sudor quiero brotar en primavera
en tu corazón y entre tus brazos divinos de bailarina
anhelo morir en otoño


 
Receta de arroz para poetas solitarios.
Sí, algún día publicarás, tal vez lleguen a tus remendados bolsillos algunos réditos de tus versos o tus cuentos. Quién sabe si incluso te darán la fórmula mágica de la relatividad bohemia, es decir, el espacio y el tiempo para desacelerar y volcarte en tu novela, sin que el agujero negro de lo mundano te absorba con su inmisericorde masa.

Pero como esas monedas no las aceptas en un bolso de Judas, y como no eres capaz de vender algunas mentiras y crucificar tu verdad, pues ahí sigues, en la buhardilla de tus extremos, con el frío haciendo crujir las vigas del techo y el vacío hinchando tu cartera como un cadáver.

Y para colmo, eres un artista testarudo, un nómada sin jaima ni camellos (¿por qué dunas quieres resbalar, si hasta para ser nómada hace falta un morral?). No, no te valen los trabajos normales porque no bajas la cabeza, ni te afeitas la perilla, ni te quitas el pendiente, ni te cortas el pelo, ni te ahorcas la poca sonrisa que te queda en una corbata.

El señorito quiere ser Van Gogh sin tener un Theo. Quiere su Arles para ser libre y su Gauguin para sondear los abismos, pero lo único que conseguirás es un epitafio escrito sobre arena húmeda de playa con la rama de un abedul, una oreja cortada (porque eres un toro de lidia y la vida te empuja con el capote hasta la tercera de tus suertes) y la mirada de un loco.

Y por eso te fabricas recetas para ti mismo y tus compañeros anónimos de viaje.

Receta de arroz negro a lo bohemio, por menos de tres euros (o cuatro):

Para dos personas.

Un vaso de arroz vaporizado, da igual si es ese que brilla mucho o cualquier otro. Dos vasos y medio de agua. Dos cucharadas soperas de aceite de oliva. Dos latas de calamares en su tinta. Un diente de ajo.

Calentamos el aceite en una sartén grande (cuanto más grande mejor, el secreto de un buen arroz es que sea bajito), a ser posible antiadherente. Pelamos el diente de ajo y lo aplastamos un poco antes de echarlo a la sartén. Sin dejar que se llegue a tostar, apenas empiece a dorarse echamos el arroz y salteamos un minuto a fuego medio. Echamos el contenido de las dos latas y removemos con espátula de madera o similar. Cuando haga bastante ruido… añadimos el agua. Tapamos y lo dejamos unos veinte minutos hasta que se beba toda el agua. apagamos el fuego y dejamos reposar otros diez minutos.

Lo sirves en plato plano, y si te llega el presupuesto, con un poco de allioli si eres valiente, y vino blanco.

Acaricias la mejilla de tu compañera antes de sentarte.

Le miras a los ojos mientras el silencio haga de centro de mesa, y escuchas sus palabras hasta más allá de los gestos.

Y de postre, aún tras el allioli (eso es amor ;-P ), un beso.
 
Los cinco hermanos.
El primero de los cinco hermanos no es ningún héroe, camina despacio y mira siempre alrededor antes de dar el siguiente paso. Teme tropezar, y sobre todo teme que los demás caigan por su culpa, porque es él quien encabeza el grupo.

El segundo, algo más alto, es orgulloso pero noble, siempre ayuda a sus hermanos cuando el sendero se complica, cuando se difumina ladera arriba y se convierte en un empinado pedregal en la montaña. Es el más decidido a la hora de cruzar un río, el que asienta con firmeza sus pies en el lecho, mientras los demás vadean la corriente apoyados en su brazo.

El tercer hermano, el mago, no habla demasiado, pero es el más sabio, el más lúcido, y descubre cada recodo, cada rincón del bosque sin necesidad de mapas. Los demás arman jaleo entre los arbustos, dejan una hilera de ecos río abajo, pero en realidad sólo avanzan mientras el tercero guarde silencio y se detienen sin dudar si decide pronunciar su juicio.

El cuarto hermano es el más corpulento de todos, impredecible en su bondad o su ira, pero su poder le hace templar siempre el gesto. Nada puede hacer que su paso se tambalee, el problema es que a veces parece alejarse de la marcha, apartarse del grupo y perder el contacto. Se adivina algo de decepción en su mirada, porque los demás no suelen estar a su altura, o eso piensa él. No es orgullo, más bien un extraño amor más allá de lo fraternal de quien se sabe en el buen camino y no quiere que sus hermanos le sigan por inercia. Anhela que el libre albedrío o la luz de sus propios instintos les encaminen hacia la senda ideal. Ese afán le hace a veces dar una fugaz cara despótica que desaparece tras el abrazo.

Siempre lleva un rumor detrás. Todos los hermanos caminan juntos día y noche con un sonido ancestral a sus espaldas. Es el quinto, el más antiguo de todos ellos, el último de la fila. Una energía salvaje hace de él un ser de leyenda, o lo haría, si no fuese por las veces que sus hermanos le han visto derrumbarse. Pero aún antes de caer, recién hincada la rodilla en la tierra, siempre se levanta. No existe moral, sentencia o temor que le gobierne, es un poder desatado de las montañas, un clamor caído en una tormenta desde las estrellas. Es puro y simple como el agua, capaz de dar la vida o arrasarla.

Como los dedos de una mano, caminan los cinco sin mirar nunca atrás. A veces se hacen puño y arremeten contra la adversidad, o contra el mundo… otras son palma generosa tendida a los débiles, a los compañeros de viaje, a los seres del bosque, al caminante extranjero.

Y algunas, incluso, los cinco hermanos juntos escriben cosas como esta...

 
Renacer.
(pre-data: sí, tal vez fui un poco duro en mi "post" del sábado, y tal vez estaba de mal humor en ese momento, vale, pero suscribo el 99% de lo que dije. Soy una persona moderada en general y tolerante en particular, pero respecto a ese tema, El Tema, soy el Ayatollah de los radicales. Incurable, es lo que hay).



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Renacer



Escribiré palabras con la yema de mi lengua sobre el rocío de las hojas, hojas con sudario de bronce en su estertor, un instante antes de que caigan de los árboles, por si las esparce un remolino de brisa argentina, por si van acumulándose en el lecho del bosque, y se van deshaciendo... y algún día brota un arbusto que se alimente de su recuerdo y sus anhelos de hoja estrellada, de estrella en la bóveda austral, de estrellada contra sus anhelos... por si algún día brota una orquídea con alas que renazca, sin saberlo, de las cenizas de mis letras, hasta rebasar con el tiempo a sus longevos vecinos, anclados a sus raíces.

El viento está jugando conmigo, danzando en espirales fugaces, silbando en pinceladas huidizas, dando aldabonazos al letrero de madera de mi cabaña, helando el río que me rodea desde hace tiempo... pero un día de estos, a ese viento, voy a bebérmelo de un trago y terminará el juego. Y empezará de veras el vuelo.
 
Amorcitos.
(Hoy he enviado mi carta de Amor al concurso que me hizo saber Yarince. Es antigua y sé que, como siempre que hay evaluaciones por medio, no me comeré una rosca. Pero nunca se sabe...

Y para hoy, otra cosa, del cuaderno de tapas marrones que llevo casi siempre encima):




Amorcitos.



-Amorcitos cazadores: buscan el trofeo para lucirlo, en el salón, la alcoba o en vecindad. Todo lo demás es secundario.

-Amorcitos notarios: necesitan dar fe constante de todo lo sentido, sellar palabras y firmar pruebas.

-Amorcitos vampiros: se nutren de la energía vital del otro, dependiendo a la vez de ella, mientras la desangran... y alimentan su hechizo.

-Amorcitos parásitos: idénticos a los anteriores, pero ni siquiera poseen artes hechiceras.

-Amorcitos ilusionistas: pueden acabar siendo más perniciosos aún, en este caso por exceso de hechizo, artes malabares, cortinas de humo y misterios de pacotilla. Sólo mantienen el interés tras la careta.

-Amorcitos cortesanos: dan sin entregar y toman sin bendecir, siempre previo pago de sus ambiciones.

-Amorcitos princesita: anhelan febrilmente cuidados, atenciones y demostracioens de virtud caballeresca, pero cambian rápidamente de guerrero en cuanto no se cubren sus necesidades.

-Amorcitos Sisí: nada que ver con emperatrices, son amorcitos, de los más patéticos, que sólo "quieren" si les quieren, sólo se fían si responden, sólo "dan" si reciben...

-Amorcitos esclavos: se ajustan los grilletes con gozo desde la voluntad del otro, y caminan a su espalda con brete autocompasivo, "no soy nada sin ti"...

En fin, amigas y amigos, el repertorio es interminable, pero mi estómago es débil. Así que prefiero dejarlo aquí.

Que conste que cada uno de estos amorcitos llevó mayúscula por venir tras un punto y aparte, que son minúsculos, mezquinos y mediocres. Lombrices ciegas en un lodazal de tedio. Aunque los hay que juran quererse con locura.

Permítanme Amar con cordura en el corazón (sin suicidios a plazos) y locura nómada en la razón. Acepto las lecciones, me encaramo a su grupa y cabalgo más alto, pero si no han de venir mayúsculas, déjenme tranquilo.

Amar es la entrega mutua sin renta de cada aliento, el templo de dos pilares con cúpula celeste y altar de piel ardiente. Dar la vida sin dudarlo un segundo. Quédense las lombrices con los amorcitos.
 
Vida y olvido.
Tenía pensado un texto sobre mi infancia, el colegio, y de cómo en mi caso cualquier tiempo pasado no fue mejor. Nada que ver, me siento más pleno cuanto más avanzo y no añoro la ignorancia cándida de antaño. La inocencia no es pasión ni vida, sólo un bonito regalo de hoja caduca. La alegría de vivir es otra cosa, y ha de ser perenne, a pesar de las tormentas.

En fin, pero he leído al guerrero Yarince (al que la mayoría de los que seguís mi vuelo conocéis, pero a quien por si acaso y para los rezagados, recomiendo visitar), caballero guanche con armadura de caracolas y espada de tinta, y lo que iba a ser un comentario en su "blog" ha acabado siendo un "post" en el mío.

Dejemos el colegio para otro dia...



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Vida y olvido.




Emprender el viaje, acabar el último vino con los amigos, apagarse con el último beso de la persona amada, cerrarle los párpados al recuerdo con una sonrisa... recibir la brisa nueva con la lección aprendida, y partir... así deberían ser todas las muertes. Así espero la mía.

Y esas no son tan dolorosas.

Ni te duelen las ajenas como las de la sangre hermana, ni las de los indeseables como las de los amados, ni la de los anónimos como la del nombre de tu vida. No son todas las muertes iguales para el corazón.

Pero las muertes de guadaña injusta, las muertes de daga traicionera, las muertes de tirano entronado sobre pilares de calaveras, lo haga con descaro o disfrazado de demócrata, la muerte con saña por el dolor de otra anterior, la muerte de un niño por haberte quedado tú huérfano de otro abrazo, la muerte absurda, a deshoras, insolente, sabedora de lo que quita aunque use una hoz mellada que no distingue a los justos... esa muerte me duele, amarga y subleva exactamente igual si ocurre entre acero y cristal en atalayas de la metrópolis, en un colegio perdido entre estepas y hormigón, sumando tullidos en un arrozal jemer sembrado de minas olvidadas, en los arrabales de adobe de la ciudad de las mil y una noches, en la sabana y los deltas interiores del país de los nubios, o dejando un eco solitario de casquillos en las aceras llovidas de una ciudad con bahía de peregrino.

Las muertes por una ola gigante no son iguales que estas. No nacen de la maldad humana, de su ignorancia o sus muletas de odio. Aunque duelan. Pero no son iguales.

Aún así, casi duele más que esas, las otras, y que todas juntas, el olvido y la desfachatez, los "barcos volantes" de tres pisos y las fichas galácticas para bípedos con uniforme. Eso sí que duele. Porque hay estómagos diminutos y párvulos rostros que seguirán muriendo en Asia, tras la resaca de la gran ola. Y porque los hay también en mil lugares, y seguirán muriendo, porque ahora mismo están muriendo, a un tiro de piedra de algunos mega hoteles repletos de gambones con playeras y gafas de marca. Ahumadas, bien negras, de las que no se quitan nunca, para no ver lo que no quieres ver.

Y le hacen a uno abominar del género humano otros vivos, los carroñeros de vuelo bajo que buscan entre los escombros para llenarse los bolsillos mientras rebosan los féretros de carne tierna. Ese abismo sí que duele...

La muerte es inevitable, es el último viaje. Lo que duele de veras es el desprecio por la vida del prójimo.

Decía un proverbio oriental:

"Nacer es llegar, morir es volver".

Que el tránsito sea amable y útil, depende de nosotros.
 
Cacharritos.
Hace tiempo, bastante, aún tenía dinero en el bolsillo, y me lo gastaba en viajes, impulsos, prórrogas, experiencias, locuras... y en teléfono. No en hablar por teléfono móvil, porque los que me conocen bien saben que aunque puedo agotar a cualquiera en persona si tengo el día y se plantea una batalla dialéctica (amable, se entiende); o que para arreglar el mundo sólo me hace falta un café, o una cerveza, o un banco en el parque, y estar dispuesto a escuchar... en fin, que me encanta hablar, pero por alguna extraña razón, me siento incómodo hablando por teléfono. Vaya si lo saben mis amigos, y mi familia, que están hartos de preguntarme para qué tengo un móvil, si nunca lo utilizo (se observan cabecitas entre la audiencia asintiendo con ironía), llamadas perdidas de un tono aparte (de las de "estoypensandoenti", ya sabéis).

No puedo explicar por qué. Será que me falta la mirada del otro, los gestos, la presencia incluso, en silencio a ratos, entre dos, que también aprecio... bueno, deben ser manías de escritor chalado. Pero eso sí, hace tiempo, demasiado, cuando aún tenía dinero y muchos pájaros en el zurrón, me gastaba una fortuna en mensajes cortos y en consultar el correo Yahoo por el móvil...

Entre eso y otras necedades, se acabó el dinero.

Pero el otro día mi terminal murió, dijo basta... y entonces recordé que aún acumulaba puntos promocionales, etc., y en fin, el caso es que entre eso y un empujoncito de Reyes de mi amiga I., la semana pasada estrené nuevo móvil. Eso sí, ni un puñetero céntimo en el saldo, curioso... (ayer estuve tentado de poner aquí mi número, por si algún alma caritativa me hacía una recarga sorpresa, pero desistí, no por pudor, que total, nunca descuelgo a números extraños..., si no más bien por vergüenza, que hay cosas más importantes por ahí -¿lo de Asia lo vamos olvidando, mientras la cifra de fallecidos aumenta cada día...? así somos... - que subvencionar los mensajes de un radical inadaptado -es decir, poeta- hasta que encuentre trabajo -¿lo hará alguna vez, o seguirá con su infantil, ...por antigüedad, no por demérito... , sueño de ser escritor profesional?-).

Qué frívolo está hoy Sergi, diréis. Pues no, no escribo este "post" para reirme de la tecnología, tanta camarita, jueguecito y tecnología i-mode... y luego los textos de los mensajes en mi terminal no tienen acentos, es decir, puedo hacerme una foto y al segundo enviarla a una dirección de correo de Bali... pero no puedo escribir en castellano como Dios manda...

Si escribo este "post", tampoco es sólo para dejar constancia de mi estupefacción cuando veo cosas como el nuevo Airbus... ese barco volante, y me da por pensar en lo vulnerable que será a tantas cosas (barco, Titanic, arrogancia... desastre... en fin...), el daño multiplicado en manos de quien bebe del odio, el derroche brutal en combustible, mientras las selvas agonizan y el petróleo entra en números rojos (¿es que van a exprimir la vaca hasta el final, cuando la sociedad en la que vivimos, adicta enfermiza al crudo, tiene fecha de caducidad? ¿es que nadie va a explotar por fin las energías alternativas? ¿por qué no circulan coches eléctricos, o híbridos de hidrógeno en masa por nuestras calles, y aún compiten los papanatas para ver quién tiene más caballos, más velocidad punta en sus flamantes carros de acero? -no, ya sabes que eso no va a cambiar, el imperio del dólar hasta el final...-).

Si escribo este confuso e improvisado "post", el más confuso y uno de los más improvisados (y absurdos) en Alas de Albatros, es porque aprecio el valor de la tecnología, que depende de nosotros, de la motivación con que utilicemos las cosas... vale, de acuerdo, pero... detesto ver los nombres de algunas personas encajonados en esa pantalla cuadrada... y saber que no puedo "estrujabrazarlos" cuando deseo.

Estoy tonto, o mimoso, no sé. Perdonad por haberos aburrido. A veces hay días tibios como este.
 
En el bosque del mundo.
Publiqué este texto hace mucho tiempo, el día 26 de Agosto, pero hoy me lo han traído poderosamente a la mente unas imágenes y un recuerdo, una sensación y una intuición. La amable culpa la tienen Poledra y su blog.

Este ha sido un fin de semana de contrastes. El sábado pude ver a tres amigas (concentro los cafés y charlas en los días que las agendas ajenas lo permiten), tres nobles y leales compañeras de viaje, tan distintas, como todos mis amigos, tan clavadas en la bondad, como Todos mis Amigos.

Con la primera, M.J., decidimos que somos divinos de la muerte y el mundo se lo pierde -risas-, con la segunda, N., me quedé boquiabierto por la sorpresa... ¡va a ser madre en verano!, y con la tercera, O., descubrí que hay certezas maravillosas -saber que un corazón hermoso siempre lo es, tome la forma que tome- y sorpresas aún mejores...

Gran sábado.

Y un asco de domingo. Descubrí por la mañana, bueno, mediodía -me levanté muy tarde- un escueto buzón de voz de una persona que quiero a morir, con la voz quebrada, que esperaba poder hablar con su amigo Sergi la noche del sábado. Y me levanté con una migraña terrible (lo juro, migraña, no resaca...), un domingo negro, por todas partes venían aguijones oscuros hasta mi cabeza... Y yo sin poder salir de casa, ni de la cama, hecho polvo por la migraña, y sin un céntimo de saldo (para variar...) en el flamante nuevo móvil (regalo retrasado de Reyes), es decir, sin poder mandar un mensaje que me apetecía (mucho) a O., y sin poder llamar a A., para saber qué le ocurría... qué le angustiaba...

En fin, ya salí a la calle, me encuentro algo mejor -al menos la vista no se me va- y ya encontraré la manera de hablar con ellas. Porque sigo sin saldo... jodidos poetas, siempre a dos velas....

Ahí va el texto recuperado, al hilo de Poledra, no os perdáis sus imágenes de ayer, domingo:


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En el bosque del mundo.



Como un árbol, puedes intentar podar las ramas de una persona, ver las hojas de su sonrisa teñirse de ocres lánguidos en otoño y reverdecer exultantes en verano o pintar un cuadro impresionista en la primavera de sus alegrías; puedes ver sus ramas desnudas en el invierno de la soledad, puedes incluso pensar que ese árbol nunca es el mismo… pero nada ni nadie cambiará jamás lo que va de las raíces al tronco, la esencia y la savia que son inmutables, que son árbol. Lo único que en realidad puedes hacer con él, es alimentarlo, o talarlo. Y aún así hay árboles que sobreviven en la sequía, baobabs invencibles, y otros que resurgen de los incendios, personas con alma de leño mediterráneo y eterno. Puedes elegir un risco solitario para echar raíces o formar filas en un absurdo vivero de abetos, dejarte contar y vender, pero los árboles más bellos están en el bosque primitivo, donde viven juntos, y conviven distintos.



 
Cartografía erótica VI.
Quien aún recuerde esta serie, lo que tendría mérito, pues la abandoné en el desván un once de Noviembre, me estará regañando, porque me he saltado un episodio, "Cartografía erótica V. Las columnas del templo. Parte 2ª (tus brazos).", y es que, lo creáis o no, por el efecto que produce en mí, por lo inasible de la sensación, lo dejo para otro día. Sucederá lo mismo con los ojos, aunque estos vendrán mucho más tarde, allá por el XIV o XV. Sus brazos en mi retina... demasiado etéreo para guardarlo en un frasco de palabras si uno no tiene el día inspirado (o la semana, o el mes, o... que ya dije que tengo la líbido lesionada). Otro propósito que espero cumplir a partir de ahora, es la brevedad, sin dejar de ser fiel a la intensidad. Conociéndome, será difícil no girar y girar como peonza, una vez voy lanzado. Veremos qué sale (disculpad, es que me he releído y me ha entrado la risa).

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Cartografía erótica VI.


Las dulces puertas del infierno. Parte 1ª (tu sexo).



Prólogo rescatado (y re-comentado) de un comentario antiguo en Astrópolis:

"La diferencia entre rehusar la invitación que dos muslos en V hacen a mi traviesa boca o devorar cual león tras Ramadán felino el sexo de una mujer la marca, entre otras cosas (y siempre bajo el mandato del deseo) el vello púbico.

Las selvas en ese caso me provocan rechazo frontal (y paradójicamente lo púbico entonces se hace público, lo furtivo fútil, y lo mágico banal).

Totalmente rasurado me dan un punto infantil que no me acaba de gustar, aunque entre un extremo y otro, elijo el segundo (siempre es mejor la piel que los espinos, que no cercan más que un beso a medias).

Lo crean algunos o no, no todos los genitales femeninos, como los masculinos, son iguales. Hay orquídeas (cuando los labios ensayan trabalenguas y las lenguas se traban dichosas en los labios), repollos (de capas circulares como en un extraño acertijo circense), trincheras (cuando, sobre todo visto desde atrás, una sombra se hiende entre suaves y prolongadas colinas, pidiendo con astucia que uno se haga noche y caiga sobre ese valle para cubrirlo de estrellas en cada gota de saliva), párpados (algunos otros toman esta forma en el sueño, especialmente de costado, cuando levantas con cuidado la sábana y un gemido ahogado se queja sin protestar, allá arriba, mientras siembras caricias matutinas), melocotones partidos por la mitad (los que atrapan al lingam de Shiva y se lo tragan con voracidad), etc... y en cuanto al vello, lo mejor es un jardín francés, césped cuidado sobre el monte de Venus, ligeramente geométrico y labios lisos y suaves (y ahí sí que se nota la diferencia, en los cinco sentidos, pero ante todo, olfato, gusto y... tacto -sublime-)..."


El sabor de tu sexo varía como la luz de un mar interior. Agitado tras las tormentas, revuelto, o sereno en invierno, o con fumarolas de sal en el verano. No puedo explicarte por qué disfruto tanto al hacerte vibrar, o por qué tu néctar me engancha como marino bebedor de taberna remota.

El aroma de tu sexo silba como el viento entre los árboles, llamándome, no como en las junglas donde la madera se pudre de humedad y maleza, sino como en los jardines y hayedos donde los gnomos juegan y se oyen sus risas, o el otoño vuelca su tarro de galletas de ámbar.

Tu sexo, con el que hablo a veces y al que bautizo con apodos bromistas que te hacen reir y llamarme amorosamente loco, es mariposa de alas livianas y cuerpo desvanecido, dejando una tímida cabeza que sólo asoma si la llamas. El único destino de un viaje al que se llega mucho antes si das un rodeo. Lo sabes mejor que nadie. Y yo también, y eso te enciende. Como al corazón de una mujer, así es el juego. Un rodeo húmedo y paciente, hasta que la cabeza asiente y te pide una desaforada pulsión del picaporte. ¡Ah del castillo! Y la guarnición se apresura a bajar el puente.

Herida de miel salada y abejas zumbonas encerradas, buscando la salida en un vibrar de caderas, mientras el curandero sorbe el veneno con succión ralentizada, no para curar, sino para envenenarse complacido. Aquí no hay más que mareas que fluyen y afloran, y la razón que naufraga y se hunde, por fin.

Aliento africano de mi vena árabe, la de jaima hospitalaria y música de laúd, la de raptor insolente y constructor de Taj Mahales, aliento candente sobre la orquídea espesa, labios abiertos que pronuncian mi nombre en grados, labios abiertos que pronuncian el tuyo en suspiros que resbalan por tus ingles. Huesos de cuna que suben impacientes y mano firme que suavemente los empuja contra el lecho. Sssshh...

Un “vaaa” susurrado y largo de tus párpados fundidos, suplicando, una sonrisa de medio lado en mi boca de fauno, y abres los ojos, y maldices y ríes a la vez, más calor, más temporal, más aliento que aviva los rescoldos de tu hoguera, de nuestro fuego robado, Prometeos insolentes.

De repente, sin previo aviso, un lametón, decidido, de abajo a arriba, tu valle entero, la viajera parlante ensanchada como una bajamar en la playa y tu sexo tirita… y no es de frío. El terremoto sale disparado como una onda expansiva, hasta tus rodillas, hasta tu barbilla, hasta tus entrañas, hasta tus recuerdos, hasta que se tambalea tu presente, el nuestro. Y cae, y se desordena, para reinventarse otra vez, diez mil veces.

Una pausa. Quietud. No te toco, contemplo los efectos colaterales de mi argucia. Unos segundos. Una eternidad de miradas pegadas.

Otro lametón, un poco más despacio, un poco más de presión, más lento también al separarse y, mientras sube de nuevo, tu espalda dibuja un arco, que guarda una flecha para ensartarnos, de pecho a pecho. Tu espalda se arquea como el tallo de una rosa arrojada al fuego. Y yo busco las espinas para amarlas también. A los pétalos es sencillo, a ellas es preciso.

Otra pausa, atrapas mis muñecas, levantas tu rostro hasta que la nuca es alfiler que punza tu voz y tu mentón roza la parte dura de tu pecho, y entonces, me socavas con la mirada, algo desencajada, sin sonreír un milímetro, y me arrojas un “cabrón...” que me regala el alma de vida.

Estás perdida.

Retiro tus manos, que se van a mi pelo y a tus dientes, y me lanzo a devorar mi botín de guerra. Sin prisioneros. Mi lengua te empuja, te hace girar, se hunde, te abarca, te descoloca, me disloca, y nos devuelve a las cavernas. Gimes como felina cazadora y tiemblan las bestias bajo la luna llena de la sabana. Y en las sábanas hacemos remolinos de seda al retorcernos, y tiran de nosotros mar al fondo, y me quiero ahogar contigo, y se desahogan los corazones, liberados.

Mientras, respiro acelerado con mi nariz aplastada contra tu monte de Venus, que ya no es de la diosa, no, es todo mío, soy el rey de la colina, el dueño de tus latidos. Río desquiciado como emperador victorioso, ya es mi cabeza la que mueve mi lengua, y mi columna mi cabeza, y mi alma mi columna. Rápido, que no deprisa.

Y entonces te como entera, hasta tenerte dentro, hasta que la orquídea al rojo vivo me pide ser allanada con ese ariete que grita desde hace rato entre mis caderas.

Y entonces entro despacio, hasta que me tengas dentro del todo, todo yo, todo tuyo... para quedarme a vivir más allá de las dulces puertas del infierno.
 
Algo no cuadra.
Partí la Tierra en dos contra una estrella y no estaba dentro.

Desaté las raíces de todos los árboles y no estaba enterrado.

Desgarré a mordiscos el corazón del bisonte blanco y no latía allí.

Levanté las baldosas de las avenidas invisibles que trazáis, y no estaba debajo.

Vacié las copas hasta la última gota de sudor y sangre, y no estaba en el poso, ni siquiera como presagio.

Me tragué todas las bolas de cristal hasta hacerlas añicos en mis entrañas, y no apareció nada.

Me despojé de la piel y la dejé colgada en una cornisa, antes de saltar. Quebré mis huesos al estrellarme contra el suelo, y repartí mi carne entre los fieles buitres, ávidos de sustento. Y no estaba allí, ni en la hierba, ni en la arena, ni en sus garras.

Me hice delfín y no dejé abismo, costa ni arrecife por explorar, pero fue inútil.

Me reconocí albatros, y no consigo alcanzar mi propia sombra, si miro al sol, ni al sol, si persigo mi sombra.

Me di la vuelta como un guante y mostré todas mis costuras, retales y remiendos. Pero no estaba allí. Nunca estuvo allí.

Y yo estoy.

Y estoy harto de ser el invitado eterno a una fiesta sin anfitrión, o el huésped impaciente de un hogar sin ecos, o el cauce reseco de un río que no fue.

Harto de saber. Porque lo más hiriente es la conciencia. Saber que eres el aliento de la lluvia... y que la tierra yerma nunca esté allí para derramarse sobre ella.

Juro que no visto capa, ni luzco galones, ni me escondo tras una máscara, ni me protejo de la vida tras armaduras cabales, lo juro. Y sin embargo no está.

Nada vale, no hay estrategia posible, sólo la cara de imbécil aceptando el destino o la mueca rabiosa que no claudica. Y yo no soy rebaño ni lobo estepario.

Ni palacios, ni carros dorados, ni cetros, ni coronas, ni castillos... lo que yo admiro y anhelo es intangible, y lo que envidio insanamente es la suerte del necio.

¿Caen los imperios en manos de invasores si jamás partieron estos de su hogar?

¿Se forjan civilizaciones por el esfuerzo ausente del cavernícola que se contenta con marcar en ocre su mano en las tripas de la tierra?

¿Prosperan las culturas si los pueblos siguen gruñendo y resolviendo debates por el hacha?

¿Merece un ciego voluntario el David de Miguel Ángel?

¿Merece el sordo empecinado las cuatro estaciones de Vivaldi?

Encontrar sin buscar, vamos, no me jodas.
 
No culpable.
(dedicado a mi aliada Alexa).

La culpa de mi esperanza la tienen mis huesos

La culpa de mi penumbra la tiene este mundo

La culpa de mi sonrisa la tienen tus gestos

La culpa de mi llanto la tengo yo

La culpa de mi locura no tiene sujeto

De mi corazón sediento

nadie tiene la culpa

ni el motivo, ni una explicación

ni acaso el remedio

como no sea un vaso largo de ti

sin hielo
 
Sin viento.
Da unos pasos torpes y hace equilibrios sobre el acantilado.

Extiende las alas y otea el horizonte. El mar sacude las rocas.

Se deja caer, convertido en vela mayor, sobre la espuma del rompiente.

No sopla el viento, sólo una leve brisa que asciende desde el tumultoso batir de oceáno y tierra.

Sólo el salado aliento de la frontera.

Y cae en picado, agitando el velamen, patético intento de ser otra cosa.

La inercia le deja unos metros más allá del escándalo, posado sin gloria sobre un mar en calma.





El oleaje y el acantilado son sólo un rumor desde ahí.

Los ojos negros brillan en el agua y el reflejo parece reprocharle el intento.

Pero el aeronauta es orgulloso, y porfiado. Ya se las arreglará para volver a remontar la pared.

Palmea hasta la playa, dando un rodeo, oscilando como una boya blanca.

Deja un rastro de estrellas sobre la arena mojada, y sábanas de mar lo van borrando en abanicos.

No hay horizonte nuevo, ni ruta austral, ni peces arco iris en islas remotas.

Sólo una playa tan familiar como los muros de la casa del farero.

Tan amarga como la estela del faro en la anochecida, enfocando sueños y países lejanos.

Una luna nueva se avecina, y bajo los escasos jirones de luz que aún derrama sobre la playa... el albatros se conforma con la morralla que vomita el océano.

Alevines muertos, el caparazón de una tortuga y un diario con las hojas podridas de algas...
 
La espada del loco.
No sé si las capas que cubren lo que siento por ti, o por tu fantasma de niebla, son sólo hojarasca de ilusión, emociones de abril o nostalgias nevadas. No sé si el tiempo las irá levantando poco a poco de mi corteza o podrá llevárselas de golpe una tarde de ventisca, o si son el campo fértil y el bosque encantado que guardan la semilla y el hechizo de algo futuro, de un sentimiento más completo e intenso, de otro color, de otro cincel, de otra pluma, de otro sabor.

Pero sí tengo la certeza de que ahora, bajo la senda de todas esas hormigas voraces que pasean por mi mente cuando te recuerdo, te anhelo o imagino, tras todos esos latidos silvestres que se colaron sin permiso en la cocina de mi alma y arman jaleo cuando hablo contigo, con tus mil caras, con tus diez nombres, los que aprendí y los que aún desconozco, y aunque sea con letras y por turnos, aunque sea con teclas y en ventanas diminutas abiertas en la palma de la mano, aunque sea con palabras torpes a través de un hilo, de voz, de metal, de ansiedad, de rabia, de alegría, aunque sea en un encuentro fugaz en el mismo autobús, aunque sea en despreocupada charla con viejos amigos, aunque sea, sobre todo, con el pensamiento y en silencio, bajo todo ello habita una verdad inextinguible, como el corazón de magma sobre el que gravitan todos los bosques y prados, desiertos y abismos, océanos y arroyos del mundo. Y es que te quiero, incondicionalmente. No es este tiempo para ese afán, pero yo soy un viajero desubicado, caído a esta edad desde alguna otra época.

El Amor y la Pasión no pueden hacer juramentos eternos, sobre todo cuando aún no saben si son huevo o cachorro, eco devuelto o nubes huidizas, si aún no les dimos alas para volar, ni dientes para marcar, ni manos para encender, ni labios para fundir, ni lenguas para partir en dos, ni piel para prender, ni miradas para perderse… ni silencios para encontrarse, ni amaneceres del último día de una vida con el sabor de la primera noche de un sueño… pero esta otra forma de entrega, esta Luz inmensa, sí puede.

Yo puedo. Yo, ave rara y torpe, piloto audaz pero extraviado, yo sí puedo. La vida y el destino moldean a los hombres pero algunos esgrimen martillo de regia voluntad, y sobre el yunque de su presente forjan la espada que decapita al monstruo, en la fragua de su corazón toma cuerpo la hoja que aniquilará al dragón del tiempo. Hay titanes que conquistan imperios, pero yo busco otro horizonte, más allá de los mapas. No te pido que me entiendas, ni que me des algo. Sólo que seas capaz de verme y reconocerte.

¿Quién eres...?
 
La carta.
Queridos Reyes Magos:

Como he sido un niño muy bueno, no me voy a andar con rodeos, y si no queréis que os denuncie a inmigración y os metan en un avión de regreso a vuestros países, tened mucho cuidadito y hacedme caso.

Como me levante el jueves y no tenga mi lista de exigencias cubierta en el balcón, agarro a un paje, le rompo las piernas, me hago una barbacoa con el camello y tapizo el sofá con su pellejo.

Quiero un boleto ganador de lotería, premiado con no menos de cinco millones de euros, y una novia de metro sesenta y ocho más o menos, ventimuchos años, morenaza, inteligente, sensible, sensual, sexual, culta, sincera y alegre. En su defecto exijo un contrato de diez años con la editorial Planeta, Alfaguara o similar, y un montón de amantes que no sean la mujer perfecta pero hagan un collage interesante en mi recuerdo.

También quiero que mi gente esté bien, feliz, sana, que haya menos bastardos en el planeta, de esos que van fastidiando la vida al prójimo, que la verdad siempre acabe reluciendo, aunque deslumbre, y sobre todo que sonrían los niños que hoy se apagan sin aliento siquiera para el último llanto .

Y un Scalextric, un portátil, un Alfa Romeo GT y un piso en Barcelona.

Vosotros mismos...

Hablo en serio.


Sergito.



pd: y ya puestos, que abdiquéis, que soy republicano...

Bueno, vale, me he pasado, me conformo con un poco más de alegría y buenas noticias para aliviar este mundo loco, un contrato con una editorial competente, y el primer encuentro con una mujer que me ilusione emocione, y que sea recíproco al 200% (amplío el abanico entre el metro sesenta y poco y el metro setenta, y entre los ventipocos y los treintaymenos... ¡Ah! y con el color de su melena también puedo negociar. El resto es inamovible). ;-P

Y si sóis buenos, os haré una paella y le daré un poco de whisky al camello.