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Alas de Albatros
Frases borrosas, emociones, ideas... no quería pero al final me salió un diario.
De mis alas:
"...ses ailes de géant l'empêchent de marcher".
(Charles Baudelaire).


Ahora en Madrid:

"Tú..., sí, tú..., eres bueno".
(Robert de Niro, "Analyze this").


De mí, lo mejor que puedo decir es que sigo teniendo ilusión por la vida y unas insolentes ganas de escribir. Lo peor, que soy contradictorio, es decir, humano.

Mi puerta está abierta en:
Translation:

Many flavours will lose, but you can try to translate the dust of my steps on this website, and have a foggy idea about my writings, if you click above on your flag and then enter my URL there.


El baúl del albatros:

ñ (Shift+click -o botón derecho del ratón- y enlaces en ventana nueva).
Polvo, retales, y retratos en sepia de dos años de "Alas de Albatros".


Sindicación
 
La senda propia (II de III).
(...) Así que para contar el anhelo de Vivir, deberé apostar; para contar el vértigo y el triunfo, deberé lanzarme al vacío, y aprender a planear antes de llegar al fondo del cañón; para contar la lujuria, deberé deshacerme en sudor a dos bandas, y para narrar el silencio tendré que aislarme, asilarme, alisarme, trabando mi lengua hasta enmudecer… aislarme, asilarme, alisarme… buscar una isla en la que naufragar sin medias tintas, lejos de las rutas comerciales, buscar un país sin bandera ni parlamento y pedir refugio a los árboles y al viento, pulir todos los vértices de mi ego hasta desenterrar el espejo. Aislarme del tedio y las tretas, asilarme en lo cierto y sencillo, alisarme hasta reflejar las almas de quienes tropiecen con mis botellas de náufrago.

Esta serpiente me puede, se adueña de mis venas, se abre paso en mi boca y silba, y zumban los cascabeles de su cola en mis dedos. Lo sé, porque vine con otra idea y las letras se van clavando solas en la carne. De confundirme y haber cambiado de sitio mi dislexia digital una ele y una ese, salió la mitad del párrafo anterior.

En la primera parte de este arranque por sendas intransferibles, pude nombrar a los escritores que criticaba. Y no callé los nombres sólo por saberme peor que ellos, ni por esa absurda corriente de la corrección política. Tan sólo fue por no detenerme ni atrapar a nadie con cepos desperdigados. Porque si un tipo que sólo vomita sus desvaríos en un cuaderno de bitácora (cuando sepa programar o diseñar una página web, y cuando tenga ordenador, me haré unas alas nuevas, y de fondo habrá un mar en sutil movimiento, ¿habéis visto el fondo del final de “La 2 Noticias”? pues algo así), que apenas muestra lo que de veras escribe “literariamente”, se atreve a opinar así sobre algunas vacas sagradas de las letras, lo lógico sería que el lector mandara a la hoguera al hereje.

Pero ayer no quise decir que no fueran grandes Pessoa, Rimbaud, Borges, Kafka... unos cuantos norteamericanos ¡y hasta Séneca! (sí quise decir de alguien en concreto que era mediocre, al final, sobre todo, un Premio Nacional…). Podría conformarme si en los estertores del mundo aún una sola persona recuerda mi nombre, como un débil eco de algo ininteligible. Y sin embargo ellos ya son pilares, sinfonías e himnos adoptados por millones. Sólo quise decir que no es mi senda. Que aún exiliado en esta meseta, confinado en este tedio y condenado a esta travesía circular, puedo escribir, sí, y lo hago, como pájaro que ensaya el vuelo en una jaula, con marca de lacre en sus patas. Pero no es mi camino. Ni aunque fuese el mejor pájaro cantor del mundo. Cantar es cualidad del ave, pero lo es sólo de veras si vuela…

Sin Vida no entiendo las letras, o lo que es peor, soy consciente de que llueven a medias, como un estúpido calabobos castellano o un pusilánime txirimiri vasco. Tormentas, joder, vendavales, oler como humo de opio la bruma en acantilados derruidos por lametones furiosos de océano, que nevadas siberianas borren los páramos hasta el hartazgo cantados por generaciones de poetas nucleares, genioactivos, contaminantes por siglos, porque aún marca el contador niveles altísimos de polución poética… aún nos escondemos en refugios subterráneos por este invierno nuclear permanente. A mí no me duele España, ni me solivianta que los tertulianos del Gijón se abrumaran si levantaran la cabeza. Somos algo más, y muchas cosas menos. Somos mucho más, y para nada números, banderitas y posturas heredadas. Algo más que patriotas (ojalá), mucho más que “hombres de bien”, muchísimo más que nietos de Cervantes, por suerte huérfanos también de hoces y martillos inhumanos… somos algo más que el rebaño de políticos con careta recién estrenada y discurso de guacamayo (por repetido y bananero), algo más que la plebe temerosa de Dios que baja la cabeza y se santigua ante los sermones a divinis de quienes antes escribieron, pintaron o pensaron. Qué más da una cruz, que una luna, que una estrella, que una virgen negra, que un toro, que una diosa de ocho brazos… si los humanos buscarán el símbolo hasta bajo las piedras y en la arena, con tal de que alguien le asegure una parcela más allá de la muerte. Y de paso, un toro, negro, bajo la luna y las estrellas, en dehesas vírgenes, me parece más bello que ocho brazos dándole muerte en la arena rodeada de piedra.

Qué pequeños nos vamos haciendo cuanto más creemos que pertenecemos a algo grande, si ese algo tiene tantos límites, si es tan absurdo.

Y yo que venía aquí a hablar de letras…(...)
 
La senda propia (parte I).
Talento derramado sobre raspas para gatos de callejón es talento desperdiciado. Trabajo armado con magnitud de pirámide escalonada... en el corazón de un desierto sin brillo, es trabajo ruinoso.

Vida contada a secas es noticia, fábula trazada con maestría es cuento. Literatura es literatura, y valen todas, y todas caben, pero cada cual sigue su senda... y la mía está cada vez más clara. A las letras por la vida exprimida, a la vida por las letras vertidas.

Me veo incapaz, tal vez por talento insuficiente, seguramente por rechazo visceral, de pisar las huellas de los que no mezclaron, por no saber o por no poder o por no poder atreverse, sabiéndolo, vida y letras. Las huellas de lisboetas tetra-alter-ego-céntricos que se murieron (hasta en ello reflexivos) vírgenes, de futuros negreros que hablaron del mar y de barcos ebrios sin haber salido antes de una isla fluvial, brumosa, tierra adentro, y luego no contaron las proezas y vilezas ulteriores. De contemporáneos de un rabino carpintero, allá en el corazón del imperio, que dejaban citas de alta moral para la posteridad... mientras se enriquecían con los bienes de un hermano muerto de emperador incendiario, tras excusar al loco de la lira del parricidio con sus letras. De enciclopédicos misóginos, suicidas exiliados de lo humano, malabaristas de barra fija y cogorza diaria, por repetida y por la quemazón de la ginebra a la luz de soles laterales. De maníacos residentes, neuróticos funcionarios de talento infinito y gris andadura, de adictos al sexo de tarifa popular y hedores conocidos... no, no.... no puedo seguir las huellas de esos seres, porque no me alcanza el talento, pero sobre todo porque no malgastaría así mi carne y sangre en eucaristías estériles para el alma (propia), por muy feraces que fueran para segadores futuros.

Cómo no abandonar las fábulas, arrancar del marco louvriano las mentiras, cómo no sellar la boca con cemento a los citadores de embustes académicos. Cómo no quemar en hogueras privadas compendios de estupidez y egolatría, como el recuento de vaginas que un premiado gordito ensimismado aún no había siquiera probado.

Si quiero contar el mar, seré pescador que soporta el cielo sobre sus hombros. Y si quiero contar el desierto, seré nómada fundido por la luz silenciosa. Lo inefable no lo es por no saber lo que sientes y quieres decir, sólo lo es por no haber encontrado aún el cómo... (...)
 
Claveles, rosas y orquídeas.






Dedicado a una de las tierras que amo, con un rápido collage de fotos no demasiado antiguas, no excesivamente originales, la elegancia de un ravelo en el Douro, la previsible estampa del eléctrico 28 bajando por la Sé (previsible pero toda mía, porque nadie sabe los besos que viajaron en ese tranvía, y fueron todos para mis labios) ... y la chiquillería persiguiendo al burro de madera para subirse a la grupa sin pagar billete.

Dedicado a un país que un 25 de Abril de hace treinta años recuperó la ilusión, con una revolución vestida de claveles y fados (inaudito) de sonrisa abierta.

Tal vez, hoy, va por algo más que el 25 de Abril, va por toda esa gente que mira para otro lado y calla, y sólo tienen de rosas el perfume engañoso y las espinas.

Tal vez porque otra revolución me espera.

Para derrocar a los mediocres de corazón y a los miopes que no son capaces de ver un par de alas ni aunque le abaniquen la cara.

Para que me dejen tranquilo si quiero seguir viendo una orquídea azul donde otras miradas chocan o se derraman en saliva, si quiero seguir siendo el único que sabe devorar una orquídea azul cuando le vuelca el alma entregada entre las piernas.

¡Revolución!
 
Dos chispazos sin hoguera (aún).
(...) “Mujer” por algo más que la imagen, de hecho y sobre todo, por mucho más que la imagen. Hay algo de árbol en una semilla, hay algo de sombra frondosa en un tallo verde que apenas despunta del suelo, hay algo de fruta en el hueso enterrado, que ahora huele a tierra mojada y mañana empapará tu barbilla al morderlo, una tarde de verano.

Hay chicas que tal vez nunca lleguen a ser mujeres, o chavales que jamás serán hombres del todo. O se harán señoras y señores de repente, por un golpe de humo, por un portazo dado por la corriente, la corriente en la que tantos leños mortecinos se dejan llevar, la corriente en la que huevos estériles flotan como peleles…precisamente.

Y por alguna razón lo veo en Ella. Será vista trucada de águila en picado, será que la sal del mar añorado nubla los ojos del albatros, será que la confundo con una isla verde en el gris del asfalto. Si me equivoco, permitidme la licencia, mientras no hiera a nadie.

(...)“Musa” porque no se le pide a una playa que pose para grabar la canción de las olas, ni se le exige a una arboleda que ensaye para asistir a un concierto de viento para hojas, ni se le ruega a la bóveda celeste en campo abierto que guarde silencio para asombrarse con el tiritar de las estrellas (permiso, Pablo). Simplemente, la melodía reside en el poeta y este la canta, cuando encuentra el reflejo, el eco de sus propias notas.(...)



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pd: si aquí, en este lugar del camino, no hallé remedio, es que no lo tengo. Al cielo por el océano, atravesando la bola del mundo, al fondo del abismo por rebotar en el sol. A la Vida por morirse un poco y renacer... cada día, o casi.
 
De la hoguera y en la lluvia
predata a la predata: ni hoy tampoco, meses después, hoy tampoco, porque lo que me pide el alma y las alas hoy es acción, silencio compartido y camino de huellas en las arenas del otro. La vida es más importante que las letras, sobre todo si pretendes Vivirla.

Además tampoco escribiría hoy ese poema porque no lo escribiría así, porque me he dado cuenta de que escribo menos, pero tal vez algo mejor, con menos parafernalia superflua. La madurez de la pluma se va haciendo martillo para dar en el clavo, siempre que no pierda la potencia de las alas. Aún así no reniego de los errores pasados, también fueron parte del camino.

Necesito ver el mar... mi reflejo fantasma va a la deriva en su superficie...





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(Hoy no escribiría este poema, pero lo he rescatado del baúl. Hoy, escribiría una rosaleda, la más fragante y hermosa, pero repleta de espinas... de las peores, las que hieren desde dentro de uno mismo, porque no están en ella, acechan en mí).

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De la hoguera y en la lluvia


De voces apagadas por el miedo
entre dubitativas palabras
surgen a veces los destellos rutilantes
de un sentimiento puro como el hielo antártico
en miradas esquivas y temblorosas
se hallan en ocasiones las melodías más sublimes
de corazones virtuosos

De su boca, en su piel...
De sus manos la quemadura anhelada al remover los rescoldos
de sus brazos el hogar tras el viaje
y la chimenea reconfortante en un despiadado día de invierno
de sus ojos la silueta difusa de la llama
danzarina zigzagueante, que aparece y luego se diluye
de sus labios el hervor en el rostro al acercarte
el ascua invisible cociendo tus iris a fuego lento
de su lengua el incendio deseado
el buceo inconsciente y audaz en la pira
en lo más ígneo del relámpago sagrado
en el corazón de la hoguera

En su mirada los presagios de tormentas en el trópico
de naturaleza desatada en índigo y mercurio
de edenes empapados por diluvios insolentes
quebrantando las leyes y dando pábulo a la serpiente
en su voz el arroyo subterráneo
inaudible bajo su techo de piedra
pero que un trecho más abajo se vomita a sí mismo
a la luz del día con estruendosa fortaleza

En su piel mil olas de mares cálidos
mil tornados de océanos terribles
espuma de mil resacas encariñadas de la orilla
bahías vestidas de lajas de pizarra líquida
bañeras cósmicas y eternas donde bautizarse desnudo de hábitos
inmaculado como recién nacido, humilde como arena
valiente como ave marina que roba su prole al mar

En su aroma el eco de una tormenta de verano
estridente y rebosante de vida
preludio de una cruzada de iones negativos
que hacen del aire el aliento mismo del universo sobre la tierra
inundando tus pulmones de fluido vital
poción abstergente que arrastra la podredumbre
que limpia la purulencia de lo mundano
y deja lo más puro de tu alma encarnada al descubierto

De su fogata más nítida
emergen el calor y la luz que dan alas al poeta loco
En su lago más profundo habita el tesoro del lecho eterno
el final del abismo incierto, el hogar del nómada exhausto
 
Hazlo ya
predata: ¿Alguien sabe qué narices le pasa a los contadores de Nedstat?

Por otro lado... llevo tal carga de decepción, rabia, hastío y escepticismo atroz respecto a varias facetas del género humano, y a los designios universales, que prefiero no descargarla sin miramientos en esta dársena. Prefiero que zarpen barcos antiguos con mejores mercancías en sus bodegas, toneles y especias que también me definen, todavía, aún, de momento... por los pelos...


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Hazlo ya


Sacúdete el polvo de los hombros
levanta los brazos y agarra esa nube
ahorcajado en montura de algodón, cabálgala
ahora es sólo vapor trashumante
mañana lloverás con ella al otro lado del mundo
pasado mañana crecerá el maíz
y tu gesto alimentará al prójimo
Pero hazlo ya

Vive como si mañana dejaras el mundo
y quisieras despedirte con una sonrisa
siente como si no hubiese tiempo para aplazarlo
ni para acomodar tus latidos en otro lugar
apuesta como si supieras que es la última mano
sin dejar reservas en las alforjas
Pero hazlo ya

Abre la vía, revienta la presa
deja que tus fluidos fertilicen los campos baldíos
piérdele el pavor a la sequía
al harmatán que agosta las almas
deja de temer las piscinas llenas de tiburones
las charcas rodeadas de hienas
que tú eres delfín y albatros
si tu sangre gotea en el suelo, brotará una flor
pero si te abandonas a la pulsión que te empuja
si saltas al vacío cerrando los ojos
y te conviertes en lluvia misma
tu diluvio hará germinar nuevas selvas vírgenes

Arrasa lo peor de tus miserias
no hay prisioneros, es la guerra
fecunda con lo mejor de tu esencia
el vientre acendrado que te aguarda
planta tus palabras en su seno
para cosechar corazones aliados
Pero hazlo ya

Escribe, lánzate
escucha, entrégate
lucha, atrévete
al envite, a por todas, ahora, ya
sin más excusas
sin más demora
Ama
ya
 
Corazón miope.

Apagaron la luz de mis ojos.


La apagaron y con el tiempo me acostumbré.


Y en la penumbra era capaz de distinguir las sombras.


Mi mirada ha perdido su brillo, turbia por el polvo.


Pero sólo es un cristal lleno de escarcha.

Sólo una neblina vidriosa...

Sólo una ventana esperando tu aliento.

Para descubrir la luz que hay en mi pecho.


La que jamás se apagó.


La que quema, la que alumbrará tu camino.



La que te espera... para brillar.

 
Arquero.
Tengo algo más de veinte minutos, sin idea previa y con hastío cierto. No esperéis literatura. Sólo una legión de cristales rotos que han desertado y huyen en desbandada. Sólo el extraño vértigo de quien se detiene de repente en un instante, en un sólo instante, sin pasado, sin futuro, y a quien se le va deshaciendo la ilusión como un montón de cenizas. No esperéis autocompasión, para ciertas cosas soy un déspota medianamente ilustrado y si mi sueño ha de perecer será que era débil. En esta naturaleza sobreviven sólo los fuertes. No espero lástima, os la devolveré desairado, por orgullo, puede, pero sobre todo por principios. Porque cuando acerquen la antorcha a la pira, sin Ganges cerca, cuando empujen mi ataúd marinero corriente adentro, sin comitiva a vela, o cuando le den mi carcasa a los buitres, sin monjes de azafrán, al menos podré lucir un epitafio digno, de quien vivió acorde a su corazón. Mala ganancia, renta miserable, pero no supe jugar, no supe apostar de otra manera.

Me haría un arco con todas las veces que me torcieron el árbol de la ciencia, la flor del cerezo efímera de mi paciencia, y la rama quebradiza, para un albatros con tres metros de alas, de la experiencia. Sí, rimas consonantes porque mi biografía es una consonancia de palabras repetidas. Me haría un arco, sacaría punta a todos los silencios que me han arrojado con desdén en estos años, y cargaría todas esas flechas a la espalda, en un carcaj de fibra de bambú. Caminaría hacia el interior del bosque, silbando para hablar con los pájaros, parándome para escuchar a los búhos, sonriendo en silencio para dejar que la hojarasca siguiera riendo con el viento, caminaría hasta un pequeño claro, con un tocón de roble inmenso en el centro. Apuntaría bien, y clavaría todas esas flechas traidoras hasta el corazón del árbol muerto. Quebraría el arco sobre mi rodilla y saldría de allí sin mirar atrás.

Nadie tuvo la culpa, aunque a menudo ese nadie fue mediocre. Nadie pagará los platos rotos, la cristalería hecha añicos que ahora sale corriendo por las ventanas, en cobarde retirada. Pueden dormir tranquilos, satisfechos, esos nadies, son como son, la libertad atroz de ser como a cada nadie le de la gana hasta que las flechas que se hicieron boomerang les entraron por la mirada distraída y les dejaron ciegos, porque tuertos ya estaban.

Debe existir un gérmen de error, una semilla de pecado en este afán de volar alto, de tanto anhelo por recuperar lo sagrado, que perdí hace años, me puede pasar como a Luzbell, que cayó en picado. Al menos una bella estatua de un tal Ricardo Bellver le hace homenaje al sur del Parque del Retiro en Madrid.

Bien, si caigo, caeré, pero volando, y apretaré las alas como hacen los halcones, para hacer daño cuando me estrelle y dejarle un par de grietas al mundo, por listo. Pero antes me dejo cortar las piernas que las alas. Y que la mano derecha, al menos, para seguir escribiendo en papel hecho a mano y para dársela a Ella.

Es lo que hay.
 
Viajar
predata: el 20 de Mayo del año pasado escribí este post y casi un año después, justo hoy, aunque es agua de un río que lleva muchas cascadas atronando, me doy cuenta de lo que necesito, ahora mismo, con premura, sin más dilación, vamos, ¡ya! Algo que va con mi más pura esencia y que por desgracia tampoco puedo tener ni hacer, dada mi situación actual... ¡necesito un viaje para recargar las pilas del alma!

Mierda...



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Hace mucho tiempo, escribí en algún pedazo de papel que viajar era el superlativo de vivir. Las veinticuatro horas del día se exprimen, destilan su aroma, se graban en tu interior, de un modo que es difícil conseguir en la rutina diaria. Estamos hablando de viajar, y de viajeros. Coleccionar postales en la memoria, hacer acopio de anécdotas, como un cazador de mariposas que clava sus alfileres en sucedáneos de experiencias, para mostrarlas como trofeos, no es viajar. Son cadáveres que perdieron la capacidad de volar, y viajar es volar, antes, durante y después del viaje. Cambiar de escenario y regresar siendo la misma persona, no es viajar. Mirar por encima del hombro y hasta con cierto paternalismo a las gentes de otras latitudes, y volver a la seguridad ficticia de nuestro mundo, no es viajar. Buscar lo reconocible, lo que es igual en todas partes, para no correr el riesgo de mancharse los pantalones, no es viajar. Darse una vuelta por ahí, aún con la mejor intención, y dejar que los prejuicios de cada uno permanezcan sólidos, no es viajar. Todo eso es, simplemente, hacer turismo, lo cual, hecho con respeto, no es nada malo.

La curiosidad y las puertas abiertas, la humildad y la consciencia de que nada es eterno, el escuchar y el mirar más allá de la superficie, y la audacia de estar dispuesto a cambiar, a encontrar tu lugar en el mundo, incluso aunque ese lugar te espere al lado de tu casa, son el genuino equipaje en las alforjas de sueños del viajero.

John Steinbeck, el autor de “Las uvas de la ira” o “De ratones y hombres”, y Nobel de literatura en 1962, confesaba ese mismo año en las primeras líneas de su libro “Viajes con Charley” (Charley era su perro, compañero de una travesía en autocaravana a través de los Estados Unidos): “Cuando yo era muy joven y tenía dentro esa ansia de estar en otro sitio, las personas mayores me aseguraban que al hacerme mayor se me curaría ese prurito. Cuando los años me calificaron de mayor, el remedio prescrito fue la edad madura. En la edad madura se me aseguró que con unos años más se aliviaría mi fiebre y ahora que tengo cincuenta y ocho tal vez la senilidad realice la tarea. No ha habido ningún remedio eficaz.”

Pienso en algo que ya salió de mis dedos cuando colgué en esta bitácora “Divagaciones literarias”, un buen trecho más abajo. Y es que hay ocasiones en que el creador bebe de la realidad, para embriagarse con la ficción. Y después de la resaca, regresa a la realidad, a las fuentes, del mismo modo que Steinbeck, cuando quiso palpar las carreteras y contradicciones de su país. Pienso también en el pálpito más poderoso que ha hecho vibrar mi corazón desde mi infancia, en ese que jamás me abandonará. El anhelo de viajar, de ser otros, de habitar esta enorme casa azul. Desde los trece años colgaba grandes mapas en la pared de mi habitación, trazaba rutas, calculaba jornadas de viaje, me convertía en aprendiz de mago con aquellas palabras que resonaban como sortilegios en mi mente, Tombuctú, Himalaya, Patagonia, Zanzíbar, Kamchatka, Alaska... Ahora tengo treinta y dos años, apenas he podido realizar un puñado de esos sueños, pero todos siguen aguardando para ver la luz, un día u otro. Y sé que a cada paso seguiré creciendo, cambiando, puliendo esta basta figura de barro, y también, por supuesto, atesorando las uvas (sin ira) para el mejor de los vinos, la literatura.




 
El árbol de un Edén inventado.
Durante años comí las manzanas del mismo árbol. No era el árbol que produce la clase de sombra hecha para mis hastíos y mis instantes de gloria, pero al mediodía era agradable cobijarse bajo sus ramas, y en su tronco grabé mis mejores momentos a navaja. Si pasas toda tu vida comiendo piedras y nubes, dejándote los dientes y la vista, una manzana puede convertirse en el manjar más sublime, y parece que desde siempre el paladar fue creado para esa pulpa.

Había veranos en que los frutos de ese árbol resultaban ácidos, pero al fin y al cabo fue un sabor nuevo al principio, un nuevo reto acomodar el apetito a esas manzanas verdes y enjutas. Otras temporadas recogía cestas enteras de lustrosas manzanas amarillas, repletas de puntitos oscuros, como planetarios de limón moteados de estrellas a lápiz. Y recuerdo el sabor de las manzanas rojas en algunas tardes de otoño, mientras mi lengua se bañaba en su jugo y mi mirada se buscaba en el resto, tan rojas y pulidas, tan brillantes.

Pero con el tiempo, cuando el árbol ya alcanzó las ventanas del segundo piso, cuando uno también creció lo suyo y aprendió a habitar la casa sin adueñarse de ella, las manzanas ácidas, las amargas, acabaron horadando un pozo en mi interior, por el que cayeron y se desnucaron las ilusiones. Y entonces supe que además de manzanos, existen otros árboles y otros frutos. Y a uno le da pereza y rabia saber que puede llegar a sentir un día los mismos abismos, sea cual sea el sabor que conquiste su boca.

No estoy seguro, pero no sé si abandonar y partir, o conformarme, aunque sea consciente de que mi destino va más allá de variar la dieta, o de hacer extrañas macedonias. Tal vez sea descubrir un árbol nuevo, desconocido para la ciencia y arcano sagrado para mi esencia, endemismo de alguna isla fantasma aún por explorar. Tal vez lo mejor y más sabio sea preocuparme por qué clase de árbol puedo llegar a ser yo mismo, cuando alguien venga a cobijarse bajo mis ramas y a comer mis frutos.