Tu dedo en la tecla o el gatillo.
(Del mismo cuaderno, anoche, apoyado en la almohada).
Me cabe el alma en la columna, flota en vertical desde el núcleo volcánico de mi cerebro y sus lagunas de azufre hasta el santo hueso del simio primitivo. Se estira el alma embutida en la médula, alargada por todo el espinazo, como una serpiente que simula estar muerta un segundo antes de revolverse y morder la mano del trampero que la sostiene por el cuello. Se tensa el alma mía como cuerda de piano o ballesta para que sólo un dedo, de un solo toque de eternidad, coseche la nota más honda, dispare la flecha letal y ebria que trazará espirales antes de ensartarnos, a ti y a mí, entre pluma de ave y punta de piedra.
No te acerques demasiado si no sabes leer pentagramas ni improvisar canciones con virtuosismo de violinista pescador, o si no eres cazadora; no te acerques si no quieres que un latigazo repentino lacere tu ignorante serenidad, o ven, ven, acude, tira la puerta abajo sin pensarlo un minuto más de la cuenta, antes de que mi alma encordada se rompa y ya no puedas robarle nunca un poco de Vivaldi con tus manos de hiedra.
Me cabe el alma en la columna, flota en vertical desde el núcleo volcánico de mi cerebro y sus lagunas de azufre hasta el santo hueso del simio primitivo. Se estira el alma embutida en la médula, alargada por todo el espinazo, como una serpiente que simula estar muerta un segundo antes de revolverse y morder la mano del trampero que la sostiene por el cuello. Se tensa el alma mía como cuerda de piano o ballesta para que sólo un dedo, de un solo toque de eternidad, coseche la nota más honda, dispare la flecha letal y ebria que trazará espirales antes de ensartarnos, a ti y a mí, entre pluma de ave y punta de piedra.
No te acerques demasiado si no sabes leer pentagramas ni improvisar canciones con virtuosismo de violinista pescador, o si no eres cazadora; no te acerques si no quieres que un latigazo repentino lacere tu ignorante serenidad, o ven, ven, acude, tira la puerta abajo sin pensarlo un minuto más de la cuenta, antes de que mi alma encordada se rompa y ya no puedas robarle nunca un poco de Vivaldi con tus manos de hiedra.
No estoy ya para ciertas bromas...
Es lo último que he escrito en mi cuaderno de tapas marrones, ese que cabe justo en el bolsillo trasero de un vaquero, y me encantaría poder escanear directamente las hojas, aún a riesgo de que alguien no entendiera mi letra. Trazada con pluma, por supuesto, ya me las ingenié para encontrar una barata, bonita y pequeña, retráctil. Pero ha de ser con pluma. Escanear las hojas no sólo me evitaría trabajo de transcripción y tiempo ante esta ventana contradictoria (tan vertedero a veces y tan cuerno de la fortuna -emotiva- otras, cuando me trae personas lindas por sorpresa), además sería todo un poco más auténtico, más genuino. En fin, ahí va, escrito hace un par de días, exactamente en el banco de en medio junto al quiosco y frente a las mesas de la terraza del Café Comercial, en la glorieta de Bilbao, Madrid.
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Si al encontrar la persona más maravillosa del mundo, el espejo más claro y el ventanal más diáfano en el que verse y mirar... no caes rendido ni te elevas vencedor (ante su belleza intangible y contra la muerte oscura), "sólo" porque su carcasa de carne y hueso no remueve tu volcán interior, lo del Amor es una farsa, o uno es un miserable animal bípedo.
Si al toparte con el ser más bello del mundo, el fantasma encarnado de tus deseos y el cáliz de piel para tu sangre hirviente... no te sientes de veras en el hogar, ni capaz de explorar los confines del universo en su compañía, "sólo" porque la esencia de su alma no ilumina todas las moradas de la tuya ni los paisajes de su mente dan paz y vida a tu mirada... entonces lo del sexo es una trampa, o uno es un bípedo animal miserable... gastando aires de delirio monacal.
Menuda broma no ver la luz en un cuerpo de vértigo ni sentir el abismo burlado ante un alma luminosa. No es en absoluto buen negocio haber nacido inconformista. Y además no tiene cura. Ya no.
Si al encontrar la persona más maravillosa del mundo, el espejo más claro y el ventanal más diáfano en el que verse y mirar... no caes rendido ni te elevas vencedor (ante su belleza intangible y contra la muerte oscura), "sólo" porque su carcasa de carne y hueso no remueve tu volcán interior, lo del Amor es una farsa, o uno es un miserable animal bípedo.
Si al toparte con el ser más bello del mundo, el fantasma encarnado de tus deseos y el cáliz de piel para tu sangre hirviente... no te sientes de veras en el hogar, ni capaz de explorar los confines del universo en su compañía, "sólo" porque la esencia de su alma no ilumina todas las moradas de la tuya ni los paisajes de su mente dan paz y vida a tu mirada... entonces lo del sexo es una trampa, o uno es un bípedo animal miserable... gastando aires de delirio monacal.
Menuda broma no ver la luz en un cuerpo de vértigo ni sentir el abismo burlado ante un alma luminosa. No es en absoluto buen negocio haber nacido inconformista. Y además no tiene cura. Ya no.
“Artistas...”
El fin de semana fue de ermitaño, sudando virus que llenaban el ambiente como una neblina, en la que refulgía vagamente una llama tenue, que poco a poco fue disipando la enfermedad y la tibieza, hasta hacerse perfectamente visible, como el fogonazo de lucidez de un asceta en su ayuno: "escritor... es el que escribe". Así como Ludwig o Ritchie tarareaban melodías y solos de cuerda sendero arriba en su niñez, sin saber que luego llegarían a ser Beethoven o Blackmore. Así como Stevenson escribió un relato inmortal para un joven quinceañero de la familia. O Jules imaginaba veleros atracando en puertos selenitas. Uno es lo que es. Aunque luego no lo parezca o desborde las expectativas. Aunque acabe de zapatero remendón. Hasta puede descubrir belleza en aliviar y ensalzar los pasos de sus vecinos, y descubrir que eso es lo que él era.
Un fin de semana sin salir de casa, enfermo, despeinado y ojeroso. Algunos puentes con amigos en ciento sesenta piedras, y dos viajes fantásticos, a Londres y Macondo, sin salir de la cama.
La conferencia de Vargas Llosa, por cierto, fue interesante, pero me fastidió que acabara con sus palabras y no hubiera preguntas o participación del público. La mayoría estaba allí más por la Fundación Loewe que por el arte, digo yo, dado el desfile de laca y bostezos. Y un tipo con macuto y cuaderno marrón se puso las gafas y se guardó las ganas de preguntarle un par de cosas al Nobel, y no por el Nobel, más bien por pasiones de infancia limeñas descubiertas en la biblioteca de la madre de Mario. Neruda, Rimbaud (otra vez "Le bateau îvre", que me persigue y ya nadie creerá que escribí "El barco de piedra" sin haber leído jamás antes el del precoz maestro) y el admirado Baudelaire, volvieron a ser referentes. Y Góngora, y Rubén Darío, a quien yo hubiera cambiado por Miguel Hernández.
En fin, pienso en borrar algunos textos y sobre todo muchas, muchas fotos de todo este año de Alas, para hacer hueco, que se acaba la memoria del blog, y sobre todo porque ya no me gusta verlas.
Hoy vuelvo a certificar que las cosas ruedan, van, vuelven, giran... y aterrizan. Porque he encontrado venticinco céntimos donde los perdí la semana pasada (a veinte minutos de donde vivo) y porque cuando más dudaba del talento propio, va un lector desconocido y me escribe el correo que si algún día llegara a ser un autor "consagrado" (sic) apreciaría más recibir que todos los premios del mundo. A esa persona, gracias, a ti, por el gesto sincero, "M. sss".
Y para hoy, por catarsis, ácida rabia descreída y contrapunto, publico sin retoques (a menudo, por cierto, mi idea de "trabajar" un texto tiene que ver más con pulirlo que con adornarlo, ya que viene al caso), una especie de libelo que anoté aprisa en mi cuaderno marrón (nunca lo publiqué en el blog) hace unos meses:
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"Artistas":
Aunque me identifique como tal, porque… ¿lo soy?, debo decir que no comulgo con algunos cleros de hábito estudiado, sermones plagiados y malas costumbres de diseño. Me irrita la marea incesante de voluntades y palabras vacías que va y viene de algunos egos, al influjo de una luna terrenal, llena, circular, acuñada en un banco o abierta entre las piernas. El lenguaje artificial con chorreras de académico o el verbo supuestamente subversivo con reprografía de marketing guerrillero. O peroratas barrocas y rodeos que no tienen nada que ver con la huida audaz del tedio y lo gris. La palabra justa para un atardecer puede ser “estremecedor”, y “bonito” ser una marca de res, pero los triples mortales con tirabuzón y la mujer barbuda desentonan, las espirales, fundamentalmente, marean, y los laberintos, usualmente, extravían atenciones. El de Asterión aparte, pobre solitario ansioso por la daga de Teseo, para arremeter libre contra alguna estrella.
Artistas, posturas, ademanes, axilas pobladas de vello liberal en féminas de mirada cóncava y avara, deseo convexo y ególatra en la comitiva de perros sin nombre, libertad caricaturizada, serenatas de sonrisa granuja por el plato de lentejas, y aldabas corridas en alcobas sudadas, no por el talento del trovador sino por la turgencia de sus nalgas y la rudeza de su mandíbula. Ocurrencias aparentemente en la desidia, por puro placer bohemio, pero por una botella de Jack Daniels y corte de Armani si es preciso.
Corrillos de lenguas coprófagas, de vanidades leporinas dispuestas siempre a la reverencia o al libelo, según sople el viento. Muladar de versos y citas sobre mármoles de cafetín o de lápida. Ghetos voluntarios de abrazo vacío y promesa hueca, miradas sobre los hombros de Atlas, mentiras de lazo rosa y puterío fino con escapulario de virtud, arte y posteridad. Cuadros en blanco y tazas de váter metidos en frascos de mercachifle visionario. En fin, “artistas”.
Un fin de semana sin salir de casa, enfermo, despeinado y ojeroso. Algunos puentes con amigos en ciento sesenta piedras, y dos viajes fantásticos, a Londres y Macondo, sin salir de la cama.
La conferencia de Vargas Llosa, por cierto, fue interesante, pero me fastidió que acabara con sus palabras y no hubiera preguntas o participación del público. La mayoría estaba allí más por la Fundación Loewe que por el arte, digo yo, dado el desfile de laca y bostezos. Y un tipo con macuto y cuaderno marrón se puso las gafas y se guardó las ganas de preguntarle un par de cosas al Nobel, y no por el Nobel, más bien por pasiones de infancia limeñas descubiertas en la biblioteca de la madre de Mario. Neruda, Rimbaud (otra vez "Le bateau îvre", que me persigue y ya nadie creerá que escribí "El barco de piedra" sin haber leído jamás antes el del precoz maestro) y el admirado Baudelaire, volvieron a ser referentes. Y Góngora, y Rubén Darío, a quien yo hubiera cambiado por Miguel Hernández.
En fin, pienso en borrar algunos textos y sobre todo muchas, muchas fotos de todo este año de Alas, para hacer hueco, que se acaba la memoria del blog, y sobre todo porque ya no me gusta verlas.
Hoy vuelvo a certificar que las cosas ruedan, van, vuelven, giran... y aterrizan. Porque he encontrado venticinco céntimos donde los perdí la semana pasada (a veinte minutos de donde vivo) y porque cuando más dudaba del talento propio, va un lector desconocido y me escribe el correo que si algún día llegara a ser un autor "consagrado" (sic) apreciaría más recibir que todos los premios del mundo. A esa persona, gracias, a ti, por el gesto sincero, "M. sss".
Y para hoy, por catarsis, ácida rabia descreída y contrapunto, publico sin retoques (a menudo, por cierto, mi idea de "trabajar" un texto tiene que ver más con pulirlo que con adornarlo, ya que viene al caso), una especie de libelo que anoté aprisa en mi cuaderno marrón (nunca lo publiqué en el blog) hace unos meses:
"Artistas":
Aunque me identifique como tal, porque… ¿lo soy?, debo decir que no comulgo con algunos cleros de hábito estudiado, sermones plagiados y malas costumbres de diseño. Me irrita la marea incesante de voluntades y palabras vacías que va y viene de algunos egos, al influjo de una luna terrenal, llena, circular, acuñada en un banco o abierta entre las piernas. El lenguaje artificial con chorreras de académico o el verbo supuestamente subversivo con reprografía de marketing guerrillero. O peroratas barrocas y rodeos que no tienen nada que ver con la huida audaz del tedio y lo gris. La palabra justa para un atardecer puede ser “estremecedor”, y “bonito” ser una marca de res, pero los triples mortales con tirabuzón y la mujer barbuda desentonan, las espirales, fundamentalmente, marean, y los laberintos, usualmente, extravían atenciones. El de Asterión aparte, pobre solitario ansioso por la daga de Teseo, para arremeter libre contra alguna estrella.
Artistas, posturas, ademanes, axilas pobladas de vello liberal en féminas de mirada cóncava y avara, deseo convexo y ególatra en la comitiva de perros sin nombre, libertad caricaturizada, serenatas de sonrisa granuja por el plato de lentejas, y aldabas corridas en alcobas sudadas, no por el talento del trovador sino por la turgencia de sus nalgas y la rudeza de su mandíbula. Ocurrencias aparentemente en la desidia, por puro placer bohemio, pero por una botella de Jack Daniels y corte de Armani si es preciso.
Corrillos de lenguas coprófagas, de vanidades leporinas dispuestas siempre a la reverencia o al libelo, según sople el viento. Muladar de versos y citas sobre mármoles de cafetín o de lápida. Ghetos voluntarios de abrazo vacío y promesa hueca, miradas sobre los hombros de Atlas, mentiras de lazo rosa y puterío fino con escapulario de virtud, arte y posteridad. Cuadros en blanco y tazas de váter metidos en frascos de mercachifle visionario. En fin, “artistas”.
A medio gas, a media luz...
Cómo detesto tener razón a veces... menudo desierto, cuantas ideas hierven en mi cabeza para narrar historias y qué poca fe tengo últimamente en saber hacerlo...
Me voy a una conferencia sobre poesía en la Casa de América de Madrid con Mario Vargas Llosa (narrador, que no poeta, pero docto), a ver si se me pega algo, si me contagia un poco de talento. Haré alguna de mis usuales preguntas llenas de ganas cuando aún nadie se atreve a romper el hielo, palparé mi cuaderno marrón con la mano metida en el macuto, que ya tiene prendidos un símbolo taoísta, a Epi de Barrio Sésamo y una mariposa de colores, y caminaré Paseo del Prado abajo, por el lado fresco, el de los árboles, escudriñando mis propios sueños más allá de la acera, hasta las entrañas del mundo, preguntándome si no tienen pies de barro...
No soy ladrador, si he de morder, muerdo. Y si supiera a ciencia cierta que ni Letras ni Amor han de llenar mi existencia, la finiquitaría sin dudar. Mi idea de Vivir es otra cosa. Aún me quedan rescoldos de fe, a pesar de todo, en espera de la brisa adecuada para volver a arder...
He de conseguir crear mi próximo cuento y gestar mi primera novela y poder estar del todo orgulloso al terminar. ¿Qué libro es aquél que os gustaría que alguien escribiera? ¿Qué os gustaría que alguien pusiera en palabras de vuestros porpios mundos? ¿Qué otros mundos anheláis descubrir a través de las letras de otro? No quiero parir una quimera endogámica y aburrida...
Necesito dinero, urgentemente, un ordenador, y tiempo, he de comprar la serenidad de saber que puedo volcarme, la calma feliz de saber que puedo sumergirme en el epicentro de la tormenta, para surfear tsunamis y medir la velocidad de una isla. Tanta sed y tanto oceáno, y yo sin vaso.
Me vendría bien una buena ración de sexo, pero he entrado en una fase casi desquiciada en que no me vale ya sólo sexo ni cualquiera. Aunque parezca mentira he dicho "no" varias veces en los últimos tiempos... y no entiendo por qué. Mi sexo está en forma y luce bien, pero no le dejo desahogarse, porque la que tengo ahogada es la pulsión de entregarme del todo... Con razón dice mi amiga Gemma que "soy como una tia" (sic), pero en hetero masculino.
Soy como un fraile jesuita de hábito harapiento y voluntad quebrada por la expulsión del Nuevo Mundo, firmada con sello cardenalicio de oro macizo por algún cebado bovino con ínfulas moradas. Soy el amigo del carpintero que no quiere sacerdocios, sólo ayudar en lo que pueda. Soy el escriba que no necesita prebendas, el amanuense que sólo traza jeroglíficos al dictado de su propia voz interior.
Letras, sexo, una sonrisa, música, pociones mágicas para un tipo desubicado que cada vez se va pareciendo más a Bécquer (por fuera, ya quisiera...) con estos pelos que me estoy dejando.
En fin, en ese cuaderno de tapas marrones, el otro día esbozaba esto, que un día de estos se hará poema, supongo, ahora son sólo frases sueltas, pero rotundos estados del alma, a día de hoy:
No quiero el polvo perfecto
Sólo sentir en sus brazos que ya llegué a casa
No quiero prisas ni expectativas colmadas
Tan sólo sentir que ya no he de esperar nunca más
No quiero llevarme a la cama a cien hembras diez
Sólo despertar con una mujer
Y olvidar que existen otras
Aunque ninguna mujer tenga dueño
Aunque la mía aún no tenga nombre
Me voy a una conferencia sobre poesía en la Casa de América de Madrid con Mario Vargas Llosa (narrador, que no poeta, pero docto), a ver si se me pega algo, si me contagia un poco de talento. Haré alguna de mis usuales preguntas llenas de ganas cuando aún nadie se atreve a romper el hielo, palparé mi cuaderno marrón con la mano metida en el macuto, que ya tiene prendidos un símbolo taoísta, a Epi de Barrio Sésamo y una mariposa de colores, y caminaré Paseo del Prado abajo, por el lado fresco, el de los árboles, escudriñando mis propios sueños más allá de la acera, hasta las entrañas del mundo, preguntándome si no tienen pies de barro...
No soy ladrador, si he de morder, muerdo. Y si supiera a ciencia cierta que ni Letras ni Amor han de llenar mi existencia, la finiquitaría sin dudar. Mi idea de Vivir es otra cosa. Aún me quedan rescoldos de fe, a pesar de todo, en espera de la brisa adecuada para volver a arder...
He de conseguir crear mi próximo cuento y gestar mi primera novela y poder estar del todo orgulloso al terminar. ¿Qué libro es aquél que os gustaría que alguien escribiera? ¿Qué os gustaría que alguien pusiera en palabras de vuestros porpios mundos? ¿Qué otros mundos anheláis descubrir a través de las letras de otro? No quiero parir una quimera endogámica y aburrida...
Necesito dinero, urgentemente, un ordenador, y tiempo, he de comprar la serenidad de saber que puedo volcarme, la calma feliz de saber que puedo sumergirme en el epicentro de la tormenta, para surfear tsunamis y medir la velocidad de una isla. Tanta sed y tanto oceáno, y yo sin vaso.
Me vendría bien una buena ración de sexo, pero he entrado en una fase casi desquiciada en que no me vale ya sólo sexo ni cualquiera. Aunque parezca mentira he dicho "no" varias veces en los últimos tiempos... y no entiendo por qué. Mi sexo está en forma y luce bien, pero no le dejo desahogarse, porque la que tengo ahogada es la pulsión de entregarme del todo... Con razón dice mi amiga Gemma que "soy como una tia" (sic), pero en hetero masculino.
Soy como un fraile jesuita de hábito harapiento y voluntad quebrada por la expulsión del Nuevo Mundo, firmada con sello cardenalicio de oro macizo por algún cebado bovino con ínfulas moradas. Soy el amigo del carpintero que no quiere sacerdocios, sólo ayudar en lo que pueda. Soy el escriba que no necesita prebendas, el amanuense que sólo traza jeroglíficos al dictado de su propia voz interior.
Letras, sexo, una sonrisa, música, pociones mágicas para un tipo desubicado que cada vez se va pareciendo más a Bécquer (por fuera, ya quisiera...) con estos pelos que me estoy dejando.
En fin, en ese cuaderno de tapas marrones, el otro día esbozaba esto, que un día de estos se hará poema, supongo, ahora son sólo frases sueltas, pero rotundos estados del alma, a día de hoy:
Sólo sentir en sus brazos que ya llegué a casa
No quiero prisas ni expectativas colmadas
Tan sólo sentir que ya no he de esperar nunca más
No quiero llevarme a la cama a cien hembras diez
Sólo despertar con una mujer
Y olvidar que existen otras
Aunque ninguna mujer tenga dueño
Aunque la mía aún no tenga nombre
Hoy no lo firmaría así.
Hace un año publiqué, con el título en el post de "Un cuento de hace tiempo", es decir, que ya es más que añejo, uno de los primeros cuentos que escribí. Lo republico sin corregir una coma. Pero me doy cuenta, doce meses después, de que he aprendido la décima parte de lo que me falta aún (escribiendo, leyendo -sobre todo- equivocándome, llenando papeleras de borradores...), y que he de mejorar mucho más para llegar a contar las cosas como las quiero contar... para que lleguen a los demás como deseo que lo hagan (o todo será estéril juego de palabras).
Todo es aprendizaje, entrenamiento. Y es bueno saber que uno falla y no abarca, para no enquistarse en vanidades inútiles. Quiero pensar que los escritores de veras importantes empezaron algún día por textos mediocres, que no todos nacieron precoces como Mozart para componer ficciones... y el hecho de que muchos comenzaran de veras a escribir pasada la treintena me da una tregua...
En fin, no hay que alarmarse, aún...
pd: aparte de esto... echo demasiado de menos la sensación de desear a alguien, extraño demasiado el estado del alma que se eleva al Amar... me estoy apagando en gris...
ahí va, más de un año después de ser escrito:
..................................................................
"Balam, el jaguar"
Un resquicio de sol centelleó esmeralda en sus plumas de quetzal, revelando la entidad de las facciones de Balam, hombre de tez granate y oscura, como un raro jaguar melánico que iluminado muestra el dibujo de sus rosetas. Musitando salmos descendía a la entrada de la gran cueva. La selva nebulosa estaba plagada de tibios espejos de agua dulce, los sagrados cenotes. La tarde colaba aún algo de luz por un claro entre los árboles, hasta una silenciosa poza en la entrada del laberinto de grutas y cuevas acuáticas, que los antiguos llamaron Xibalbalán, el país del inframundo. El chamán
se sentó solemnemente en una roca justo bajo el dosel de la puerta del Hades maya, dándole la espalda, con actitud de permanecer allí más que las piedras, si fuera preciso.
Desde hacía un tiempo se comentaban ataques al ganado e incluso a bebés de las afueras del pueblo, delatados por heridas que no cicatrizaban, y fiebres severas. El Padre Sañudo, el todopoderoso, exmilitar, terrateniente y pastor de almas, decidió que eran los vampiros, esas ratas abyectas con alas de paraguas mugriento que él había visto en sus campañas de La Española, engendros del demonio. El populacho de mestizos a las órdenes de blancos, las fuerzas vivas, y a su cabeza, el guerrero predicador, resolvieron
acabar con la cercana colonia de murciélagos.
Debatieron dinamitarla o sellar e incendiar la cueva. Pertrechados para ambas soluciones y alguna más, se dirigieron todos al lugar, poco antes del crepúsculo, todos en procesión, todos excepto los indios, cabizbajos en sus chozas.
Al llegar a la boca de Xibalbalán, que el Padresito sentenciaría rebautizar católicamente, encontraron al viejo indio loco, con su penacho de plumas verdes. Balam les esperaba; se incorporó lentamente, increpó en maya con su ronca voz felina a la insensata
muchedumbre, y en un torpe y pausado castellano les inquirió:
-Vuestro corazón ya no palpita en los altares del jaguar, no, pero tampoco habla en vuestros cuerpos de leche. ¿Qué vais a hacer?
Al desdeñoso gesto de Sañudo, un envalentonado soldado apartó al chamán de un culatazo, abriendo una brecha en los labios de la memoria viva de su pueblo, como bajando al jaguar del árbol, para rematarlo. Las plumas de quetzal se mancharon de barro y sangre.
Tocado de reyes, con devoción obtenidas de los espíritus del bosque brumoso, siempre liberados, pájaros divinos por cuya muerte se pagaba con la propia, y que ahora se llevaban impunemente disecados para museos y casas ricas de Europa. Hasta los antepasados se revolvieron en sus tumbas, manchados de barro y sangre.
La turba debía esperar. Con el ocaso, vino un silencio casi primitivo, luego un rumor desde las tripas de la tierra, y al fin, el estruendo de la salida en tromba de los murciélagos, sentando de un empujón invisible a algunos hombretones. Se reflejaba la luz de las antorchas y candiles en las alas y pechos de los quirópteros, alumbrándolos fugazmente como espectros que maldijeran con prisa a los intrusos. Durante largo rato, un torrente ascendió en espiral hasta formar una
inmensa nube de cientos de miles de animales, para alejarse y difuminar su negrura en el débil rojo del horizonte. Los aterrorizados presentes, paralizados, no se decidían a entrar, pero los bíblicos insultos del Padre Sañudo en sus cogotes les empujaron.
Debía prepararse el exterminio antes de que regresara el alado nubarrón. Penetró un desnutrido grupo en la cueva, temblando. Por claraboyas de dolinas derrumbadas entraba aire fresco y un poco de luna. Las cámaras abovedadas desfiguraban las sombras que las
teas y quinqués proyectaban de los humanos, pintando monstruos de pesadilla. Desde las gargantas de angostos túneles llegaba el rumor de sifones de agua en la lejanía. La siniestra comitiva encontró ofrendas de sus ancestros, ocarinas, vasijas, esqueletos, quemadores de copal, jeroglifos en algunas columnas, y un pavor tan intenso como la amenaza de la culpa apretando sus estómagos. Rociaron todo de keroseno, plantaron dinamita en cajas estancas junto a gruesas estalagmitas, y huyeron de la escena dejando ecos
estrepitosos, el de sus botas y tropezones enturbiando las aguas del lecho de la caverna y el de los alaridos por el roce en sus cabezas de algún murciélago rezagado. Ya en el exterior recobraron fuelle, tomaron prestado coraje ajeno, y esperaron. Esperaron. Al alba, como el depredador que merodea desde la penúltima luz vespertina hasta el amanecer, y habiendo regresado todos los murciélagos a su morada, empezaron las explosiones y el averno prendió en llamas.
De camino a casa, todos se regocijaron en numerosa compañía, algunos cantaban, y el pastor, más capitán que nunca, pletórico por haber vencido al demonio, blandía su bastón dirigiendo el coro de mestizos, aunque casi todos cavilaron en solitario después, muy
pocos llegaron alegres al hogar, y los indios seguían cabizbajos en sus chozas.
Dos días más tarde Balam abandonaba el pueblo. En el último chamizo un niño indio le ofreció unas tortillas de hongos, que él aceptó, sonriendo triste con la boca y el alma partidas, ante esos inmensos e inocentes ojos negros, y se alejó con una cantinela meditabunda.
Ese mismo verano, enjambres de millones de polillas del maíz asolaron las cosechas, las manos cuarteadas de las madres desmenuzaron podridas mazorcas cuajadas de larvas satisfechas, los mosquitos devoraron a los famélicos niños y enloquecieron a los animales, que seguían mugiendo y sangrando por las noches,
acribillados aún con más fiereza que antes por algo que ya no podía ser un murciélago. La hambruna, la miseria, y la muerte se adueñaron de las tierras de Sañudo.
Los quetzales y jaguares desaparecieron por completo del valle poco después, unos por la codicia y otros por la cruzada; pécaris, tapires, y ciervos también, todos por el hambre, pero desde muy lejos la canción antigua de Balam seguía perturbando el sueño de aquellos hombres:
“Quisiera ser el jaguar de tus montañas
para llevarte a mi oscura madriguera
y allí abrirte las entrañas
para ver si tienes corazón siquiera”.
Todo es aprendizaje, entrenamiento. Y es bueno saber que uno falla y no abarca, para no enquistarse en vanidades inútiles. Quiero pensar que los escritores de veras importantes empezaron algún día por textos mediocres, que no todos nacieron precoces como Mozart para componer ficciones... y el hecho de que muchos comenzaran de veras a escribir pasada la treintena me da una tregua...
En fin, no hay que alarmarse, aún...
pd: aparte de esto... echo demasiado de menos la sensación de desear a alguien, extraño demasiado el estado del alma que se eleva al Amar... me estoy apagando en gris...
ahí va, más de un año después de ser escrito:
"Balam, el jaguar"
Un resquicio de sol centelleó esmeralda en sus plumas de quetzal, revelando la entidad de las facciones de Balam, hombre de tez granate y oscura, como un raro jaguar melánico que iluminado muestra el dibujo de sus rosetas. Musitando salmos descendía a la entrada de la gran cueva. La selva nebulosa estaba plagada de tibios espejos de agua dulce, los sagrados cenotes. La tarde colaba aún algo de luz por un claro entre los árboles, hasta una silenciosa poza en la entrada del laberinto de grutas y cuevas acuáticas, que los antiguos llamaron Xibalbalán, el país del inframundo. El chamán
se sentó solemnemente en una roca justo bajo el dosel de la puerta del Hades maya, dándole la espalda, con actitud de permanecer allí más que las piedras, si fuera preciso.
Desde hacía un tiempo se comentaban ataques al ganado e incluso a bebés de las afueras del pueblo, delatados por heridas que no cicatrizaban, y fiebres severas. El Padre Sañudo, el todopoderoso, exmilitar, terrateniente y pastor de almas, decidió que eran los vampiros, esas ratas abyectas con alas de paraguas mugriento que él había visto en sus campañas de La Española, engendros del demonio. El populacho de mestizos a las órdenes de blancos, las fuerzas vivas, y a su cabeza, el guerrero predicador, resolvieron
acabar con la cercana colonia de murciélagos.
Debatieron dinamitarla o sellar e incendiar la cueva. Pertrechados para ambas soluciones y alguna más, se dirigieron todos al lugar, poco antes del crepúsculo, todos en procesión, todos excepto los indios, cabizbajos en sus chozas.
Al llegar a la boca de Xibalbalán, que el Padresito sentenciaría rebautizar católicamente, encontraron al viejo indio loco, con su penacho de plumas verdes. Balam les esperaba; se incorporó lentamente, increpó en maya con su ronca voz felina a la insensata
muchedumbre, y en un torpe y pausado castellano les inquirió:
-Vuestro corazón ya no palpita en los altares del jaguar, no, pero tampoco habla en vuestros cuerpos de leche. ¿Qué vais a hacer?
Al desdeñoso gesto de Sañudo, un envalentonado soldado apartó al chamán de un culatazo, abriendo una brecha en los labios de la memoria viva de su pueblo, como bajando al jaguar del árbol, para rematarlo. Las plumas de quetzal se mancharon de barro y sangre.
Tocado de reyes, con devoción obtenidas de los espíritus del bosque brumoso, siempre liberados, pájaros divinos por cuya muerte se pagaba con la propia, y que ahora se llevaban impunemente disecados para museos y casas ricas de Europa. Hasta los antepasados se revolvieron en sus tumbas, manchados de barro y sangre.
La turba debía esperar. Con el ocaso, vino un silencio casi primitivo, luego un rumor desde las tripas de la tierra, y al fin, el estruendo de la salida en tromba de los murciélagos, sentando de un empujón invisible a algunos hombretones. Se reflejaba la luz de las antorchas y candiles en las alas y pechos de los quirópteros, alumbrándolos fugazmente como espectros que maldijeran con prisa a los intrusos. Durante largo rato, un torrente ascendió en espiral hasta formar una
inmensa nube de cientos de miles de animales, para alejarse y difuminar su negrura en el débil rojo del horizonte. Los aterrorizados presentes, paralizados, no se decidían a entrar, pero los bíblicos insultos del Padre Sañudo en sus cogotes les empujaron.
Debía prepararse el exterminio antes de que regresara el alado nubarrón. Penetró un desnutrido grupo en la cueva, temblando. Por claraboyas de dolinas derrumbadas entraba aire fresco y un poco de luna. Las cámaras abovedadas desfiguraban las sombras que las
teas y quinqués proyectaban de los humanos, pintando monstruos de pesadilla. Desde las gargantas de angostos túneles llegaba el rumor de sifones de agua en la lejanía. La siniestra comitiva encontró ofrendas de sus ancestros, ocarinas, vasijas, esqueletos, quemadores de copal, jeroglifos en algunas columnas, y un pavor tan intenso como la amenaza de la culpa apretando sus estómagos. Rociaron todo de keroseno, plantaron dinamita en cajas estancas junto a gruesas estalagmitas, y huyeron de la escena dejando ecos
estrepitosos, el de sus botas y tropezones enturbiando las aguas del lecho de la caverna y el de los alaridos por el roce en sus cabezas de algún murciélago rezagado. Ya en el exterior recobraron fuelle, tomaron prestado coraje ajeno, y esperaron. Esperaron. Al alba, como el depredador que merodea desde la penúltima luz vespertina hasta el amanecer, y habiendo regresado todos los murciélagos a su morada, empezaron las explosiones y el averno prendió en llamas.
De camino a casa, todos se regocijaron en numerosa compañía, algunos cantaban, y el pastor, más capitán que nunca, pletórico por haber vencido al demonio, blandía su bastón dirigiendo el coro de mestizos, aunque casi todos cavilaron en solitario después, muy
pocos llegaron alegres al hogar, y los indios seguían cabizbajos en sus chozas.
Dos días más tarde Balam abandonaba el pueblo. En el último chamizo un niño indio le ofreció unas tortillas de hongos, que él aceptó, sonriendo triste con la boca y el alma partidas, ante esos inmensos e inocentes ojos negros, y se alejó con una cantinela meditabunda.
Ese mismo verano, enjambres de millones de polillas del maíz asolaron las cosechas, las manos cuarteadas de las madres desmenuzaron podridas mazorcas cuajadas de larvas satisfechas, los mosquitos devoraron a los famélicos niños y enloquecieron a los animales, que seguían mugiendo y sangrando por las noches,
acribillados aún con más fiereza que antes por algo que ya no podía ser un murciélago. La hambruna, la miseria, y la muerte se adueñaron de las tierras de Sañudo.
Los quetzales y jaguares desaparecieron por completo del valle poco después, unos por la codicia y otros por la cruzada; pécaris, tapires, y ciervos también, todos por el hambre, pero desde muy lejos la canción antigua de Balam seguía perturbando el sueño de aquellos hombres:
“Quisiera ser el jaguar de tus montañas
para llevarte a mi oscura madriguera
y allí abrirte las entrañas
para ver si tienes corazón siquiera”.
¿Exigencia...
...o naturaleza?
¿Por qué soy capaz de vivir con poca cosa, de tener poco, de pedir poco, de desear poco, de pocas veces añorar objetos, de almacenar lo justo, de ambicionar lo necesario, de envidiar lo intangible y denostar lo superfluo.. y sin embargo en el amor lo quiero Todo, sin reservas, sin batallas perdidas, sin escondites, radical como un guerrillero montaraz y codicioso como un tirano inmisericorde?
Mal día, desasosiego de ave marina encerrada en jaula mesetaria.
En fin, insisto:
¿qué cinco libros forman vuestro cánon particular...?
Yo respondo pronto.
¿Por qué soy capaz de vivir con poca cosa, de tener poco, de pedir poco, de desear poco, de pocas veces añorar objetos, de almacenar lo justo, de ambicionar lo necesario, de envidiar lo intangible y denostar lo superfluo.. y sin embargo en el amor lo quiero Todo, sin reservas, sin batallas perdidas, sin escondites, radical como un guerrillero montaraz y codicioso como un tirano inmisericorde?
Mal día, desasosiego de ave marina encerrada en jaula mesetaria.
En fin, insisto:
¿qué cinco libros forman vuestro cánon particular...?
Yo respondo pronto.
Borrador para un poema
El otro día escribí estas palabras en mi cuaderno de tapas marrones, que ya se va acabando, por cierto. Era un borrador para un poema, que luego debía pulir y ampliar, pero al releerlo, he decidido mostrarlo desnudo y dejarlo así. Estoy harto de políticos sectarios y de circunspectos burgueses que sólo levantan una ceja entre el primer y segundo plato, ante el barullo a duras penas silenciado de la rama bastarda de la humanidad que rebusca migajas bajo la mesa...
En fin, un poco de rabia tras mi "cumpleaños bloguero de ayer".
Me apetece, aparte, mucho, preguntaros una cosa... yo contestaré también, y alguno de vosotros ya lo hizo en su día en persona (querida Mariposa, "La conjura de los necios" está en mi lista, al caer; mad, ya leí "Carta de una desconocida" de Zweig, del tirón una tarde en la Fnac y de gorra, claro, que soy aún pobretón de solemnidad, gracias por descubrírmelo, y mira a ver qué pasa con el enlace de tu web, que Nunca me deja abrirlo desde aquí), pero a lo que iba... ¿qué cinco libros forman vuestro cánon particular...?
Si llegáis a diez os doy un beso y si os quedáis en tres lo agradezco igual, pero decidme, esos libros que no os imaginaríais no haber leído a estas alturas...
Ahí va el poema, sin título aún:
"Enterrar a los vivos, ahogarles en paladas de tierra espesa
Cegarles, sellarles la lengua a martillazos y tapa de madera muerta
Hasta que se acostumbren a la oscuridad, a la fauna necrófaga
Al silencio apenas embalsamado por obstinados rumores
De gusanos en sus galerías y raíces en su lenta sed
Hasta que sean felices en su caja antropomorfa, en su ataúd para vivos
Mientras el tío Sam y la vieja ramera europea no bajen el ritmo
Mientras los dragones dormidos y las entrañas de los ancestros no aceleren
Y el aliento de los desheredados no brame desde la espalda del mundo
Para inventar otro camino, para llegar al sueldo de ramera sin dejarse la piel
Mientras tanto, seguirán enterrando a los vivos en un cómodo silencio miope."
En fin, un poco de rabia tras mi "cumpleaños bloguero de ayer".
Me apetece, aparte, mucho, preguntaros una cosa... yo contestaré también, y alguno de vosotros ya lo hizo en su día en persona (querida Mariposa, "La conjura de los necios" está en mi lista, al caer; mad, ya leí "Carta de una desconocida" de Zweig, del tirón una tarde en la Fnac y de gorra, claro, que soy aún pobretón de solemnidad, gracias por descubrírmelo, y mira a ver qué pasa con el enlace de tu web, que Nunca me deja abrirlo desde aquí), pero a lo que iba... ¿qué cinco libros forman vuestro cánon particular...?
Si llegáis a diez os doy un beso y si os quedáis en tres lo agradezco igual, pero decidme, esos libros que no os imaginaríais no haber leído a estas alturas...
Ahí va el poema, sin título aún:
Cegarles, sellarles la lengua a martillazos y tapa de madera muerta
Hasta que se acostumbren a la oscuridad, a la fauna necrófaga
Al silencio apenas embalsamado por obstinados rumores
De gusanos en sus galerías y raíces en su lenta sed
Hasta que sean felices en su caja antropomorfa, en su ataúd para vivos
Mientras el tío Sam y la vieja ramera europea no bajen el ritmo
Mientras los dragones dormidos y las entrañas de los ancestros no aceleren
Y el aliento de los desheredados no brame desde la espalda del mundo
Para inventar otro camino, para llegar al sueldo de ramera sin dejarse la piel
Mientras tanto, seguirán enterrando a los vivos en un cómodo silencio miope."
Sopla...
Hoy hace un año que se abrieron estas Alas de Albatros de par en par... que comenzaron un viaje y, a pesar de embarcarse en martes (lo era el once de Mayo de dos mil cuatro), los puertos a los que ha ido arribando han sido más que los bajíos en los que ha encallado esta nave.
Nació con el propósito de compartir, sobre todo, mis letras, y al final escribo ficción celosamente, con la convicción de la bondad de aguardar el momento idóneo para mostrarla, pues aquí hay mucha entraña y poco oficio, y la literatura que se precie ha de nutrirse de ambos pilares.
Ha habido momentos álgidos, derrotas épicas, derivas inciertas, textos que hoy no firmaría y vivencias que fueron construyendo mi casa de aire y nubes un poco más. Pero lo mejor de todo, sin duda, ha sido encontrar a un puñado de seres de carne y hueso, unos con alas y otros con pies de roca, pero todos con el don de sorprenderme aún y restaurar mi dolorida fe en el ser humano. Compañeros de letras, a menudo, hacia los que tendí puentes, pero también los hubo para quienes no poseen el don de la palabra pero dejan ver día a día la calidad de su alma. E incluso me atrevo a decir, con certeza nutrida de presente, que he encontrado aquí a tres o cuatro amigos con los que me esperan charlas de sien plateada y mirada enmarcada en surco de años. Ellos ya saben quiénes son, no haré pornografía emocional.
"Sólo" por eso ha merecido la pena.
Las alas del albatros seguirán volando, tal vez con la intermitencia de la última época, porque un tal Sergi Bellver, ese loco incurable, está empollando un huevo, uno que espera caer en vuestras manos cuando ya sea un vástago alado con vuelo de hojas entintadas.
Menos alas virtuales, poco a poco, para un día volar hasta vosotros y a ejércitos desarmados de desconocidos con otras alas pegadas a un lomo con serigrafías.
Sopla... que cumplimos un año. Que estas alas también son ya un poco vuestras. Que a veces se hubieran desmembrado de no ser por vosotros. Sopla la vela... bien fuerte, aunque no hay tarta (sería de chocolate, seguro), sólo velas en los mástiles de un navío que busca su horizonte... sopla en mis velas, en mis alas, que el albatros precisa de vientos favorables. Sopla... y, sobre todo,
...pide un deseo.
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Desde el 11 de mayo de 2006; NUEVA DIRECCIÓN DEL BLOG:
Nació con el propósito de compartir, sobre todo, mis letras, y al final escribo ficción celosamente, con la convicción de la bondad de aguardar el momento idóneo para mostrarla, pues aquí hay mucha entraña y poco oficio, y la literatura que se precie ha de nutrirse de ambos pilares.
Ha habido momentos álgidos, derrotas épicas, derivas inciertas, textos que hoy no firmaría y vivencias que fueron construyendo mi casa de aire y nubes un poco más. Pero lo mejor de todo, sin duda, ha sido encontrar a un puñado de seres de carne y hueso, unos con alas y otros con pies de roca, pero todos con el don de sorprenderme aún y restaurar mi dolorida fe en el ser humano. Compañeros de letras, a menudo, hacia los que tendí puentes, pero también los hubo para quienes no poseen el don de la palabra pero dejan ver día a día la calidad de su alma. E incluso me atrevo a decir, con certeza nutrida de presente, que he encontrado aquí a tres o cuatro amigos con los que me esperan charlas de sien plateada y mirada enmarcada en surco de años. Ellos ya saben quiénes son, no haré pornografía emocional.
"Sólo" por eso ha merecido la pena.
Las alas del albatros seguirán volando, tal vez con la intermitencia de la última época, porque un tal Sergi Bellver, ese loco incurable, está empollando un huevo, uno que espera caer en vuestras manos cuando ya sea un vástago alado con vuelo de hojas entintadas.
Menos alas virtuales, poco a poco, para un día volar hasta vosotros y a ejércitos desarmados de desconocidos con otras alas pegadas a un lomo con serigrafías.
Sopla... que cumplimos un año. Que estas alas también son ya un poco vuestras. Que a veces se hubieran desmembrado de no ser por vosotros. Sopla la vela... bien fuerte, aunque no hay tarta (sería de chocolate, seguro), sólo velas en los mástiles de un navío que busca su horizonte... sopla en mis velas, en mis alas, que el albatros precisa de vientos favorables. Sopla... y, sobre todo,
...pide un deseo.
Desde el 11 de mayo de 2006; NUEVA DIRECCIÓN DEL BLOG:
Alas de Albatros
Guantes vueltos del revés.
apostados entre los árboles y en el escondrijo del ocaso
Si pueden cazar a bombazos en altamar a las moles cantoras
que migran en los mares con aletas de avión y aliento de nube
Si pueden atrapar conejos en vuelo rasante de cetrería
con halcones prestados y emociones fingidas
¿por qué no iban a poder…
por qué no iba a poder un sólo hombre
volar sin alas
viajar sin destino
huir sin ansia?
Como querer contener cien litros de agua marina
en una jaula para canarios
Como querer apresar el aire de la montaña
con un cazamariposas
Como pretender ahogar la esencia del nómada
con un cubo de agua turbia
No hay caso
Me dejo crecer el pelo
descuido el jardín de mis miedos
y admiro la hiedra que se va adueñando
de los patios perdidos
Treinta y tres años
y el niño de la ventana
sigue dibujando en los mapas
Y ensayando la gran obra
para una sola butaca.
Una carta real.
Con preaviso:
Escrita hace un tiempo, compartida ahora, con la confirmación espontánea de un dejá-vu recorriendo mi médula en un instante, porque mientras escribo este preámbulo, algo me dice que ya he estado aquí. La carta era para alguien real, que existe. Y con cosas así uno aprende que el camino de la vida tiene umbrías veredas, desiertos, acantilados, asfalto, rosaledas... y que todo lo que se hizo de corazón, pase lo que pase después, queda en alguna parte, germinará en alguna parte, aunque sólo fuera en el propio corazón, para ir haciéndose cada vez un poquito más sabio, si acaso, que no más viejo. Porque envejece sólo aquél que ya no es capaz de creer que puede reinventarse el mundo.
Es curioso, cuando hablo explícitamente de literatura y Vida, como en mi serie anterior, bajan en picado las visitas a mis alas. Menos mal que no publico mis cuentos y poemas actuales y reservo la literatura para otros espacios, mi ego se vería magullado de no saberse leído entonces. Alas de Albatros, aunque nació ahora casi hace un año (faltan unos días), lo hizo con vocación literaria para ser compartida, pero se ha convertido, a su manera, en un verdadero diario de navegación, aunque esté abierto en la mesa del camarote de un velero... y vaya a otro ritmo, alejado de las rutas de los grandes cargueros y mastodónticos cruceros. A sus contenedores los números y a mis bodegas vuestro afecto.
Un martes de invierno escribí esto:
----------------------------------------------------------------
"Dedicado a una mujer de cabello flamenco que sabe bailar.
Hoy escribiré para ti. No tengo ganas de publicar nada en mis alas de albatros. O no tengo ganas de que salgan demasiadas cosas en tropel y acaben avasallando a quienes, con increíble paciencia y en algunos casos, inmerecida fidelidad, me siguen leyendo, incluidos los que guardan silencio o dicen poca cosa pero sienten cada paso que van dando sobre mis huellas.
Todo lo que surgiría sería hoy demasiado gris, demasiado oscuro, y aunque sé mejor que nadie de la supuesta belleza que emana de algunos poetas malditos y viajeros irreductibles cuando sondean las pozas del infierno con sus almas colgadas de un hilo, no me apetece revolcar mis huesos en esos lodos. Persigo otra belleza, una mayúscula, tan alejada y equidistante de esas grutas encendidas y subterráneas como de algodones pendientes de un hilo de nylon en los escaparates del amor vendido. Me irritan, tal vez desde mi tiránica atalaya de albatros, las rebajas y las rentas en cuestión de vida. Me aburren, seguramente desde mi quietud (sí, a veces) en el acantilado, al abrigo de los vientos, los vuelos acrobáticos que están más pendientes del público que del cielo, los malabares hedonistas de los bohemios impostados que venderían a su madre por una noche de alcohol ilustrado y sábanas sudadas. O tal vez es al revés, me aburren los catorces de Febrero y me irritan los gatos que lamen las raspas del dolor ajeno con postura de maniquí.
Pero no es por eso por lo que hoy no tengo ganas de publicar nada en mi cuaderno de bitácora. O sólo es una pared más del laberinto. Otra, bien alta y fría, de granito hiriente, es el mundo “real”, ese hecho de currículums, etiquetas, protocolos y cifras, ese mundo para el que no sirvo, para el que sólo soy un albatros patoso en tierra firme, dando tumbos como pingüino. Otra pared del laberinto. No me pidas que te lo explique porque no puedo hacerlo. No es que no quiera, es que aún no sé de qué va todo esto. Todavía ando descifrándome. Sólo sé que gracias a algunos rayos de luz va renaciendo un sol en mi pecho, y las venas ya no palpitan al tumultuoso correr de la sangre, ahora, poco a poco, van diluyéndose en haces de luz que salen por las yemas de mis dedos, por las plantas de mis pies, por mis ojos oscuros aún, oscuros, como esferas de ébano para hilvanar un collar de cuentas, como esferas negras agujereadas para ensartarlas con cordel luminoso y lucirlas sobre tu piel, por cada uno de los poros de la mía, y, como el reflejo de la luna llena sobre un mar rizado, por mi pelo, que ayer corté un poco, sólo un poco, para que puedas extraviar tus manitas en él.
Y por mis labios, luz que mana de mis labios porque tú la sembraste más allá. Porque yo mismo esparcí la semilla en mis entrañas. Luz de luna cuando quieras caminar despacio para no deslumbrarte y luz de mediodía cuando necesites sonreír y abrir la ventana. Luz rotunda y seca de desierto para aniquilar las sombras y tus temores. Luz tibia y espesa de altamar para que no pierdas detalle de cada matiz del océano, para que no naufragues en cualquier isla por culpa de algún reflejo en las olas.
Gracias. Eso quiero decirte hoy. Hasta aquí, gracias. Venga lo que venga. Gracias de todo corazón por darme luz, por hacerme sentir vivo, aunque a veces duela un poco esto de vivir, aunque a veces escueza la herida, pero bendita sea, que por ella escapa pero también entra la vida a borbotones.
Gracias por firmar con estrellas de mar en la película de mi existencia, por reservarte una escena tan especial para mi último aliento, ese que espero muy lejano pero consciente y sereno. Gracias por aceptarme a pesar de todo, gracias por intentar comprenderme aún con las mil trabas que sin querer van cayendo a tus pies desde mis alas. Gracias por lo que diste y darás sin pedir nada a cambio. Incluso gracias por espabilarme alguna vez cuando me pediste algo. Porque a veces es necesario ser egoísta para zarandear al otro y así le haces el mejor regalo, que no se quede dormido. Gracias por no olvidarme, incluso dentro de cincuenta años, tanto si los recibes a mi lado, amor, como conmigo en la distancia, amiga, como sin mí en absoluto, mujer.
Gracias por hablarme, en letras o gestos, cuando lo haces, porque no sabes el bien que me hace.
Gracias por no medirme y no juzgarme, sobre todo gracias por eso.
Y ahora, tú, esa presencia que fuiste siempre, esa ausencia que siempre hubo, esa locura que siempre me habita, esa incógnita que siempre me adelanta, esa cara del diamante, tú, esa abstracción de mis anhelos y esa conjura de mis pecados, tú, esa grieta en mi razón, esa columna en mi templo, trinidad incomprensible de rostros y sólo una cara, tú, mujer, ven aquí, que demasiado tiempo llevo guardando este abrazo, demasiado llevo atesorando este beso, y demasiada luz rebosa de mis ojos cuando te pienso y te siento como para no mezclarla con la de tu mirada, esa mirada que me deshace…
Así que ahora, el único universo que existe, sin pasado y sin promesa, ahora, ven y bésame.
Sergi."
Escrita hace un tiempo, compartida ahora, con la confirmación espontánea de un dejá-vu recorriendo mi médula en un instante, porque mientras escribo este preámbulo, algo me dice que ya he estado aquí. La carta era para alguien real, que existe. Y con cosas así uno aprende que el camino de la vida tiene umbrías veredas, desiertos, acantilados, asfalto, rosaledas... y que todo lo que se hizo de corazón, pase lo que pase después, queda en alguna parte, germinará en alguna parte, aunque sólo fuera en el propio corazón, para ir haciéndose cada vez un poquito más sabio, si acaso, que no más viejo. Porque envejece sólo aquél que ya no es capaz de creer que puede reinventarse el mundo.
Es curioso, cuando hablo explícitamente de literatura y Vida, como en mi serie anterior, bajan en picado las visitas a mis alas. Menos mal que no publico mis cuentos y poemas actuales y reservo la literatura para otros espacios, mi ego se vería magullado de no saberse leído entonces. Alas de Albatros, aunque nació ahora casi hace un año (faltan unos días), lo hizo con vocación literaria para ser compartida, pero se ha convertido, a su manera, en un verdadero diario de navegación, aunque esté abierto en la mesa del camarote de un velero... y vaya a otro ritmo, alejado de las rutas de los grandes cargueros y mastodónticos cruceros. A sus contenedores los números y a mis bodegas vuestro afecto.
Un martes de invierno escribí esto:
"Dedicado a una mujer de cabello flamenco que sabe bailar.
Hoy escribiré para ti. No tengo ganas de publicar nada en mis alas de albatros. O no tengo ganas de que salgan demasiadas cosas en tropel y acaben avasallando a quienes, con increíble paciencia y en algunos casos, inmerecida fidelidad, me siguen leyendo, incluidos los que guardan silencio o dicen poca cosa pero sienten cada paso que van dando sobre mis huellas.
Todo lo que surgiría sería hoy demasiado gris, demasiado oscuro, y aunque sé mejor que nadie de la supuesta belleza que emana de algunos poetas malditos y viajeros irreductibles cuando sondean las pozas del infierno con sus almas colgadas de un hilo, no me apetece revolcar mis huesos en esos lodos. Persigo otra belleza, una mayúscula, tan alejada y equidistante de esas grutas encendidas y subterráneas como de algodones pendientes de un hilo de nylon en los escaparates del amor vendido. Me irritan, tal vez desde mi tiránica atalaya de albatros, las rebajas y las rentas en cuestión de vida. Me aburren, seguramente desde mi quietud (sí, a veces) en el acantilado, al abrigo de los vientos, los vuelos acrobáticos que están más pendientes del público que del cielo, los malabares hedonistas de los bohemios impostados que venderían a su madre por una noche de alcohol ilustrado y sábanas sudadas. O tal vez es al revés, me aburren los catorces de Febrero y me irritan los gatos que lamen las raspas del dolor ajeno con postura de maniquí.
Pero no es por eso por lo que hoy no tengo ganas de publicar nada en mi cuaderno de bitácora. O sólo es una pared más del laberinto. Otra, bien alta y fría, de granito hiriente, es el mundo “real”, ese hecho de currículums, etiquetas, protocolos y cifras, ese mundo para el que no sirvo, para el que sólo soy un albatros patoso en tierra firme, dando tumbos como pingüino. Otra pared del laberinto. No me pidas que te lo explique porque no puedo hacerlo. No es que no quiera, es que aún no sé de qué va todo esto. Todavía ando descifrándome. Sólo sé que gracias a algunos rayos de luz va renaciendo un sol en mi pecho, y las venas ya no palpitan al tumultuoso correr de la sangre, ahora, poco a poco, van diluyéndose en haces de luz que salen por las yemas de mis dedos, por las plantas de mis pies, por mis ojos oscuros aún, oscuros, como esferas de ébano para hilvanar un collar de cuentas, como esferas negras agujereadas para ensartarlas con cordel luminoso y lucirlas sobre tu piel, por cada uno de los poros de la mía, y, como el reflejo de la luna llena sobre un mar rizado, por mi pelo, que ayer corté un poco, sólo un poco, para que puedas extraviar tus manitas en él.
Y por mis labios, luz que mana de mis labios porque tú la sembraste más allá. Porque yo mismo esparcí la semilla en mis entrañas. Luz de luna cuando quieras caminar despacio para no deslumbrarte y luz de mediodía cuando necesites sonreír y abrir la ventana. Luz rotunda y seca de desierto para aniquilar las sombras y tus temores. Luz tibia y espesa de altamar para que no pierdas detalle de cada matiz del océano, para que no naufragues en cualquier isla por culpa de algún reflejo en las olas.
Gracias. Eso quiero decirte hoy. Hasta aquí, gracias. Venga lo que venga. Gracias de todo corazón por darme luz, por hacerme sentir vivo, aunque a veces duela un poco esto de vivir, aunque a veces escueza la herida, pero bendita sea, que por ella escapa pero también entra la vida a borbotones.
Gracias por firmar con estrellas de mar en la película de mi existencia, por reservarte una escena tan especial para mi último aliento, ese que espero muy lejano pero consciente y sereno. Gracias por aceptarme a pesar de todo, gracias por intentar comprenderme aún con las mil trabas que sin querer van cayendo a tus pies desde mis alas. Gracias por lo que diste y darás sin pedir nada a cambio. Incluso gracias por espabilarme alguna vez cuando me pediste algo. Porque a veces es necesario ser egoísta para zarandear al otro y así le haces el mejor regalo, que no se quede dormido. Gracias por no olvidarme, incluso dentro de cincuenta años, tanto si los recibes a mi lado, amor, como conmigo en la distancia, amiga, como sin mí en absoluto, mujer.
Gracias por hablarme, en letras o gestos, cuando lo haces, porque no sabes el bien que me hace.
Gracias por no medirme y no juzgarme, sobre todo gracias por eso.
Y ahora, tú, esa presencia que fuiste siempre, esa ausencia que siempre hubo, esa locura que siempre me habita, esa incógnita que siempre me adelanta, esa cara del diamante, tú, esa abstracción de mis anhelos y esa conjura de mis pecados, tú, esa grieta en mi razón, esa columna en mi templo, trinidad incomprensible de rostros y sólo una cara, tú, mujer, ven aquí, que demasiado tiempo llevo guardando este abrazo, demasiado llevo atesorando este beso, y demasiada luz rebosa de mis ojos cuando te pienso y te siento como para no mezclarla con la de tu mirada, esa mirada que me deshace…
Así que ahora, el único universo que existe, sin pasado y sin promesa, ahora, ven y bésame.
Sergi."
La senda propia (y III de III).
Y yo que venía aquí a hablar de letras…
Que venía a decir que Dostoievsky (a esos prohombres que se ríen de los nombres periféricos de “lenguas vernáculas” pero se esfuerzan en pronunciar a los autores galos con acento borgoñón, decirles que se pronuncia “dastayifski”, o jugamos todo el rato o tiramos el ajedrez) sabía del vértigo y el veneno de la apuesta cuando escribió “El jugador”. Que la India del “Kim” de Kipling es un remedo victoriano y ombliguista de la realidad. Y que evoca, da placer, pero no llega o emociona como “Corazón de tinieblas” de un Conrad que fue marino y remontó el río de la desesperación en el patio de juego del pérfido rey belga en el Congo.
Compromiso sin postura, honestidad sin ostentación, nobleza sin alcurnia. Uno le pediría a un poeta romántico que tuviera la decencia en su loco ideal de George Gordon, lord Byron, cuando murió defendiendo la independencia griega ante los turcos, en un último acto de amor al mundo heleno. Uno le pide a un poeta que sepa del aroma de una mujer en las sábanas si va a hablar de ello, como Neruda. Que desove rimas fértiles en amores no correspondidos, que ya romperán la cáscara y volarán en nosotros, Gustavo Adolfo. Le pide uno al novelista que retrata el horror de la guerra o la belleza de Italia que se enrole en las tropas napoleónicas, se enamore de ciudades como Parma y tema por su vida en Waterloo. Stendhal sabía que lo más importante era el conocimiento de uno mismo, del corazón humano y sus motivaciones. Ese era el camino para llegar a ser un gran escritor.
Métase en el cuartucho de una prostituta para hablar de ellas, como Zola. Y escriba una carta contra una injusticia, aunque le valga el exilio al otro lado del canal de la Mancha. Coseche flores malditas y herejes, destripe la belleza hasta en los cadáveres purulentos, pero tenga la decencia de padecer sífilis, como mi amado traductor de Poe, el loco del pelo verde que dejó su fantasma por los callejones de la isla de San Luís, el autor de mi lema, “sus alas de gigante le impiden caminar”… querido Baudelaire de alma turbia, padrastro odiado y corazón amante. Pero viva, por favor, viva y no me escriba siete libros para hablar de una magdalena en el café, encerrado en su cuarto. Rompa con los mitos y sea un homosexual casado con dos hijos, pero escriba con ternura cuentos para ellos. Pobre orgulloso Oscar. Váyase usted a Túnez si quiere escribir “Salambó” y tenga el celo de Flaubert para el artesanal y descomunal trabajo diario. Él dijo ser madame Bovary, y ella era su Quijote, su alma loca en un mundo de cuerdos insoportables, del que intentaba huir pidiendo asilo… en las letras.
Lo peor y lo mejor de todo es que yo mismo estoy en desacuerdo con algunas de las cosas que acabo de decir. Ha sido un estado de enajenación artística que espero no sea del todo transitoria. Temo olvidar que muchos “comprometidos” lo fueron a ratos, a medias, por fotogramas. Temo ser un bolchevique radical que se olvide de la sencilla poesía escrita en la estrechez de un cuartucho, aunque ésta hable del mar… Sería un imbécil si dejo que se me olviden Frankenstein o Drácula sólo porque los escribieron casi por un juego en una mansión.
Y aunque las entrañas me lo piden, no sé si está bien juzgar a un hombre por su connivencia con una dictadura, por su misoginia, si tiene tanto, tanto talento como Borges. Porque también lo tenía Thomas Mann y se tuvo que ir de Alemania por oponerse a Hitler. En fin… las aguas vuelven a su cauce, y acepto todo, acepto todos los libros, que algún fruto siempre atesoran en semillas de imprenta, acepto, pero no respeto. Que no es lo mismo. Y yo quiero ser políticamente incorrecto. Aunque me pase de rosca, es mucho mejor que seguir con la tapa bien cerrada y el aire viciado. Al diablo la tapa. Respiro, inhalo, y escribo.
A la Vida por las letras y a las letras por Vivirla.
Que venía a decir que Dostoievsky (a esos prohombres que se ríen de los nombres periféricos de “lenguas vernáculas” pero se esfuerzan en pronunciar a los autores galos con acento borgoñón, decirles que se pronuncia “dastayifski”, o jugamos todo el rato o tiramos el ajedrez) sabía del vértigo y el veneno de la apuesta cuando escribió “El jugador”. Que la India del “Kim” de Kipling es un remedo victoriano y ombliguista de la realidad. Y que evoca, da placer, pero no llega o emociona como “Corazón de tinieblas” de un Conrad que fue marino y remontó el río de la desesperación en el patio de juego del pérfido rey belga en el Congo.
Compromiso sin postura, honestidad sin ostentación, nobleza sin alcurnia. Uno le pediría a un poeta romántico que tuviera la decencia en su loco ideal de George Gordon, lord Byron, cuando murió defendiendo la independencia griega ante los turcos, en un último acto de amor al mundo heleno. Uno le pide a un poeta que sepa del aroma de una mujer en las sábanas si va a hablar de ello, como Neruda. Que desove rimas fértiles en amores no correspondidos, que ya romperán la cáscara y volarán en nosotros, Gustavo Adolfo. Le pide uno al novelista que retrata el horror de la guerra o la belleza de Italia que se enrole en las tropas napoleónicas, se enamore de ciudades como Parma y tema por su vida en Waterloo. Stendhal sabía que lo más importante era el conocimiento de uno mismo, del corazón humano y sus motivaciones. Ese era el camino para llegar a ser un gran escritor.
Métase en el cuartucho de una prostituta para hablar de ellas, como Zola. Y escriba una carta contra una injusticia, aunque le valga el exilio al otro lado del canal de la Mancha. Coseche flores malditas y herejes, destripe la belleza hasta en los cadáveres purulentos, pero tenga la decencia de padecer sífilis, como mi amado traductor de Poe, el loco del pelo verde que dejó su fantasma por los callejones de la isla de San Luís, el autor de mi lema, “sus alas de gigante le impiden caminar”… querido Baudelaire de alma turbia, padrastro odiado y corazón amante. Pero viva, por favor, viva y no me escriba siete libros para hablar de una magdalena en el café, encerrado en su cuarto. Rompa con los mitos y sea un homosexual casado con dos hijos, pero escriba con ternura cuentos para ellos. Pobre orgulloso Oscar. Váyase usted a Túnez si quiere escribir “Salambó” y tenga el celo de Flaubert para el artesanal y descomunal trabajo diario. Él dijo ser madame Bovary, y ella era su Quijote, su alma loca en un mundo de cuerdos insoportables, del que intentaba huir pidiendo asilo… en las letras.
Lo peor y lo mejor de todo es que yo mismo estoy en desacuerdo con algunas de las cosas que acabo de decir. Ha sido un estado de enajenación artística que espero no sea del todo transitoria. Temo olvidar que muchos “comprometidos” lo fueron a ratos, a medias, por fotogramas. Temo ser un bolchevique radical que se olvide de la sencilla poesía escrita en la estrechez de un cuartucho, aunque ésta hable del mar… Sería un imbécil si dejo que se me olviden Frankenstein o Drácula sólo porque los escribieron casi por un juego en una mansión.
Y aunque las entrañas me lo piden, no sé si está bien juzgar a un hombre por su connivencia con una dictadura, por su misoginia, si tiene tanto, tanto talento como Borges. Porque también lo tenía Thomas Mann y se tuvo que ir de Alemania por oponerse a Hitler. En fin… las aguas vuelven a su cauce, y acepto todo, acepto todos los libros, que algún fruto siempre atesoran en semillas de imprenta, acepto, pero no respeto. Que no es lo mismo. Y yo quiero ser políticamente incorrecto. Aunque me pase de rosca, es mucho mejor que seguir con la tapa bien cerrada y el aire viciado. Al diablo la tapa. Respiro, inhalo, y escribo.
A la Vida por las letras y a las letras por Vivirla.







