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Alas de Albatros
Frases borrosas, emociones, ideas... no quería pero al final me salió un diario.
De mis alas:
"...ses ailes de géant l'empêchent de marcher".
(Charles Baudelaire).


Ahora en Madrid:

"Tú..., sí, tú..., eres bueno".
(Robert de Niro, "Analyze this").


De mí, lo mejor que puedo decir es que sigo teniendo ilusión por la vida y unas insolentes ganas de escribir. Lo peor, que soy contradictorio, es decir, humano.

Mi puerta está abierta en:
Translation:

Many flavours will lose, but you can try to translate the dust of my steps on this website, and have a foggy idea about my writings, if you click above on your flag and then enter my URL there.


El baúl del albatros:

ñ (Shift+click -o botón derecho del ratón- y enlaces en ventana nueva).
Polvo, retales, y retratos en sepia de dos años de "Alas de Albatros".


Sindicación
 
Resucitar.
Sí, a gatas voy, pero sin tregua, con mi novela. A gatas porque la montaña es escarpada y la pared inmiseridorde, porque las circunstanicas conspiran (esas sí que conspiran) para que no consiga mi objetivo. Pero el deseo es más fuerte y pasaré a todas a cuchillo cuando recupere el poder. Soy Julio César incorporándose de la escalinata, agujereado por espadas traidoras como una celosía. Pero los empaparé a todos en sangre, ahogaré a Bruto con mi propia sangre, y volveré a caminar. Mi sed es inmortal e invencible. Esa novela reinará, a pesar del hambre, del bolsillo mugriento y las servidumbres de la rutina.

Pero de vez en cuando he de escribir algo aquí, donde algunas almas aliadas me escuchan, vomitar algo, por si un fantasma amable lo lee. Son casi veinte años ya. No he vuelto a ver a Dámaris nunca. No he vuelto a conocer a nadie como Eugenia (en paz descanses, capitana, donde quiera que navegue tu alma). No he podido nunca tener a Alexa. Nunca pude conquistar a Amaya. Sonia nunca fue para mí. Al menos, de estas tres últimas almas su Amistad me llueve sincera como regalo. Probablemente no supe valorar a las que sí me tuvieron, mi único amor real, Isabel, y todos los ensayos posteriores. Seguramente no supe ver más allá cuando las que llamaron a mi puerta se fueron sin respuesta. Hasta qué punto se abren grietas en mi corazón reseco, hasta qué punto que casi sería capaz de darlo todo por amar otra vez, por Amar de una vez...

Nadie, ni por mil libros que escribiera, podría jamás comprender mi esencia sólo por un texto. Hay cosas que no puedo, ni debo, ni quiero poner en negro sobre blanco. Hay cosas que sólo están hechas para entregarlas en silencio, para Vivirlas... y yo ahora soy un muerto que anda, un fantasma que escribe, pero no estoy Vivo. Huele a rancio en este lugar, a huesos pulidos, a ropa endurecida... y yo necesito que la voz de Una Mujer (y sólo la suya) me llame Lázaro...


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Resucitar.





Cuando tenemos al sol encima, o incluso dentro, entre pecho y espalda, no se aprecian las sombras. En ese instante irradiamos luz por cada poro y desde la mirada. Cuando la estrella incendiaria se va alejando, poco a poco van alargándose las figuras, la luz va lamiendo con lentitud los últimos restos del suelo, las últimas sombras se estiran hasta confundirse las fronteras del ocaso y la noche. Así, en esa distancia, así va hiriendo el recuerdo con esos largos puñales sombríos. Y aquél sol que fue capaz de convertir un alma en estrella y un cuerpo en mundo entero, aquél sol espacia sus latidos sumergido ahora en lo más profundo del abismo oceánico, apagado por la gélida presión del mar hasta apenas producir un estertor de burbujas con su lamento.

Ahora soy una vieja cabaña de madera abandonada. Un polvoriento rincón lleno de telarañas. Y sólo un allanamiento imprevisto pero anhelado puede devolverme la luz perdida. Sólo una ráfaga de besos puede abrir boquetes en la madera podrida y cuajar las tablas de agujeros blancos, por donde vuelva a inundarme la luz rayo a rayo, desde la pared tiroteada a mi cadáver yaciente. El estrépito me hará abrir un párpado, me hará dudar de la alucinación cuando todo el polvo en suspensión sea delatado por los tragaluces improvisados. Acostumbrado a la oscuridad, mis ojos permanecerán ciegos por un rato. Entonces sólo quedará por tirar abajo la puerta, para que Ella entre con su ametralladora de besos y su aire fresco. Y la cabaña será reducida a cenizas, y seremos los dueños del bosque, de las playas, seremos el sol bicéfalo que resurja del fondo del océano para iluminar el mundo.



 
Vanguardias.
Las alas del albatros se van a ir poniendo tras el horizonte, como claro mármol calentado por el verano en el último estertor de la tarde, un segundo antes de que lo cubra la sombra y comience a ser más agradable al tacto. Amanecerá otro día, siempre lo hace... pero a partir de ahora las letras serán aquí sólo gotas, porque se prepara el aguacero, la tormenta, el océano en avalancha salada, sin la calma tensa de la perfección (tienen razón los amigos), pero sí con la serenidad de lo genuino, un golpe de brisa antes de la tempestad liberadora.

Si me leyera Hölderin, si me escuchara Rimbaud, me verían desubicado en otro tiempo. Si me revisaran los acólitos de Breton, escupirían sobre mi tumba. Si en la mesa de Baudelaire aparecieran estas hojas, las pintaría de verde para hacerse un sombrero a juego con el pelo. Si Bécquer se topara conmigo, me tomaría por torpe cachorro que empapa mangas sin haber sido requerido. Si Federico encontrara estos legajos a los pies de un olivo, los apartaría con desdén. Si al despertar aparecieran en su almohada estas palabras, Rilke se las sacudiría con ganas de recuperar el silencio. Si llegara esta botella a Isla Negra, Pablo la guardaría como regalo de su "papadre" mar para la colección, pero olvidaría al segundo el contenido, demasiado seco, como un alerce en Atacama, como un ruido marrón arañando el verde.

Y todos tendrían razón.

Pero no puedo evitar seguir haciéndolo.

Para hoy, ahí abajo, un ejemplo de texto más o menos "trabajado", al que después de la hemorragia repentina (como el de ahí arriba), le dediqué un rato para podar, desbrozar, abonar e injertar. Lo mejor de un jardín ha de ser su atmósfera, siempre, sea afrancesado, inglés, barroco italianizante o japonés. No importa la forma. Lo crucial está en la atmósfera y, claro, en las semillas...


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Vanguardias.




Poeta de retaguardia que no va a la cabeza de avanzadillas, ni trashuma por trincheras, ni toma su fusil con la misma gélida ceguera del niño muerto y emparedado en un cuerpo de adulto. Poeta de retaguardia porque alguien se mueve mientras la línea del frente se atranca. Avanzando al mediodía y retirándose al ocaso, copando las simas de huesos rotos y carne abierta, en eterna masacre de gases que nublan continentes y yelmos de Sancho Panza que hospedan una corte de larvas devoradoras de papel añejo.

Poeta de retaguardia porque alguien ha de quedar en las calles, en los graneros, en las colinas, en los trigales, en caminos al borde del mar, en los bosques de rumores sin hombres, en las faldas de los montes, entre sirenas que no le cantan a Ulises porque el silencio es más poderoso, en las pavesas de hogueras sin holocausto, en las astillas de naufragios voluntarios, en los calderos de ancianas marchitas, en el sudor de los muslos de vírgenes lúbricas, en el relente del alba tras el asesinato de un viajero, en la huída desaforada de un padre niño, en la guillotina implacable del hijo, en el recuento de las fosas, al inventario de los rescoldos que jamás llegaron a incendiar un alma. Alguien, por todos los demonios, ha de quedar detenido cuando la inercia se lleve al mundo, alguien ha de brincar a un lado cuando al trajín de hormigas lo pare de golpe el pisotón de un sol embravecido.

Ya perecen los héroes y los idiotas al primer balazo para persistir apenas como un eco en recuerdos incompletos de caminos inconclusos y leyendas exageradas. Ya se desdibujan como boceto a lápiz en papel mojado todas las miserias de la gente de bien, ya se callan los murmullos de paloma por los callejones de cementerios de hormigón y panteones de veinte pisos.

En la retaguardia ha de quedar algún poeta, cuando hayan dado toda la vuelta al mundo las tarántulas infatigables, enmarañando el orbe de trincheras, país por país, pueblo por pueblo, casa por casa, alma por alma. Alguien ha de quedar en la retaguardia cuando lleguen al final del camino todas las hordas de ídolos descabezados y recompuestos, creyendo haber transitado y trascendido el universo entero; alguien apenas, para que los ejércitos en bravo desacuerdo arrojen sus armas al encontrarse, de repente, en Ítaca o antes los pies de Beatrice, y por sorpresa, con la espalda del poeta.