Del cuaderno de notas III.


Del cuaderno de notas II.
Del cuaderno de notas.
Así germinan los tallos y se despliegan las ramas, sin jardinero, sin poda, salvajes. Porque uno ha de saber por qué sendas ha transitado. El tamaño real de ese cuaderno de tapas blandas (ahora entre mostaza y ocre, el marrón chocolate ya lo acabé) es algo menor, como un Din A6, pero lo he aumentado para que pueda leerse más fácilmente. Por cierto, sobre "pizarra" dice "cuarentena", mi letra depende de la postura y el ánimo... puede comprobarse por ejemplo en lo que publiqué el 28 de Agosto de 2004. ¿Algún grafólogo en la sala?




Botella medio llena.
Nada mejor que unos buenos lingotazos de luz para recuperar el ánimo, cuando me lo había dejado en lo más oscuro del callejón, en el breve estrépito de gatos trasteando en los cubos de basura, en la melodía ahogada en tabaco desde la radio de alguna ventana que se abrió después para maldecir, en el espeso olor a fritanga desde la salida de humos de algún bajo, y en el leve rumor de la llovizna tras del ruido de unos neumáticos fugaces que rasgaron el asfalto mojado.
Sí, sólo me faltaba la botella envuelta en papel y los guantes sin dedos de clochard, y podríamos ponerle título a la película. Porque cuando uno dice que está en el pozo parece que se monta una película. Y la gente palmea amablemente su espalda esperando a que pasen los títulos de crédito, sin darle mucho crédito, esperando a que enciendan las luces del cine, sin darle suficiente luz.
Pero te aseguro que no era el caso. Lo bueno de tener claras las cosas que uno anhela en la vida es que puede enfocar mejor sus esfuerzos y darle sentido a cada paso, lo malo… es que si no salen bien, ya no sabe conformarse. Si añadimos un par de pésimas experiencias recientes con el sexo femenino, un bolsillo aún más vacío que el del mendigo del callejón y un atasco monumental en el camino a mis letras… normal que uno se caiga al pozo. Lo del bolsillo sólo es un condicionante de otras cosas, pero mis dos sueños se venían abajo. Mi mundialmente famosa intuición para desentrañar los misterios de un alma estaba borracha (acabó vomitando las sardinas de la cena en el callejón) cuando conocí a una mujer y después a otra. La primera una estratega de la media verdad, la segunda una pobre niña rica hipócrita con disfraz de lentejuelas. Menudo par de hostias, cuando caí quedé tendido por varias noches, y los gatos caminaban sobre mi sucio abrigo confundiéndome con los ennegrecidos adoquines del callejón.
Pero amaneció de nuevo, aunque encajonado entre ladrillos enmohecidos uno no sea capaz de verlo, siempre lo hace, siempre amanece. Y me levanté, salí por mi propio pie del callejón, crucé la calle, dejé atrás el arrabal… tiré mis ropas raídas y salí de la ciudad. Y ahora el sol calienta mis pies descalzos, el viento trastea con sus dedos en los árboles y la tierra huele a nueva. Ya no me importan los moratones. Las cicatrices serán sólo hitos en el mapa de una ruta incierta, pero el verdadero camino transita por mis entrañas, el paisaje es hermoso porque mi mirada es capaz de interpretarlo así. No existe más luz que la que uno proyecta sobre las cosas, acaso también la que uno recibe de sus aliados.
Los bolsillos seguían vacíos, así que los arranqué y los usé de pañuelos. No confiaré en la próxima mujer sólo por sus palabras, y dejaré que sean sus gestos los que me hablen de ella. Algo en firme quedó de mi hundimiento, y es que perdí de veras la fe en “Ella”, en rocambolescos avatares del destino, en amores pendientes tras varias reencarnaciones y en la perfección hecha mujer. Lo que imaginé, sencillamente, no existe. O no existe para mí. No quemé al final mis cartas a la desconocida, pero no lo hice ni por “Ella” ni porque valga mucho como género epistolar, simplemente las conservé como prueba de mi torpeza, como recordatorio de mis tropiezos. Pero sí rubriqué esas cartas, ni una más escribiré. Le abriré la puerta al Amor de otra manera, cuando llame, pero he comprendido que lo que esperaba no está en ninguna mujer, sino en mí. Sólo he de esperar el momento de entregarlo, y de aprender cada día a mejorar, de momento solo, quizás un día junto a una compañera, aprender de ella y de la vida. Pero hay una fe que no perdí del todo, se apagó la llama, pero quedaron los rescoldos… y para revivirlos, sirvió el aliento de los amigos y el calor de mis pasiones, pero sobre todo mi insensato, irreductible, e inverosímil afán por exprimir esta puñetera vida. Y ya no hay manera de que el incendio de las letras se apague jamás en mí. El manuscrito con lo que hasta ahora llevaba de la novela sí, lo quemé, vaya si lo quemé. Porque nacía de una credulidad absurda y el edificio se levantaba sobre cimientos inestables. Mejor derruirlo ahora y no esperar al final. Reescribiré esa novela, ya veré cómo, pero será mejor y sobre todo, será genuina (lo que me estaba saliendo me recordaba demasiado a demasiados autores).
Si la calidad de algo se mide por el nivel de sus lectores, no lo debo estar haciendo tan mal… (aunque esto es una carta abierta para todo el que tropiece con ella y este es un diario sin corrección política ni crítica), porque me siento orgulloso de tener esa estela de comentarios, correos, mensajes y guiños que la mayoría me dejáis, aquí o en privado.
No me habéis dejado seguir ebrio de oscuridad, gracias por llevarme la contraria. Hasta con antiguos poemas del propio albatros. Me hubiera levantado igual, solo, siempre lo he hecho, siempre amanezco, pero gracias de todos modos. Os quiero, cabrones.
pd: hoy hubiera sido tu cumpleaños, Eugenia, ojalá seas feliz allá donde estés, marinera.
Sí, sólo me faltaba la botella envuelta en papel y los guantes sin dedos de clochard, y podríamos ponerle título a la película. Porque cuando uno dice que está en el pozo parece que se monta una película. Y la gente palmea amablemente su espalda esperando a que pasen los títulos de crédito, sin darle mucho crédito, esperando a que enciendan las luces del cine, sin darle suficiente luz.
Pero te aseguro que no era el caso. Lo bueno de tener claras las cosas que uno anhela en la vida es que puede enfocar mejor sus esfuerzos y darle sentido a cada paso, lo malo… es que si no salen bien, ya no sabe conformarse. Si añadimos un par de pésimas experiencias recientes con el sexo femenino, un bolsillo aún más vacío que el del mendigo del callejón y un atasco monumental en el camino a mis letras… normal que uno se caiga al pozo. Lo del bolsillo sólo es un condicionante de otras cosas, pero mis dos sueños se venían abajo. Mi mundialmente famosa intuición para desentrañar los misterios de un alma estaba borracha (acabó vomitando las sardinas de la cena en el callejón) cuando conocí a una mujer y después a otra. La primera una estratega de la media verdad, la segunda una pobre niña rica hipócrita con disfraz de lentejuelas. Menudo par de hostias, cuando caí quedé tendido por varias noches, y los gatos caminaban sobre mi sucio abrigo confundiéndome con los ennegrecidos adoquines del callejón.
Pero amaneció de nuevo, aunque encajonado entre ladrillos enmohecidos uno no sea capaz de verlo, siempre lo hace, siempre amanece. Y me levanté, salí por mi propio pie del callejón, crucé la calle, dejé atrás el arrabal… tiré mis ropas raídas y salí de la ciudad. Y ahora el sol calienta mis pies descalzos, el viento trastea con sus dedos en los árboles y la tierra huele a nueva. Ya no me importan los moratones. Las cicatrices serán sólo hitos en el mapa de una ruta incierta, pero el verdadero camino transita por mis entrañas, el paisaje es hermoso porque mi mirada es capaz de interpretarlo así. No existe más luz que la que uno proyecta sobre las cosas, acaso también la que uno recibe de sus aliados.
Los bolsillos seguían vacíos, así que los arranqué y los usé de pañuelos. No confiaré en la próxima mujer sólo por sus palabras, y dejaré que sean sus gestos los que me hablen de ella. Algo en firme quedó de mi hundimiento, y es que perdí de veras la fe en “Ella”, en rocambolescos avatares del destino, en amores pendientes tras varias reencarnaciones y en la perfección hecha mujer. Lo que imaginé, sencillamente, no existe. O no existe para mí. No quemé al final mis cartas a la desconocida, pero no lo hice ni por “Ella” ni porque valga mucho como género epistolar, simplemente las conservé como prueba de mi torpeza, como recordatorio de mis tropiezos. Pero sí rubriqué esas cartas, ni una más escribiré. Le abriré la puerta al Amor de otra manera, cuando llame, pero he comprendido que lo que esperaba no está en ninguna mujer, sino en mí. Sólo he de esperar el momento de entregarlo, y de aprender cada día a mejorar, de momento solo, quizás un día junto a una compañera, aprender de ella y de la vida. Pero hay una fe que no perdí del todo, se apagó la llama, pero quedaron los rescoldos… y para revivirlos, sirvió el aliento de los amigos y el calor de mis pasiones, pero sobre todo mi insensato, irreductible, e inverosímil afán por exprimir esta puñetera vida. Y ya no hay manera de que el incendio de las letras se apague jamás en mí. El manuscrito con lo que hasta ahora llevaba de la novela sí, lo quemé, vaya si lo quemé. Porque nacía de una credulidad absurda y el edificio se levantaba sobre cimientos inestables. Mejor derruirlo ahora y no esperar al final. Reescribiré esa novela, ya veré cómo, pero será mejor y sobre todo, será genuina (lo que me estaba saliendo me recordaba demasiado a demasiados autores).
Si la calidad de algo se mide por el nivel de sus lectores, no lo debo estar haciendo tan mal… (aunque esto es una carta abierta para todo el que tropiece con ella y este es un diario sin corrección política ni crítica), porque me siento orgulloso de tener esa estela de comentarios, correos, mensajes y guiños que la mayoría me dejáis, aquí o en privado.
No me habéis dejado seguir ebrio de oscuridad, gracias por llevarme la contraria. Hasta con antiguos poemas del propio albatros. Me hubiera levantado igual, solo, siempre lo he hecho, siempre amanezco, pero gracias de todos modos. Os quiero, cabrones.
pd: hoy hubiera sido tu cumpleaños, Eugenia, ojalá seas feliz allá donde estés, marinera.
Mi santo.
Hoy me han recordado que es el día de mi santo. Estoy bautizado e hice la primera comunión, pero no soy católico. Ninguna religión tiene el privilegio de la Verdad. He creído siempre en algo más, en que el mundo era sólo el caparazón de algo más grande, en que había Algo detrás de todas las cosas.
Pero hoy he dejado de creer.
Hoy he quemado el manuscrito de mi novela, y voy a quemar también mi epistolario para esa "Ella" en la que ya tampoco creo, porque he perdido toda fe.
Hoy se me han evaporado las ganas de vivir.
Nunca fui un santo, sólo un hombre que creía en un puñado de cosas, en el Amor cierto, en los sueños, en sí mismo, en los demás. Quería creer con todas sus fuerzas, con toda la intensidad de mi corazón, pero ya no puedo más. A partir de ahora seré sólo una sombra. No importa si sobrevivo, si me congelo o si ya nunca soy capaz de recuperar la luz.
Gracias por los buenos ratos. No las daré por los chispazos que mantuvieron la hoguera de mis sueños ardiendo, porque sólo hicieron que prolongar mi agonía y hacer de esta sombra un lugar más frío, ahora, tan frío...
Me sugería el otro día una amiga la posibilidad de que no alcanzara mis sueños, lo adecuado que sería aprender a vivir sin ello. Pero no me interesa. La vida no es, la vida de un hombre no es un deber ni una absurda consecuencia, la vida humana es una oportunidad de trascender. Y a mí, sinceramente, no me interesa sobrevivir sin más.
Sin luz no me interesa. A ese precio no.
Pero hoy he dejado de creer.
Hoy he quemado el manuscrito de mi novela, y voy a quemar también mi epistolario para esa "Ella" en la que ya tampoco creo, porque he perdido toda fe.
Hoy se me han evaporado las ganas de vivir.
Nunca fui un santo, sólo un hombre que creía en un puñado de cosas, en el Amor cierto, en los sueños, en sí mismo, en los demás. Quería creer con todas sus fuerzas, con toda la intensidad de mi corazón, pero ya no puedo más. A partir de ahora seré sólo una sombra. No importa si sobrevivo, si me congelo o si ya nunca soy capaz de recuperar la luz.
Gracias por los buenos ratos. No las daré por los chispazos que mantuvieron la hoguera de mis sueños ardiendo, porque sólo hicieron que prolongar mi agonía y hacer de esta sombra un lugar más frío, ahora, tan frío...
Me sugería el otro día una amiga la posibilidad de que no alcanzara mis sueños, lo adecuado que sería aprender a vivir sin ello. Pero no me interesa. La vida no es, la vida de un hombre no es un deber ni una absurda consecuencia, la vida humana es una oportunidad de trascender. Y a mí, sinceramente, no me interesa sobrevivir sin más.
Sin luz no me interesa. A ese precio no.







