Cartografía erótica (toda la serie hasta hoy).
(para valientes... , para lectores adictos, para refrescar la memoria y caldear el ambiente, y para que cuando publique los nuevos "capítulos" se anuden a la estela de los primeros. He pensado en hacerlo así, en vez de poner los enlaces hasta aquellos días, algunos ya tan lejanos, para que quien lo desee pueda deslizarse sin pausa por todos los mapas dibujados... Me deben quedar unas diez partes más, aproximadamente, por escribir).
Cartografía erótica I.
Comienza hoy una serie. He estado dudando acerca del título, "anatomía del deseo, astronomía anatómica, los mapas de la piel, la..." pero al final la intuición ha decidido por mí (es más sabia). O será que escucho (muy atento) a Franz Liszt mientras escribo esto.
También he cavilado sobre el enfoque y la tarea, vomitarlo todo desde las entrañas sin más, armar un andamio e ir adosando los textos a ese primer guión, hacer un trabajo de artesano y venir a vuestra puerta sólo cuando los párrafos estuvieran pulidos, barnizados, revisados... pero mi intuición de nuevo tomó la palabra, y volcaré en carne viva (nunca mejor dicho) mis emociones, ideas, visiones, recuerdos y anhelos. Sencillo: elijo un país del mapa de su cuerpo, vengo, y en menos de una hora (d)escribo el paisaje y sus ecos. Lo que de una hora, ni un minuto más, y puede que algún día un rato menos.
Por último (ma molto importante), no sabía si dejar que un sentido imperara sobre los demás y construir esta serie desde la vista, o si hacer un plano general, un barrido, un primer plano, una secuencia de planos cortos... empezar desde arriba, de la cabeza a los pies. Y no puedo poner orden ni concierto. Porque esto es caos bendito y melodía salvaje. Así que he decidido un enfoque "cardiocéntrico", como un Galileo de las letras que colocara el corazón de la mujer en el centro de su universo y se acercara a él desde las orillas.
Así que empezaré por las esquinas... pero antes, hoy:
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Prólogo
Sólo tengo que lanzar al mar una ristra de anzuelos sin cebo, sin trampa, que poco a poco iré pescando tu aliento y tus latidos, los peces de colores y los peces espada que irán ensartando mi corazón y mi lengua como carne humeante para tu hambre de Amor. Y me dejaré, sólo después de jugar un poco, para caldear el ambiente, que con más furia el beso es más profundo y más agotados los cuerpos son más tiernos.
No me entiendas, no me estudies, sobre todo no me juzgues, sólo mírame, tócame, come de mí hasta saciarte y descubre que el ansia crece y sólo sumergirse en ella alivia la sed, y no hay cáliz que la apague, ni ganas de someterla. Que no es meta el deseo sino camino, que no es vasallo el amante sino rey, que duele caer al suelo pero en el suelo te apoyas primero al levantarte, y buceando en tus temores hallarás tu coraje.
No hay pecado ni pasión de la que huir en el monasterio, en la cueva del asceta. Sólo son estratagemas para débiles. Débiles son los que se atan a los impulsos del cerebro reptiliano y sólo ven cópula y ganancia, posesión y trofeo, servidumbre y renta. Sí, débiles los que son esclavos de la materia. Pero débiles también los que se divorcian de la vida y rechazan su regalo, débiles los que lucen medallas celestiales de virtud, alejados del mundanal ruido y de los humores voluptuosos. Débiles si creen escuchar a Dios en los salmos y beber la sangre de la santidad en los cálices.
Mi audacia, la tuya, nuestra Verdad, está en aceptar el regalo, en adorar sin vasallaje, en reinar sin cetros. Al suelo caes y en el suelo te apoyas al levantarte. Al mundo caemos y del mundo tomaremos impulso para volar. Al alma llegaremos por las sendas del cuerpo, en el corazón habitaremos abriendo las puertas de la carne. No es el camino del exceso, no son las puertas de la huída hacia adelante, tampoco es eso, no se trata de ser bestias, ni santos, ni bohemios de postura estudiada. Se trata de reconocer lo sagrado de un beso de lenguas combativas que quieren ganar la misma guerra, juntas, contra el tiempo; lo divino de la carne tibia hiriendo la entraña ardiente para que mane la sangre de tus ojos y mi mirada vampira se la beba a tragos; y el agua de la vida en el sudor de tus muslos.
Tu placer es mi paraíso, tu indiferencia mi infierno, tu piel mi templo, tu alegría mis votos, tu pasión mi éxtasis místico, tu mente mi monasterio, tu silencio mi retiro espiritual, tu voz mi Réquiem, tu Amor mi religión y tu corazón mi único Dios. Tu cabello el cordel para ceñir mi hábito, que es la tela de tu piel que cada día tejeré a besos, tu lengua mi pan para la misa, nuestro lecho la asamblea, el néctar de tu sexo el vino de mis comuniones diarias. Tus labios mi biblia en verso y en beso, tus pechos los obispos de mis manos, a los que juran obediencia, tus nalgas la ascesis de mis dientes y tu sonrisa la expiación de mis miserias, el Génesis de este albatros.
Tus brazos, el hueco entre tus clavículas, tus mejillas, tu ombligo, tu nuca y el botón entre tus labios mojados, ese que abre las puertas de los infiernos de Dante, pero para que salga Beatrice y vuelvan a volar... tu barbilla, y por todas las células de mi ser... tus ojos, no son otra cosa que mis Mandamientos.
Que me excomulguen si los quebranto, que hago apostasía de todos los becerros de oro que sojuzgan a los humanos.
Llegar al Todo y ser inmortal por Amarte. ¿Es que no lo ves? Si lo hago desde siempre...
Sólo espero tu Revelación, Amor, que en mayúscula hay que escribirte si otros la ponen para su dios.
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Cartografía erótica II.
Deliberadamente iré dejando el gorro cónico de la maga para los últimos episodios de esta serie, la quinta esquina, donde residen los espejos.
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Los vértices de una estrella. Parte 1ª (tus pies).
Hoy me acerco desde la hierba, como una serpiente amable que quisiera enroscarse a tus tobillos, como Luzbel antes del destierro, para ir mojando tu piel con la neblina del deseo.
Son tus pies las gotas que llueven desde tu mundo a mi país, cuando caminas sin intención y distraída en el zoco, dejando que los aromas de las especias o los rumores de las telas guíen tu extravío.
Son tus pies las baquetas que hacen del salón un escenario y levantan el antiguo espíritu de motorista que me habita, entre ala y ala, y el redoble me incita a deslizar mis manos falda arriba y derramar mi mirada hacia tus tacones.
No pueden ser tus pies aquellos de largos dedos angulosos y pulgares casi prénsiles, como los nativos de las islas Andamán, al oriente del golfo de Bengala. No son esos primitivos pies de ave rapaz que afean las sandalias, ni esos otros oprimidos, como pies de anciana china, fracturados por capricho. No son esclavos de modas borgoñonas y medievales, ni esos arcos tortuosos que disparan flechas contra la estética. Ni tiene tus pies esos dedos de espátula, de ranita, de maza o de manopla.
La cultura los ha sometido (vuelvo a China) a torturas, a devaneos con el absurdo, porque no aceptamos que nos señalen con el dedo... del pie. De mal gusto en Oriente. Como todo lo que estropeamos. Hay que regresar a la pureza de lo natural, pero sin dejar la elevación de una estética en equilibrio por el camino.
Sólo en esencia, tan sencillos y amistosos como los pies de un Hobbit, amantes de la campiña, descalzos y libres. Pero tan delicados como un cristal de Swarovski. Cuidados como Egipto mimaba la piel de sus doncellas y sacerdotes.
Tus pies son flores de loto en la corriente, que te traen hasta mí, que se extravían por los caminos con alevosía, que rematan cumbres nevadas y pierden la cuenta de las calles de París o los adoquines de un pueblo dormido en los siglos, que en las aceras se ríen con nocturnidad y alegría.
Bombean cansancio al llegar a casa, embutidos en cuero, y los baño como un carpintero palestino. Pies helados de mujer que se acurrucan en mi jersey, entre mis piernas bajo las sábanas, o que se derriten en mi boca por el aliento que te adora, para calentarse.
Pies breves, de seda y mármol al sol en el empeine, de guijarros en el tobillo, de chocolate blanco en las yemas de tus deditos. Pies de trigo de agosto. Aprenderé por ti reflexología esperando que tu aprendas masajes thais para hacer crujir mis vértebras con ellos.
Les regalas libertad en la hierba, descalzos, o entre la arena y las olas del mar, posados en un puf de Marrakech o en mi lengua traviesa.
Asoman en sandalias ibicencas, bajo la mesa, oscilan en el aire, piernas cruzadas, juguetones como el tic tac de una bomba de relojería a punto de estallarme en el pecho. Se doran en largas caminatas por la playa. Se visten de tacones como si fueran lencería podal, y a ti te encanta, sumergirte en botines que acarician la piel y la vista y rasgan el bolsillo. Cintas que serpentean por tus tobillos, todo como una sonrisa sin abrirse o una mirada sin moverse.
Tobillos para abarcarlos con mis manos, al quitarte los zapatos o al sujetarte mientras nos mezclamos a embestidas y jadeos, cara a cara. Basamento de los pilares de tu templo, de mi altar, firmes, firmes, porque, Amor mío, lo que más me hace adorar tus pies, es la manera en que pareces utilizarlos con desdén, nadie sabría decir si deliberada o inocentemente... para caminar. Los adoro porque te traen a mí.
Al acercarte no flotas, no te contoneas, no avanzas en línea recta, no andas, en realidad. Cuando vienes, te me regalas, simplemente.
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Cartografía erótica III.
Los vértices de una estrella. 2ª parte (tus manos).
Me tiendes tus manos y se despliegan mis alas. Las hundes en la tierra mojada y brotan los rosales, perfumados e insolentes, hermosos, y todas tus lágrimas, dulces por rebosar alegría o amargas por las pérdidas, vacilan en cada espina, antes de caer.
Diez gotas de rocío que me apuntan, como si yo fuera el ojo del que lloraron. Diez dagas que laceran la carne ardiente de mi espalda, diez colmillos de felina en celo hienden su nácar y hacen presa en mis nalgas. No son rojas previsibles, ni afiladas, ni tampoco romas, ni cuadradas, y por lo más sagrado, no son las huellas de la incursión en la despensa de un roedor compulsivo.
Diez peinetas de halo francés y diez medias lunas que sonríen en la nuca de tus yemas. Las de tus dedos.
Los que me estremecen al sembrar caricias en mi paisaje, los que al tacto me susurran tu deseo. Tus dedos como juncos en la laguna, entre los que me escondo para despistar al tiempo cazador, cuando el albatros se halla lejos de mar abierto. Diez báculos de sedoso pulido para apoyar mi alma cansada al caminar. Anzuelos articulados que someten mi voluntad si me señalan, si tiran de mí para acercarme a tu boca.
Diez varitas mágicas para hacerme sonreír en la penumbra y buscarle las cosquillas a mi alma. Esqueleto elegante del paraguas bajo el que nos guarecemos de la mediocridad del mundo y te beso el oído. Los dedos de tus manos, armazón del abanico invisible que abres y corvas con gracia andaluza, cuando gesticulas al hablar sin hablar.
No son tus manos cofres avaros ni garras hurañas. Ni orondas estrellas de mar de gruesos brazos, ni abejas obreras de lomos alfombrados... y aguijones traicioneros.
Sólo tus manos saben sustentar mi emoción como chamanes que elevan su ofrenda a los espíritus del bosque lluvioso. Sólo ellas me salvan del naufragio y me arrastran hasta tu playa, y yo me dejo, hechizado. Porque son manos de maga. Centellean por nuestro cielo privado en espirales invisibles que sellan el sortilegio. Sobre la mesa de mármol de un café antiguo, cuando reposan sobre el dorso de las mías o dejan que mi pulgar cuente los poros del tuyo. Cuando buscan mi hombro en la oscuridad del cine. Tus manos me pueden.
Me puede sentirlas en la sien mientras me observas, cuando aún me crees dormido y un leve indicio en la comisura de mis labios me delata. Y su azote en mi espalda hace estallar las risas. Me puede contemplarlas tomando un libro, como quien sujeta un cazo de agua para que reviva el sediento. Evocarlas cuando estás lejos, mientras me escribes una carta o compones un mensaje en la pantalla de tu móvil para mí, alguno que improvise alegrías en mi rostro, por saber que me llevas contigo.
Me gusta fijarme, sin que parezcamos darle importancia, en cómo abordas el pie de una copa de vino con delicadeza, en cómo tus manos parecen pirámides doradas cuando deslizas un sobre en el buzón para derribar distancias con la gente que quieres y se tornan deliciosamente nerviosas al recibir respuesta. Porque tus manos aún escriben cartas, y pelan manzanas, y cortan tomates con amor, y acarician perros desconocidos, y recogen conchas en la playa...
Manos suaves y gráciles que danzan como el fuego en la hoguera, como los copos en la nieve. Y me quemas, y me hielas. Las imagino ensangrentadas, exhaustas y felices si un día acogen contra tu pecho un fruto más (que otros mil campos distintos cuajados de semillas no tendrán nombre) de nuestro Amor, si decide madurar de ese modo en tu vientre.
No lloveré sobre mojado para decirte como todos que "tienes manos de pianista", aunque sea cierto, porque sí, son elegantes como un guante y sensuales como una media, pero tus manos son de pianista, sobre todo, y ellos no lo saben, porque saben mimar las teclas de nuestra vida para interpretar la más bella de las sonatas.
Las adoro cálidas cuando recorren mi piel bajo las sábanas, a escondidas del mundo, como hacen los niños en sus juegos más tiernos. Las amo tibias cuando amasan mi cansancio de hombro a hombro. Las adoro también heladas cuando te dejas los guantes en casa y se abrigan con las mías, o buscan refugio en mis bolsillos, porque así me dejan ver el cariño en tu suspiro.
Me agitan entero, en cuerpo y alma, cuando buscan mi sexo con ansia, frente y frente tocándose, miradas de puertas entreabiertas que casi se besan y tú arrancándome el deseo, que crece allí abajo, aquí dentro, Amor.
Tus manos me acarician lo más hondo del alma cuando desaliñan mi cabello al notar las mías aferradas a tus caderas o tus senos, mientras la pasión pierde los frenos y nos ata desde la base de la columna, electrizada por congelar el tiempo entre los dos. Me pueden tus manos, frotando mi espalda en el abrazo inmenso al decírmelo sin decirme que me quieres.
Me deshacen cuando abarcas mi rostro como dos postigos a una ventana (por la que te asomas a mi alma) y me miras como tú sólo sabes... y mi corazón se hace lava, y se vuelca en las palmas de tus manos, que me van quemando dulcemente, como a un leño deseoso de ser hogar.
Tus manos cuando te das, con la fuerza de tu nobleza, cuando te despides desde la ventanilla del tren o al saludar antes de que el semáforo se ponga en verde, cuando ya me viste desde la otra acera.
Tus manos al adecentar las solapas de mi chaqueta justo antes de llamarme desastre y abrazarme, ya sabes, Amor, esas manos de selva que como lianas se entrelazan con las mías o atrapan mi nuca al besarnos.
Ellas hablan de ti, y en las lineas de su anverso acogedor se trazan las sendas de tu Vida, de tu Amor, y del destino, revelan nuestro viaje, de la mano, siempre de la mano, por el mundo.
Ellas, sin pretenderlo, hablan de ti, jugando con el aire y mis latidos como el sol se cuela entre los árboles para darle vida al sotobosque.
De tus manos recibiré todos los días el mejor Regalo de mi Vida.
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Cartografía erótica IV.
Las columnas del templo. Parte 1ª (tus piernas).
Sé que los años irán ajando tus piernas, grabando desde dentro rayos verduzcos al son de tus canas. Sé que unas veces la pereza y otras la circunstancia cosecharán ahí malas hierbas, de arriba a abajo. Pero amaré tus piernas. De seda o fatigadas, de curvas tibias o de tibias cansadas. Sojuzgarán mi voluntad (y yo tan ancho como el Pacífico) depiladas, como jónicas de mármol al sol del Egeo, pero Amaré tus piernas incluso en esos días que las cuides menos, y aún más en esos años que la vida las desatienda, porque también seguirán siendo las olas que te trajeron a mi playa. Porque serán siempre los pilares del templo, Señora Mía.
En senderos, entre montañas, en las aceras, escalones arriba.
En el café, en la penumbra artificial de un lounge de moda... me miras sentada desde el otro lado y cruzas tus piernas y haces de ellas un lazo alrededor de mi cuello, y soy mastín, y desaparece el mundo a mi alrededor y me empuja el vértigo desde abajo, y me tiendes con los ojos el cazo de agua entre el anverso de tu rodilla y la incierta curva turgente y hendida que va camino de tus caderas, bajo el vestido...
La luz de una lámpara en el salón, o la corola amarilla de etéreas flores nocturnas en los faroles, iluminarán senderos de plata, desde tu rodilla al tobillo, con medias o sin ellas, como un rayo de sol sumergido en el mar centellea súbitamente en el costado de un tiburón. Y yo feliz de ser albatros a la deriva en ese océano, para caberte entero cuando vengas a devorarme. Come niña, que soy tuyo. Dame amor, que eres mía. Dame la miel compacta de tus gemelos, curva jugosa y magra de esa carne tuya que despierta mi instinto caníbal. Dije que soy mastín, sí, que no perrito faldero, y mira que me gustan tus faldas, pero soy dueño y señor de mis apetitos.
Encuentro mi reposo en los pilares de tu pureza. Huecos en piedras gastadas por la lluvia de un jardín zen se forman cuando abro tus piernas despacio con las mejillas, entre tu sexo y la primera corva de tus muslos. Justo ahí, en esa fina cavidad, tu piel se hace un poco bronce y en esa marmita hierve mi bálsamo preferido. Huecos en carnes gastadas para mi saliva junto a un jardín versallesco. El muslo se va haciendo alfil camino de tu rodilla y mis manos suben y bajan, caminan y ruedan por la colina. De nuevo la carne tiembla y mis dientes rugen. Jaque mate.
Rodillas hundidas que no vencidas, en una lobera de sábanas sudadas. Rodillas en cuatro y las mías en siete, reinas de alcoba, mientras me hago nido entre tus ingles y el arco tensado de mis piernas va clavando saetas contra tus relojes de arena mojada.
Recordaremos, atados por las piernas desnudas bajo una manta, en el sofá y con música de Satie, o de Saint Germain, o de aguaceros en la ventana, cuando subieron desde tus tobillos, frescos como piedra sombría en verano, mis manos de niño que todo lo exploran, que todo lo entregan. Cuando te hablaba al oído, pegados los labios, respirando tu cabello, y mi voz ardiéndote dentro, y mi aliento quemándote fuera, y mi mano en tu muslo, por fuera y por dentro, y la otra en la cintura, tan elegante esta, tan lasciva la otra. Nos van a pillar me dices, te comeré el corazón te susurro, en el concierto, la cena o la fiesta. Bajo tu falda llego al encaje y al raso, y hago ver que dudo en la frontera y me retiro. Sólo para tomar impulso y multiplicar tu deseo. Cambia el tacto de tus piernas, están todos en esa región de tu país de piel salada. Seda, arena dura para mis huellas, tul, velas… Regreso a las puertas. Me detengo en la aduana del minúsculo festón de encaje de tu medio tanga y se moja mi dedo en tus anhelos.
Me encanta mojarte aún vestidos y que te azores un poco, sólo un poco, antes del arrebato, preludio a la tormenta de lava desde tus labios. Antes de que el arranque de tus piernas aprese mi mano al ardor de tus muslos de pan, antes de que me pidas, y me exijas. De que te gires y me atraviese tu mirada y me muerdas el alma y me la beses. Ay, que no sé si soy más feliz por mojarte vestida (sean mis manos o sean mis palabras al oído que no cesan, ni en su silencio más oscuro) o por el augurio de secarte a lametones el deseo en casa dentro de un rato. Piernas arriba, muslos adentro, de abajo a arriba, gota a gota.
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Cartografía erótica VI.
Quien aún recuerde esta serie, lo que tendría mérito, pues la abandoné en el desván un once de Noviembre, me estará regañando, porque me he saltado un episodio, "Cartografía erótica V. Las columnas del templo. Parte 2ª (tus brazos).", y es que, lo creáis o no, por el efecto que produce en mí, por lo inasible de la sensación, lo dejo para otro día. Sucederá lo mismo con los ojos, aunque estos vendrán mucho más tarde, allá por el XIV o XV. Sus brazos en mi retina... demasiado etéreo para guardarlo en un frasco de palabras si uno no tiene el día inspirado (o la semana, o el mes, o... que ya dije que tengo la líbido lesionada).Otro propósito que espero cumplir a partir de ahora, es la brevedad, sin dejar de ser fiel a la intensidad. Conociéndome, será difícil no girar y girar como peonza, una vez voy lanzado. Veremos qué sale (disculpad, es que me he releído y me ha entrado la risa).
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Cartografía erótica VI.
Las dulces puertas del infierno. Parte 1ª (tu sexo).
Prólogo rescatado (y re-comentado) de un comentario antiguo en Astrópolis:
"La diferencia entre rehusar la invitación que dos muslos en V hacen a mi traviesa boca o devorar cual león tras Ramadán felino el sexo de una mujer la marca, entre otras cosas (y siempre bajo el mandato del deseo) el vello púbico.
Las selvas en ese caso me provocan rechazo frontal (y paradójicamente lo púbico entonces se hace público, lo furtivo fútil, y lo mágico banal).
Totalmente rasurado me dan un punto infantil que no me acaba de gustar, aunque entre un extremo y otro, elijo el segundo (siempre es mejor la piel que los espinos, que no cercan más que un beso a medias).
Lo crean algunos o no, no todos los genitales femeninos, como los masculinos, son iguales. Hay orquídeas (cuando los labios ensayan trabalenguas y las lenguas se traban dichosas en los labios), repollos (de capas circulares como en un extraño acertijo circense), trincheras (cuando, sobre todo visto desde atrás, una sombra se hiende entre suaves y prolongadas colinas, pidiendo con astucia que uno se haga noche y caiga sobre ese valle para cubrirlo de estrellas en cada gota de saliva), párpados (algunos otros toman esta forma en el sueño, especialmente de costado, cuando levantas con cuidado la sábana y un gemido ahogado se queja sin protestar, allá arriba, mientras siembras caricias matutinas), melocotones partidos por la mitad (los que atrapan al lingam de Shiva y se lo tragan con voracidad), etc... y en cuanto al vello, lo mejor es un jardín francés, césped cuidado sobre el monte de Venus, ligeramente geométrico y labios lisos y suaves (y ahí sí que se nota la diferencia, en los cinco sentidos, pero ante todo, olfato, gusto y... tacto -sublime-)..."
El sabor de tu sexo varía como la luz de un mar interior. Agitado tras las tormentas, revuelto, o sereno en invierno, o con fumarolas de sal en el verano. No puedo explicarte por qué disfruto tanto al hacerte vibrar, o por qué tu néctar me engancha como marino bebedor de taberna remota.
El aroma de tu sexo silba como el viento entre los árboles, llamándome, no como en las junglas donde la madera se pudre de humedad y maleza, sino como en los jardines y hayedos donde los gnomos juegan y se oyen sus risas, o el otoño vuelca su tarro de galletas de ámbar.
Tu sexo, con el que hablo a veces y al que bautizo con apodos bromistas que te hacen reir y llamarme amorosamente loco, es mariposa de alas livianas y cuerpo desvanecido, dejando una tímida cabeza que sólo asoma si la llamas. El único destino de un viaje al que se llega mucho antes si das un rodeo. Lo sabes mejor que nadie. Y yo también, y eso te enciende. Como al corazón de una mujer, así es el juego. Un rodeo húmedo y paciente, hasta que la cabeza asiente y te pide una desaforada pulsión del picaporte. ¡Ah del castillo! Y la guarnición se apresura a bajar el puente.
Herida de miel salada y abejas zumbonas encerradas, buscando la salida en un vibrar de caderas, mientras el curandero sorbe el veneno con succión ralentizada, no para curar, sino para envenenarse complacido. Aquí no hay más que mareas que fluyen y afloran, y la razón que naufraga y se hunde, por fin.
Aliento africano de mi vena árabe, la de jaima hospitalaria y música de laúd, la de raptor insolente y constructor de Taj Mahales, aliento candente sobre la orquídea espesa, labios abiertos que pronuncian mi nombre en grados, labios abiertos que pronuncian el tuyo en suspiros que resbalan por tus ingles. Huesos de cuna que suben impacientes y mano firme que suavemente los empuja contra el lecho. Sssshh...
Un “vaaa” susurrado y largo de tus párpados fundidos, suplicando, una sonrisa de medio lado en mi boca de fauno, y abres los ojos, y maldices y ríes a la vez, más calor, más temporal, más aliento que aviva los rescoldos de tu hoguera, de nuestro fuego robado, Prometeos insolentes.
De repente, sin previo aviso, un lametón, decidido, de abajo a arriba, tu valle entero, la viajera parlante ensanchada como una bajamar en la playa y tu sexo tirita… y no es de frío. El terremoto sale disparado como una onda expansiva, hasta tus rodillas, hasta tu barbilla, hasta tus entrañas, hasta tus recuerdos, hasta que se tambalea tu presente, el nuestro. Y cae, y se desordena, para reinventarse otra vez, diez mil veces.
Una pausa. Quietud. No te toco, contemplo los efectos colaterales de mi argucia. Unos segundos. Una eternidad de miradas pegadas.
Otro lametón, un poco más despacio, un poco más de presión, más lento también al separarse y, mientras sube de nuevo, tu espalda dibuja un arco, que guarda una flecha para ensartarnos, de pecho a pecho. Tu espalda se arquea como el tallo de una rosa arrojada al fuego. Y yo busco las espinas para amarlas también. A los pétalos es sencillo, a ellas es preciso.
Otra pausa, atrapas mis muñecas, levantas tu rostro hasta que la nuca es alfiler que punza tu voz y tu mentón roza la parte dura de tu pecho, y entonces, me socavas con la mirada, algo desencajada, sin sonreír un milímetro, y me arrojas un “cabrón...” que me regala el alma de vida.
Estás perdida.
Retiro tus manos, que se van a mi pelo y a tus dientes, y me lanzo a devorar mi botín de guerra. Sin prisioneros. Mi lengua te empuja, te hace girar, se hunde, te abarca, te descoloca, me disloca, y nos devuelve a las cavernas. Gimes como felina cazadora y tiemblan las bestias bajo la luna llena de la sabana. Y en las sábanas hacemos remolinos de seda al retorcernos, y tiran de nosotros mar al fondo, y me quiero ahogar contigo, y se desahogan los corazones, liberados.
Mientras, respiro acelerado con mi nariz aplastada contra tu monte de Venus, que ya no es de la diosa, no, es todo mío, soy el rey de la colina, el dueño de tus latidos. Río desquiciado como emperador victorioso, ya es mi cabeza la que mueve mi lengua, y mi columna mi cabeza, y mi alma mi columna. Rápido, que no deprisa.
Y entonces te como entera, hasta tenerte dentro, hasta que la orquídea al rojo vivo me pide ser allanada con ese ariete que grita desde hace rato entre mis caderas.
Y entonces entro despacio, hasta que me tengas dentro del todo, todo yo, todo tuyo... para quedarme a vivir más allá de las dulces puertas del infierno.
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Cartografía erótica V.
Las columnas del templo. Parte 2ª (tus brazos).
Me ha costado tanto intentar aprehender lo que quiero decirte con este texto, como si me hubiera propuesto explicar el asombro de una ballena que contempla la bóveda estrellada del cielo en alta mar.
Aún estoy convencido de no ir a decir la última palabra, pero he resuelto intentarlo, hacer acopio de apuntes varios, de notas en servilletas de papel y de impulsos en mi cuaderno portátil con ADSL (Alas De Sergi Letradas) de tapas marrones. Le he puesto banda sonora (Kitaro, The best of Ten Years, 1976-1986) pausada, por no hacerme esclavo del furor y aposentar las palabras. Por cortesía hacia quien lea esto y no hacer de ello un laberinto personal, sí, pero demasiado intransferible. Temo no lograrlo.
Fogonazos sueltos, sin guión, de días al azar:
“No sé por qué razón adoro tus brazos de este modo. ¿Porque los amo? No sólo con el martillo de la obsesión, ni con los barcos sin ancla ni timón del deseo, sino también y sobre todo, desde la vida de todas y cada una de las células de mi cuerpo. Ellas mueren a millares en mis venas a cada segundo, y a millones nacen en mi caudal para amarte cada instante con la misma pureza del primero y la misma fuerza eterna del último. Cada minuto soy un ser nuevo y todos están hechos para brillar entre tus brazos. Cada partícula de mi ser se convertiría en gota de lluvia si el sol agostara la piel de tus hombros. Cada célula se desprendería de mis alas para tejer un escudo de plumas para tus brazos cuando el viento boreal pretendiera agrietarlos.”
“Con tus brazos peinas los cabellos del aire mientras hablas, y cuando caminas en silencio danzan desde las muñecas hacia arriba, con la delicadeza de una garza en una pintura japonesa. La manera en que te acercas a la barra del vagón en el metro antes de sujetarte, cómo tomas un libro de la estantería, y cómo cae despacio el ángulo de tu brazo al devolverlo. Cómo atrapa mi atención el dorso o el interior de tu brazo, según gire a tu alrededor mientras lo elevas hacia atrás para recolocar ese mechón de cabello sobre tu mejilla. El modo en que reposa una ele divina sobre tu almohada mientras duermes y yo sueño despierto que me sueñas dormida, vulnerable, capaz de hacerme dar la vida si vinieran las sombras a llevarte, sólo por la expresión infinita que irradias.”
“En tus brazos habitan las metáforas de tu cuerpo entero. La luz de tu frente o el candor de tus caderas, en tus hombros. La música acuática de tu cintura se repite en el lazo invisible que se ajusta en su caída, antes de ser brazos, antes de dibujar algo parecido a tus senos desde atrás, de costado. La cavidad de tu axila es la suave memoria de tu sexo, y como aquella es sábana de raso por esmero el otro es prado de terciopelo por lujuria tras la siesta. Paz y después gloria. Tus codos son rodillas y desde ellos a los tobillos, donde a veces llevas pulseras de plata indias y casi nunca reloj, va un camino de seda, viajan gemelos sin medias.”
“…encajar mi pómulo entre el leve valle y la duna incierta que se forman cuando el final de tu hombro se convierte en tu brazo (el lazo, el lazo…). Yacer en cuerpo y alma en ese lecho pulido, dejando que la tibia luz de ese paisaje sea quien mece mi duermevela. Marcar con mis dientes la corva más dulce e interna de tus bíceps, como perro labrador que toma sus cachorros de la nuca para ponerlos a salvo.”
“Cuando me abrazas, y entera mi alma abarcas, no caen como bufanda pero me abrigan más. Cuando te aferras a mi espalda, al bajar del tren y reencontrarnos en un abrazo sin palabras que todo lo dice, o al subirnos a ese otro tren húmedo que exhala sudor y gemidos a toda máquina, más fuerte, más profundo, más rápido, hasta la extenuación de la carne y la sublimación del alma, hacia la estación sin término, sí, cuando te aferras así a mi espalda, tus brazos no son cepos para atraparme sino la misma esencia de mis alas. Ni ensayándolo durante años podrías ni podría nadie repetir la gracia innata con que tus brazos toman vida propia. Denotan, sin una curva de más, sin la recta indigna del complejo, sin aspavientos artificiales de feminidad espantada, y sin mácula de apatía, fuerza. La fuerza de tu corazón hambriento.”
“Invierno para gozarlos en privado y en secreto y burlar al frío, otoño para sentirlos y adivinarlos a través de la angorina, primavera para colgarme de ellos hasta la manga que me pide un beso en francés, y verano, peligroso verano, para perder la cabeza en el bronce al aire que se derrite en mis ojos.”
“Hubo alguna vez besos que construyeron techos para mi ansiedad. Hubo, unas pocas veces, nalgas apretadas contra mi sexo que no pudieron alzar mi estandarte. Hubo caricias que abordaron mi barco e intentaron (insensatas...) obligarme a dejar de ser pira... y sin embargo, alguna vez, mi hoguera se hizo mástil e insolente atrapó todos los vientos, para navegar a toda vela hacia la locura que despertó la simple visión de tus brazos o el roce de su piel.”
No, no lo he conseguido, aún no he conseguido explicarte por qué tengo esa febril adoración por tus brazos.
Comienza hoy una serie. He estado dudando acerca del título, "anatomía del deseo, astronomía anatómica, los mapas de la piel, la..." pero al final la intuición ha decidido por mí (es más sabia). O será que escucho (muy atento) a Franz Liszt mientras escribo esto.
También he cavilado sobre el enfoque y la tarea, vomitarlo todo desde las entrañas sin más, armar un andamio e ir adosando los textos a ese primer guión, hacer un trabajo de artesano y venir a vuestra puerta sólo cuando los párrafos estuvieran pulidos, barnizados, revisados... pero mi intuición de nuevo tomó la palabra, y volcaré en carne viva (nunca mejor dicho) mis emociones, ideas, visiones, recuerdos y anhelos. Sencillo: elijo un país del mapa de su cuerpo, vengo, y en menos de una hora (d)escribo el paisaje y sus ecos. Lo que de una hora, ni un minuto más, y puede que algún día un rato menos.
Por último (ma molto importante), no sabía si dejar que un sentido imperara sobre los demás y construir esta serie desde la vista, o si hacer un plano general, un barrido, un primer plano, una secuencia de planos cortos... empezar desde arriba, de la cabeza a los pies. Y no puedo poner orden ni concierto. Porque esto es caos bendito y melodía salvaje. Así que he decidido un enfoque "cardiocéntrico", como un Galileo de las letras que colocara el corazón de la mujer en el centro de su universo y se acercara a él desde las orillas.
Así que empezaré por las esquinas... pero antes, hoy:
Prólogo
Sólo tengo que lanzar al mar una ristra de anzuelos sin cebo, sin trampa, que poco a poco iré pescando tu aliento y tus latidos, los peces de colores y los peces espada que irán ensartando mi corazón y mi lengua como carne humeante para tu hambre de Amor. Y me dejaré, sólo después de jugar un poco, para caldear el ambiente, que con más furia el beso es más profundo y más agotados los cuerpos son más tiernos.
No me entiendas, no me estudies, sobre todo no me juzgues, sólo mírame, tócame, come de mí hasta saciarte y descubre que el ansia crece y sólo sumergirse en ella alivia la sed, y no hay cáliz que la apague, ni ganas de someterla. Que no es meta el deseo sino camino, que no es vasallo el amante sino rey, que duele caer al suelo pero en el suelo te apoyas primero al levantarte, y buceando en tus temores hallarás tu coraje.
No hay pecado ni pasión de la que huir en el monasterio, en la cueva del asceta. Sólo son estratagemas para débiles. Débiles son los que se atan a los impulsos del cerebro reptiliano y sólo ven cópula y ganancia, posesión y trofeo, servidumbre y renta. Sí, débiles los que son esclavos de la materia. Pero débiles también los que se divorcian de la vida y rechazan su regalo, débiles los que lucen medallas celestiales de virtud, alejados del mundanal ruido y de los humores voluptuosos. Débiles si creen escuchar a Dios en los salmos y beber la sangre de la santidad en los cálices.
Mi audacia, la tuya, nuestra Verdad, está en aceptar el regalo, en adorar sin vasallaje, en reinar sin cetros. Al suelo caes y en el suelo te apoyas al levantarte. Al mundo caemos y del mundo tomaremos impulso para volar. Al alma llegaremos por las sendas del cuerpo, en el corazón habitaremos abriendo las puertas de la carne. No es el camino del exceso, no son las puertas de la huída hacia adelante, tampoco es eso, no se trata de ser bestias, ni santos, ni bohemios de postura estudiada. Se trata de reconocer lo sagrado de un beso de lenguas combativas que quieren ganar la misma guerra, juntas, contra el tiempo; lo divino de la carne tibia hiriendo la entraña ardiente para que mane la sangre de tus ojos y mi mirada vampira se la beba a tragos; y el agua de la vida en el sudor de tus muslos.
Tu placer es mi paraíso, tu indiferencia mi infierno, tu piel mi templo, tu alegría mis votos, tu pasión mi éxtasis místico, tu mente mi monasterio, tu silencio mi retiro espiritual, tu voz mi Réquiem, tu Amor mi religión y tu corazón mi único Dios. Tu cabello el cordel para ceñir mi hábito, que es la tela de tu piel que cada día tejeré a besos, tu lengua mi pan para la misa, nuestro lecho la asamblea, el néctar de tu sexo el vino de mis comuniones diarias. Tus labios mi biblia en verso y en beso, tus pechos los obispos de mis manos, a los que juran obediencia, tus nalgas la ascesis de mis dientes y tu sonrisa la expiación de mis miserias, el Génesis de este albatros.
Tus brazos, el hueco entre tus clavículas, tus mejillas, tu ombligo, tu nuca y el botón entre tus labios mojados, ese que abre las puertas de los infiernos de Dante, pero para que salga Beatrice y vuelvan a volar... tu barbilla, y por todas las células de mi ser... tus ojos, no son otra cosa que mis Mandamientos.
Que me excomulguen si los quebranto, que hago apostasía de todos los becerros de oro que sojuzgan a los humanos.
Llegar al Todo y ser inmortal por Amarte. ¿Es que no lo ves? Si lo hago desde siempre...
Sólo espero tu Revelación, Amor, que en mayúscula hay que escribirte si otros la ponen para su dios.
Cartografía erótica II.
Deliberadamente iré dejando el gorro cónico de la maga para los últimos episodios de esta serie, la quinta esquina, donde residen los espejos.
Los vértices de una estrella. Parte 1ª (tus pies).
Hoy me acerco desde la hierba, como una serpiente amable que quisiera enroscarse a tus tobillos, como Luzbel antes del destierro, para ir mojando tu piel con la neblina del deseo.
Son tus pies las gotas que llueven desde tu mundo a mi país, cuando caminas sin intención y distraída en el zoco, dejando que los aromas de las especias o los rumores de las telas guíen tu extravío.
Son tus pies las baquetas que hacen del salón un escenario y levantan el antiguo espíritu de motorista que me habita, entre ala y ala, y el redoble me incita a deslizar mis manos falda arriba y derramar mi mirada hacia tus tacones.
No pueden ser tus pies aquellos de largos dedos angulosos y pulgares casi prénsiles, como los nativos de las islas Andamán, al oriente del golfo de Bengala. No son esos primitivos pies de ave rapaz que afean las sandalias, ni esos otros oprimidos, como pies de anciana china, fracturados por capricho. No son esclavos de modas borgoñonas y medievales, ni esos arcos tortuosos que disparan flechas contra la estética. Ni tiene tus pies esos dedos de espátula, de ranita, de maza o de manopla.
La cultura los ha sometido (vuelvo a China) a torturas, a devaneos con el absurdo, porque no aceptamos que nos señalen con el dedo... del pie. De mal gusto en Oriente. Como todo lo que estropeamos. Hay que regresar a la pureza de lo natural, pero sin dejar la elevación de una estética en equilibrio por el camino.
Sólo en esencia, tan sencillos y amistosos como los pies de un Hobbit, amantes de la campiña, descalzos y libres. Pero tan delicados como un cristal de Swarovski. Cuidados como Egipto mimaba la piel de sus doncellas y sacerdotes.
Tus pies son flores de loto en la corriente, que te traen hasta mí, que se extravían por los caminos con alevosía, que rematan cumbres nevadas y pierden la cuenta de las calles de París o los adoquines de un pueblo dormido en los siglos, que en las aceras se ríen con nocturnidad y alegría.
Bombean cansancio al llegar a casa, embutidos en cuero, y los baño como un carpintero palestino. Pies helados de mujer que se acurrucan en mi jersey, entre mis piernas bajo las sábanas, o que se derriten en mi boca por el aliento que te adora, para calentarse.
Pies breves, de seda y mármol al sol en el empeine, de guijarros en el tobillo, de chocolate blanco en las yemas de tus deditos. Pies de trigo de agosto. Aprenderé por ti reflexología esperando que tu aprendas masajes thais para hacer crujir mis vértebras con ellos.
Les regalas libertad en la hierba, descalzos, o entre la arena y las olas del mar, posados en un puf de Marrakech o en mi lengua traviesa.
Asoman en sandalias ibicencas, bajo la mesa, oscilan en el aire, piernas cruzadas, juguetones como el tic tac de una bomba de relojería a punto de estallarme en el pecho. Se doran en largas caminatas por la playa. Se visten de tacones como si fueran lencería podal, y a ti te encanta, sumergirte en botines que acarician la piel y la vista y rasgan el bolsillo. Cintas que serpentean por tus tobillos, todo como una sonrisa sin abrirse o una mirada sin moverse.
Tobillos para abarcarlos con mis manos, al quitarte los zapatos o al sujetarte mientras nos mezclamos a embestidas y jadeos, cara a cara. Basamento de los pilares de tu templo, de mi altar, firmes, firmes, porque, Amor mío, lo que más me hace adorar tus pies, es la manera en que pareces utilizarlos con desdén, nadie sabría decir si deliberada o inocentemente... para caminar. Los adoro porque te traen a mí.
Al acercarte no flotas, no te contoneas, no avanzas en línea recta, no andas, en realidad. Cuando vienes, te me regalas, simplemente.
Cartografía erótica III.
Los vértices de una estrella. 2ª parte (tus manos).
Me tiendes tus manos y se despliegan mis alas. Las hundes en la tierra mojada y brotan los rosales, perfumados e insolentes, hermosos, y todas tus lágrimas, dulces por rebosar alegría o amargas por las pérdidas, vacilan en cada espina, antes de caer.
Diez gotas de rocío que me apuntan, como si yo fuera el ojo del que lloraron. Diez dagas que laceran la carne ardiente de mi espalda, diez colmillos de felina en celo hienden su nácar y hacen presa en mis nalgas. No son rojas previsibles, ni afiladas, ni tampoco romas, ni cuadradas, y por lo más sagrado, no son las huellas de la incursión en la despensa de un roedor compulsivo.
Diez peinetas de halo francés y diez medias lunas que sonríen en la nuca de tus yemas. Las de tus dedos.
Los que me estremecen al sembrar caricias en mi paisaje, los que al tacto me susurran tu deseo. Tus dedos como juncos en la laguna, entre los que me escondo para despistar al tiempo cazador, cuando el albatros se halla lejos de mar abierto. Diez báculos de sedoso pulido para apoyar mi alma cansada al caminar. Anzuelos articulados que someten mi voluntad si me señalan, si tiran de mí para acercarme a tu boca.
Diez varitas mágicas para hacerme sonreír en la penumbra y buscarle las cosquillas a mi alma. Esqueleto elegante del paraguas bajo el que nos guarecemos de la mediocridad del mundo y te beso el oído. Los dedos de tus manos, armazón del abanico invisible que abres y corvas con gracia andaluza, cuando gesticulas al hablar sin hablar.
No son tus manos cofres avaros ni garras hurañas. Ni orondas estrellas de mar de gruesos brazos, ni abejas obreras de lomos alfombrados... y aguijones traicioneros.
Sólo tus manos saben sustentar mi emoción como chamanes que elevan su ofrenda a los espíritus del bosque lluvioso. Sólo ellas me salvan del naufragio y me arrastran hasta tu playa, y yo me dejo, hechizado. Porque son manos de maga. Centellean por nuestro cielo privado en espirales invisibles que sellan el sortilegio. Sobre la mesa de mármol de un café antiguo, cuando reposan sobre el dorso de las mías o dejan que mi pulgar cuente los poros del tuyo. Cuando buscan mi hombro en la oscuridad del cine. Tus manos me pueden.
Me puede sentirlas en la sien mientras me observas, cuando aún me crees dormido y un leve indicio en la comisura de mis labios me delata. Y su azote en mi espalda hace estallar las risas. Me puede contemplarlas tomando un libro, como quien sujeta un cazo de agua para que reviva el sediento. Evocarlas cuando estás lejos, mientras me escribes una carta o compones un mensaje en la pantalla de tu móvil para mí, alguno que improvise alegrías en mi rostro, por saber que me llevas contigo.
Me gusta fijarme, sin que parezcamos darle importancia, en cómo abordas el pie de una copa de vino con delicadeza, en cómo tus manos parecen pirámides doradas cuando deslizas un sobre en el buzón para derribar distancias con la gente que quieres y se tornan deliciosamente nerviosas al recibir respuesta. Porque tus manos aún escriben cartas, y pelan manzanas, y cortan tomates con amor, y acarician perros desconocidos, y recogen conchas en la playa...
Manos suaves y gráciles que danzan como el fuego en la hoguera, como los copos en la nieve. Y me quemas, y me hielas. Las imagino ensangrentadas, exhaustas y felices si un día acogen contra tu pecho un fruto más (que otros mil campos distintos cuajados de semillas no tendrán nombre) de nuestro Amor, si decide madurar de ese modo en tu vientre.
No lloveré sobre mojado para decirte como todos que "tienes manos de pianista", aunque sea cierto, porque sí, son elegantes como un guante y sensuales como una media, pero tus manos son de pianista, sobre todo, y ellos no lo saben, porque saben mimar las teclas de nuestra vida para interpretar la más bella de las sonatas.
Las adoro cálidas cuando recorren mi piel bajo las sábanas, a escondidas del mundo, como hacen los niños en sus juegos más tiernos. Las amo tibias cuando amasan mi cansancio de hombro a hombro. Las adoro también heladas cuando te dejas los guantes en casa y se abrigan con las mías, o buscan refugio en mis bolsillos, porque así me dejan ver el cariño en tu suspiro.
Me agitan entero, en cuerpo y alma, cuando buscan mi sexo con ansia, frente y frente tocándose, miradas de puertas entreabiertas que casi se besan y tú arrancándome el deseo, que crece allí abajo, aquí dentro, Amor.
Tus manos me acarician lo más hondo del alma cuando desaliñan mi cabello al notar las mías aferradas a tus caderas o tus senos, mientras la pasión pierde los frenos y nos ata desde la base de la columna, electrizada por congelar el tiempo entre los dos. Me pueden tus manos, frotando mi espalda en el abrazo inmenso al decírmelo sin decirme que me quieres.
Me deshacen cuando abarcas mi rostro como dos postigos a una ventana (por la que te asomas a mi alma) y me miras como tú sólo sabes... y mi corazón se hace lava, y se vuelca en las palmas de tus manos, que me van quemando dulcemente, como a un leño deseoso de ser hogar.
Tus manos cuando te das, con la fuerza de tu nobleza, cuando te despides desde la ventanilla del tren o al saludar antes de que el semáforo se ponga en verde, cuando ya me viste desde la otra acera.
Tus manos al adecentar las solapas de mi chaqueta justo antes de llamarme desastre y abrazarme, ya sabes, Amor, esas manos de selva que como lianas se entrelazan con las mías o atrapan mi nuca al besarnos.
Ellas hablan de ti, y en las lineas de su anverso acogedor se trazan las sendas de tu Vida, de tu Amor, y del destino, revelan nuestro viaje, de la mano, siempre de la mano, por el mundo.
Ellas, sin pretenderlo, hablan de ti, jugando con el aire y mis latidos como el sol se cuela entre los árboles para darle vida al sotobosque.
De tus manos recibiré todos los días el mejor Regalo de mi Vida.
Cartografía erótica IV.
Las columnas del templo. Parte 1ª (tus piernas).
Sé que los años irán ajando tus piernas, grabando desde dentro rayos verduzcos al son de tus canas. Sé que unas veces la pereza y otras la circunstancia cosecharán ahí malas hierbas, de arriba a abajo. Pero amaré tus piernas. De seda o fatigadas, de curvas tibias o de tibias cansadas. Sojuzgarán mi voluntad (y yo tan ancho como el Pacífico) depiladas, como jónicas de mármol al sol del Egeo, pero Amaré tus piernas incluso en esos días que las cuides menos, y aún más en esos años que la vida las desatienda, porque también seguirán siendo las olas que te trajeron a mi playa. Porque serán siempre los pilares del templo, Señora Mía.
En senderos, entre montañas, en las aceras, escalones arriba.
En el café, en la penumbra artificial de un lounge de moda... me miras sentada desde el otro lado y cruzas tus piernas y haces de ellas un lazo alrededor de mi cuello, y soy mastín, y desaparece el mundo a mi alrededor y me empuja el vértigo desde abajo, y me tiendes con los ojos el cazo de agua entre el anverso de tu rodilla y la incierta curva turgente y hendida que va camino de tus caderas, bajo el vestido...
La luz de una lámpara en el salón, o la corola amarilla de etéreas flores nocturnas en los faroles, iluminarán senderos de plata, desde tu rodilla al tobillo, con medias o sin ellas, como un rayo de sol sumergido en el mar centellea súbitamente en el costado de un tiburón. Y yo feliz de ser albatros a la deriva en ese océano, para caberte entero cuando vengas a devorarme. Come niña, que soy tuyo. Dame amor, que eres mía. Dame la miel compacta de tus gemelos, curva jugosa y magra de esa carne tuya que despierta mi instinto caníbal. Dije que soy mastín, sí, que no perrito faldero, y mira que me gustan tus faldas, pero soy dueño y señor de mis apetitos.
Encuentro mi reposo en los pilares de tu pureza. Huecos en piedras gastadas por la lluvia de un jardín zen se forman cuando abro tus piernas despacio con las mejillas, entre tu sexo y la primera corva de tus muslos. Justo ahí, en esa fina cavidad, tu piel se hace un poco bronce y en esa marmita hierve mi bálsamo preferido. Huecos en carnes gastadas para mi saliva junto a un jardín versallesco. El muslo se va haciendo alfil camino de tu rodilla y mis manos suben y bajan, caminan y ruedan por la colina. De nuevo la carne tiembla y mis dientes rugen. Jaque mate.
Rodillas hundidas que no vencidas, en una lobera de sábanas sudadas. Rodillas en cuatro y las mías en siete, reinas de alcoba, mientras me hago nido entre tus ingles y el arco tensado de mis piernas va clavando saetas contra tus relojes de arena mojada.
Recordaremos, atados por las piernas desnudas bajo una manta, en el sofá y con música de Satie, o de Saint Germain, o de aguaceros en la ventana, cuando subieron desde tus tobillos, frescos como piedra sombría en verano, mis manos de niño que todo lo exploran, que todo lo entregan. Cuando te hablaba al oído, pegados los labios, respirando tu cabello, y mi voz ardiéndote dentro, y mi aliento quemándote fuera, y mi mano en tu muslo, por fuera y por dentro, y la otra en la cintura, tan elegante esta, tan lasciva la otra. Nos van a pillar me dices, te comeré el corazón te susurro, en el concierto, la cena o la fiesta. Bajo tu falda llego al encaje y al raso, y hago ver que dudo en la frontera y me retiro. Sólo para tomar impulso y multiplicar tu deseo. Cambia el tacto de tus piernas, están todos en esa región de tu país de piel salada. Seda, arena dura para mis huellas, tul, velas… Regreso a las puertas. Me detengo en la aduana del minúsculo festón de encaje de tu medio tanga y se moja mi dedo en tus anhelos.
Me encanta mojarte aún vestidos y que te azores un poco, sólo un poco, antes del arrebato, preludio a la tormenta de lava desde tus labios. Antes de que el arranque de tus piernas aprese mi mano al ardor de tus muslos de pan, antes de que me pidas, y me exijas. De que te gires y me atraviese tu mirada y me muerdas el alma y me la beses. Ay, que no sé si soy más feliz por mojarte vestida (sean mis manos o sean mis palabras al oído que no cesan, ni en su silencio más oscuro) o por el augurio de secarte a lametones el deseo en casa dentro de un rato. Piernas arriba, muslos adentro, de abajo a arriba, gota a gota.
Cartografía erótica VI.
Quien aún recuerde esta serie, lo que tendría mérito, pues la abandoné en el desván un once de Noviembre, me estará regañando, porque me he saltado un episodio, "Cartografía erótica V. Las columnas del templo. Parte 2ª (tus brazos).", y es que, lo creáis o no, por el efecto que produce en mí, por lo inasible de la sensación, lo dejo para otro día. Sucederá lo mismo con los ojos, aunque estos vendrán mucho más tarde, allá por el XIV o XV. Sus brazos en mi retina... demasiado etéreo para guardarlo en un frasco de palabras si uno no tiene el día inspirado (o la semana, o el mes, o... que ya dije que tengo la líbido lesionada).
Cartografía erótica VI.
Las dulces puertas del infierno. Parte 1ª (tu sexo).
Prólogo rescatado (y re-comentado) de un comentario antiguo en Astrópolis:
"La diferencia entre rehusar la invitación que dos muslos en V hacen a mi traviesa boca o devorar cual león tras Ramadán felino el sexo de una mujer la marca, entre otras cosas (y siempre bajo el mandato del deseo) el vello púbico.
Las selvas en ese caso me provocan rechazo frontal (y paradójicamente lo púbico entonces se hace público, lo furtivo fútil, y lo mágico banal).
Totalmente rasurado me dan un punto infantil que no me acaba de gustar, aunque entre un extremo y otro, elijo el segundo (siempre es mejor la piel que los espinos, que no cercan más que un beso a medias).
Lo crean algunos o no, no todos los genitales femeninos, como los masculinos, son iguales. Hay orquídeas (cuando los labios ensayan trabalenguas y las lenguas se traban dichosas en los labios), repollos (de capas circulares como en un extraño acertijo circense), trincheras (cuando, sobre todo visto desde atrás, una sombra se hiende entre suaves y prolongadas colinas, pidiendo con astucia que uno se haga noche y caiga sobre ese valle para cubrirlo de estrellas en cada gota de saliva), párpados (algunos otros toman esta forma en el sueño, especialmente de costado, cuando levantas con cuidado la sábana y un gemido ahogado se queja sin protestar, allá arriba, mientras siembras caricias matutinas), melocotones partidos por la mitad (los que atrapan al lingam de Shiva y se lo tragan con voracidad), etc... y en cuanto al vello, lo mejor es un jardín francés, césped cuidado sobre el monte de Venus, ligeramente geométrico y labios lisos y suaves (y ahí sí que se nota la diferencia, en los cinco sentidos, pero ante todo, olfato, gusto y... tacto -sublime-)..."
El sabor de tu sexo varía como la luz de un mar interior. Agitado tras las tormentas, revuelto, o sereno en invierno, o con fumarolas de sal en el verano. No puedo explicarte por qué disfruto tanto al hacerte vibrar, o por qué tu néctar me engancha como marino bebedor de taberna remota.
El aroma de tu sexo silba como el viento entre los árboles, llamándome, no como en las junglas donde la madera se pudre de humedad y maleza, sino como en los jardines y hayedos donde los gnomos juegan y se oyen sus risas, o el otoño vuelca su tarro de galletas de ámbar.
Tu sexo, con el que hablo a veces y al que bautizo con apodos bromistas que te hacen reir y llamarme amorosamente loco, es mariposa de alas livianas y cuerpo desvanecido, dejando una tímida cabeza que sólo asoma si la llamas. El único destino de un viaje al que se llega mucho antes si das un rodeo. Lo sabes mejor que nadie. Y yo también, y eso te enciende. Como al corazón de una mujer, así es el juego. Un rodeo húmedo y paciente, hasta que la cabeza asiente y te pide una desaforada pulsión del picaporte. ¡Ah del castillo! Y la guarnición se apresura a bajar el puente.
Herida de miel salada y abejas zumbonas encerradas, buscando la salida en un vibrar de caderas, mientras el curandero sorbe el veneno con succión ralentizada, no para curar, sino para envenenarse complacido. Aquí no hay más que mareas que fluyen y afloran, y la razón que naufraga y se hunde, por fin.
Aliento africano de mi vena árabe, la de jaima hospitalaria y música de laúd, la de raptor insolente y constructor de Taj Mahales, aliento candente sobre la orquídea espesa, labios abiertos que pronuncian mi nombre en grados, labios abiertos que pronuncian el tuyo en suspiros que resbalan por tus ingles. Huesos de cuna que suben impacientes y mano firme que suavemente los empuja contra el lecho. Sssshh...
Un “vaaa” susurrado y largo de tus párpados fundidos, suplicando, una sonrisa de medio lado en mi boca de fauno, y abres los ojos, y maldices y ríes a la vez, más calor, más temporal, más aliento que aviva los rescoldos de tu hoguera, de nuestro fuego robado, Prometeos insolentes.
De repente, sin previo aviso, un lametón, decidido, de abajo a arriba, tu valle entero, la viajera parlante ensanchada como una bajamar en la playa y tu sexo tirita… y no es de frío. El terremoto sale disparado como una onda expansiva, hasta tus rodillas, hasta tu barbilla, hasta tus entrañas, hasta tus recuerdos, hasta que se tambalea tu presente, el nuestro. Y cae, y se desordena, para reinventarse otra vez, diez mil veces.
Una pausa. Quietud. No te toco, contemplo los efectos colaterales de mi argucia. Unos segundos. Una eternidad de miradas pegadas.
Otro lametón, un poco más despacio, un poco más de presión, más lento también al separarse y, mientras sube de nuevo, tu espalda dibuja un arco, que guarda una flecha para ensartarnos, de pecho a pecho. Tu espalda se arquea como el tallo de una rosa arrojada al fuego. Y yo busco las espinas para amarlas también. A los pétalos es sencillo, a ellas es preciso.
Otra pausa, atrapas mis muñecas, levantas tu rostro hasta que la nuca es alfiler que punza tu voz y tu mentón roza la parte dura de tu pecho, y entonces, me socavas con la mirada, algo desencajada, sin sonreír un milímetro, y me arrojas un “cabrón...” que me regala el alma de vida.
Estás perdida.
Retiro tus manos, que se van a mi pelo y a tus dientes, y me lanzo a devorar mi botín de guerra. Sin prisioneros. Mi lengua te empuja, te hace girar, se hunde, te abarca, te descoloca, me disloca, y nos devuelve a las cavernas. Gimes como felina cazadora y tiemblan las bestias bajo la luna llena de la sabana. Y en las sábanas hacemos remolinos de seda al retorcernos, y tiran de nosotros mar al fondo, y me quiero ahogar contigo, y se desahogan los corazones, liberados.
Mientras, respiro acelerado con mi nariz aplastada contra tu monte de Venus, que ya no es de la diosa, no, es todo mío, soy el rey de la colina, el dueño de tus latidos. Río desquiciado como emperador victorioso, ya es mi cabeza la que mueve mi lengua, y mi columna mi cabeza, y mi alma mi columna. Rápido, que no deprisa.
Y entonces te como entera, hasta tenerte dentro, hasta que la orquídea al rojo vivo me pide ser allanada con ese ariete que grita desde hace rato entre mis caderas.
Y entonces entro despacio, hasta que me tengas dentro del todo, todo yo, todo tuyo... para quedarme a vivir más allá de las dulces puertas del infierno.
Cartografía erótica V.
Las columnas del templo. Parte 2ª (tus brazos).
Me ha costado tanto intentar aprehender lo que quiero decirte con este texto, como si me hubiera propuesto explicar el asombro de una ballena que contempla la bóveda estrellada del cielo en alta mar.
Aún estoy convencido de no ir a decir la última palabra, pero he resuelto intentarlo, hacer acopio de apuntes varios, de notas en servilletas de papel y de impulsos en mi cuaderno portátil con ADSL (Alas De Sergi Letradas) de tapas marrones. Le he puesto banda sonora (Kitaro, The best of Ten Years, 1976-1986) pausada, por no hacerme esclavo del furor y aposentar las palabras. Por cortesía hacia quien lea esto y no hacer de ello un laberinto personal, sí, pero demasiado intransferible. Temo no lograrlo.
Fogonazos sueltos, sin guión, de días al azar:
“No sé por qué razón adoro tus brazos de este modo. ¿Porque los amo? No sólo con el martillo de la obsesión, ni con los barcos sin ancla ni timón del deseo, sino también y sobre todo, desde la vida de todas y cada una de las células de mi cuerpo. Ellas mueren a millares en mis venas a cada segundo, y a millones nacen en mi caudal para amarte cada instante con la misma pureza del primero y la misma fuerza eterna del último. Cada minuto soy un ser nuevo y todos están hechos para brillar entre tus brazos. Cada partícula de mi ser se convertiría en gota de lluvia si el sol agostara la piel de tus hombros. Cada célula se desprendería de mis alas para tejer un escudo de plumas para tus brazos cuando el viento boreal pretendiera agrietarlos.”
“Con tus brazos peinas los cabellos del aire mientras hablas, y cuando caminas en silencio danzan desde las muñecas hacia arriba, con la delicadeza de una garza en una pintura japonesa. La manera en que te acercas a la barra del vagón en el metro antes de sujetarte, cómo tomas un libro de la estantería, y cómo cae despacio el ángulo de tu brazo al devolverlo. Cómo atrapa mi atención el dorso o el interior de tu brazo, según gire a tu alrededor mientras lo elevas hacia atrás para recolocar ese mechón de cabello sobre tu mejilla. El modo en que reposa una ele divina sobre tu almohada mientras duermes y yo sueño despierto que me sueñas dormida, vulnerable, capaz de hacerme dar la vida si vinieran las sombras a llevarte, sólo por la expresión infinita que irradias.”
“En tus brazos habitan las metáforas de tu cuerpo entero. La luz de tu frente o el candor de tus caderas, en tus hombros. La música acuática de tu cintura se repite en el lazo invisible que se ajusta en su caída, antes de ser brazos, antes de dibujar algo parecido a tus senos desde atrás, de costado. La cavidad de tu axila es la suave memoria de tu sexo, y como aquella es sábana de raso por esmero el otro es prado de terciopelo por lujuria tras la siesta. Paz y después gloria. Tus codos son rodillas y desde ellos a los tobillos, donde a veces llevas pulseras de plata indias y casi nunca reloj, va un camino de seda, viajan gemelos sin medias.”
“…encajar mi pómulo entre el leve valle y la duna incierta que se forman cuando el final de tu hombro se convierte en tu brazo (el lazo, el lazo…). Yacer en cuerpo y alma en ese lecho pulido, dejando que la tibia luz de ese paisaje sea quien mece mi duermevela. Marcar con mis dientes la corva más dulce e interna de tus bíceps, como perro labrador que toma sus cachorros de la nuca para ponerlos a salvo.”
“Cuando me abrazas, y entera mi alma abarcas, no caen como bufanda pero me abrigan más. Cuando te aferras a mi espalda, al bajar del tren y reencontrarnos en un abrazo sin palabras que todo lo dice, o al subirnos a ese otro tren húmedo que exhala sudor y gemidos a toda máquina, más fuerte, más profundo, más rápido, hasta la extenuación de la carne y la sublimación del alma, hacia la estación sin término, sí, cuando te aferras así a mi espalda, tus brazos no son cepos para atraparme sino la misma esencia de mis alas. Ni ensayándolo durante años podrías ni podría nadie repetir la gracia innata con que tus brazos toman vida propia. Denotan, sin una curva de más, sin la recta indigna del complejo, sin aspavientos artificiales de feminidad espantada, y sin mácula de apatía, fuerza. La fuerza de tu corazón hambriento.”
“Invierno para gozarlos en privado y en secreto y burlar al frío, otoño para sentirlos y adivinarlos a través de la angorina, primavera para colgarme de ellos hasta la manga que me pide un beso en francés, y verano, peligroso verano, para perder la cabeza en el bronce al aire que se derrite en mis ojos.”
“Hubo alguna vez besos que construyeron techos para mi ansiedad. Hubo, unas pocas veces, nalgas apretadas contra mi sexo que no pudieron alzar mi estandarte. Hubo caricias que abordaron mi barco e intentaron (insensatas...) obligarme a dejar de ser pira... y sin embargo, alguna vez, mi hoguera se hizo mástil e insolente atrapó todos los vientos, para navegar a toda vela hacia la locura que despertó la simple visión de tus brazos o el roce de su piel.”
No, no lo he conseguido, aún no he conseguido explicarte por qué tengo esa febril adoración por tus brazos.
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Te adoro...Las palabras siempre precisas que no exactas,para abrirnos el alma de par en par,corriente de aire que alborota el pelo y eriza la piel, lo descoloca todo...Y nos deja con hambre de mas....
Sergi, es un PLACER leerte y un desespero no poder tenerte...
Me rindo a tus pies...
Un beso.
Sergi, es un PLACER leerte y un desespero no poder tenerte...
Me rindo a tus pies...
Un beso.
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Siempre resulta un viaje muy bueno el leerte..y con esta cartografía más..porque aunque desde la oportunidad que brindas de compartirla queda al aire..el hacerla un poco nuestra...es mágico el leerla..pues sin más...es como si nos dejáramos tomar por un par de alas...e ir a recorrer un cielo con la imaginación de ese cuerpo amado, deseado.. aunada al recuerdo..y tus letras sin planearlo caí en un viaje con el título de tu post..donde me dejaste minutos sin alma...por saber recorridos cada centímetro de esa piel…y de mi piel..
Ahahah! Y quien tenga la suerte de que la ames de esa manera que describes...que suertuda!!!!sólo espero que las letras no se queden prendidas en una hoja blanca..sino que lleguen a su destino literal...y se derramen en pasión..para hacer surgir más y más letras..por mientras me llevo estas....
Ahahah! Y quien tenga la suerte de que la ames de esa manera que describes...que suertuda!!!!sólo espero que las letras no se queden prendidas en una hoja blanca..sino que lleguen a su destino literal...y se derramen en pasión..para hacer surgir más y más letras..por mientras me llevo estas....
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Ya los leí todos en su día, pero en cuanto tenga un hueco vuelvo a darme el gusto.
Besos
Besos
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Ay, Sergi! Si hace meses me dejaste sinaliento, hoy que no es en dosis, sino en sobredosis, no puedo decir más que estoy extasiada.
No es sólo lo que describes, tienes una finura, una sutileza y al mismo tiempo audacia para hacerlo. Mira que hay mucha gente que anda por ahí tratando de hacer literatura erótica, pero tú tienes el don de la escritura, del manejo de lenguaje, de las imágenes, de todo y lo que tomas lo transformas de manera que uno se entrega innegablemente. De verdad admiro y disfruto la manera cómo escribes, independientemente de la opinión que tengo sobre ti como persona (que de sobra sabes el alto concepto y valor en que te tengo).
Creo que esta vez lo disfruté más que la primera vez que leí los otros capítulos. Mejor ya no digo nada más... Gracias. Un abrazo.
No es sólo lo que describes, tienes una finura, una sutileza y al mismo tiempo audacia para hacerlo. Mira que hay mucha gente que anda por ahí tratando de hacer literatura erótica, pero tú tienes el don de la escritura, del manejo de lenguaje, de las imágenes, de todo y lo que tomas lo transformas de manera que uno se entrega innegablemente. De verdad admiro y disfruto la manera cómo escribes, independientemente de la opinión que tengo sobre ti como persona (que de sobra sabes el alto concepto y valor en que te tengo).
Creo que esta vez lo disfruté más que la primera vez que leí los otros capítulos. Mejor ya no digo nada más... Gracias. Un abrazo.
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¡Si! la recuerdo bien, tu cartografia es excelente.
Besos.
Besos.
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Y algo muy bueno de esta "Cartografía" es que siempre está fresca, siempre que la vuelves a leer.. te revitaliza, te apasiona, te envuelve, y te hace desear, soñar...porque además siempre se le encuentra otra nueva metáfora, otro nuevo gusto, decidí imprimirla y leerla antes de dormirme. Gracias Sergi :-) Miles de besos
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La cartografía erótica :)Recuerdo con cariño cuando comencé a leerte.
Estoy bien, Sergi. Un poco apartada de la virtualidad, pero bien. Aún estoy esperando esa caña. Este lunes que viene es el último que voy al taller. ¿Te pasas?
Estoy bien, Sergi. Un poco apartada de la virtualidad, pero bien. Aún estoy esperando esa caña. Este lunes que viene es el último que voy al taller. ¿Te pasas?
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¡Uff, chico!
Prometo leerlo (sobre todo porque me apetece) pero ahora no dispongo ni del tiempo ni del talante.
Nos vemos, albatros mesetario.
Prometo leerlo (sobre todo porque me apetece) pero ahora no dispongo ni del tiempo ni del talante.
Nos vemos, albatros mesetario.
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Creo recordar que llegue a tu web cuando publicabas tu Cartografía erótica...siempre es un placer pasear por tu blog leerte y...releerte.Besitos
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Creo recordar que llegue a tu web cuando publicabas tu Cartografía erótica...siempre es un placer pasear por tu blog leerte y...releerte.Besitos
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La primera vez que llegué a tu página, hace casi un año y no sé bien cómo ni por qué, el post que la encabezaba era uno de la serie de Cartografía Erótica. Me quedé enganchado a tu forma de escribir y te envidié sinceramente por tu estilo y tu garra. Un poco más tarde me enganchó también el pedazo de corazón que tienes, y tu rabia y tu sentido de la amistad. Y espero que sea por mucho tiempo.
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mmmmhhh ... Sergi, esto es para leerlo con mucha calma sin atropellos, sin prisa. Me he quedado en la III parte, y en cuanto tenga otro ratito de calma segura, seguiré con el resto.
Tu título (sólo el título) me ha recordado al Atlas de Geografía Humana de Almudena Grandes, y como las comparaciones son odiosas, te diré que el contenido no tiene nada que envidiarle un texto al otro.
Un beso y que no cesen nunca las palabras de salir de tu lapicero.
Tu título (sólo el título) me ha recordado al Atlas de Geografía Humana de Almudena Grandes, y como las comparaciones son odiosas, te diré que el contenido no tiene nada que envidiarle un texto al otro.
Un beso y que no cesen nunca las palabras de salir de tu lapicero.
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El albatros que sobrevuela un cuerpo para hacer su cartografía... quisiera ser aire para ser cortado con sus alas... quisiera ser jibia...
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Hoy quiero sentirme emocionada, sentir cómo mi piel se eriza, escuchar mi corazón como se acelera... te leere de nuevo, no me queda de otra. :D
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Lo releeré dosificado. No vaya a ser que me emborrache y yo sin vaso que me aprisione.
;)
Besotes.
;)
Besotes.
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hacia tiempo que no te encontraba...
la gata se nos fue...
pero gracias por recordarme.....
mil gracias y un beso enorme....
la gata se nos fue...
pero gracias por recordarme.....
mil gracias y un beso enorme....
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Buenos días, caballero... así me gusta, poniendo al día al personal.
Yo he vuelto a mirar lo de tus comentarios y espero respuesta de typepad (aunque la única verdad es que te tengo manía... XD)
Apa, molts i molts petons des de Barcelona, que avui està preciosa
Yo he vuelto a mirar lo de tus comentarios y espero respuesta de typepad (aunque la única verdad es que te tengo manía... XD)
Apa, molts i molts petons des de Barcelona, que avui està preciosa
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Tengo una legaña en cada ojo que me acabo de levantar, me voy a trabajar... para todo el sabado.... pero entrado aqui y con poco tiempo he leido hasta la 4 y con la uno me quitado el sombrero, que he oido de tu boca, que he escupido el corazon desde tus manos, que has dicho todo lo que yo querria decirle al que me tiene el corazon echo pedazos, que me lo parte por quererme, por estar paralizado por el miedo.
Huir hacia delante, apoyar las manos en el suelo.... sencillamente, impresionante, ese texto se sale.
Besos a mil de una curranta de sabado
Huir hacia delante, apoyar las manos en el suelo.... sencillamente, impresionante, ese texto se sale.
Besos a mil de una curranta de sabado
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que hermoso, me he quedado embelesada al leerte...
un beso
un beso
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Nos has enmudecido el alma...¡shssss, silencio...dejenme soñar!

