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Alas de Albatros
Frases borrosas, emociones, ideas... no quería pero al final me salió un diario.
De mis alas:
"...ses ailes de géant l'empêchent de marcher".
(Charles Baudelaire).


Ahora en Madrid:

"Tú..., sí, tú..., eres bueno".
(Robert de Niro, "Analyze this").


De mí, lo mejor que puedo decir es que sigo teniendo ilusión por la vida y unas insolentes ganas de escribir. Lo peor, que soy contradictorio, es decir, humano.

Mi puerta está abierta en:
Translation:

Many flavours will lose, but you can try to translate the dust of my steps on this website, and have a foggy idea about my writings, if you click above on your flag and then enter my URL there.


El baúl del albatros:

ñ (Shift+click -o botón derecho del ratón- y enlaces en ventana nueva).
Polvo, retales, y retratos en sepia de dos años de "Alas de Albatros".


Sindicación
 
Hoy no lo firmaría así.
Hace un año publiqué, con el título en el post de "Un cuento de hace tiempo", es decir, que ya es más que añejo, uno de los primeros cuentos que escribí. Lo republico sin corregir una coma. Pero me doy cuenta, doce meses después, de que he aprendido la décima parte de lo que me falta aún (escribiendo, leyendo -sobre todo- equivocándome, llenando papeleras de borradores...), y que he de mejorar mucho más para llegar a contar las cosas como las quiero contar... para que lleguen a los demás como deseo que lo hagan (o todo será estéril juego de palabras).

Todo es aprendizaje, entrenamiento. Y es bueno saber que uno falla y no abarca, para no enquistarse en vanidades inútiles. Quiero pensar que los escritores de veras importantes empezaron algún día por textos mediocres, que no todos nacieron precoces como Mozart para componer ficciones... y el hecho de que muchos comenzaran de veras a escribir pasada la treintena me da una tregua...

En fin, no hay que alarmarse, aún...

pd: aparte de esto... echo demasiado de menos la sensación de desear a alguien, extraño demasiado el estado del alma que se eleva al Amar... me estoy apagando en gris...

ahí va, más de un año después de ser escrito:


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"Balam, el jaguar"



Un resquicio de sol centelleó esmeralda en sus plumas de quetzal, revelando la entidad de las facciones de Balam, hombre de tez granate y oscura, como un raro jaguar melánico que iluminado muestra el dibujo de sus rosetas. Musitando salmos descendía a la entrada de la gran cueva. La selva nebulosa estaba plagada de tibios espejos de agua dulce, los sagrados cenotes. La tarde colaba aún algo de luz por un claro entre los árboles, hasta una silenciosa poza en la entrada del laberinto de grutas y cuevas acuáticas, que los antiguos llamaron Xibalbalán, el país del inframundo. El chamán
se sentó solemnemente en una roca justo bajo el dosel de la puerta del Hades maya, dándole la espalda, con actitud de permanecer allí más que las piedras, si fuera preciso.

Desde hacía un tiempo se comentaban ataques al ganado e incluso a bebés de las afueras del pueblo, delatados por heridas que no cicatrizaban, y fiebres severas. El Padre Sañudo, el todopoderoso, exmilitar, terrateniente y pastor de almas, decidió que eran los vampiros, esas ratas abyectas con alas de paraguas mugriento que él había visto en sus campañas de La Española, engendros del demonio. El populacho de mestizos a las órdenes de blancos, las fuerzas vivas, y a su cabeza, el guerrero predicador, resolvieron
acabar con la cercana colonia de murciélagos.

Debatieron dinamitarla o sellar e incendiar la cueva. Pertrechados para ambas soluciones y alguna más, se dirigieron todos al lugar, poco antes del crepúsculo, todos en procesión, todos excepto los indios, cabizbajos en sus chozas.

Al llegar a la boca de Xibalbalán, que el Padresito sentenciaría rebautizar católicamente, encontraron al viejo indio loco, con su penacho de plumas verdes. Balam les esperaba; se incorporó lentamente, increpó en maya con su ronca voz felina a la insensata
muchedumbre, y en un torpe y pausado castellano les inquirió:

-Vuestro corazón ya no palpita en los altares del jaguar, no, pero tampoco habla en vuestros cuerpos de leche. ¿Qué vais a hacer?

Al desdeñoso gesto de Sañudo, un envalentonado soldado apartó al chamán de un culatazo, abriendo una brecha en los labios de la memoria viva de su pueblo, como bajando al jaguar del árbol, para rematarlo. Las plumas de quetzal se mancharon de barro y sangre.
Tocado de reyes, con devoción obtenidas de los espíritus del bosque brumoso, siempre liberados, pájaros divinos por cuya muerte se pagaba con la propia, y que ahora se llevaban impunemente disecados para museos y casas ricas de Europa. Hasta los antepasados se revolvieron en sus tumbas, manchados de barro y sangre.

La turba debía esperar. Con el ocaso, vino un silencio casi primitivo, luego un rumor desde las tripas de la tierra, y al fin, el estruendo de la salida en tromba de los murciélagos, sentando de un empujón invisible a algunos hombretones. Se reflejaba la luz de las antorchas y candiles en las alas y pechos de los quirópteros, alumbrándolos fugazmente como espectros que maldijeran con prisa a los intrusos. Durante largo rato, un torrente ascendió en espiral hasta formar una
inmensa nube de cientos de miles de animales, para alejarse y difuminar su negrura en el débil rojo del horizonte. Los aterrorizados presentes, paralizados, no se decidían a entrar, pero los bíblicos insultos del Padre Sañudo en sus cogotes les empujaron.

Debía prepararse el exterminio antes de que regresara el alado nubarrón. Penetró un desnutrido grupo en la cueva, temblando. Por claraboyas de dolinas derrumbadas entraba aire fresco y un poco de luna. Las cámaras abovedadas desfiguraban las sombras que las
teas y quinqués proyectaban de los humanos, pintando monstruos de pesadilla. Desde las gargantas de angostos túneles llegaba el rumor de sifones de agua en la lejanía. La siniestra comitiva encontró ofrendas de sus ancestros, ocarinas, vasijas, esqueletos, quemadores de copal, jeroglifos en algunas columnas, y un pavor tan intenso como la amenaza de la culpa apretando sus estómagos. Rociaron todo de keroseno, plantaron dinamita en cajas estancas junto a gruesas estalagmitas, y huyeron de la escena dejando ecos
estrepitosos, el de sus botas y tropezones enturbiando las aguas del lecho de la caverna y el de los alaridos por el roce en sus cabezas de algún murciélago rezagado. Ya en el exterior recobraron fuelle, tomaron prestado coraje ajeno, y esperaron. Esperaron. Al alba, como el depredador que merodea desde la penúltima luz vespertina hasta el amanecer, y habiendo regresado todos los murciélagos a su morada, empezaron las explosiones y el averno prendió en llamas.

De camino a casa, todos se regocijaron en numerosa compañía, algunos cantaban, y el pastor, más capitán que nunca, pletórico por haber vencido al demonio, blandía su bastón dirigiendo el coro de mestizos, aunque casi todos cavilaron en solitario después, muy
pocos llegaron alegres al hogar, y los indios seguían cabizbajos en sus chozas.

Dos días más tarde Balam abandonaba el pueblo. En el último chamizo un niño indio le ofreció unas tortillas de hongos, que él aceptó, sonriendo triste con la boca y el alma partidas, ante esos inmensos e inocentes ojos negros, y se alejó con una cantinela meditabunda.

Ese mismo verano, enjambres de millones de polillas del maíz asolaron las cosechas, las manos cuarteadas de las madres desmenuzaron podridas mazorcas cuajadas de larvas satisfechas, los mosquitos devoraron a los famélicos niños y enloquecieron a los animales, que seguían mugiendo y sangrando por las noches,
acribillados aún con más fiereza que antes por algo que ya no podía ser un murciélago. La hambruna, la miseria, y la muerte se adueñaron de las tierras de Sañudo.

Los quetzales y jaguares desaparecieron por completo del valle poco después, unos por la codicia y otros por la cruzada; pécaris, tapires, y ciervos también, todos por el hambre, pero desde muy lejos la canción antigua de Balam seguía perturbando el sueño de aquellos hombres:

“Quisiera ser el jaguar de tus montañas
para llevarte a mi oscura madriguera
y allí abrirte las entrañas
para ver si tienes corazón siquiera”.
 
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Hay veces que re-escribir un relato hace perder toda la esencia que se quería transmitir en el momento de escribirlo. Supongo que lo mejor es modificarlo o mejorarlo, pero sin perder de vista que el original suele ser siempre mejor, o al menos transmite mejor los sentimientos, aunque luego se pongan otras palabras más rebuscadas, o más recursos estilísticos.

Un beso, Sergi.
 
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Volveré con más tiempo y leeré tu cuento con atencion, hoy sólo te dejo un amistoso saludo.
 
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Muchos escritores empezaron a escribir a los 60 o 70 años, otros de muy jóvenes, no hay regla. Nosotros que no lo somos pero que nos gusta escribir creo que no importa la edad que tengamos para escribir lo que sintamos y deseamos.

Tu relato me ha gustado mucho, creo que ya lo habia leido porque al recorrer sus lineas lo sentí, pero ahora me ha gustado mucho más. Felicidades por él.

Besos.
 
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El cuento precioso ^_^
Sobre tu añorar ese estado del alma ,creo que a veces echamos más de menos el sentimiento y las "alas" que nos da el amar,que a la otra persona en sí ya que tendemos a idealizarle cuando no le tenemos.He vivido esas veces la falta de un protagonista para mis sueños y es cierto que la sensación es gris.Un beso
 
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Señor Albatroz:
No soy constante, pero vengo, aún...
 
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"Cuando el cristiano se llegó Cerro Negro adentro para sacar al indio de su cuna, se quejó la montaña y lloró con dolor de siglos y milenios; hizo el Tronador de sus abismos bongos, el Nevado envejeció de nieves, el Descabezado forjó rios de lavas y cenizas......y llegó el lamento hasta las más altas cumbres del majestuoso Aconcagüa."
No