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Alas de Albatros
Frases borrosas, emociones, ideas... no quería pero al final me salió un diario.
De mis alas:
"...ses ailes de géant l'empêchent de marcher".
(Charles Baudelaire).

De mí, lo mejor que puedo decir es que sigo teniendo ilusión por la vida y unas insolentes ganas de escribir. Lo peor, que soy contradictorio, es decir, humano.

Mi puerta abierta en:

It's never the same 'cause many flavours will lose, but there's a way to translate my weblog to your own language. You'll miss things, but you could have an idea about my writings. Visit this website:Wordlingo, write my URL, and choose translation from Spanish to your language, if it's on the list.

Sorpresas en breve:

Prueba de texto.
Maestros:
Pruebas de imagen y texto.
Pruebas de imagen y texto.
Pruebas de imagen y texto.
Musas:
Prueba de texto.Prueba de texto.Prueba de texto.Prueba de texto.Prueba de texto.Prueba de texto.Prueba de texto.Prueba de texto.Prueba de texto.Prueba de texto.

Sindicación
 
La dama del Tajo.
A veces lo obvio y lo sólido se desvanecen de la memoria. Intentar revivir un encuentro con una ciudad, es como querer recordar los ojos de una mujer que viste pasar fugazmente. Nuestra mente bosqueja al carboncillo sus facciones, huidizas, pero el sobresalto del estómago permanece ahí, perfectamente reconocible.

Una de esas bellas y enigmáticas féminas es para mí... Lisboa. Fue apenas un roce, la contemplación apresurada de tan bella dama, de espíritu de vino añejo y maneras de aldeana, sabedora de su encanto, pero distante. Fue una estocada certera que no quiero arrancarme. La gran señora despliega con ademán sereno sus encantos, y tú deseas regresar un día a sus brazos, para explorar los dulces pliegues de su madurez y aprender a amarla.

Lisboa es un escaparate de botellas polvorientas, negruzcas, que con letras de imprenta escriben una historia en color blanco sobre sus cuerpos. El gran terremoto del siglo XVIII dejó sus cicatrices en la piel de la viuda lisboeta, que las luce como heridas de un amor huido a destiempo, desolador, pero que también la hizo más fuerte.

En su escote se viste de distinción y solera, como luciendo su mejor colgante, de azulejos y adoquines. Sus senos te seducen, aún bajo el ropaje, y te incitan a recorrerlos. Barrio Alto y la Alfama, apuntando suaves pero aún sugerentes al cielo blanquecino que refleja el Tajo. Con mano audaz palpas su cuerpo de Afrodita destartalada a medias, repitiendo caricias de antaño, pero reiterando siempre la luminosidad del goce. Con esos dedos hedonistas, te cuelas en el eléctrico ventiocho.

Qué placer tan sencillo el camino sin destino marcado, el encuentro sin búsqueda. Tomar y dejar ese burrito de madera, apearse y regresar después a esa circunvalación encantadora. El tranvía serpentea entre la piedra mohosa, el adoquín pulido de lloviznas atlánticas, los azulejos enseñoreados de historias de indianos, sobre los negruzcos raíles, testigos del tiempo. Ancianas forradas de oscuro cruzan cansina y despreocupadamente ante el ciclópeo ojo del tranvía que, lento y previsible, se ha convertido en un transeúnte más. Los chiquillos lo alcanzan en una carrera traviesa y viajan de prestado en la cola del asno electrificado. A duras penas moldeas tu trasero en los asientos, de incómodas lamas de madera, pero te olvidas al instante de eso, viendo la vida... divagar, más que pasar, a través de las lunas. Te acompaña como una banda sonora el crujir de las tablas, sobre todo cuando el ventiocho toma una curva y parece que la cola no va a seguir a la cabeza por esa cuesta. Cuando el entrañable asno se para, tomando y dejando viajeros cotidianos, se detiene el mundo, el silencio te estremece y, por un instante, tocas el alma de la Lisboa más íntima, eres entonces vecino de sus vecinos, percibes el ondear de sus sábanas tendidas al fondo de callejones sombríos, respiras la cálida luz que se cuela sobre las vías, tímidamente azul y vertical. Cuando ese par de minutos transcurren, la campanilla y el repiqueteo del tranvía te devuelven de un empujón al presente... pero uno se alegra. Un traqueteo y las tablas crujen de nuevo. Todo es como una sinfonía, la melodía cobra esplendor en los silencios.

Lisboa es la boca del eterno rostro de la península. Ha entonado los fados más hondos, fertilizado con su magia los corazones de los lisboetas, con su cubierta de piedra triste y su base de amorosa alegría contenida... esa boca plañidera en las desgracias y los tiempos oscuros, que ha besado radiante los días felices, esos labios de mujer que tanto calla y tanto conoce, que prefiere el susurro y la sonrisa tenue, siempre tibia...

Las manos de Lisboa te bañan en agua templada si cierras los ojos.
 
 
Comentario:
Me encanta como has descrito esa ciudad que tiene un alma tan especial. Maravillosa Lisboa. Un saludo.
No