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Alas de Albatros
Frases borrosas, emociones, ideas... no quería pero al final me salió un diario.
De mis alas:
"...ses ailes de géant l'empêchent de marcher".
(Charles Baudelaire).

De mí, lo mejor que puedo decir es que sigo teniendo ilusión por la vida y unas insolentes ganas de escribir. Lo peor, que soy contradictorio, es decir, humano.

Mi puerta abierta en:

It's never the same 'cause many flavours will lose, but there's a way to translate my weblog to your own language. You'll miss things, but you could have an idea about my writings. Visit this website:Wordlingo, write my URL, and choose translation from Spanish to your language, if it's on the list.

Sorpresas en breve:

Prueba de texto.
Maestros:
Pruebas de imagen y texto.
Pruebas de imagen y texto.
Pruebas de imagen y texto.
Musas:
Prueba de texto.Prueba de texto.Prueba de texto.Prueba de texto.Prueba de texto.Prueba de texto.Prueba de texto.Prueba de texto.Prueba de texto.Prueba de texto.

Sindicación
 
La novia del doctor Frankenstein.
Mary Shelley (Godwin de soltera, pero casi más conocida en la posteridad que su marido Pierce B. Shelley, el poeta romántico inglés) escribió un gran relato, tras una velada memorable. Ojalá uno hubiera podido colarse en aquella mansión, despojándose del gabán, prendido de lluvia y niebla, saludando con encanto británico a los invitados, tomando asiento entre ellos, deleitándose con la tertulia, la apuesta literaria y el rumor de la tormenta tras las vidrieras... ah, aquellos fantásticos fabuladores, qué agradable compañía, la de las mentes fecundas y sus inquietantes criaturas.

Qué miopes los que ven un monstruo desalmado en ese pobre hombre remendado de cadáveres, ese infeliz que recibió la incomprensión y el odio de las gentes y el desamor de su creador. Qué injustos los que ven al hijo del diablo en ese pobre vampiro enamorado que maldijo su destino y buscó a su amada a través de los siglos. Shelley (¿Godwin, Wollstonecraft?) o Bram Stoker, eran ante todo unos románticos, en el sentido artístico, y en el humano. “Frankenstein o el Prometeo moderno” (revelador título original del libro) es la historia de un hijo perdido y marginado en la soledad del distinto, la de Drácula es la de un amante febril que no acepta la muerte y el final de las cosas. Los tornillos, cicatrices, colmillos y capas negras, son sólo una ensalada para enganchar a los lectores menos avezados. Una cortina de humo que sólo los más audaces, o los más románticos, podrían atravesar.

El cine ha profanado los huesos de aquellas obras para rentabilizarlos, ha saqueado sus tumbas, unas veces con más acierto que otras. Y ahora, tú que me lees, estarás pensando en aquella secuela cuyo título parece encabezar mi texto de hoy, y estarás regañándome porque la novia, aquella grulla de mirada exagerada y cabellos electrificados, era de Frankenstein, no del doctor.

Pero yo me estoy inventando una historia, una nueva, la mía. En ella el doctor Frankenstein soy yo, y no quiero vencer a la muerte, ni pelearme con Dios. Sólo quiero encontrar un tesoro que se resiste, en lo profundo de un océano de tiempo. He visto reflejos de esa inmensa riqueza, desperdigados por el mundo, borrosos como una moneda de oro en el fondo de un estanque. Y he pedido un deseo. Encontrar a alguien. A ella.

Pero hasta hoy sólo he visto destellos, piezas de un puzzle, que como buen doctor y cirujano de las letras podría reunir, para tejer su piel. Podría coser a los hombros y las divinas clavículas de A., los fibrados brazos de N., y a ellos las manos de O. Podría colocar los brillantes ojos de O., o los profundos ojos de A. en el rostro armónico de I., en su centro asentar la fina nariz de A., bajo ella los labios apetecibles de C., y tras ellos los dientes de M. y la ardiente lengua de B. Enmarcar esa cabecita preciosa con el cabello de S., sobre el cuello egipcio de A. Podría armar ese cuerpo desde la cintura de E., hacia las caderas añoradas de D., hacer que se balanceara sobre las piernas de N., rotando en torno al inaccesible ombligo de E., o al adorable sexo de I. Haciendo temblar los pechos perfectos de I. y las dulces nalgas de T. al caminar... Pero al fin y al cabo, con todo ello, sólo conseguiría el cuerpo perfecto, el altar sublime... y sin embargo... seguiría faltando lo más difícil de encontrar... ese corazón audaz y noble capaz de llenar mi mundo de Verdad.

Lo hermoso de la fe es lo invisible, no los templos, ya sean una capilla de madera en Escandinavia o una catedral barroca en el sur de Italia. Lo que realmente robaría de cada una de ellas son cosas invisibles, como la manera de sonreír, la intensidad de un beso, de un roce, lo entregado en el abrazo, la luz de una mirada, la curiosidad compartida... y esas cosas no puedo coserlas con hilo y aguja porque no las abarcan mis manos.

En fin, las utopías son así, y además, yo soy de letras, no el doctor Frankenstein.

 
Comentario:
Yo creo que pudieramos asemejar esta busqueda a la voz (en un cuento, claro. Es decir, que cuando encuentres a esa persona digas: No puede ser de otra manera.
 
Comentario:
Praxíteles tenía una modelo, una cortesana, Friné, que debido a su inconmensurable belleza, se libró de un juicio por profanar los misterios de Eleusis. Bueno, después de esta pedantería... le diría a Jose que lo que me engancha de una persona es precisamente aquella esencia que no podemos esculpir, y que respete la mía... y le diría a Chatel que tiene toda la razón... pero que puede ocurrir que esa persona nunca aparezca. Así es la vida.
 
Comentario:
Chatel habla de Platón, de la mitad incompleta, y Sergi de Shelley. Yo sugiero a Galatea. La mujer que esculpe el artista a su gusto. Todos esculpimos un poco a los demás, aunque no nos demos cuenta, ¿no creen?
 
Comentario:
Cuando la encuentres, no necesitarás robar nada a ninguna otra, porque nada le faltará para que todo en ella te fascine, porque nada podrá ser en ella de otra manera. Y pensarás que alguien, muy listo, la fabricó a medida para ti, y luego la puso en tu camino...
No