Álbum de viaje.
Cuando recuerdo deliberadamente un viaje siempre me sorprende una imagen que no intuía, o un aroma, de repente, como si mi olfato me llevara de nuevo hasta allí. Otras veces, en el momento menos esperado, en la rutina, en la calle, a solas conmigo mismo o entre la multitud, el sonido más trivial puede aparecerse y redoblar alegremente en mi cabeza, y después le sigue una visión, y a ella el olor de un instante, o al revés, no importa el orden, y entonces el recuerdo del viaje se instala, cuando todos los sentidos se cogen de la mano y bailan de nuevo para mí la mágica danza del lugar.
Puedo buscar esos momentos entre mis fotos, o intentar reconocer un paisaje, abierto o urbano, a partir de un detalle casual, una noticia en la prensa, un cartel publicitario, una música en la calle, una sonrisa en el metro. Pero siempre, lo que más vivo conservo en mí de los parajes visitados es precisamente lo más intangible, un pálpito, una sensación diáfana, un estado del alma. Por eso creo que ningún viajero pasa nunca por el mismo lugar, que ningún sitio es siempre el mismo para todos los viajeros. Ni siquiera regresando a nuestros rincones favoritos del planeta, nos repetimos. Porque somos ya distintos, porque nuestros pequeños paraísos son ya diferentes.
A menudo, el Edén que te robó el corazón se convierte, con el tiempo, en un barrio más de la periferia de esta enorme y alienante ciudad en que se está convirtiendo el planeta, pero algunas veces las cosas cambian, por fortuna, para mejor. Especialmente dentro de nosotros. Entonces sabemos mirar con otros ojos, descubrir los recovecos que nos pasaron antaño inadvertidos, dedicar nuestro tiempo a perdernos, para encontrar algo, un camino en el bosque, un rostro en el mercado, una casa desvencijada, un árbol anciano y solitario donde nadie lo espera... puertas abiertas a nuevas perspectivas. Las mejores fotos de un viaje son las que nos retratan a nosotros mismos, sin que asomemos la cabeza en ellas.
Puedo buscar esos momentos entre mis fotos, o intentar reconocer un paisaje, abierto o urbano, a partir de un detalle casual, una noticia en la prensa, un cartel publicitario, una música en la calle, una sonrisa en el metro. Pero siempre, lo que más vivo conservo en mí de los parajes visitados es precisamente lo más intangible, un pálpito, una sensación diáfana, un estado del alma. Por eso creo que ningún viajero pasa nunca por el mismo lugar, que ningún sitio es siempre el mismo para todos los viajeros. Ni siquiera regresando a nuestros rincones favoritos del planeta, nos repetimos. Porque somos ya distintos, porque nuestros pequeños paraísos son ya diferentes.
A menudo, el Edén que te robó el corazón se convierte, con el tiempo, en un barrio más de la periferia de esta enorme y alienante ciudad en que se está convirtiendo el planeta, pero algunas veces las cosas cambian, por fortuna, para mejor. Especialmente dentro de nosotros. Entonces sabemos mirar con otros ojos, descubrir los recovecos que nos pasaron antaño inadvertidos, dedicar nuestro tiempo a perdernos, para encontrar algo, un camino en el bosque, un rostro en el mercado, una casa desvencijada, un árbol anciano y solitario donde nadie lo espera... puertas abiertas a nuevas perspectivas. Las mejores fotos de un viaje son las que nos retratan a nosotros mismos, sin que asomemos la cabeza en ellas.
Comentario:
Comentario:
Sergi, ya se que te encanta viajar y siempre que puedes escribes sobre tus viajes o ambientas tus cuentos en lugares específicos, asi que por no te marcas un libritos de viajes como Cela? Seguro que no estaría nada mal.
Comentario:
Quizás por eso cada vez traigo menos fotos de mis viajes: porque no las necesito. Porque lo que de verdad importa, lo llevo conmigo, y me basta con evocar un aroma, o simplemente escuchar un nombre para que se obre el milagro.
