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Alas de Albatros
Frases borrosas, emociones, ideas... no quería pero al final me salió un diario.
De mis alas:
"...ses ailes de géant l'empêchent de marcher".
(Charles Baudelaire).

De mí, lo mejor que puedo decir es que sigo teniendo ilusión por la vida y unas insolentes ganas de escribir. Lo peor, que soy contradictorio, es decir, humano.

Mi puerta abierta en:

It's never the same 'cause many flavours will lose, but there's a way to translate my weblog to your own language. You'll miss things, but you could have an idea about my writings. Visit this website:Wordlingo, write my URL, and choose translation from Spanish to your language, if it's on the list.

Sorpresas en breve:

Prueba de texto.
Maestros:
Pruebas de imagen y texto.
Pruebas de imagen y texto.
Pruebas de imagen y texto.
Musas:
Prueba de texto.Prueba de texto.Prueba de texto.Prueba de texto.Prueba de texto.Prueba de texto.Prueba de texto.Prueba de texto.Prueba de texto.Prueba de texto.

Sindicación
 
Berlín, 1930.
Al señor J. le gustaba su rutina. Perpetuar el negocio familiar, un banco fundado por su abuelo a mediados del XIX. Le gustaba comprobar la puntualidad del encendido de las farolas desde el ventanal de su pulcro despacho, ponerse su sombrero de fieltro y que el conserje le abriera la enorme puerta, al salir de su edificio, camino de su recreo.

Al señor J. le gustaba sentarse siempre en la misma mesa, junto al mismo ventanal del mismo café, cercano a los teatros de la calle Handerberg. Desde allí observaba a los muchachos bromeando en las aceras, o compartiendo un aguardiente en la barra del café, y se fijaba en cómo sus cuerpos llenaban con insolencia aquellos trajes primerizos. Se deleitaba en el tono de sus nucas, entre su cabello rubio y el atlético campo de juego de su espalda. Desde hacía unos años el orgullo y la potencia parecían iluminar la piel de aquellos efebos, al tiempo que Alemania volvía a ser una nación altiva y pujante en el primer año de la década de los treinta. Al señor J. le gustaba caminar hasta la iglesia del Káiser Guillermo, aunque nunca se fijaba en las agujas de sus torres, porque al señor J., lo que le gustaba, era tomar el tranvía de superficie a aquella hora, cuando los jóvenes abarrotaban el vagón. Tenía un BMW, incluso un chófer, pero prefería tomar siempre el tranvía en aquel lugar y a aquella hora. Al señor J. le gustaba el trayecto hasta su casa, una lujosa fachada cerca de la calle Oranienburger, pero no porque pasara por la isla de los museos o cruzara el Spree y el corazón medieval de Berlín, un paisaje que jamás contemplaba, y es que lo que le gustaba, al señor J., era que nadie reparaba en su éxtasis cada vez que las sacudidas del coche de la línea 3 apretaban a alguno de aquellos muchachos contra su chaleco.

Una tarde, una como todas las demás, estaba absorto en las probabilidades del roce con un joven que se había despojado de una chaqueta beige, y cuyos tirantes hacían derramar su mirada sobre la curva de un pantalón beige. Pero aquella tarde, el señor J. cayó en que se había saltado su parada, cuando alzó la vista y vio alejarse la cúpula dorada de la sinagoga nueva. Nervioso y contrariado por el percance, intentó abrirse paso hasta la salida, pero tuvo que esperar tras una malhumorada barrera humana que aguardaba la siguiente parada. Cuando por fin descendió, cerca del parque Humboldt, comenzó a caminar deprisa, desubicado, por unas calles que no eran las suyas. Al señor J. no le gustaban los cambios, y su frente sudaba bajo el sombrero de fieltro, sin reconocer aún los primeros edificios del Mitte, porque el señor J. nunca se fijaba en ellos, ni en las pintadas en las paredes, ni en las estrellas de David firmadas con insultos en los comercios, ese primer año de la década de los treinta, mientras se fraguaban los nubarrones de una tormenta negra, blanca y roja, que iba a cambiar la vida del señor J. para siempre.
 
 
Comentario:
Ya sabes que a mi la historia em apasiona, asi que un cuento ambientado históricamente y bien contado como este caso me gusta mucho.
No