¿Escribiría usted si fuera el último habitante de la tierra?
Me ha hecho gracia leer una respuesta de Gonzalo a un comentario que le había hecho a propósito de la necesidad de escribir. El dice textualmente Creo que sí, que algunos escritos, pueden ser para uno mismo; y de hecho estoy seguro de que, por ejemplo, tú escribirías si fueses la única persona sobre la tierra (creo que ya he puesto este ejemplo en otro lugar); escribirías, lo sé.
Me hace mucha gracia. Ese ejemplo suscitaba un encendido debate en mis clases (dios mío, Gonzalo, no habrás sido alumno mío...) entre quienes eran partidarios de la teoría de que uno escribe para sí mismo y quienes enarbolaban la bandera de la comunicación. Yo trataba de mantenerme neutral, por lo menos en el tiempo en que ellos discutían con calor... La hipótesis era justamente esa: eres el último habitante de la tierra CON PLENA consciencia de ello. ¿Escribirías entonces? Pues no, Gonzalo. Yo no escribiría. Ni siquiera me vale la cosa que argumentaban algunos de escribir para dejar constancia, porque tal vez en un futuro otra civilización etcétera etcétera. Ni siquiera. Siempre escribimos para que nos lean. Lo hagamos con intención artística o con intención testimonial, o incluso como puro desahogo. En el fondo siempre esperamos que alguien lo lea y sobre todo que alguien lo entienda. Siempre. Quizá nuestro lector no sea próximo en el tiempo ni en el espacio, pero en el fondo, estoy convencida de que deseamos que alguien sea capaz de comprender lo que sentimos, incluso en la escritura más íntima.
No sé muy bien qué haría si fuera la última persona sobre la tierra. Pero sé que no, no escribiría, ni siquiera por costumbre (tengo muchos años, y desde que me recuerdo siempre he escrito).
¿Escribirías tú?
Me hace mucha gracia. Ese ejemplo suscitaba un encendido debate en mis clases (dios mío, Gonzalo, no habrás sido alumno mío...) entre quienes eran partidarios de la teoría de que uno escribe para sí mismo y quienes enarbolaban la bandera de la comunicación. Yo trataba de mantenerme neutral, por lo menos en el tiempo en que ellos discutían con calor... La hipótesis era justamente esa: eres el último habitante de la tierra CON PLENA consciencia de ello. ¿Escribirías entonces? Pues no, Gonzalo. Yo no escribiría. Ni siquiera me vale la cosa que argumentaban algunos de escribir para dejar constancia, porque tal vez en un futuro otra civilización etcétera etcétera. Ni siquiera. Siempre escribimos para que nos lean. Lo hagamos con intención artística o con intención testimonial, o incluso como puro desahogo. En el fondo siempre esperamos que alguien lo lea y sobre todo que alguien lo entienda. Siempre. Quizá nuestro lector no sea próximo en el tiempo ni en el espacio, pero en el fondo, estoy convencida de que deseamos que alguien sea capaz de comprender lo que sentimos, incluso en la escritura más íntima.
No sé muy bien qué haría si fuera la última persona sobre la tierra. Pero sé que no, no escribiría, ni siquiera por costumbre (tengo muchos años, y desde que me recuerdo siempre he escrito).
¿Escribirías tú?
Los puentes de Madison
En los últimos días, dos personas diferentes, próximas a mí ambas, han recibido de sus parejas más o menos ilegítimas (es lo que tiene) la mismita excusa para poner fin (en un caso punto final, en el otro puntos suspensivos, que no sé qué es peor...) a dicha relación. Y la excusa en cuestión tiene que ver con la famosa escena en la que Meryl Streep duda entre abrir la puerta de la furgoneta (ese plano de la mano) y huir con Clint Eastwood, y finalmente decide quedarse etcétera...
Llama la atención que dos personas recurran a semejante tontería (vale, lo reconozco, cuando la vi me pilló en un mal momento y lloré mucho, muchísimo) para finiquitar una relación apasionada, clandestina, tormentosa, hasta salvaje. Y llama especialmente la atención que uno de ellos sea un tipo cuya egolatría se apoya en el altísimo concepto que tiene de sí mismo como "brillante intelectual"... Lo cual deja a mi amiga en una terrible confusión. O el fulano es bobo, (cosa que me inclino a pensar) o el concepto que tiene de ella es tan lamentable, que puede despacharla con dos líneas de guión cinematográfico...
Claro, que si uno lo piensa bien, tampoco hay formas elegantes de dejar una relación. ¿O sí? Se admiten sugerencias. (Sigo teniendo una cuenta de gmail para regalar, por si alguien se anima)
Llama la atención que dos personas recurran a semejante tontería (vale, lo reconozco, cuando la vi me pilló en un mal momento y lloré mucho, muchísimo) para finiquitar una relación apasionada, clandestina, tormentosa, hasta salvaje. Y llama especialmente la atención que uno de ellos sea un tipo cuya egolatría se apoya en el altísimo concepto que tiene de sí mismo como "brillante intelectual"... Lo cual deja a mi amiga en una terrible confusión. O el fulano es bobo, (cosa que me inclino a pensar) o el concepto que tiene de ella es tan lamentable, que puede despacharla con dos líneas de guión cinematográfico...
Claro, que si uno lo piensa bien, tampoco hay formas elegantes de dejar una relación. ¿O sí? Se admiten sugerencias. (Sigo teniendo una cuenta de gmail para regalar, por si alguien se anima)
Reencuentros
Acabo de volver de tomarme un café con un viejo amigo. Digo lo de viejo y resulta raro, y digo lo de amigo y también resulta raro. Hoy leí que la palabra más difícil de traducir procede del Congo y es "Ilunga" que significa "una persona que está dispuesta a perdonar cualquier abuso la primera vez, a tolerarlo la segunda, pero nunca la tercera". Bien, pues a mí que alguien me diga qué palabra define a esos amigos a los que se les perdió la pista hace más de veinte años y que de nuevo te los encuentras (una comida de viejos compañeros de COU con motivo del 25 aniversario de la promoción) y estableces un tipo de relación en la que de pronto retomas la amistad de entonces pero con las referencias y la vida de ahora... Estoy pensando en regalar una de las invitaciones que tengo para gmail, si alguien me proporciona la palabra que define eso.
Es agradable reencontrarse. A lo mejor es que ya estoy en la edad de los reencuentros. Que uno vive una parte de la vida y luego va repitiendo una y otra vez lo mismo, como en ediciones corregidas y ampliadas de lo mismo...
Por cierto: el Ulises seguía en mi casa, en una de las estanterías. Cuando se lo reclamé a Sofía puso gesto de espanto. ¿"El Ulises yo?". Ya lo descubrirá, me imagino. O no. O yo qué sé. El caso es que el Ulises en edición de bolsillo de hace veintitantos años, estaba en una de mis estanterías, lo cual me lleva al convencimiento de que de una vez por todas, voy a tener que afrontar la tarea de poner orden en mis libros. Desde que hice la mudanza y ya va a hacer dos años, los libros están donde buenamente cayeron en aquellos días en que el único objetivo de mi vida parecía consistir en poner orden y deshacer cajas...
Prueba superada: Mi hijo sacó un 7.2 en Selectividad. Eso sí, para celebrarlo salió por la noche, y su madre, que es medio boba a la par que histérica, se pasó toda la noche despertando cada cuarto de hora para comprobar si había vuelto... No me queda nada...
Es agradable reencontrarse. A lo mejor es que ya estoy en la edad de los reencuentros. Que uno vive una parte de la vida y luego va repitiendo una y otra vez lo mismo, como en ediciones corregidas y ampliadas de lo mismo...
Por cierto: el Ulises seguía en mi casa, en una de las estanterías. Cuando se lo reclamé a Sofía puso gesto de espanto. ¿"El Ulises yo?". Ya lo descubrirá, me imagino. O no. O yo qué sé. El caso es que el Ulises en edición de bolsillo de hace veintitantos años, estaba en una de mis estanterías, lo cual me lleva al convencimiento de que de una vez por todas, voy a tener que afrontar la tarea de poner orden en mis libros. Desde que hice la mudanza y ya va a hacer dos años, los libros están donde buenamente cayeron en aquellos días en que el único objetivo de mi vida parecía consistir en poner orden y deshacer cajas...
Prueba superada: Mi hijo sacó un 7.2 en Selectividad. Eso sí, para celebrarlo salió por la noche, y su madre, que es medio boba a la par que histérica, se pasó toda la noche despertando cada cuarto de hora para comprobar si había vuelto... No me queda nada...
Leer
Ayer , uno de los periodistas más listos que conozco, Juan Carlos G. me habló de lo que está leyendo últimamente. Siempre lo hacemos, cada vez que coincidimos en cualquier historia (ayer fue en la presentación de la Semana Negra) nos contamos en qué libros andamos metidos. Suyas son algunas de las mejores recomendaciones que he recibido en los últimos tiempos. Además de eso, solemos comentar otras cosas y compartimos desconciertos, pero los libros suelen ser el tema prioritario en las conversaciones...
Ayer me contó que está leyendo el Ulises. Pero de verdad, que se ha puesto con él en serio y que está encantado. A mí me pasa como a él (como a él hasta ahora, quiero decir) que había leído trozos: el monólogo de Molly, por ejemplo, cosas sueltas, párrafos, capítulso enteros cuando más inspirada estaba... pero no me he puesto nunca en serio a leerlo y después de ver su entusiasmo, y como ayer terminé la novela de Mankell, decidí ponerme... Y la primera en la frente, porque de momento parece que el libro ha huido de mi estantería... Lo más probable es que mi hija se lo haya llevado a su casa, de hecho cada vez que desaparece algo, todos sabemos que está en casa de Sofía... Pero en fin. Ese hecho, no encontrar el libro (esa vieja edición de Bruguera en dos tomos que compré hace más de veinte años) justo cuando estaba a punto de salir hacia el autobús, me ha dejado de muy mal humor. A cambio me traje conmigo el último de Lorenzo Silva, "Carta blanca", ganador del premio Primavera de Novela. Lorenzo es un tipo encantador, inteligente y buena persona, y le había prometido que lo leería hace algunos meses, cuando compartimos una comida en la que nos reímos muchísimo con su republicanismo y las historias de Eugenia Rico y el viaje solidario por Africa. A Eugenia, Lorenzo le insiste para que lo convierta en novela, porque puede ser muy divertido. Y como cabe esa posibilidad, no contaré aquí los pormenores que nos hicieron troncharnos y que, si consigue contarlo bien, pueden hacer de esa novela algo próximo a los descacharrantes relatos de Sharpe. Materia prima hay, desde luego...
Total, que me he traído Carta Blanca. Y no me resisto a la tentación de copiar la primera frase (soy una adicta a las primeras frases de las novelas):
"Un par de años antes de convertirse en el pingajo que apareció ante los ojos de su hermano sobre la tierra amarilla de la alcazaba de Zeluán, al cabo Rafael Bermejo le habían saltado dos dientes de una sola hostia".
Ayer me contó que está leyendo el Ulises. Pero de verdad, que se ha puesto con él en serio y que está encantado. A mí me pasa como a él (como a él hasta ahora, quiero decir) que había leído trozos: el monólogo de Molly, por ejemplo, cosas sueltas, párrafos, capítulso enteros cuando más inspirada estaba... pero no me he puesto nunca en serio a leerlo y después de ver su entusiasmo, y como ayer terminé la novela de Mankell, decidí ponerme... Y la primera en la frente, porque de momento parece que el libro ha huido de mi estantería... Lo más probable es que mi hija se lo haya llevado a su casa, de hecho cada vez que desaparece algo, todos sabemos que está en casa de Sofía... Pero en fin. Ese hecho, no encontrar el libro (esa vieja edición de Bruguera en dos tomos que compré hace más de veinte años) justo cuando estaba a punto de salir hacia el autobús, me ha dejado de muy mal humor. A cambio me traje conmigo el último de Lorenzo Silva, "Carta blanca", ganador del premio Primavera de Novela. Lorenzo es un tipo encantador, inteligente y buena persona, y le había prometido que lo leería hace algunos meses, cuando compartimos una comida en la que nos reímos muchísimo con su republicanismo y las historias de Eugenia Rico y el viaje solidario por Africa. A Eugenia, Lorenzo le insiste para que lo convierta en novela, porque puede ser muy divertido. Y como cabe esa posibilidad, no contaré aquí los pormenores que nos hicieron troncharnos y que, si consigue contarlo bien, pueden hacer de esa novela algo próximo a los descacharrantes relatos de Sharpe. Materia prima hay, desde luego...
Total, que me he traído Carta Blanca. Y no me resisto a la tentación de copiar la primera frase (soy una adicta a las primeras frases de las novelas):
"Un par de años antes de convertirse en el pingajo que apareció ante los ojos de su hermano sobre la tierra amarilla de la alcazaba de Zeluán, al cabo Rafael Bermejo le habían saltado dos dientes de una sola hostia".
Solsticio y amanecer
Como anoche me caí muerta antes de las once de la noche, esta mañana me levanté antes de las seis, y aparte de leer un rato la novela de Henning Mankell, me dediqué a mirar el mar, y el cielo mientras amanecía. Parece que ésta es la noche más breve del año, el solsticio de verano, celebrado por los celtas, y algo de eso debe quedarme a mí en algún lugar recóndito del adn. En cualquier caso este amanecer ha sido precioso. El cielo clareando por el este, abriéndose paso en la negrura de las nubes, como hendiduras de cuchillo, con la luz atravesándolas y llegando hasta el agua. Había marea alta, pero apenas olas, sólo el rumor de las que llegaban justo a la orilla y rompían como si fuera inevitable hacerlo después de la quietud previa...
No sé si son los años, pero cada vez me reconforta más que existan estos momentos. La belleza que te deja sin palabras.
No sé si son los años, pero cada vez me reconforta más que existan estos momentos. La belleza que te deja sin palabras.
Los lunes
Los lunes sin sol. Con lluvia, para ser exactos. Hoy es el día más largo del año, el solsticio de verano, pero el cielo está tan oscuro y cae una lluvia tan fina, que no parece que sea sino un adelanto del otoño.
Camino de la parada del autobús, justo cuando cruzaba el Parque del Gas, en el estanque, la lluvia hacía pompitas en el agua. Hacía tiempo que no lo veía, o que no me fijaba. El salto atrás fue inevitable, a los días de lluvia de la infancia mirando tras los cristales, los charcos con botas de goma y el impermeable aquél de color blanco que me hacía sentir como una de aquellos guardias de tráfico de entonces. Si a eso añadimos que el impermeable se complementaba con un horrible sombrero también impermeable al que (no sé si fue cosa de mi madre o la tortura ya venía incoporada) alguna mente perversa había añadido una goma para sujetarlo bajo mi barbilla, no puede decirse que yo fuera precisamente feliz al cole con semejante atuendo.
Los lunes sin sol, después de un sábado de trabajo y un domingo interrumpido con compromisos laborales. Como si la semana tuviera por lo menos quince días. O diez, porque el viernes espero poder marcharme, con la excusa de gestionar la inscripción en la universidad de mi hijo. Si aprueba selectividad, claro, que vamos a confiar en que sí.
Menos mal: Henning Mankell me acompaña con "Pisando los talones", una nueva entrega de Kurt Wallander. Me quedan ya menos de doscientas páginas y casi me da pena terminarlo...
Camino de la parada del autobús, justo cuando cruzaba el Parque del Gas, en el estanque, la lluvia hacía pompitas en el agua. Hacía tiempo que no lo veía, o que no me fijaba. El salto atrás fue inevitable, a los días de lluvia de la infancia mirando tras los cristales, los charcos con botas de goma y el impermeable aquél de color blanco que me hacía sentir como una de aquellos guardias de tráfico de entonces. Si a eso añadimos que el impermeable se complementaba con un horrible sombrero también impermeable al que (no sé si fue cosa de mi madre o la tortura ya venía incoporada) alguna mente perversa había añadido una goma para sujetarlo bajo mi barbilla, no puede decirse que yo fuera precisamente feliz al cole con semejante atuendo.
Los lunes sin sol, después de un sábado de trabajo y un domingo interrumpido con compromisos laborales. Como si la semana tuviera por lo menos quince días. O diez, porque el viernes espero poder marcharme, con la excusa de gestionar la inscripción en la universidad de mi hijo. Si aprueba selectividad, claro, que vamos a confiar en que sí.
Menos mal: Henning Mankell me acompaña con "Pisando los talones", una nueva entrega de Kurt Wallander. Me quedan ya menos de doscientas páginas y casi me da pena terminarlo...
Guapa de cara
Leo la última novela de Rafael Reig, que se titula así: "Guapa de cara", y me encanta. Las reflexiones que hace sobre "nuestra" generación son estupendas:
"Esa era nuestra esperanza: carecíamos de protagonismo histórico colectivo, de ese narcisismo que hace tan cargantes a nuestros mayores como a nuestros pequeños. No existe un nosotros generacional y eso es lo más parecido a la libertad. Hemos sufrido las mayúsculas de la Historia sin llegar a escribirlas nunca. No sabemos conjugar la primera persona del plural. .."
"Esa era nuestra esperanza: carecíamos de protagonismo histórico colectivo, de ese narcisismo que hace tan cargantes a nuestros mayores como a nuestros pequeños. No existe un nosotros generacional y eso es lo más parecido a la libertad. Hemos sufrido las mayúsculas de la Historia sin llegar a escribirlas nunca. No sabemos conjugar la primera persona del plural. .."
Buscar salidas
Hace un año por estas fechas se me ocurrió buscar una salida para el tedio que me traía y resultó divertido. A veces hasta entrañable, en algunos momentos confuso y en general fue una buena historia.
Es lo que dice Javier (qué ganas de ver a Javier, supongo que ya queda menos, aunque hace meses que no sé nada de él) Uno es responsable de que su vida sea una buena novela. En definitiva, nos ocupamos de escribir un argumento, tratamos de marcar y seguir un ritmo, somos los responsables de escribir buenos diálogos, que los personajes merezcan la pena depende de la gente que frecuentamos...
Pero aparte de eso existe la posibilidad de escribir una novela como salida. Ya , ya sé , es pura excusa, tengo dos sin terminar. Pero de pronto he pensado en escribir como salida. Como cuando hace unos años empecé a escribir una historia que se desarrollaba en el lugar en que trabajaba entonces. Me reía tanto pasando al papel determinados personajes... Eso, ya lo sé, forma parte de una de las funciones que tiene la escritura, de las menos artísticas, por supuesto, pero de las más gratificantes: la función ajuste-de-cuentas... y es de lo más recomendable...
Así que sería bueno escribir algo para reírse un poco. Aunque, bien mirado, resulta que tengo pocas ganas de reírme. De reírme sí, quiero decir, de burlarme, o de poner en solfa las cosas... Los personajes más patéticos con los que me encuentro, mayormente me dan pena, creo que sería un acto de crueldad convertirlos en palabras...
Así que no sé.
Podría probar a enamorarme de un chico joven y guapo.
Con ojos azules a ser posible.
Es lo que dice Javier (qué ganas de ver a Javier, supongo que ya queda menos, aunque hace meses que no sé nada de él) Uno es responsable de que su vida sea una buena novela. En definitiva, nos ocupamos de escribir un argumento, tratamos de marcar y seguir un ritmo, somos los responsables de escribir buenos diálogos, que los personajes merezcan la pena depende de la gente que frecuentamos...
Pero aparte de eso existe la posibilidad de escribir una novela como salida. Ya , ya sé , es pura excusa, tengo dos sin terminar. Pero de pronto he pensado en escribir como salida. Como cuando hace unos años empecé a escribir una historia que se desarrollaba en el lugar en que trabajaba entonces. Me reía tanto pasando al papel determinados personajes... Eso, ya lo sé, forma parte de una de las funciones que tiene la escritura, de las menos artísticas, por supuesto, pero de las más gratificantes: la función ajuste-de-cuentas... y es de lo más recomendable...
Así que sería bueno escribir algo para reírse un poco. Aunque, bien mirado, resulta que tengo pocas ganas de reírme. De reírme sí, quiero decir, de burlarme, o de poner en solfa las cosas... Los personajes más patéticos con los que me encuentro, mayormente me dan pena, creo que sería un acto de crueldad convertirlos en palabras...
Así que no sé.
Podría probar a enamorarme de un chico joven y guapo.
Con ojos azules a ser posible.
Jodorowsky y los pimientos
Cumplo promesas. Hasta acepto retos. No han pasado veinticuatro horas y cuento la historia que prometí. La cuento como la recuerdo, porque han pasado algunos años y seguramente soy muy poco fiel, y a lo mejor hasta traiciono en parte el sentido, aunque eso creo que no.
Lo contó Jodorowsky: un tipo se encuentra con otro que está llorando mientras come unos pequeños pimientos. Le pregunta qué le ocurre y éste le dice que llora porque los pimientos que come pican mucho. Verás, le cuenta, he ido al mercado a comprar unos pequeños pimientos dulces, pero el vendedor se ha equivocado y me los ha dado picantes, pero sólo me he dado cuenta ahora que los he probado... ¿Y por qué los estás comiendo, si te pican y no te gustan? Es que me he gastado tanto dinero en ellos...
La cosa tenía que ver, claro, con esa incapacidad que tenemos para romper determinadas situaciones, determinadas relaciones... hemos invertido tanto en ello, le hemos dedicado tanto tiempo, hemos puesto tanto empeño... que ahí seguimos llorando y rabiando porque los pimientos pican como un demonio.
Lo contó Jodorowsky: un tipo se encuentra con otro que está llorando mientras come unos pequeños pimientos. Le pregunta qué le ocurre y éste le dice que llora porque los pimientos que come pican mucho. Verás, le cuenta, he ido al mercado a comprar unos pequeños pimientos dulces, pero el vendedor se ha equivocado y me los ha dado picantes, pero sólo me he dado cuenta ahora que los he probado... ¿Y por qué los estás comiendo, si te pican y no te gustan? Es que me he gastado tanto dinero en ellos...
La cosa tenía que ver, claro, con esa incapacidad que tenemos para romper determinadas situaciones, determinadas relaciones... hemos invertido tanto en ello, le hemos dedicado tanto tiempo, hemos puesto tanto empeño... que ahí seguimos llorando y rabiando porque los pimientos pican como un demonio.
Ser positiva
Santi tiene toda la razón del mundo. Es curioso, porque eso lo veo en los demás y, qué curioso, se me escapa en mí misma.
Optimismo.
No sé si esperar a publicar este post y ver que los sondeos se confirman y el PP ha perdido.
Si no fuera así, no sé yo si tendría ánimos para ser optimista, por mucho que se lo haya prometido a Santi.
Optimismo.
No sé si esperar a publicar este post y ver que los sondeos se confirman y el PP ha perdido.
Si no fuera así, no sé yo si tendría ánimos para ser optimista, por mucho que se lo haya prometido a Santi.
Errores
Ayer descubrí que había cometido un error en el trabajo. Un error en una fecha supone un cambalache con los implicados, que los dípticos han de repetirse, que hay que avisar a los que hacían las cuñas para la radio que (si aún no las han grabado) las cambien, que...
Y por encima de todo ello mi maldita sensación de hacer mal las cosas. La angustia en el estómago: me he equivocado y es terrible. Mi desazón. Ya sé, seguramente debería ser más tolerante conmigo misma, pero no puedo evitarlo.
Estos días, además, atenazada por el temor, abrumada por los problemas, no son precisamente los mejores.
Sólo compensa saber que una no está sola.
Y por encima de todo ello mi maldita sensación de hacer mal las cosas. La angustia en el estómago: me he equivocado y es terrible. Mi desazón. Ya sé, seguramente debería ser más tolerante conmigo misma, pero no puedo evitarlo.
Estos días, además, atenazada por el temor, abrumada por los problemas, no son precisamente los mejores.
Sólo compensa saber que una no está sola.
Salud Mental
Muy cerca del lugar donde trabajo hay un Centro de Salud Mental , uno de esos centros de día, donde los enfermos pasan unas horas, supongo que en terapias ocupacionales o en terapias simplemente. El caso es que de un tiempo a esta parte, coincido en los distintos autobuses municipales con los enfermos que van o vuelven de ese centro y la sensación que me provocan es tremenda. Hay una mujer, por ejemplo, que me llama muchísimo la atención. Va tan cuidadosamente arreglada, tan peinada, el eye liner voluntarioso, los labios ligeramente pintados, la ropa tan planchada. La delata la mirada vacía, claro. Esa lentitud con que sube al autobús, sus ojos perdidos mirando la calle. Me da tanto miedo mirarla, mirarlos a todos y preguntarme en qué momento preciso uno cruza la raya y se marcha al otro lado del espejo, para mirarnos desde allí y comprender que nunca serán capaces de regresar.
No importa
No. No importa demasiado. Leo blogs fantásticos, ocurrentes, brillantes. Disquisiciones acerca de lo divino y lo humano, minimalismo puro, imágenes brillantes, barroquismos, elevaciones supremas del detalle a la categoría universal...
Y sé que nunca escribiré un blog brillante, un post inolvidable y tampoco me importa.
Ni siquiera sé por qué hago esto.
Y sé que nunca escribiré un blog brillante, un post inolvidable y tampoco me importa.
Ni siquiera sé por qué hago esto.





