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Albanta
Las alas del agua, la espuma de los días
Sindicación
 
Alegrón
Me alegro (mucho) por Amenábar, lo siento (muchísimo) por Vigalondo, y sobre todo me alegro por Jorge Drexler. Por todo. Por todas y cada una de sus canciones, por lo que me ha acompañado en los últimos años, desde aquél día de hace un montón de años, creo que en el 95, cuando todavía no había sacado prácticamente ningún disco. En un concierto que hicieron conjuntamente Pedro Guerra y Javier Álvarez, este último lo sacó a escena y lo presentó. Y allí Jorge Drexler, con su guitarra, cantando y conmoviéndome casi hasta las lágrimas con 730 días. A lo mejor Juanjo se acuerda de cuando fue a un concierto suyo en Madrid años más tarde y me hizo llegar su voz cantando a través del móvil...
Por todo ello, por la ternura, por la inteligencia, por la sensibilidad, por todo...¡¡¡¡enhorabuena, Jorge!!!!!!!!
 
Domingo por la noche
Siempre me pasa lo mismo. El principio del fin de semana (y esta última temporada tengo la incomensurable suerte de no trabajar en sábado, aunque en cualquier momento eso puede terminarse) se presenta como el inicio de un tiempo interminable: las horas del sábado y las del domingo se extienden como una enorme llanura, y antes de que pueda darme cuenta es domingo por la noche y aquí estoy preguntándome en qué se me fue mi tiempo mío, a la manera casi de Dámaso Alonso frente al río al que llamaban Carlos. Bueno, no tanto, claro, pero algo sí...
Y el frío. Me he pasado el fin de semana sin bajar a la calle, y acurrucada, del ordenador a la cama, y de la cama al sofá. Estuvo aquí Javier y nos reímos un rato y anoche charlé un rato por msn con Lara. Qué maravilla volver a hablar con ella, aunque sea de vez en cuando y percibir de qué forma la vida va avanzando para cada una de nosotras, desde aquellos tiempos en que reíamos porque éramos dos mujeres separadas por una "u", y de paso nos reíamos más porque un tipo que por entonces, en-fin-vamos-a-dejarlo, se pensaba que teníamos algo y nos encantaba hacérselo creer... Y ahora es una madraza de dos niños y vive en el campo y saca su vida adelante con una energía y un coraje que, como mínimo, hace que me sienta de lo más orgullosa de ella...
Y mañana será lunes. Será lunes. Será lunes.
 
Debate en la 2
No lo vi entero, pero los fragmentos que tuve ocasión de contemplar (anoche en la 2, en el programa de Piqueras) mayormente me hizo reír. Bueno, reír e indignarme, pero sobre todo reír. Porque se justifica lo injustificable, porque desde la SGAE (qué cosa, aquellos tiempos de Teddy Bautista en Los canarios...) no hay forma de que reconozcan que lo del canon es una barbaridad como poco, porque había claros aliados (qué sospechosas aquellas defensas a ultranza de la SGAE por la "demonización" que se le está haciendo en internet...) pero por encima de todo, porque falla el asunto que está en la base de todo. Porque no se llega al fondo, y el fondo de todo es que los tiempos han cambiado, que no sólo se trata de discos que se bajen o se pirateen o lo que sea. Que es que han cambiado las cosas, señores, y la tecnología abre caminos que hasta ahora la industria tenía en exclusiva y ese empeño tan interesado en que todos escuchemos lo mismo y compremos lo mismo, como que no. Que internet es ancho y ajeno, que decían los poetas, y que no, Chenoíta, que no, que no es cierto que quienes empiezan ahora lo tengan más difícil que los de la OT del demonio esa que te ha entronizado... Que lo que asusta es que las nuevas tecnologías (¿verdad que sí, reina?) posiblemente pongan las cosas en su sitio, posiblemente permitan que sean los gustos de la gente lo que manden y no las bestiales campañas de marketing, y que a ver qué rosca te ibas a comer tú si no fuera por la promoción del dichoso programa y todo lo demás...

Y sí, otra cosa, G: Una enredadera. Lo pienso y sí.
 
El tiempo
El meteorológico, aunque también el otro. La mañana lluviosa, oscura, la negrura previa al aguacero colándose entre los edificios como en un plano de una película. A veces lo que vemos en la realidad ya lo hemos visto en el cine, y no al revés. Granizo, lluvia, cristales de autobús empapados de lágrimas que se deslizan.
He visto en el periódico una foto de mi playa que parecía nevada gracias a la enorme granizada de ayer de la que yo no me enteré (me paso el día fuera de casa y lejos de la playa, en un maldito edificio sin ventanas). La realidad, a veces, es como si no existiera, nos llega enlatada, tamizada por una cámara, por una lente, por un puñado de palabras o de voces.
El tiempo también. ¿Qué fechas de un calendario futuro estarán anotadas como los días más tristes de toda mi vida, marcadas en negro por el dolor que aún no ha llegado?
 
¿No debería...?
¿NO debería haber ya atisbos de primavera?
Llevo espiando los exteriores de las floristerías buscando narcisos amarillos y no los encuentro. O empiezo a tener una memoria de vieja (eso de "antes estas cosas no pasaban...") o tengo la sospecha de que la primavera se está retrasando mucho este año.
Quiero narcisos amarillos. Creo que quiero que sea primavera.
 
Trincheras
No es que lo sean exactamente, pero no se me quita esa palabra de la cabeza cuando pienso en la situación. Durante muchos años trabajé en unas condiciones y en unos lugares en los que no se cuestionaba nada y se daba por hecho que las posiciones (que por cierto eran también las mías) que se mantenían en torno a cuestiones vitales eran las buenas. ´Podían ir, es cierto, desde la izquierda más moderada hasta la más extrema, pero había un componente común zurdo muy claro, muy evidente y que para colmo, pensábamos, que era común a la sociedad.
Hasta que empecé a trabajar aquí.
Y de pronto fue como aterrizar en otro planeta, y reconozco que aún no me he adaptado al proceso de despresurización, por llamarlo de alguna manera.
Supongo que si hubiera llegado a mi antiguo trabajo portando La Razón bajo el brazo también habría ocurrido lo mismo (claro, que semejante circunstancia JAMÁS habría podido darse...)
Así que no sé por qué me asusto cuando detecto las miradas que detecto cuando entro a trabajar algunas mañanas con El País.
No sé por qué me cuesta tanto entenderlo.
 
Peldaños
ÚLtimamente vivir cada semana es lo más parecido a conquistar el final de una escalera. Desde el lunes al sábado (cuando tengo suerte y no tengo que currar), cada día me cuesta tanto como ir ascendiendo hasta el sexto piso donde vivo, cuando cometo la audacia de subir por las escaleras. Cada día al despertarme tengo que recordarme a mí misma el día que es y que ya falta menos. Un peldaño más. Otro. Y ya es jueves. Y entonces viene el momento de escarbar, en esa confusa línea que separa el sueño y la vigilia, en busca de algo que merezca la pena, en un detalle que le ponga una pizca de esperanza a la mañana, de forma que sacar los pies del calorcín de la nórdica no se convierta en un acontecimiento épico. A veces es sencillo, pero otras el proceso de búsqueda se hace interminable. Tiene que haber alguna razón, tiene que haber alguna que compense las negativas (trabajo pendiente, tedio insoportable, sensación de no ser capaz de poder con todo, la pérdida de control sobre el tiempo) Algo. Y entonces aparecen sonrientes los rostros que una ama, los amigos insustituibles, los libros que aguardan para ser leídos. Y entonces simplemente abres los ojos y los diriges a la ventana, y sin salir del calor de la cama, ahí está el mar, las luces del Muro reflejándose en el agua, la iglesia de San Pedro iluminada, el Club de Regatas con todas las luces encendidas porque estarán limpiando, digo yo, las olas tenues y el cielo lleno de nubes. Será jueves, al fin y al cabo. Y el final de la escalera está un poco más cerca.
 
Fin de la zozobra
Menos mal.

Otra cosa. Ya sé que a estas alturas nadie necesita una cuenta de gmail. Pero por si acaso, por si alguien aún no tiene, estoy en disposición de regalar un montón de ellas...
 
Zozobra
¿y si....?
No, qué va. Imposible.
Ya, pero a lo mejor...
No, no puede ser, qué va.
Y sin embargo, tal vez remotamente...
¿Remotamente? En absoluto.
¿Y entonces qué?
Maldita incertidumbre.
 
San Valentín, el amor y esas cosas
Me llamaron de una emisora de radio y me pidieron que en una fecha como esta, eligiera un poema de amor y se lo leyera...
Terrible decisión. Hay tanto donde elegir...
Finalmente, recordé uno de Miguel D' Ors, "Madrigal de diario". No es el amor sublime, claro. Pero a veces, tanto amor.


Madrigal de diario


Y ahora hablaré de la maravillosa aspereza de tus manos cuando llegan
a mi alma, directas, desde el Vim-Clorex,
hablaré del olor celeste a cebolla o sardinas que tiene a veces tu
ternura,
de tus te quiero con estornudos, o con prisa o qué sueño,
de los cinco hijos que dan a cada gesto tuyo ese inmenso trasfondo
de años y habitaciones y lágrimas y viajes,
ese inmenso trasfondo que tanto te embellece,
compañera de lunes, de martes, de heridas, de sonrisas, de
aniversarios secretos, de Beethoven,
de papeles que lo lamentan mucho pero no,
compañera.
 
Silencios
No sé muy bien por qué, pero a veces sucede. Un día se encadena a otro y las horas no dejan la abertura suficiente para la huida. A veces la huida es esta página. A veces la huida es el silencio (el de esta página o el silencio en general).
Y como la certeza es que no son muchos los lectores, siempre es fácil caer en la tentación. Hasta que de pronto llegan correos y te piden. Y te recuerdan que están y que les gusta que estés. Y eso conmueve, y extraña, y aunque lo que una querría sería envolverse en la mantita de ganchillo que a ratos (cuando la espalda me deja) estoy haciendo y mirar hacia adentro y no pensar, y no hablar, sé que hay una ventana y detrás algunos ojos que esperan.

En fin, que es domingo, y que después de pasear ayer por la tarde con Javier, he colgado algunas fotos en el servicio de flickr.
No voy a prometer seguir colgando fotos. Ni siquiera estoy demasiado segura de seguir escribiendo con asiduidad. Pero estoy aquí, y se agradecen (mucho) las esperas.
 
Lilas
Ayer me tocaba el reconocimiento médico de la empresa. Lo habitual: enfrentarse a la báscula, descubrir que a pesar de mi provecta edad mi vista (de cerca y de lejos) continúa inmejorable, que apenas tengo fuerza en las manos, que menos mal que no fumo, porque mi capacidad de soplar es lamentable, pero eso sí, tengo muy buen oído, etcétera, etcétera.
Pero fue curioso, porque cuando la enfermera iba a sacarme sangre para el análisis, de pronto me dijo algo así como "mmmmmmm, cómo hueles, hueles a...", "A lilas, le dije". Y ella asintió, y me contó, en menos de cinco minutos me habló de ese olor, de los árboles de lilas que había en un jardín en el que trabajaba su padre cuando ella era pequeña. Me contó que su padre la llevaba allí por las tardes y lo esperaba mientras él hacía sus trabajos de poda, y que había lilas y que olían así. Y me contó que su padre se murió allí, entre las lilas, en un accidente estúpido, porque se cayó hacia atrás y se desnucó, con treinta y ocho años. Y que ella esa tarde no había ido con él, porque estaba enferma, pero que ese olor, el de las lilas de mi perfume le había traído de pronto la presencia de su padre, a pesar de que ya han pasado más de treinta años desde que se murió.
Lo de Proust y la magdalena, una tontería...
 
Completar el puzzle
Ando estos días, (aparte de con la ilusión que citaba ayer del Taller Literario de fin de semana, en torno al cual seguiré informando, por cierto, gracias Santi) con las vueltas al pasado. Hace años que abandoné la tendencia a la nostalgia, por puramente estéril, y porque, además, a veces hace pupa, especialmente si practicas esa especie de regodeo innecesario y abocado a la melancolía. Pero el reencuentro con G. el otro día me trajo a la memoria otros días, y me sorprendió que determinadas imágenes, fragmentos de conversaciones, miradas, encuentros, luces, hubieran quedado fijados en mi recuerdo de una manera tan literal. Normalmente, por aquello de no hundirme en la nostalgia, trato de pasar por las cosas sin fijarlas demasiado, como de puntillas... Y sin embargo hay fragmentos que permanecen como si se hubieran escrito en la memoria con la tinta china de lo indeleble... Pero son sólo fragmentos. Ahora que G. ya se ha ido y que no sé cuándo volveremos a encontrarnos, ahora que la memoria ha acudido como una traición, me encuentro con un puzzle sin completar. Y pienso que tal vez debí pedirle a G. que me prestara sus propios recuerdos, las imágenes precisas que él conserva y que posiblemente no serán las mismas que tengo yo, porque así, de ese modo, tal vez sea posible que unos días de hace unos cuantos años aparezcan enteros ante mis ojos. Tal vez así, sería posible, entenderlo todo.