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Albanta
Las alas del agua, la espuma de los días
Sindicación
 
Series
Escribía estos días mi muy querido Roberto Zucco a propósito de su relación con la tele en su condición de teleadicto, y entre otras cosas mencionaba las series. Coincidimos en lo fundamental, y declaro mi fervor también por El Comisario, y ya puestos menciono una a la que él no se ha referido, pero que a mí me encantó, a pesar de su brevedad: Me refiero a "El grupo", que contaba las historias de una serie de personajes que hacían una terapia grupal bajo la dirección de Héctor Alterio (espléndido, como siempre). Entre los actores recuerdo a Unax Ugalde, a Cristina Ramos, todos y cada uno de ellos absolutamente creíbles y, según opinan mis amigos psicólogos, absolutamente coherentes en el tipo de problema que interpretaban.
Pero no era de eso de lo que quería hablar, sino del extraño fenómeno que se me ha producido este verano. Mira por dónde, porque si bien las series españolas las sigo con más o menos atención (sí: es cierto, nunca he podido ver más de cinco minutos de Ana y los siete) no he hecho nunca lo mismo con las americanas, aun reconociendo la calidad de algunas de ellas: siempre me dormía antes de Doctor en Alaska, y ni siquiera que me repitieran (que no sé de dónde lo sacaron, por dios, si yo soy mucho más guapa...) que me parezco a Scully , hizo que viera completo ningún expediente X. De Twin Peaks recuerdo vagamente algunos capítulos, y salvo Falcon Crest que me lo tragué casi entero , en illo tempore, y Cheers, que todavía recuerdo con cariño, nada, nunca me había atrapado con la intensidad con que este verano lo han hecho dos series. Me refiero, claro, a Perdidos y a Mujeres desesperadas. Supongo que con esto pasa igual que con los libros. Nos sumergimos en la lectura porque es el momento adecuado de ese libro, mientras que en cualquier otra circunstancia, seguramente se nos atravesaría, así que no digo nada: a lo mejor en cualquier otro momento abominaría de la historia de los náufragos en la isla y de la historia de las amas de casa de la urbanización . Pero este verano han conseguido que siga los capítulos (a trompicones, eso sí: en la Primera a veces, en la Fox, en emisiones especiales de varios capítulos en fin de semana...)
Por eso me encantó leer el artículo de Juan Cueto hace unos días en El País. Lo de Juan Cueto, por quien profeso la mayor de las devociones además del afecto, es increíble: consigue convertir en imprescindible cualquier cosa a la que le dé un par de vueltas.
Bueno, pues el caso es que la primera temporada de Perdidos y de Mujeres desesperadas, ha terminado. Y aquí estoy, como una tonta, esperando por la segunda...
 
Escribir la vida
A veces hablo con gente acerca de esta cosa de los blogs y las opiniones son muy encontradas. Desde los que defienden esta forma de expresión como uno de los rasgos distintivos de la época hasta los más escépticos, o los directamente contrarios a que uno pueda ir dejando por ahí constancia de lo vacío de su existencia.
A veces yo también me pregunto por qué. Cuando escribí las primeras líneas de este blog era plenamente consciente del carácter clandestino y anónimo. Sabía que nadie lo leería. Con el tiempo he descubierto que hay media docena de personas (seguramente más) que leen de forma habitual estas bobadas que voy dejando y que no son otra cosa que la confirmación de dos cosas: que estoy viva y que soy la persona más vaga de esta galaxia bloguera. Es cierto que puedo seguir viva aunque no escriba, pero tengo la experiencia de que en cuanto dejo de escribir unos días recibo en mi correo unos cuantos mensajes preguntando si me ocurre algo, y lo más gracioso es que la mayoría de ellos no son de personas que suelen dejar comentarios. O sea, que alguien hay por ahí, que por razones que se me escapan siguen estas palabras que ya intento que no sean muchas para no cansar, que el mundo está lleno de cosas por hacer y la galaxia blog llena de textos fantásticos para ser leídos.
Así que lo mío, al menos de momento, mientras no decida tomármelo en serio, es pura constatación. Ni siquiera es aquello de escribir la vida que decía la niña Clara en la primera novela de Isabel Allende. No. Es sólo que estoy aquí. Que muere agosto despacio. Que también estás ahí.
 
Amanda enredada
Uno de los blogs favoritos de Albanta, por cuya autora, Amanda, profesa un gran cariño, ha sufrido un cambio sustancial. Ahora ya tiene dominio y su nueva ubicación es muy bonita... Aunque acaba de irse de vacaciones, después del esfuerzo de estos días, es un buen momento para visitarla y para disfrutar de lo que escribe...
Enhorabuena, Amanda, que siempre nos recuerdas, enredada o no, que nos queda París.
 
Turkmenistán y la música
Hombre, yo sé que hay determinadas músicas que si se prohibiera escucharlas no nos perderíamos nada. Es más, algunos oídos agradecerían la ausencia de los berridos y pareados de (no, no voy a poner nombres, que luego todo se sabe...), pero de ahí a adoptar la actitud de ese fulano llamado Saparmurat Niyazov, y que no sé si por una gracia de dios preside ese país que incluso se hace muy difícil (a mí que soy una ignorante) situar en un mapa...
Pero ahí lo tienes, con un par. Que prohíbe la música, oye. Que antes ya había prohibido el ballet y la ópera, por innecesarios. Y que también antes ya había prohibido a los chicos llevar el pelo largo, barba o las radios en los automóviles... Ahí está. Y no sólo eso. Que se ha hecho construir un palacio de hielo en el desierto, que todo son influencias negativas para la población y que hay que protegerlos, que ya se sabe que a los cedés los carga el diablo...
En fin. Que hay gente pa tó, como dijo aquél.
 
Barato, barato
Después de comer ayer con Javier me quedó la duda terrible de si no estaré vendiendo mi vida muy barata. Seguramente hay otros modos, otra existencia, y demasiados intereses en que no lo sepamos.

 
Al final, la realidad es muy poca cosa
Por fin, por fin , por fin.
El enigma de Piano man, ha quedado resuelto...
Parece ser que el chico ya habla, y dicen los que lo tratan que tienen la sospecha de que se ha pasado actuando todo el tiempo.
Tanta hipótesis, incluida una refinada técnica de márketing, y al final, todo tan poquita cosa...
 
Alivio
Ayer un amigo me dijo que la vida intelectual comienza a los cincuenta años.
Me ha consolado mucho, la verdad.
 
¿Impaciente yo?
Sí. Ni los años me obsequian con ese bien tan preciado de la paciencia...
Pero es que...
Me temo que no he crecido y que sigo siendo una niña a la que la frase "Intentaré" le suena a "Lo haré sin duda alguna". Y ya mismo, sin ninguna dilación.
Pero, vamos, impaciente, lo que se dice impaciente... no diría yo...
Arrrggghhhh.
 
Síndrome de pasado inquieto
Dice mi amiga T., una de las brujas del aquelarre más inteligente que conozco (que yo forme parte de él no significa nada...) que esa manía que tengo de revolver en el pasado supone una cierta valentía. Que, vamos, eso de revisitar tiempos anteriores, generalmente no trae nada bueno.
Hace unos meses estaba organizando (al menos en la cabeza) un argumento para una "cosa" (llamarlo novela me parece una osadía) que quería escribir. En aquel momento la idea parecía estupenda: Supongo que tenía que ver con la irrupción de A. en mi vida después de tantos años, o no sé. Pero se me quitaron las ganas, porque de pronto comprendí que "eso" que planteaba en el argumento de la novela y que incluía una muerte, era más o menos lo que me estaba pasando a mí (sí: odio las novelas autobiográficas) Quiero decir: que a lo mejor eso de remover en almanaques antiguos, en viejos amores, en ajustes de cuentas emocionales, tenía más que ver conmigo misma que con la protagonista de la novela. Así que el proyecto quedó abandonado, como otros dos en los que me sucedió tres cuartos de lo mismo, aunque con otras historias, una de ellas bastante perturbadora sobre la que (imagino) hablaré un día si los planetas se organizan de la forma adecuada para permitirlo.
Total, que independientemente del asunto de la novela fallida, sí es cierto que llevo un tiempo en que por razones que habría que analizar, el pasado se va presentando (es decir, haciendo presente, y por tanto cambiando su tiempo) ante mí. Tengo suerte: en general, todo ello no supone lo que es bastante habitual: la decepción. Los amigos de entonces (por ejemplo, los viejos colegas del instituto) no se han convertido en gilipollas integrales, ni muchísimo menos, el profesor que me cambió la vida (o me la condujo, no sé cómo explicarlo...) sigue siendo un tipo encantador por mucho que haya abjurado de algunas cosas menos importantes para seguir siendo esencialmente fantástico, y los viejos amores adolescentes se han convertido (al menos los que hasta ahora he podido comprobar) en tipos valiosos, lo cual dice bastante en mi favor, y es que, por lo menos, a buen ojo clínico no me gana nadie.
Eso era lo que trataba de explicarle a T. el otro día cuando hablábamos de ello. Ella no entiende del todo, o se le hace raro que mis reencuentros con el pasado no sean decepcionantes, porque, por lo visto, suelen serlo (el paso de los años que deja una huella horrorosa en el alma, más incluso que los deterioros en el cuerpo). Yo es que creo que a lo mejor por razones difíciles de analizar (ufff, cuánto tiempo me llevaría eso y cuánta metedura de pata por mi ignorancia en asuntos psicológicos) he intentado siempre mirar a lo esencial de la gente. Y lo esencial permanece. Y si F. era un chico feliz cuando tenía diecinueve años, que miraba la vida con los ojos brillantes y me hacía reír, y le veía a todo el lado bueno, ahora, nosécuántos años más tarde, no ha dejado de serlo. Aunque tenga el pelo con canas...
 
Lo largo que es el olvido
Creo que hoy tenía que acordarme de algo.
Pero se me ha olvidado.
 
De vuelta
Como título no es ni muy prometedor ni muy original..
Después del parón, sin aviso previo, de unos días, vuelvo a escribir sin saber muy bien por qué lo hago, pero con una extraña necesidad de hacerlo. A lo mejor porque sé que hay algunas personas (he quitado el contador de visitas, no me apetecía saber cuántos ni quiénes me visitaban cada día) que me escriben correos, o que dejan comentarios y que parecen esperar. Y eso es tan de agradecer (del mismo modo que yo agradezco que haya gente que escribe y a la que leo a diario) que algo dentro de mí me obliga a seguir escribiendo.
Así que aquí estoy, de vuelta en el trabajo y sin demasiadas ganas, pero más descansada de lo que yo creía que iba a estar. Mi jefe me ha dejado una larguísima lista de tareas antes de irse él mismo de vacaciones y aunque no quiero empezar agobiándome demasiado, reconozco que la primera impresión ha sido... ufff. Mejor no comentar...
Durante estos días he tenido algunas experiencias sobre las que escribiré. Experiencias de las de dentro, aclaro, porque todo ha sido un estar mirando los interiores, y el mar que sí que ha habido, ha sido pura contemplación, que es también una forma de mirar por dentro.
Así que estoy de vuelta. Y hay algo en este día de hoy (porque me toca a mí, pero también por una larga tradición) de vuelta. Después de la fiesta del 15 de agosto (en Gijón se terminan las fiestas) hay algo ya de vuelta al cole. No, no, ya sé, es demasiado pronto... Pero es inevitable sentirlo. Aunque también puede que todo se deba a "mi" inevitable "vuelta al cole".