Blogs.ya.com Quitar publicidad
Albanta
Las alas del agua, la espuma de los días
Sindicación
 
A veces, la felicidad
Puede resultar simple. Y hasta absurdo. Pero a veces, la felicidad es tan simple y tan absurda como ese tiempo compartido, los cuatro juntos, viendo el episodio primero de la segunda temporada de Perdidos (conseguido por procedimientos que no voy a detallar) y subtitulado con grandes esfuerzos. Que hayamos estado juntos con lo complicadas que empiezan a ser las vidas de los niños y que lo hayamos disfrutado, quizá no se parezca mucho a la idea de felicidad que uno tiene gracias a tanta tradición literaria y cinematográfica y publicitaria, tan dados a enseñarte cuál es su cara exacta. Pero a mí me vale.
 
Lo que ocurre mientras tanto
Recuerdo haber leído a Javier Marías en alguna de sus novelas una reflexión acerca de la necesidad que tenemos de informar a alguna gente cuando nos sucede algo más o menos grave. El hablaba de esas personas a las que consideramos imprescindible dar cuenta de lo que nos ocurre, principalmente si se trata de alguna desgracia. Y al hilo de eso, se me ocurría esta noche de poco dormir, que una de las cosas más intolerables es que a la gente que más amamos pueda ocurrirles algo y no nos enteremos. Sí, ya sé que podría decirse que bendita ignorancia, que ojos que no ven, etcétera, y ese tiempo de sufrimiento que nos ahorramos... Pero resulta que no. Afortunadamente, y toco madera, nunca me he visto en una de esas situaciones, pero me imagino que el tiempo que transcurre desde que a alguien muy importante le sucede algo terrible y nos enteramos de ello, seguramente se vive después como una neblina imprecisa, cuando no como una traición: "Cómo podía yo estar tan tranquila riéndome y tomando unas cañas, o comprándole un regalo, o mirando escaparates, o discutiendo de cualquier cosa, mientras que...". Supongo que por eso, desde antiguo existe la mitología de los "avisos", los pájaros que se cruzan en el camino, las visitas fantasmales... Quizá no tanto para dar la mala noticia, como para evitar ese sufrimiento posterior, de haber sido tontamente feliz, cuando ya la desgracia se había instalado, sin que uno lo supiera, en la vida ya para siempre...
(Contrariamente a lo que pueda parecer, estoy bien. Y no me ha sucedido nada... que yo sepa.)
 
Las razones
A veces suceden cosas que hacen que una se plantee qué diablos hace escribiendo un blog. Es cierto, que esto ni siquiera lo es, que al final, sólo son apuntes, frases, no existe ni la intención confesional, ni la intención literaria, es pura consignación. Si sigo haciéndolo, es posible que sólo lo haga por pura manifestación de que estoy viva. Ya sé: eso es muy fácil constatarlo, oh, vaya, resulta que respiro, debo estar viva por tanto... Pero también porque una forma de estar viva es escribir, al menos para mí, escribir lo que sea, incluso esto, que no dejan de ser líneas perdidas en los días sin demasiado sentido por los que me voy deslizando. No hay mucho más, ni seguramente tiene por qué haberlo: no quiero hacer literatura, no quiero contar mi vida (¿cuánto de lo que se dice aquí es mostrar, cuánto es ocultar?)...
Al final, igual resulta que lo único que pretendo es tener una extraña certeza (también absurda: hay tantas otras formas de constatarlo) la de que no estoy sola.
 
Los viernes como frontera
O como final de una escalera. O como una meta. Y hoy, para jorobarlo todo, un dolor de garganta asqueroso gracias al aire acondicionado. Y me espera un día tremebundo y largo, con la reunión de un jurado de un concurso a la hora de la comida (arrgghghh) y una larguísima reunión por la tarde... (A quién se le ocurre programar reuniones un viernes por la tarde...) Menos mal que por la noche cenaré con las Niñas Brujas , porque después de conocer que la vergüenza es el sentimiento motor (o eso se dice en un libro que ha leído T.) de los japoneses, vamos a enseñarles (yo no, lo juro, yo soy abstemia) lo que es vergüenza después de que (yo no, lo juro, soy abstemia) nos hayamos bebido el suficiente sake... En fin. Eso será si lo de la garganta no va a más, porque la verdad es que estoy fatal...
Y eso que hay dos razones por las que estoy muy contenta: Por ejemplo, ya he comprado (por fin, por fin, qué desastre con la distribución o lo que sea) Emepetreses, el disco de Pablo Moro, que escucho en estos mismos momentos y que me gusta mucho, por, entre otras, las razones que conté el otro día. Y la segunda razón es porque conseguí instalar la wikipedia en la pda. Me llevó lo mío, pero lo conseguí, y para aquellos que estéis interesados, os recomiendo que os paséis por pdaexpertos , que seguro que os lo explican muchísimo mejor...
 
Sabina, Millás y las brechas generacionales
Del artículo de Millás ya se ha hablado mucho estos días, por ejemplo, Escolar lo reseñaba. Pero si a eso se añade lo de Sabina que hoy publica el diario El Mundo a propósito del encuentro digital que don Joaquín tuvo ayer con los lectores del periódico, entonces empiezo a preguntarme muchas cosas. O a seguir preguntándomelas.
Yo no soy una veinteañera que creció con la red ya como parte de su vida, ni mucho menos. Es más, tuve mi primer ordenador cuando ya tenía más de veinte años y accedí a la red (en sus inicios, claro, allá por el año lejanísimo del 96) cuando ya había pasado de los treinta... Quiero decir con esto, que por generación, seguramente estoy más próxima a las referencias culturales de Millás y de Sabina, y sin embargo me dejan sorprendida las cosas que leo. Y además me extraña, en Millás que diga esas cosas, porque creo que ni siquiera se las cree del todo. Y que olvida, en este caso, algo que practica siempre, que es situarse en un punto en el que todo lo que mira (bueno, casi todo) es relativo. Es cierto que el que es tonto analógico también lo es digital, claro. Es cierto que hay millones de blogs que no valen nada (por supuesto, aquí estoy yo misma). Es cierto que el día no da para todo. Pero nada garantiza que un libro elegido al azar en cualquier librería, sea una maravilla (más bien al contrario) y encima te habrás dejado más de 20 euros en el mostrador. ¿Que hay que elegir? Por supuesto. En las librerías y en el ciberespacio. A todos esos a los que oigo decir con más frecuencia de la que parecería normal, que en la red hay mucha basura, habría que decirles que el problema no es la red: el problema es suyo, que no saben buscar. Que vamos, que no consiste todo en teclear una palabra en google y hala...
No sé si es una cuestión de generación y de brecha. No sé si hay que releer Ana Karenina en lugar de bucear por la red y encontrar tesoros de vez en cuando. No sé si forma parte de la alergia a los medios nuevos (hay que recordar las pataletas de algunos intelectuales contra el cine en sus primeros tiempos). Pero francamente me resulta raro que Millás limite tanto su visión. Con lo que a mí me gusta, hombre...
 
Ya mismo
Ya tengo el disco nuevo de Joaquín Sabina, desde ya mismo, desde que se abrieron las tiendas. Aunque no tengo particulares expectativas con respecto a este trabajo (incluso tengo dudosas expectativas, para ser exactos) lo de comprarlo tiene más de rito que de otra cosa. En estos tiempos de mulas a tutiplén, la compra de algún disco tiene más carácter militante que otra cosa. Militar en los principios, en las querencias, en los afectos. Hay millones de discos que jamás compraré. Y hay discos que por razones que en algunos casos resultan muy difíciles de explicar, compraré inevitablemente. Lo de Sabina, insisto tiene más de rito que de expectación, aunque he escuchado algunas cosas que me han gustado, y hay elementos interesantes: ha versionado (de forma libérrima, claro) a Francesco de Gregori, que es uno de los tíos que más me gustan. Dentro de unos meses Sabina estará en Gijón, tocando en el Teatro Jovellanos. Espero estar allí. Escuchándolo tranquilita y de algún modo recordando sin que la nostalgia me haga cosquillas, otros conciertos en la plaza de toros, otros tiempos, casi otra vida.
 
Coger moras
Ya. Ya sé que te he repetido un millón de veces que no estoy abonada a la nostalgia. Y no lo estoy, lo juro. Pero, sabes, desde hace unos días tengo una tremenda necesidad de comer moras, de buscarlas entre las zarzas, las más grandes, las que están completamente maduras, desafiando los pinchazos, pisando con cuidado porque a veces hay ortigas... Desde hace unos días pienso en los lugares que tú y yo conocemos, tan propicios también, recuerdas, y pienso que estaría bien escaparnos a coger moras. Y es que no sé. Igual es que tengo mucha nostalgia de ti.
 
Calles y jinetes
Estos últimos días vuelvo a casa después del trabajo cuando ya está anocheciendo. En realidad me gustan mucho estos días de septiembre que en esta ciudad se muestra generoso con sus habitantes una vez que el grueso de foráneos ya se ha ido: la temperatura es agradable y el tiempo que la noche le gana al día de forma progresiva, todavía no se vive como una amenaza. Supongo que es por eso por lo que al volver, me bajo del bus varias paradas antes, y aprovecho para caminar por el Muro hacia casa. Hay gente corriendo por la playa, algunos surferos, gente que pasea, gente que, como yo vuelve a casa. El otro día me acompañó la voz de A, con el que estuve hablando por teléfono y al que no fui capaz de transmitirle (tampoco lo intenté) la sensación de extraña felicidad que me procuraban las olas, su conversación, la hora que podía ser violeta. Definitivamente me gusta esta ciudad.
Y definitivamente la vida es muy extraña.
En los últimos días dos personas absoluta y diametralmente opuestas en mi vida me han hablado de "El jinete polaco". Es cierto que tampoco es tan raro, al fin y al cabo fue un premio Planeta, pero no deja de resultarme sorprendente (¿será por la galaxia en la que estoy instalada, como en un exilio?) que de pronto alguien sepa quién es Nadia Galaz o alguien me diga que ha leído el libro y que además ello venga de la mano de dos personas que se colocan, cada una de ellas en un extremo del eje emocional que me hace girar. Esto, escrito así, no tiene ningún sentido, pero yo me entiendo.
 
Lo de la mermelada
Por clamorosa votación popular, (creo que me lo han pedido tres personas) paso a contar cómo hice la mermelada de melocotón... Lo que ocurre es que es tan fácil que me da una vergüenza horrible... Siempre resulta más seductor dar a entender que una es capaz de grandes maravillas en la cocina...
A ver: Se cogen unos melocotones, se pelan y se trocean. Se colocan en una fuente alta que resista microondas y se les añade un poco de zumo de limón. Se meten en el microondas durante cinco minutos a máxima intensidad. Se sacan, se deshacen con un tenedor (allá cada uno con los trocitos que le gusta que tenga su mermelada) y se les añade el mismo peso en azúcar que tenía la fruta. Aquí todo es muy relativo: con esa cantidad de azúcar la consistencia queda estupenda, pero el contenido calórico es como para echar a correr, así que todo consiste en ir experimentando... como todo. Una vez que se ha removido y mezclado bien el azúcar con la fruta, de nuevo al microondas durante quince minutos al máximo, y eso sí, conviene sacarlo en tres ocasiones a lo largo de esos quince minutos para removerlo bien. Una vez que ha pasado ese tiempo se saca y se introduce en tarros previamente esterilizados y eso y se envasa al vacío. Lo más recomendable es hacer poquita cantidad y consumirla en los días siguientes y te ahorras las preocupaciones del envasado.

 
Por fin Pablo Moro
Empiezo confesándolo: a Pablo Moro lo quiero casi como a un hijo, aunque, (y aquí va el toque de coquetería de hoy) tampoco sea exacto que tenga edad como para ser su madre -o tal vez sí-. Lo quiero casi , vamos a dejarlo en como a un hermano pequeño, porque se hace querer y es imposible no hacerlo en cuanto lo escuchas cantar, en cuanto lo ves, en cuanto charlas con él. Hace años que conozco su trayectoria, sus intentos, sus peleas, su trabajo. Y se merece el éxito en un mundo en que eso de triunfar es una cosa de operaciones y lanzamientos. Se merece vender muchos discos, claro. Se merece todo lo que viene asociado con eso. Pero sobre todo, por encima de todo, lo que de verdad merece Pablo es que la gente lo quiera, lo escuche, lo entienda. Que lo que cuenta llegue, toque el corazón. Que sean legión los que se enamoren de sus canciones y su sonrisa de buena gente. Que muchos disfruten lo que hasta ahora sólo unos pocos, y yo me siento afortunada por ello, conocemos. Que cuando salga al escenario oiga el clamor del público cantando con él. Que pueda seguir haciendo lo que hace, componiendo como compone, creando.
Desde ayer está a la venta Emepetreses, su primer disco. No lo he escuchado todavía, aunque me conozco algunas de las canciones que lo componen. El primer single, "Albumes de fotos" ya suena por ahí. Lo único que espero es que a Pablo no me lo cambien en función del mercado: que mantenga su imagen de chico encantador con la guitarra y la sonrisa. Que le permitan seguir haciendo poesía, y cantando al amor y a la nostalgia y a la vida.
Si los buenos deseos sirven para algo, Pablo, tendrás mucho éxito. Todos los que te queremos, que somos muchos, estamos en ello...
 
Mermelada de melocotones
Anoche hice mermelada de melocotón. Y está buenísima...

 
Carole King
Hay canciones que son para siempre, y las de Carole King están, sin duda, entre ellas. Hay otras que, sin embargo se circunscriben a un momento muy concreto,a una persona, a una conversación, a un paisaje. Las canciones de Carole permanecen. Acompañan distintos momentos, tienen la virtud de incorporarse a cada nueva situación y convertirla en algo nuevo. Leo que su disco The living room tour de canciones grabadas en directo con su piano y un par de guitarristas, se ha convertido en una de las sorpresas de este año. Y me alegro. No sólo son los viejos rockeros los que nunca mueren: las chicas judías que hacen canciones inteligentes, tampoco.