Cuidado con las bragas
Sí, podría ser. Pudiera ser que pudiera, que decía el cantor, que el título de este post persiguiera únicamente aumentar las visitas en este blog (que no pretendo en absoluto) por el procedimiento de ganarme a todos los degenerados que pululan por el google a la busca y captura de cualquier cosilla que les excite la imaginación. Pero no. No es eso. Esta es una llamada de atención, un aviso, una alarma. Porque, queridas amigas que leeis este blog, cuidadito. Mucho ojo, porque a lo mejor alguien (novio, amante, marido...) os regala unas bragas y a lo mejor, mira tú por dónde, no os dáis cuenta y es un regalo envenenado. Qué digo envenenado... La versión tecnológica del cinturón de castidad. O casi.
Reconozco que cuando lo leí en Gizmología , que a su vez lo había leído en phyera creí que iba de broma. Pero no. Qué va. Que parece que va en serio. Que han fabricado unas bragas (las más baratas cuestan 99 dólares, creo) con un chip que lleva un gps y que informa mediante software de dónde estás, cuál es la temperatura (qué peligro) y más detalles. Sigue pareciéndome una broma, conste. Pero ahí quedan. Así que mucho cuidado, porque bajo una apariencia normalísima, lleváis un espía instalado. Y esto va en especial para mi amiga M (y no porque tenga un novio particularmente moro, ni por nada... es que, el chip parece que va instalado en ¡una margarita!!! o al menos eso parece por el dibujito...)
Ay, señor.
Reconozco que cuando lo leí en Gizmología , que a su vez lo había leído en phyera creí que iba de broma. Pero no. Qué va. Que parece que va en serio. Que han fabricado unas bragas (las más baratas cuestan 99 dólares, creo) con un chip que lleva un gps y que informa mediante software de dónde estás, cuál es la temperatura (qué peligro) y más detalles. Sigue pareciéndome una broma, conste. Pero ahí quedan. Así que mucho cuidado, porque bajo una apariencia normalísima, lleváis un espía instalado. Y esto va en especial para mi amiga M (y no porque tenga un novio particularmente moro, ni por nada... es que, el chip parece que va instalado en ¡una margarita!!! o al menos eso parece por el dibujito...)
Ay, señor.
Soñar
Llevo un par de noches de sueños, no, tres exactamente, de esos que yo llamo narrativos. De los que lejos de ser un puñado de imágenes inconexas en las que rastrear la información que ha ido colando el subconsciente a lo largo del día (o, lo que resulta mucho más inquietante, preludio de algunas imágenes de los días siguientes). No, sueños de los que forman historia, hasta el punto de que en el propio sueño te cuestionas que éste lo sea, y piensas si no lo estás viviendo en la realidad.
Esta noche soñé que tenía un estupendo compañero de trabajo. Por ser, venía a ser Javier, que el pobre está a tantísimos kilómetros de aquí, por Chequia, pero trabajaba conmigo y me sentía tan apoyada, tan contenta de tenerlo, que me desperté con la angustia terrible de llevar casi cuatro años echando de menos eso. A lo mejor es lo que me pasa...
Esta noche soñé que tenía un estupendo compañero de trabajo. Por ser, venía a ser Javier, que el pobre está a tantísimos kilómetros de aquí, por Chequia, pero trabajaba conmigo y me sentía tan apoyada, tan contenta de tenerlo, que me desperté con la angustia terrible de llevar casi cuatro años echando de menos eso. A lo mejor es lo que me pasa...
La importancia de llamarse Laura
Ya. Ya sé. Que acabo de plagiar el título a Oscar Wilde, lo digo para que no haya malentendidos. Pero es que hoy me parece adecuado, porque mi teléfono ha sonado toda la mañana y he sido felicitada por un montón de gente (algunos de verdad que inesperados) por aquello de que hoy es mi santo. Además de una enorme gratitud, eso me ha dado que pensar. Siempre he creído que el asunto de los nombres no es ninguna tontería: seguramente condicionan nuestro destino más de lo que pensamos. Mi madre (que tiene un nombre bien horrible, y quizá por eso) siempre dice que el nombre lo hace la persona, que nos parece bonito o feo, según quién lo lleve. Puede ser. Pero no es tanto lo del atractivo de un nombre, como su peculiaridad, oportunidad... O que se lo digan a todos aquellos que arrastran como una condena un nombre muy gracioso en su momento, o un nombre que rima con el apellido, o... En mi caso creo que tuve mucha suerte. Mi nombre es bastante insólito entre las mujeres de mi generación (nunca coincidí con ninguna otra Laura ni en el cole, ni en el instituo, ni en la universidad), a mí me parece bonito, y en mi caso, además, cumple una tradición que va de abuela a nieta desde hace varias generaciones. A mi abuela no la conocí demasiado: se murió cuando yo era muy pequeña y casi todo lo que sé de ella (quitando algunas imágenes difusas, que parecen parte de un sueño) lo he ido construyendo por conversaciones, anécdotas, imágenes que tienen los demás y en estos últimos tiempos, gracias al escaneo de un buen montón de fotos familiares de las que no tenía noticia, he ido leyendo en ella, en su rostro, en sus gestos, en su sonrisa. Siempre me han dicho que me parezco mucho a ella : los mismos ojos, la misma sonrisa, las mismas (¡ay!) caderas... También me han dicho (y supongo que esto tiene que ver con lo que marca el nombre) que tengo un carácter muy parecido al suyo. Me gusta creerlo, la verdad. Sobre todo desde que conocí que una vez hace muchísimos años, quería ampliar la cocina de su casa (estamos hablando de los años cuarenta) y como su marido no estaba muy por la labor, aprovechó que éste estaba trabajando y ella misma se dedicó a tirar el tabique que le estorbaba. También me han dicho que siempre estaba canturreando, y cuando la miro en las fotos, casi siempre sonríe. Hoy, que es el día de mi santo, es un buen momento para recordarla a ella. Porque aunque lleve treinta y tantos años muerta, algo tendría, cuando su recuerdo está tan presente...
Esa pereza de que todo se confunda
A mí me da mucha. Pereza, quiero decir. Eso de tener que andar estableciendo las diferencias entre lo que es y no es (a ver: seamos humildes: entre lo que yo creo que es y lo que creo que no es). A veces tengo la sensación de que uno de los signos de los tiempos es justamente eso: la confusión. Y, claro, lo que provoca que las fronteras se diluyan y todo sea lo mismo, es, obviamente, culpa del mercado.
Todo esto viene a cuento por la polémica del premio Planeta de este año, por las frases de Marsé, por la reacción de la ganadora. A lo mejor es que empiezo a ser ya muy mayor, pero algo ha ocurrido en los últimos veintitantos años que ha cambiado las reglas del juego. Antes, y estoy hablando de los pretéritos tiempos de mi adolescencia a finales de los setenta, los libros apenas eran objeto de consumo. Los libros eran objetos culturales. Se vendían pocos, y los autores no tenían nada que ver con el circo mediático en el que ahora viven. De hecho, todos sabían que la inmensa mayoría de los escritores, no vivían de sus libros (algunos, como Delibes, grande entre los grandes, vivía del periodismo, o Torrente (Ballester, aclaro, que el mundo está como está) de sus clases en la universidad, porque todavía no había llegado la tele a informarnos de que existía, con "Los gozos y las sombras"). Claro que había best sellers: pero estaban colocados en su sitio. Y claro que sabíamos que el premio Planeta (salvo muy contadas excepciones) era lo que era: un premio comercial, sin más.
Pero, ay, llegó el mercado con sus leyes a invadir ese espacio aún mágico de los libros, y la palabra "vender" se convirtió en lo verdaderamente importante. Las editoriales cambiaron, todo se mercantilizó, los escritores empezaron a convertirse en estrellas mediáticas, y comprar libros se convirtió en algo parecido a comprar cualquier objeto apto para ser colocado en una estantería o para ser regalado... Así que la confusión estaba (está) servida. No seré yo quien diga que los autores no deben cobrar (y bien) por su trabajo. No seré yo quien diga que los libros deben ser aburridos y "buenos". Pero esto de andar separando todo el santo día, tratando de trazar una línea entre el arte y el mercado, sin que se sepa muy bien por dónde hacerlo, esto de asistir a diario a la ceremonia de las vanidades y de las cifras de venta... No puedo evitarlo, creo que Marsé tiene razón cuando dice "A vosotros os interesa mucho la vida literaria: A mí me interesa la literatura..." Porque son dos cosas diferentes. Y cada vez me resulta más cansada esta batalla perdida por separarlas...
Todo esto viene a cuento por la polémica del premio Planeta de este año, por las frases de Marsé, por la reacción de la ganadora. A lo mejor es que empiezo a ser ya muy mayor, pero algo ha ocurrido en los últimos veintitantos años que ha cambiado las reglas del juego. Antes, y estoy hablando de los pretéritos tiempos de mi adolescencia a finales de los setenta, los libros apenas eran objeto de consumo. Los libros eran objetos culturales. Se vendían pocos, y los autores no tenían nada que ver con el circo mediático en el que ahora viven. De hecho, todos sabían que la inmensa mayoría de los escritores, no vivían de sus libros (algunos, como Delibes, grande entre los grandes, vivía del periodismo, o Torrente (Ballester, aclaro, que el mundo está como está) de sus clases en la universidad, porque todavía no había llegado la tele a informarnos de que existía, con "Los gozos y las sombras"). Claro que había best sellers: pero estaban colocados en su sitio. Y claro que sabíamos que el premio Planeta (salvo muy contadas excepciones) era lo que era: un premio comercial, sin más.
Pero, ay, llegó el mercado con sus leyes a invadir ese espacio aún mágico de los libros, y la palabra "vender" se convirtió en lo verdaderamente importante. Las editoriales cambiaron, todo se mercantilizó, los escritores empezaron a convertirse en estrellas mediáticas, y comprar libros se convirtió en algo parecido a comprar cualquier objeto apto para ser colocado en una estantería o para ser regalado... Así que la confusión estaba (está) servida. No seré yo quien diga que los autores no deben cobrar (y bien) por su trabajo. No seré yo quien diga que los libros deben ser aburridos y "buenos". Pero esto de andar separando todo el santo día, tratando de trazar una línea entre el arte y el mercado, sin que se sepa muy bien por dónde hacerlo, esto de asistir a diario a la ceremonia de las vanidades y de las cifras de venta... No puedo evitarlo, creo que Marsé tiene razón cuando dice "A vosotros os interesa mucho la vida literaria: A mí me interesa la literatura..." Porque son dos cosas diferentes. Y cada vez me resulta más cansada esta batalla perdida por separarlas...
Madres e hijas
Que Amanda y servidora tenemos extrañas conexiones, puntos comunes, telepatías y gustos clónicos, es algo que ya ha quedado de manifiesto y que las dos sabemos... Incluso cumplimos años con un día de diferencia (prontito, por cierto) . Por tanto, cada vez que leo uno de sus post, sé que hay muchas posibilidades de que eso de lo que ella habla lo tenga yo rondando en mi cabeza. Así que no me extrañó en absoluto que hablara de la relación con su madre. No es que yo pretenda hablar de la relación con la mía (sería largo, complicado, un poco tedioso y seguramente con más aristas en las palabras de las que podría estar dispuesta a admitir) pero sí que señalaré una circunstancia en ese complicado vínculo de las madres y las hijas. Me refiero a ese momento terrible en que una descubre que empieza a dejar de ser hija de su madre para convertirse, no ya en madre de su hija, que es algo que generalmente abrazamos con tanta inconsciencia como entusiasmo, sino en ser madres de nuestras propias madres. Amanda lo ejemplificaba claramente, y yo lo constato. Llega un momento en que las conversaciones teléfonicas con nuestras madres pasan de ser el recuento de nuestros problemas, dificultades, triunfos, valoraciones, proyectos, y demás, a la paciente escucha de sus soledades, sus achaques, sus temores... De pronto, un día descubres que te necesitan más a ti de lo que tú las necesitas. Y yo no sé cómo lo viven otras mujeres, pero a mí me está costando un triunfo...
Otra cosita: Mil gracias a quienes se ofrecieron a echar una mano para la fiesta de inauguración del otoño... Y a Luis, chico, que se siente, pero esto es una cosa de chicas (y ya sé que este argumento te sumirá en el más absoluto desconsuelo y que para recuperarte necesitarás, sin duda algo dulce... qué se le va a hacer)
Otra cosita: Mil gracias a quienes se ofrecieron a echar una mano para la fiesta de inauguración del otoño... Y a Luis, chico, que se siente, pero esto es una cosa de chicas (y ya sé que este argumento te sumirá en el más absoluto desconsuelo y que para recuperarte necesitarás, sin duda algo dulce... qué se le va a hacer)
Lluvia (por fin)
Sé que no resulta muy popular, y más en una tierra en la que las lluvias son tan frecuentes, que elevan (o eso dicen los que saben) nuestra media de deprimidos y depresivos, pero a mí me encanta que llueva. Y eso, insisto, no es muy popular entre mis amigas, amantes ellas, y hacen bien, seguramente, del sol, las sandalias y los días despejados. Quizá por ello, para compensarles la llegada de los días de nubes y aguaceros, de la neblina gris que te va calando hasta confundirse con tus neuronas, cada año celebro en casa una inauguración de otoño para ellas a base de dulces (chocolate, frisuelos, tartas, nata...), una buena ración de calorías para afrontar los meses que se avecinan. Quedan dos semanas para esa inauguración, digamos oficial, pero ayer, hoy mismo, la lluvia ha llegado para quedarse, y yo me alegro profundamente. La tierra estaba tan seca que me imagino que será una bendición sobre todo en esos lugares en los que una vez atravesado el túnel del Negrón, herían la vista y secaban la garganta...
Así que llueve en este jueves con cara de lunes, y aprovecho para hacer una cuñita publicitaria y recordarle a la gente que me lee en Gijón, que Pablo Moro estará mañana viernes, a las 19:30 en la Planta Baja de El Corte Inglés, cantando sus canciones y firmando discos. ¿He dicho ya que es fantástico y que merece la pena escucharlo? Pues eso.
Así que llueve en este jueves con cara de lunes, y aprovecho para hacer una cuñita publicitaria y recordarle a la gente que me lee en Gijón, que Pablo Moro estará mañana viernes, a las 19:30 en la Planta Baja de El Corte Inglés, cantando sus canciones y firmando discos. ¿He dicho ya que es fantástico y que merece la pena escucharlo? Pues eso.
El paso del tiempo
Sé que es uno de los mayores topicazos, quizá el que más, y en mi caso se multiplica hasta el infinito. Creo que siempre que escribo estoy hablando del paso del tiempo, cada uno tiene sus obsesiones, y me temo que ni siquiera soy muy original.
El tiempo es extraño. A veces parece detenerse y otras se deshace entre los dedos, sin que puedas tener la ilusión mínima de haberlo atrapado siquiera un instante. Y luego está la sensación extraña de descubrirlo en las imágenes de otros días...
Estas últimas semanas me estoy dedicando a escanear viejas fotos familiares. He atracado literarlmente a mis padres, mis tíos, y les he ido requisando las fotos viejas (muchas de ellas de personas que yo no he llegado a conocer) otras de gente que sí que he conocido pero que constituyen un hallazgo en una desconocida infancia, en gestos de juventud impensados. También fotos que yo no había visto o que no recordaba, de mi propia infancia, de la de mis hermanas, de la de mis primos. Todo ello hace que mi memoria esté como centrifugando. La carga emocional que produce todo eso (sobre todo cuando te metes atracones de escanear cientos de fotos en un día) sería para analizarla despacito...
Ayer por una serie de azares estuve con dos de mis tíos. Y me asustó verlos tan mayores (es cierto que uno ya ha cumplido los ochenta y el otro tiene un par de ellos menos), porque en mi memoria estaba fresca todavía su imagen de niños flacos, de adolescentes, de su actividad profesional, de tantas tardes que compartimos todos entre empanadas y tortilla, canciones y buen rollito, cuando éramos pequeños todos los primos... De pronto me dio por pensar que no son eternos, que un día no estarán. Y esa fragilidad, esa sensación de que el tiempo no es nada, me produjo un vértigo del que no termino de recuperarme...
El tiempo es extraño. A veces parece detenerse y otras se deshace entre los dedos, sin que puedas tener la ilusión mínima de haberlo atrapado siquiera un instante. Y luego está la sensación extraña de descubrirlo en las imágenes de otros días...
Estas últimas semanas me estoy dedicando a escanear viejas fotos familiares. He atracado literarlmente a mis padres, mis tíos, y les he ido requisando las fotos viejas (muchas de ellas de personas que yo no he llegado a conocer) otras de gente que sí que he conocido pero que constituyen un hallazgo en una desconocida infancia, en gestos de juventud impensados. También fotos que yo no había visto o que no recordaba, de mi propia infancia, de la de mis hermanas, de la de mis primos. Todo ello hace que mi memoria esté como centrifugando. La carga emocional que produce todo eso (sobre todo cuando te metes atracones de escanear cientos de fotos en un día) sería para analizarla despacito...
Ayer por una serie de azares estuve con dos de mis tíos. Y me asustó verlos tan mayores (es cierto que uno ya ha cumplido los ochenta y el otro tiene un par de ellos menos), porque en mi memoria estaba fresca todavía su imagen de niños flacos, de adolescentes, de su actividad profesional, de tantas tardes que compartimos todos entre empanadas y tortilla, canciones y buen rollito, cuando éramos pequeños todos los primos... De pronto me dio por pensar que no son eternos, que un día no estarán. Y esa fragilidad, esa sensación de que el tiempo no es nada, me produjo un vértigo del que no termino de recuperarme...
Decisiones
Tomar decisiones es difícil, pero a veces resulta que lo que te estás planteando como algo que has de resolver, ya está decidido desde hace mucho tiempo dentro de ti.
Creo que he tomado una decisión, y creo que es importante. Ahora sólo me queda saber cuándo, cómo y de qué manera, qué pasos seguir y qué plazos marcarme.
Pero la decisión está tomada, quizá porque, en el fondo, siempre he sabido que sería así.
Creo que he tomado una decisión, y creo que es importante. Ahora sólo me queda saber cuándo, cómo y de qué manera, qué pasos seguir y qué plazos marcarme.
Pero la decisión está tomada, quizá porque, en el fondo, siempre he sabido que sería así.
Los malos ratos se toman a sorbitos
No es cuestión de que hoy sea 1 de octubre y que el otoño ya esté aquí (¡¡¡festival de los complementos!!!), y que el mar se haya vuelto más gris, y que definitivamente el verano sea sólo recuerdo.
No.
Es que a veces se cometen errores. Y yo lo llevo muy mal. Sé que equivocarse no deja de ser la constatación de que una es humana. Pero me saca de mis casillas. Y el caso es que corregí las pruebas de imprenta una y otra vez. Y al final ha salido un error como una casa. O una errata como una casa. Y todo por la puñetera manía de la imprenta del copypast: olvidaron luego cambiar un dato, y como yo veía lo que "sabía" que estaba escrito (claro que estaba escrito, lo había escrito yo, lo había escrito bien, y era lo único que podía registrar mi cerebro) pues hala, ahí quedó. Y no hay solución.
A lo mejor soy una maniática, pero una cosa de estas a mí me quita el sueño (de momento ya van dos noches). Me hace sentir tan cabreada conmigo misma y tan mal que... Ufff.
Sé que hay que tomárselo con calma, y que al final tampoco es tan importante (juraría, siendo objetiva) que apenas nadie va a darse cuenta de ello. Pero no puedo resistirlo.
Y si a eso se suma el hecho de que mañana se va mi hijo de nuevo a Cáceres y la nostalgia me está pudiendo, y ya lo estoy echando de menos... (igual va a ser eso lo que más pupa hace)
No.
Es que a veces se cometen errores. Y yo lo llevo muy mal. Sé que equivocarse no deja de ser la constatación de que una es humana. Pero me saca de mis casillas. Y el caso es que corregí las pruebas de imprenta una y otra vez. Y al final ha salido un error como una casa. O una errata como una casa. Y todo por la puñetera manía de la imprenta del copypast: olvidaron luego cambiar un dato, y como yo veía lo que "sabía" que estaba escrito (claro que estaba escrito, lo había escrito yo, lo había escrito bien, y era lo único que podía registrar mi cerebro) pues hala, ahí quedó. Y no hay solución.
A lo mejor soy una maniática, pero una cosa de estas a mí me quita el sueño (de momento ya van dos noches). Me hace sentir tan cabreada conmigo misma y tan mal que... Ufff.
Sé que hay que tomárselo con calma, y que al final tampoco es tan importante (juraría, siendo objetiva) que apenas nadie va a darse cuenta de ello. Pero no puedo resistirlo.
Y si a eso se suma el hecho de que mañana se va mi hijo de nuevo a Cáceres y la nostalgia me está pudiendo, y ya lo estoy echando de menos... (igual va a ser eso lo que más pupa hace)





