Inesperadamente
Aunque con varios días de adelanto, uno de los regalos que recibí por mi cumple fue un Ipod.Sí, el Ipod vídeo, justamente, una maravilla, tan planito, tan mono y con 30 gigas...
Pero más allá de la cosa tecnológica, este regalo me está proporcionando muchas alegrías suplementarias. Naturalmente, en cuanto lo tuve me dediqué a meter todas las fotos que tengo digitalizadas (muchísimas) alguna peli para ver a ratitos perdidos en el autobús, y sobre todo, canciones. Muchas canciones. Cerca de 4000. Eso significa que podría estar escuchando música ininterrumpidamente durante mucho tiempo, ya lo sé. Pero significa, además, que si disparas al azar las canciones, puede sonar cualquiera y eso me encanta, porque naturalmente no recuerdo qué canciones están ahí incluidas. Y es fantástico que de pronto suene esa canción que no te esperas: La historia de Ligia Helena, la cándida niña de la sociedad, o el fantástico 1972 de Josh Rouse, o una vieja canción de Revolver, o el You're so vain de Carly Simon, o el Estadio Azteca de Calamaro...
Si alguien no sabe qué pedir a los Reyes este año, lo recomiendo. A mí me está haciendo muy feliz.
Pero más allá de la cosa tecnológica, este regalo me está proporcionando muchas alegrías suplementarias. Naturalmente, en cuanto lo tuve me dediqué a meter todas las fotos que tengo digitalizadas (muchísimas) alguna peli para ver a ratitos perdidos en el autobús, y sobre todo, canciones. Muchas canciones. Cerca de 4000. Eso significa que podría estar escuchando música ininterrumpidamente durante mucho tiempo, ya lo sé. Pero significa, además, que si disparas al azar las canciones, puede sonar cualquiera y eso me encanta, porque naturalmente no recuerdo qué canciones están ahí incluidas. Y es fantástico que de pronto suene esa canción que no te esperas: La historia de Ligia Helena, la cándida niña de la sociedad, o el fantástico 1972 de Josh Rouse, o una vieja canción de Revolver, o el You're so vain de Carly Simon, o el Estadio Azteca de Calamaro...
Si alguien no sabe qué pedir a los Reyes este año, lo recomiendo. A mí me está haciendo muy feliz.
En justa correspondencia (y porque me da la gana)
Si ayer fue mi cumpleaños, hoy es el de Amanda. Y ayer, ella me felicitaba desde su página y hoy la felicito yo desde la mía. Porque me da la gana, básicamente y no por ese sentido del compromiso de reciprocidad...
Porque quiero. Porque resulta que Amanda, en esta pantalla, se me ha convertido desde los primeros y ya lejanos tiempos (no recuerdo quién encontró a quién, y tampoco sé si importa) en una referencia inevitable. Las coincidencias, las telepatías, los gustos que compartimos, las pasiones comunes, que se nos ocurra hablar de lo mismo al mismo tiempo... Todo esto ha hecho de Amanda una imagen en el espejo. Es como si, tan diferentes como seguramente somos, tuviéramos una similitud extraña.
Hasta cumplimos años con un día de diferencia únicamente.
Feliz cumpleaños, Amanda. Y millones de gracias por las palabras que siempre están ahí, en la pantalla, justo cuando las necesito...
Porque quiero. Porque resulta que Amanda, en esta pantalla, se me ha convertido desde los primeros y ya lejanos tiempos (no recuerdo quién encontró a quién, y tampoco sé si importa) en una referencia inevitable. Las coincidencias, las telepatías, los gustos que compartimos, las pasiones comunes, que se nos ocurra hablar de lo mismo al mismo tiempo... Todo esto ha hecho de Amanda una imagen en el espejo. Es como si, tan diferentes como seguramente somos, tuviéramos una similitud extraña.
Hasta cumplimos años con un día de diferencia únicamente.
Feliz cumpleaños, Amanda. Y millones de gracias por las palabras que siempre están ahí, en la pantalla, justo cuando las necesito...
Un par de días
Me quedan un par de días para cumplir años, y aunque esto no es un recordatorio para que los amigos que me leen (y que yo sé que se acuerdan) no lo olviden, sí que es una reflexión inevitable sobre el inevitable paso del tiempo.
Supongo que cumplir años es un privilegio. No, no lo supongo, sé que es así. Y no sólo por eso que se dice siempre, que la otra alternativa es mucho peor, sino porque a medida que uno avanza en esto de la vida, si consigues llegar a la sabiduría esa suprema (que lo es) de ver siempre la botella medio llena, terminas por medir los años no por el tiempo transcurrido (y mucho menos por los días que se van restando implacablemente) sino por lo que se acumula en el tiempo que pasa. Vamos, que no hay que contabilizar los años que tienes en la vida, sino la vida que tienes en los años...
Hace algún tiempo tuve mis dudas acerca de la posible existencia de una enfermedad de esas puñeteras. Luego resultó que no, claro, pero en ese tiempo me dio por pensar y hacer inventario (siempre me pongo la tirita antes de la herida, una que es muy precavida) y tengo que reconocer que la cuenta, por entonces, era bastante positiva. No puedo quejarme de nada y creo que tengo muchísima suerte. Hay tesoros en mi existencia de esos que una tiene que cuidar y agradecer a diario: la familia, el apoyo siempre incondicional del compañero que desde hace tantos años está siempre ahí, mis hijos, los amigos.
Es cierto que da un poco de miedo pensar en el número de años que se cumplen y es como un vértigo extraño, porque si no fuera por los espejos (que tan poco frecuento) juraría que sigo siendo la misma adolescente, incluso la misma cría. Y desde luego, ya no. Pero a la vez, qué enorme privilegio mirar y ver que hay tanta vida -y tan feliz- almacenada en los días de todos estos años...
Supongo que cumplir años es un privilegio. No, no lo supongo, sé que es así. Y no sólo por eso que se dice siempre, que la otra alternativa es mucho peor, sino porque a medida que uno avanza en esto de la vida, si consigues llegar a la sabiduría esa suprema (que lo es) de ver siempre la botella medio llena, terminas por medir los años no por el tiempo transcurrido (y mucho menos por los días que se van restando implacablemente) sino por lo que se acumula en el tiempo que pasa. Vamos, que no hay que contabilizar los años que tienes en la vida, sino la vida que tienes en los años...
Hace algún tiempo tuve mis dudas acerca de la posible existencia de una enfermedad de esas puñeteras. Luego resultó que no, claro, pero en ese tiempo me dio por pensar y hacer inventario (siempre me pongo la tirita antes de la herida, una que es muy precavida) y tengo que reconocer que la cuenta, por entonces, era bastante positiva. No puedo quejarme de nada y creo que tengo muchísima suerte. Hay tesoros en mi existencia de esos que una tiene que cuidar y agradecer a diario: la familia, el apoyo siempre incondicional del compañero que desde hace tantos años está siempre ahí, mis hijos, los amigos.
Es cierto que da un poco de miedo pensar en el número de años que se cumplen y es como un vértigo extraño, porque si no fuera por los espejos (que tan poco frecuento) juraría que sigo siendo la misma adolescente, incluso la misma cría. Y desde luego, ya no. Pero a la vez, qué enorme privilegio mirar y ver que hay tanta vida -y tan feliz- almacenada en los días de todos estos años...
Sorprendida
Muy sorprendida, de verdad. Confesaré que tengo un contador de statcounter que no suelo mirar con demasiada frecuencia. Las visitas de este blog, que son escasas (para mí son fantásticas, lo digo comparando con los cienes y cienes diarios que tienen la mayoría de los blogs que leo) suelen ser parecidas todos los días. Incluso tengo bastante identificados a los lectores habituales. Por eso, hoy, que me ha dado por entrar casi me caigo del susto. El miércoles hubo 960 visitas. Lo juro, vamos, lo que juro es que eso es lo que dice el contador. Lo primero que pensé fue, hala, seguro que borjamari ya ha descubierto esta birria y me ha puesto a parir... Pero no. No era eso. Luego, fijándome un poquito más descubrí que el número de visitantes era bastante similar al de cada día (un alivio) pero parece ser que alguno se dedicó a revisar todo el blog, todos los archivos, todos los comentarios... No hay otra explicación para esa brutalidad (para mí, que soy una blogger modestísima) de visitas...
A quienquiera que haya sido ese visitante concienzudo, no sé si decirle gracias o qué. Es curioso pensar que alguien ha pasado tanto tiempo indagando en estas bobadas que voy escribiendo. Una situación rara, la verdad...
A quienquiera que haya sido ese visitante concienzudo, no sé si decirle gracias o qué. Es curioso pensar que alguien ha pasado tanto tiempo indagando en estas bobadas que voy escribiendo. Una situación rara, la verdad...
Harta, harta, harta
No sé exactamente dónde se coloca el listón a partir del cual dices esa encantadora frase de "Hasta aquí hemos llegado". Así que a lo mejor esto no es definitivo, y vuelvo a caer en la tentación morbosa de abrir ciertas páginas o escuchar ciertas palabras (uy, cómo me recuerda esto, en la estructura de la frase, ojo, aquella canción de Silvio que tanto me gustaba) . Pero ahora mismo la decisión es de lo más firme: Ya no puedo más. La crispación me puede, no aguanto más federicos, ni más coperos, ni más descalificaciones, ni más ytumás, más búsquedas sistemáticas del error ajeno (incluso el ortográfico, que es muy graciosillo, pero no deja de ser una gilipollez) no aguanto más proclamas de obispos, ni más defensas a ultranza, ni más agresiones, ni más fantasmas, ni más amenazas, ni más revisionismos, ni más libros de historia paridos en dos meses, ni más ignorancia, ni más sostenella y no enmendalla, ni más...
Que estoy harta, coño. Que me retiro al exilio interior y en lo sucesivo no pienso entrar al trapo. Que yo soy hipotensa, y con todo esto (y se incluye en ello los sapos que hay que tragar, lo cual no es, ni mucho menos el menor de los males) me temo que hasta me va a subir la tensión.
Que estoy harta, coño. Que me retiro al exilio interior y en lo sucesivo no pienso entrar al trapo. Que yo soy hipotensa, y con todo esto (y se incluye en ello los sapos que hay que tragar, lo cual no es, ni mucho menos el menor de los males) me temo que hasta me va a subir la tensión.
Amigas
Tengo la sensación de haber recuperado, o al menos estar en proceso de recuperar a una amiga. Últimamente, no sé muy bien por qué, pero supongo que es un asunto que tiene que ver con los ciclos (y espero que no tenga que ver con mi ancianidad, que no molaría nada) hay muchas cosas que se recuperan en mi vida. Personas. Incluso alguna que otra sensación, sin que eso tenga que ver, no vayas a pensar, Juanjo, con que haya decidido abrir una determinada caja de zapatos.
En ese proceso de recuperación tengo la esperanza de estar recuperando a P. a quien, a decir verdad, nunca debí haber perdido. Pero la vida es así, y el otro día hablábamos de ello. Me contaba la sensación de desolación que tiene últimamente: ¿No te parece que no hay nadie, que es un vacío enorme? ¿Dónde está todo el mundo? Supongo que se refería, lo sé, a que los amigos, tan queridos, muchos de ellos al menos, han desaparecido: engullidos por relojes, hipotecas y trabajos diferentes a aquellos más locos que compartimos. No sé qué hemos hecho, pero las horas interminables de conversar se han terminado, y P. hablaba con mucha nostalgia de ello... Y a mí me ha dado qué pensar, porque mucho de lo que ella dice lo comparto, pero a lo mejor resulta que estoy autoengañándome. Atribuyo esa desolación (que no lo es del todo: afortunadamente son muchos los amigos que todavía están, pero en esta ocasión me refiero a una gente en concreto, la que P. y yo compartimos) a mi propia biografía: en los últimos años he cambiado de trabajo y casi de vida, no tanto por dentro como por fuera (y ello no tiene que ver con el hecho de tener que ir vestida de ejecutiva, tan distinta a lo que he sido) , quiero decir: que mi tiempo está secuestrado y mi vida en gran parte robada, (o cedida, seamos justos)
Así las cosas, recuperar a P. es un privilegio. No sé muy bien por qué nos alejamos, supongo que yo me avergonzaba un poco de lo mucho que le había llorado (me cuidó en una época particularmente mala y parecía que yo no hacía otra cosa que quejarme y reclamar atención...)
O no lo sé.
Pero es posible que las cosas cambien. Sustancialmente.
En ese proceso de recuperación tengo la esperanza de estar recuperando a P. a quien, a decir verdad, nunca debí haber perdido. Pero la vida es así, y el otro día hablábamos de ello. Me contaba la sensación de desolación que tiene últimamente: ¿No te parece que no hay nadie, que es un vacío enorme? ¿Dónde está todo el mundo? Supongo que se refería, lo sé, a que los amigos, tan queridos, muchos de ellos al menos, han desaparecido: engullidos por relojes, hipotecas y trabajos diferentes a aquellos más locos que compartimos. No sé qué hemos hecho, pero las horas interminables de conversar se han terminado, y P. hablaba con mucha nostalgia de ello... Y a mí me ha dado qué pensar, porque mucho de lo que ella dice lo comparto, pero a lo mejor resulta que estoy autoengañándome. Atribuyo esa desolación (que no lo es del todo: afortunadamente son muchos los amigos que todavía están, pero en esta ocasión me refiero a una gente en concreto, la que P. y yo compartimos) a mi propia biografía: en los últimos años he cambiado de trabajo y casi de vida, no tanto por dentro como por fuera (y ello no tiene que ver con el hecho de tener que ir vestida de ejecutiva, tan distinta a lo que he sido) , quiero decir: que mi tiempo está secuestrado y mi vida en gran parte robada, (o cedida, seamos justos)
Así las cosas, recuperar a P. es un privilegio. No sé muy bien por qué nos alejamos, supongo que yo me avergonzaba un poco de lo mucho que le había llorado (me cuidó en una época particularmente mala y parecía que yo no hacía otra cosa que quejarme y reclamar atención...)
O no lo sé.
Pero es posible que las cosas cambien. Sustancialmente.
Llamadas sorpresa
A veces se le olvida a una que es muy recomendable hacer recuento de las cosas buenas que suceden a lo largo del día. Y eso hace que se pierdan como lágrimas en la lluvia (ejem) montones de pequeños detalles que son los que convierten un día triste y lluvioso de vuelta al trabajo, en una tarde, si no luminosa, por lo menos con un rayito.
Gracias por llamar. Aunque no haya sido así en sentido estricto. O tal vez sí.
Gracias por llamar. Aunque no haya sido así en sentido estricto. O tal vez sí.
El placer de los días de vacaciones
No hablo del verano, ni de los viajes. Hablo de esos días que a una le quedan y que disfruta una semana de noviembre cualquiera. Esos días en los que el mundo sigue girando, los programas de la tele son los de los días laborables, los niños pasan al cole con sus mochilas o sus chirriantes carritos, y sin embargo, tú te detienes.
El placer de ver cómo amanece, cómo las noticias de la radio son las de los días de diario, y tú te quedas en casa pensando en qué vas a emplear el tiempo, en qué vas a perderlo.
El placer de salir y comprar bulbos de narcisos amarillos, para que no vuelva a pasarte lo de cada primavera. Y llenar las jardineras de tierra.
Y aunque del trabajo te llamen cada dos por tres con alguna chorradilla (qué cruz señor, qué cruz) todo parece como de mentira y esa paz extraña que ahora te habita ha conseguido desplazar al maldito nudo del estómago.
Que estoy de vacaciones, no sé si se nota mucho. Y podría decir que estoy bastante feliz. Vamos, que podría, y que lo digo, qué coño.
El placer de ver cómo amanece, cómo las noticias de la radio son las de los días de diario, y tú te quedas en casa pensando en qué vas a emplear el tiempo, en qué vas a perderlo.
El placer de salir y comprar bulbos de narcisos amarillos, para que no vuelva a pasarte lo de cada primavera. Y llenar las jardineras de tierra.
Y aunque del trabajo te llamen cada dos por tres con alguna chorradilla (qué cruz señor, qué cruz) todo parece como de mentira y esa paz extraña que ahora te habita ha conseguido desplazar al maldito nudo del estómago.
Que estoy de vacaciones, no sé si se nota mucho. Y podría decir que estoy bastante feliz. Vamos, que podría, y que lo digo, qué coño.