Cuando una tiene la tentación de quejarse.
Porque los motivos no faltan, claro. Motivos diminutos, absurdos. Pequeñas contrariedades que convertimos en el centro de nuestro universo, como si la mala suerte nos persiguiera porque hemos perdido un autobús o porque una avería inesperada en el coche (o en la lavadora, o en el ordenador) nos desequilibra nuestro presupuesto y nos deja sin aquel capricho que pensábamos comprar. O porque no suena el teléfono que debería sonar o porque...
Para todas esas tentaciones hay antídotos y cada uno va encontrando o inventando los propios. Yo, hoy me permito un enlace. Entra aquí, introduce en la casilla tu sueldo anual y alucina.
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Comentario:
No sé si me gusta saber que estoy entre el 10% de personas más ricas del planeta, en dinero, se entiende. De lo demás no hay medidores, no? Éso sí que sería interesante, saber cómo andamos de bienestar o de felicidad.
Comentario:
Antes del jueguecito, creía que era una de las personas más pobres del mundo. No sé si me alegro o me entristezco de averiguar que estoy en el umbral de los ricos...





