Esa pereza de que todo se confunda
A mí me da mucha. Pereza, quiero decir. Eso de tener que andar estableciendo las diferencias entre lo que es y no es (a ver: seamos humildes: entre lo que yo creo que es y lo que creo que no es). A veces tengo la sensación de que uno de los signos de los tiempos es justamente eso: la confusión. Y, claro, lo que provoca que las fronteras se diluyan y todo sea lo mismo, es, obviamente, culpa del mercado.
Todo esto viene a cuento por la polémica del premio Planeta de este año, por las frases de Marsé, por la reacción de la ganadora. A lo mejor es que empiezo a ser ya muy mayor, pero algo ha ocurrido en los últimos veintitantos años que ha cambiado las reglas del juego. Antes, y estoy hablando de los pretéritos tiempos de mi adolescencia a finales de los setenta, los libros apenas eran objeto de consumo. Los libros eran objetos culturales. Se vendían pocos, y los autores no tenían nada que ver con el circo mediático en el que ahora viven. De hecho, todos sabían que la inmensa mayoría de los escritores, no vivían de sus libros (algunos, como Delibes, grande entre los grandes, vivía del periodismo, o Torrente (Ballester, aclaro, que el mundo está como está) de sus clases en la universidad, porque todavía no había llegado la tele a informarnos de que existía, con "Los gozos y las sombras"). Claro que había best sellers: pero estaban colocados en su sitio. Y claro que sabíamos que el premio Planeta (salvo muy contadas excepciones) era lo que era: un premio comercial, sin más.
Pero, ay, llegó el mercado con sus leyes a invadir ese espacio aún mágico de los libros, y la palabra "vender" se convirtió en lo verdaderamente importante. Las editoriales cambiaron, todo se mercantilizó, los escritores empezaron a convertirse en estrellas mediáticas, y comprar libros se convirtió en algo parecido a comprar cualquier objeto apto para ser colocado en una estantería o para ser regalado... Así que la confusión estaba (está) servida. No seré yo quien diga que los autores no deben cobrar (y bien) por su trabajo. No seré yo quien diga que los libros deben ser aburridos y "buenos". Pero esto de andar separando todo el santo día, tratando de trazar una línea entre el arte y el mercado, sin que se sepa muy bien por dónde hacerlo, esto de asistir a diario a la ceremonia de las vanidades y de las cifras de venta... No puedo evitarlo, creo que Marsé tiene razón cuando dice "A vosotros os interesa mucho la vida literaria: A mí me interesa la literatura..." Porque son dos cosas diferentes. Y cada vez me resulta más cansada esta batalla perdida por separarlas...
Todo esto viene a cuento por la polémica del premio Planeta de este año, por las frases de Marsé, por la reacción de la ganadora. A lo mejor es que empiezo a ser ya muy mayor, pero algo ha ocurrido en los últimos veintitantos años que ha cambiado las reglas del juego. Antes, y estoy hablando de los pretéritos tiempos de mi adolescencia a finales de los setenta, los libros apenas eran objeto de consumo. Los libros eran objetos culturales. Se vendían pocos, y los autores no tenían nada que ver con el circo mediático en el que ahora viven. De hecho, todos sabían que la inmensa mayoría de los escritores, no vivían de sus libros (algunos, como Delibes, grande entre los grandes, vivía del periodismo, o Torrente (Ballester, aclaro, que el mundo está como está) de sus clases en la universidad, porque todavía no había llegado la tele a informarnos de que existía, con "Los gozos y las sombras"). Claro que había best sellers: pero estaban colocados en su sitio. Y claro que sabíamos que el premio Planeta (salvo muy contadas excepciones) era lo que era: un premio comercial, sin más.
Pero, ay, llegó el mercado con sus leyes a invadir ese espacio aún mágico de los libros, y la palabra "vender" se convirtió en lo verdaderamente importante. Las editoriales cambiaron, todo se mercantilizó, los escritores empezaron a convertirse en estrellas mediáticas, y comprar libros se convirtió en algo parecido a comprar cualquier objeto apto para ser colocado en una estantería o para ser regalado... Así que la confusión estaba (está) servida. No seré yo quien diga que los autores no deben cobrar (y bien) por su trabajo. No seré yo quien diga que los libros deben ser aburridos y "buenos". Pero esto de andar separando todo el santo día, tratando de trazar una línea entre el arte y el mercado, sin que se sepa muy bien por dónde hacerlo, esto de asistir a diario a la ceremonia de las vanidades y de las cifras de venta... No puedo evitarlo, creo que Marsé tiene razón cuando dice "A vosotros os interesa mucho la vida literaria: A mí me interesa la literatura..." Porque son dos cosas diferentes. Y cada vez me resulta más cansada esta batalla perdida por separarlas...
Comentario:
Desgraciadamente lo de que el mercado puede con todo no acaba en los libros.
Hace tiempo que no me interesan los libros de hoy en día, sobretodo los best sellers americanos. Si es que ya cualquiera que escribe en cualquier lado se cree escritor...
Ale..a seguir con Ana
Hace tiempo que no me interesan los libros de hoy en día, sobretodo los best sellers americanos. Si es que ya cualquiera que escribe en cualquier lado se cree escritor...
Ale..a seguir con Ana
Comentario:
Pues a mí me está divirtiendo mucho todo este follón.
Comentario:
No sé, si la calidad era tan escasa, bien podían haber declarado desierto el premio, a no ser que los intereses mediático-económicos no lo permitieran. De esta manera se entienden mejor según que reacciones.