Amigas
Tengo la sensación de haber recuperado, o al menos estar en proceso de recuperar a una amiga. Últimamente, no sé muy bien por qué, pero supongo que es un asunto que tiene que ver con los ciclos (y espero que no tenga que ver con mi ancianidad, que no molaría nada) hay muchas cosas que se recuperan en mi vida. Personas. Incluso alguna que otra sensación, sin que eso tenga que ver, no vayas a pensar, Juanjo, con que haya decidido abrir una determinada caja de zapatos.
En ese proceso de recuperación tengo la esperanza de estar recuperando a P. a quien, a decir verdad, nunca debí haber perdido. Pero la vida es así, y el otro día hablábamos de ello. Me contaba la sensación de desolación que tiene últimamente: ¿No te parece que no hay nadie, que es un vacío enorme? ¿Dónde está todo el mundo? Supongo que se refería, lo sé, a que los amigos, tan queridos, muchos de ellos al menos, han desaparecido: engullidos por relojes, hipotecas y trabajos diferentes a aquellos más locos que compartimos. No sé qué hemos hecho, pero las horas interminables de conversar se han terminado, y P. hablaba con mucha nostalgia de ello... Y a mí me ha dado qué pensar, porque mucho de lo que ella dice lo comparto, pero a lo mejor resulta que estoy autoengañándome. Atribuyo esa desolación (que no lo es del todo: afortunadamente son muchos los amigos que todavía están, pero en esta ocasión me refiero a una gente en concreto, la que P. y yo compartimos) a mi propia biografía: en los últimos años he cambiado de trabajo y casi de vida, no tanto por dentro como por fuera (y ello no tiene que ver con el hecho de tener que ir vestida de ejecutiva, tan distinta a lo que he sido) , quiero decir: que mi tiempo está secuestrado y mi vida en gran parte robada, (o cedida, seamos justos)
Así las cosas, recuperar a P. es un privilegio. No sé muy bien por qué nos alejamos, supongo que yo me avergonzaba un poco de lo mucho que le había llorado (me cuidó en una época particularmente mala y parecía que yo no hacía otra cosa que quejarme y reclamar atención...)
O no lo sé.
Pero es posible que las cosas cambien. Sustancialmente.
En ese proceso de recuperación tengo la esperanza de estar recuperando a P. a quien, a decir verdad, nunca debí haber perdido. Pero la vida es así, y el otro día hablábamos de ello. Me contaba la sensación de desolación que tiene últimamente: ¿No te parece que no hay nadie, que es un vacío enorme? ¿Dónde está todo el mundo? Supongo que se refería, lo sé, a que los amigos, tan queridos, muchos de ellos al menos, han desaparecido: engullidos por relojes, hipotecas y trabajos diferentes a aquellos más locos que compartimos. No sé qué hemos hecho, pero las horas interminables de conversar se han terminado, y P. hablaba con mucha nostalgia de ello... Y a mí me ha dado qué pensar, porque mucho de lo que ella dice lo comparto, pero a lo mejor resulta que estoy autoengañándome. Atribuyo esa desolación (que no lo es del todo: afortunadamente son muchos los amigos que todavía están, pero en esta ocasión me refiero a una gente en concreto, la que P. y yo compartimos) a mi propia biografía: en los últimos años he cambiado de trabajo y casi de vida, no tanto por dentro como por fuera (y ello no tiene que ver con el hecho de tener que ir vestida de ejecutiva, tan distinta a lo que he sido) , quiero decir: que mi tiempo está secuestrado y mi vida en gran parte robada, (o cedida, seamos justos)
Así las cosas, recuperar a P. es un privilegio. No sé muy bien por qué nos alejamos, supongo que yo me avergonzaba un poco de lo mucho que le había llorado (me cuidó en una época particularmente mala y parecía que yo no hacía otra cosa que quejarme y reclamar atención...)
O no lo sé.
Pero es posible que las cosas cambien. Sustancialmente.





