Cordones umbilicales
Es curioso el asunto de tener hijos. Desde el primer momento, cuando ocupan tu cuerpo, notas inequívocamente que no eres tú, que no es una parte de ti la que crece ahí. No. Son ellos. Viven de ti, de tu sangre, pero son ellos. Y luego nacen y son tan frágiles, tan pequeños, y sin embargo son ellos, y parecen tan ajenos. Y crecen, y son capaces de articular palabras, y hasta de ponerse en pie y caminar. Y siguen siendo tus hijos, pero no. Porque elaboran sus propios pensamientos, y los formulan, y a veces te sorprenden con cosas que no sabías. Y un día los ves a bordo de una bici y otro día te asusta la forma en que trepan. O la forma, tan independiente, tan propia, tan ajena, en que hablan por teléfono con sus amigos. Y un día te vienen con un moratón en el cuello y sonríes como para dentro sin decir nada. Y a pesar de todo eso, de esa forma de ir alejándose siempre, a pesar de todo, hay un momento en que hay que cortar el cordón umbilical, porque curiosamente, sigue existiendo. Y ese es el día en que el niño se marcha de casa, porque así ha de ser, porque tiene que hacerlo, porque ha elegido su camino y eso debería alegrarte, qué diablos, al menos lo has educado para que sea capaz de tomar sus decisiones, aunque se te parta el corazón porque hay siete horas de distancia, y porque si un día te necesita a su lado, no hay aviones que borren esas siete horas.
Voy a echarte mucho de menos, Sergio.
Voy a echarte mucho de menos, Sergio.





