1985

... Era un día más, un día laboral como cualquier otro. Estaba ya levantada; de hecho, creo iba hacia la cocina, a desayunar. Como siempre, tenía el radio prendido, no sé si en Metrópoli o en la W, cuando Levy Gallardo sí daba nota roja, no la propaganda política priísta de hoy. El caso es que, cuando iba a medio pasillo, unos metros fuera de mi cuarto, todo se hizo silencio; se oyó un ruido sordo, extrañísimo. Los vidrios de mi ventana se empezaron a cimbrar. Yo recuerdo bien ese sonido: era como el de lámparas de mesa de noche haciendo "cling clang, cling clang". En el radio se escuchó una voz: "parece que hay un temblor". Mi hermana miró hacia afuera y empezó a llorar. Mi madre ya estaba en el patio. Yo, pasmada, no atinaba a moverme ni a colocarme bajo el protector marco de alguna puerta, como tantas veces había oído decir que se hacía en semejantes casos. Gritaba. Y el temblor seguía y seguía. No acababa; eso lo recuerdo perfecto. No acababa y yo me preguntaba, en lo interno, qué iba a pasar. Por fin paró y gracias a Dios, estábamos bien. Fue en ese momento que pensé si la cosa no se habría puesto fea en el Distrito Federal, pues se me vinieron a la memoria los recuerdos de otro sismo, el del 31 de enero de 1973, que aquí en Guadalajara no pasó de sacudida, pero allá había causado fuertes deterioros en edificios y vías de comunicación. Me acordaba de Jacobo Zabludosky reportando eso, recorriendo, teléfono en mano (él tenía uno en su auto, en una época en la que no había celulares), las calles defeñas trastornadas. Y ahorita no recuerdo cuándo, ya en 1985, supe lo del horror. Yo me fui a trabajar al Archivo Municipal de Guadalajara, que se llevó un recuerdo del fenómeno telúrico: una fea cuarteadura en su torre principal (Aquí en Jalisco, el poblado de Gómez Farías, en el sur, quedó en ruinas, lo mismo que la catedral de la cercana Ciudad Guzmán, a 130 kilómetros de mi ciudad, cerca del Nevado de Colima). Y ahora que hago memoria, en verdad no recuerdo si fue allí o hasta que regresé a casa cuando conocí la magnitud del terremoto. Qué terrible; no tengo más palabras - sobran - para describir lo que vi en la televisión, que ya había vuelto al aire después de haber perdido señal a las tristemente célebres 7:19. La capital del país, destrozada, destruida, y no sólo en lo físico, sino partida en el alma. Vi a Zabludosky devastado. Vi destruido al precioso hotel Regis, donde mi familia y yo nos llegamos a hospedar varias veces en viajes a la capital, a principios de los 70s. Supe posteriormente de la muerte del músico Rockdrigo, de la del Conde Gustavo Armando Calderón, comentarista deportivo; de las gravísimas lesiones de Gustavo Calderón Millán, que a raíz de esto, entiendo que quedó en estado vegetativo. Tantas y tantas cosas. Y un sentimiento de tristeza indefinible. De vacío. Una cosa que sólo me pasa ante ese tipo de tragedias, como las de San Juanico en 1984 o las explosiones del 22 de abril de 1992, aquí en Guadalajara.
De la misma manera recuerdo que varios edificios quedaron en calidad de cadáveres vivientes y, semanas después, tuvieron que ser dinamitados por el peligro que constituían para la gente, al haber quedado convertidos en enormes cascarones que se podían venir abajo ante el mínimo embate.
Y como siempre en estos casos.
¿Las autoridades? Bien, gracias. Y si no creen, pregúntenle a Mr. Bush sobre Nueva Orleans, en el mismísimo Primer (¿?) Mundo.
EL PAÍS QUE IDEALICÉ, QUÉ ASCO...

En mi adolescencia y juventud, he de confesar que me nutrí malamente de los artículos del Selecciones en los que se pintaba a los Estados Unidos como el paladín de la democracia mundial; como el guapo de la película, que acudía presto al rescate de los desgraciados que gemían en las garras del comunismo soviético. En serio que me tragué todo el cuento de que ellos eran buenos, humanitarios, poco menos que ángeles que deseaban que los demás progresáramos bajo su cobijo y protección... Taruga que es una a veces, pues... Allá por los 80s soñaba con irme a vivir allá, donde tenían una mentalidad muy muy diferente a la nuestra... Años me tomó darme cuenta de que así era, pero en otro sentido. De que la mentalidad diferente consiste en que, a pesar de lo que dicen, tienen muy poco sentido de familia: los padres viven en Wisconsin; un hermano, en California; una hermana en Nueva Jersey, aquél otro en Montana y así. Pasan hasta AÑOS sin que se vean. Pero no es éste el tema que quiero tratar. Poco a poco me fui dando cuenta de que mi imagen sobre ellos estaba totalmente divorciada de la realidad, de que sus guerras no obedecían a propósitos de liberación, sino a oscuros intereses económicos de las grandes empresas trasnacionales; de que a algunas de éstas les convenía que hubiera guerras para poder vender armamento; de que los gringos destinaban y destinan millones y millones de dólares como presupuesto de guerra y no a alimentación de los miserables del tercer, cuarto o quinto mundo (África, Asia, Latinoamérica) o inclusive a la gente pobre - que la hay - de allí mismo; de que todo su actuar en países como el mío tenían como único objeto la explotación y después, deshacerse de uno como desecho.
Pero no es eso lo peor.
Lo peor es que su actual gobernador, George W.C. (¡¡sí !! un excusado atascado de mierda), Bush, está lleno de odio y de afán de dinero, y es en aras de ello que sostiene esa absurda invasión a Irak, poniéndose al mundo por montera, como dicen los españoles, o pasándoselo por el Arco del Triunfo, como decimos aquí en México. A mí me recuerda mucho a Hitler, con su discurso mesiánico y sus afanes expansionistas, su evidente locura y su desinterés por el sufrimiento ajeno con tal de conseguir sus metas. No sé a dónde vamos a dar. Éstos canijos están viéndose iguales o peores que los soviéticos a quienes tanto criticaron en su tiempo. Lloraban por el muro de Berlín, al que denominaban el muro del odio. Odio enfermizo el que, con sus complacencias, tienen los fanáticos granjeros de Arizona, Nuevo México y otros estados que hacen frontera con nuestro país.Ellos sí que pretenden levantar muros para impedir que infelices compatriotas nuestros que, huyendo del paraíso foxista, buscando una mejor vida para sí y los suyos, traten de cruzar las fronteras para ello, arriesgando su vida o su integridad física. Los cazan como perros y pretenden que esto sea legal.
Éste es el país que idealicé.
Qué pena.
Acabo este post transcribiéndoles la letra de esta rola que en sus tiempos y sin saber lo que decía, me hiperfascinaba y ahora más que ya sé su significado. La dedicó Graham Nash, estupendo músico sesentero, a un soldado que luchó en la guerra de Vietnam, violó, mató e hizo barbaridad y media para satisfacer las ansias del imperio (quién me viera hablando así, yo tan anti-roja que siempre fui)...

La traducción, muy libre, al español, es mía.
Oh!, Camil.
(The winter soldier).
Oh Camil, tell me how do you feel?
You fought for your country
for God and for war,
now your heart tells you that can't be real.
So you tell me your story from beginning to end
all the blood and the guts and the gore
will you tell all the people
'bout the people you killed,
not for God, but for country and war?
Oh! Camil, tell me what did you mother say,
when you left those people out in the fields,
rotting along with the hay?
Did you show her your medals?
Did you show her your guns?
Did you show her the ears that you wore?
Did you show her a picture of the people you killed
not for God, but for country and war?
Oh! Camil, tell me why are you in this place?
When you stood up for justice your country replied
by throwing it back in your face.
When you tell me your story
are you making amends for all of the hatred you saw?
Will you tell all the people about the people that cry out for God
not for country or war?
Oh, Camil, dime cómo te sientes...
Peleaste por tu país, por Dios y por la guerra.
Ahora tu corazón te dice que no puede ser.
Me cuentas tu historia de principio a fin...
Toda la sangre coagulada, los intestinos de fuera...
¿Contarás a todos sobre la gente que mataste,
no por Dios, sino por tu país y por la guerra?
Oh! Camil, dime qué dijo tu mamá
sobre toda esa gente a la que dejaste tirada,
pudriéndose en el camino...
¿Le mostraste tus medallas?
¿Le enseñaste tus armas?
¿La hiciste ver las orejas con las que te adornabas?
¿Le enseñaste las fotos de las personas que mataste,
no por Dios, sino por tu país y por la guerra?
Oh! Camil, dime la razón por la que estás en este lugar,
cuando suplicaste justicia a tu país, te la vomitó en tu cara.
Al contarme tu historia, ¿buscas compensar lo que hiciste,
dar una satisfacción por el odio que sembraste?
¿Contarás a la gente sobre aquellos que claman justicia a Dios,
no a tu país ni a la guerra?





