LO SAGRADO, A UN CAJÓN.


A mí nunca me gustó la tristeza de la Semana Santa, el no poder escuchar el radio o ver la televisión (cuando yo era niña, si uno estaba de luto, no se veía la tele), y a la fecha, tampoco el hecho de que se detenga el tiempo y la vida parezca estar muerta de jueves a domingo. Pero de esos días y costumbres aprendí que la conmemoración de la muerte de Jesús merecía respeto y debía motivar la meditación sobre ese misterio entre nosotros los creyentes.
Ahora eso se ha perdido en varios estratos de nuestra sociedad; hoy en día la Semana Santa es pretexto para vacaciones y para desórdenes. No hay más que dar un vistazo a lo que ocurre, por ejemplo, en Puerto Vallarta, centro turístico playero del occidente de México. Allí no importa si es día de luto, los llamados antros funcionan a todo lo que da; la alegría es ruidosa y nadie, allí, siquiera recuerda que en un día así, ese Jesús en el que muchos dicen creer, murió. O si creen no les importa.
Otro mal síntoma de lo que afirmo es el establecimiento, en Guadalajara, por parte de varios medios de comunicación y algunas empresas, de un llamado Festival del Ocio, cuyo lema es Nada Mejor que Hacer (claro, en Semana Santa), en el que promueven que el que la gente que se quedó en la ciudad se dedique a lo que sea, menos a ir a la iglesia a las conmemoraciones de este hecho tan trascendental para los católicos.
Es una campaña de desacralización y los que debiéramos protestar guardamos ominoso silencio. Qué pena.





