Miradas. Sonrisas.
Despierto. Acabo de despertarme, y sin abrir los ojos, en la somnolencia previa, siento que no reconozco esta cama en la que yazgo desnudo. Recuerdo el sueño que me ha acompañado durante la noche. Alargo mi brazo a un lado y noto restos de tu presencia. No, no ha sido un sueño. O tal vez sí, un sueño, un bello sueño.
...
Acabábamos de volver de pasar una tarde en el río con tus amigos. Habíamos disfrutado del sol, relajados, sin prisas. Al principio me dio pereza ir con tus amigos, pero tu mirada me acabó de convencer. En la habitación, tras ducharme, terminaba de secarme cuando noté tus manos en mis hombros. Casi pego un brinco, no me lo esperaba, pero el ligero masaje en mis hombros acabó por reconfortarme. Habíamos comentado que me sentía cargado y te habías ofrecido a darme un masaje. Me notaste tenso y me pediste que me relajara.
Sin embargo tus manos no pararon en mi cuello, lentamente, recorriendo mi espalda fuiste bajando. A la vez, tus labios se posaban en mi espalda, y la otra mano pasaba a mi pecho. Notaste mi sorpresa, tranquilo, me susurraste. Me dejé hacer. Poco a poco, aún de espaldas, me acercaste a ti, nuestros cuerpo se juntaron, sentí el roce de tu piel, me abrazaste desde atrás, volviste a besarme.
No sé cuánto tiempo pasamos así, en un gesto claro me pediste que me diera la vuelta. Me encontré con tu cara sonriente. Sonreíste más abiertamente al ver mi expresión, imagino que de sorpresa y miedo.
“No sé si sabré”, te dije. “No te preocupes, confía en mi, déjate llevar. Yo te guío”. Notaste mi cuerpo aún tenso. Tus labios se posaron ligeramente en los míos. Los besos se hicieron más intensos, más profundos. Jugaron nuestras lenguas, danzaron. Primero con torpeza, luego acompasadas. “Tranquilo, tranquilo, no hay prisa”, me susurraste.
Así pegados, de pie, comenzaron tus caricias. Mis manos, aún torpes, buscaron tu piel. Me tomaste de la mano. Ya en la cama volviste a tomar la iniciativa. Posabas tus labios en mi piel, revoloteabas cual mariposa allá y aquí. Mientras, tus dedos, suavemente, iban despertando mis células. Cada terminación nerviosa respondía con una descarga. Nada dejabas sin pulsar, consciente de las teclas que pulsabas, pero con la maestría de quien improvisa una melodía...
....
Recobro poco a poco la consciencia. Te oigo trastear en la cocina. Te encuentro desnudo y al oírme, iluminas la mañana con tu sonrisa.
Comentario:
Realmente, una bella historia. Confio que sea real! Un besote. Juan





