In pace
Dicen que si sueñas que alguien muere, le regalas tiempo de vida. Éste fue mi sueño.
Era una mañana de domingo más. La primavera se había manifestado ya en todo su esplendor y una luz clara se colaba por los amplios ventanales de la estancia. Distraídamente ojeaba el periódico mientras pensaba a qué iba a dedicar aquel día. Fiel a su costumbre había comenzado la lectura por la última página.
Desde hacía ya un tiempo dedicaba una mayor atención a las esquelas. No por una curiosidad morbosa. Sus mayores habían llegado a la edad en que iniciar el postrero viaje es ley de vida y por ende también los de sus amigos más cercanos. No era la primera vez que desde uno de aquellos negros recuadros le asaltaba un nombre conocido.
Tuvo que leerlo por dos veces. “Elena García Alvarado”; algo se quebró en su interior. No había duda, era ella. Tenía apenas una hora para darse una ducha y subir al complejo funerario. Intentó conservar la calma, pero nada estaba en su sitio.
Salió de casa dando un fuerte portazo. Luchó contra la lágrima que pugnaba liberarse. Aquella fue sólo la primera de muchas que nublaron su vista hasta que llegó al cementerio. Buscó la capilla y se instaló en uno de los últimos bancos. No conocía a nadie. Identificó a quienes debían ser sus padres. No muy lejos de ellos un grupo de chicas, sus amigas, comentaban en voz baja. Al fin una cara conocida.
Pasó la ceremonia perdido en sus recuerdos. Cuando el sacerdote dio por concluido el acto, no sabía qué hacer. Debía acercarse a saludar a los padres, pero sus piernas no le respondían. Quería irse. En ese momento Aitziber, la única amiga a quien conocía se fijó en él; decidió esperar. Ella comentó algo con el resto de amigas e inició el camino que les separaba. Apenas se conocían de una noche de fiesta, hacía ya unos meses. Cuando les separaban apenas tres metros se levantó. Ella le ofreció sus manos, esbozó una breve sonrisa y le besó con dulzura en las mejillas, después se abrazaron. “Lo siento”, le dijo ella, como si sólo él necesitara el consuelo.
“No quiso decirte nada”. “Lo sabía desde hace algún tiempo y quiso que tú no sufrieras, lo llevó con gran entereza. Nos dio fuerzas a las demás”. Hasta en esos momentos ella había pensado más en él que en ella misma.
Aquel abrazo había sellado la paz en una guerra nunca declarada. Había iniciado un vínculo casi sobrenatural, como si una presencia velara por él.
“Ven, te presentaré...”
Era una mañana de domingo más. La primavera se había manifestado ya en todo su esplendor y una luz clara se colaba por los amplios ventanales de la estancia. Distraídamente ojeaba el periódico mientras pensaba a qué iba a dedicar aquel día. Fiel a su costumbre había comenzado la lectura por la última página.
Desde hacía ya un tiempo dedicaba una mayor atención a las esquelas. No por una curiosidad morbosa. Sus mayores habían llegado a la edad en que iniciar el postrero viaje es ley de vida y por ende también los de sus amigos más cercanos. No era la primera vez que desde uno de aquellos negros recuadros le asaltaba un nombre conocido.
Tuvo que leerlo por dos veces. “Elena García Alvarado”; algo se quebró en su interior. No había duda, era ella. Tenía apenas una hora para darse una ducha y subir al complejo funerario. Intentó conservar la calma, pero nada estaba en su sitio.
Salió de casa dando un fuerte portazo. Luchó contra la lágrima que pugnaba liberarse. Aquella fue sólo la primera de muchas que nublaron su vista hasta que llegó al cementerio. Buscó la capilla y se instaló en uno de los últimos bancos. No conocía a nadie. Identificó a quienes debían ser sus padres. No muy lejos de ellos un grupo de chicas, sus amigas, comentaban en voz baja. Al fin una cara conocida.
Pasó la ceremonia perdido en sus recuerdos. Cuando el sacerdote dio por concluido el acto, no sabía qué hacer. Debía acercarse a saludar a los padres, pero sus piernas no le respondían. Quería irse. En ese momento Aitziber, la única amiga a quien conocía se fijó en él; decidió esperar. Ella comentó algo con el resto de amigas e inició el camino que les separaba. Apenas se conocían de una noche de fiesta, hacía ya unos meses. Cuando les separaban apenas tres metros se levantó. Ella le ofreció sus manos, esbozó una breve sonrisa y le besó con dulzura en las mejillas, después se abrazaron. “Lo siento”, le dijo ella, como si sólo él necesitara el consuelo.
“No quiso decirte nada”. “Lo sabía desde hace algún tiempo y quiso que tú no sufrieras, lo llevó con gran entereza. Nos dio fuerzas a las demás”. Hasta en esos momentos ella había pensado más en él que en ella misma.
Aquel abrazo había sellado la paz en una guerra nunca declarada. Había iniciado un vínculo casi sobrenatural, como si una presencia velara por él.
“Ven, te presentaré...”
Comentario:
Sino es un sueño... lo siento, la muerte siempre llega demasiado temprano y en casos asi más.
Hoy escuchaba una cancion k decia,
...Hoy llorandote, mañana reconrdando k cuando el alma del amor se aleja, entero el corazon se aleja...Se k morir no es mas k estar un tiempo fuera. Y se k vivir es entender k el cielo espera...
Besosss
Hoy escuchaba una cancion k decia,
...Hoy llorandote, mañana reconrdando k cuando el alma del amor se aleja, entero el corazon se aleja...Se k morir no es mas k estar un tiempo fuera. Y se k vivir es entender k el cielo espera...
Besosss