Más razón que un santo
Él me lo dijo cuando nos despedíamos: “No va a ser el último. Nos volveremos a ver”. Una sonrisa se dibujó en mi cara como diciendo, “no sabes cuán equivocado estás David”. Y aquí me tenéis, casi año y medio después buscando un diseño que me guste. Porque David, al final, tenía más razón que un santo y me voy a hacer otro tatuaje.
Llevo ya uno en la espalda, una lagartija, que no me la veo, pero la noto cuando cambia de posición. En invierno hace lo que tiene que hacer, hiberna. En el verano tomamos el sol juntos. Lo de la lagartija viene porque, en un rapto de locura, he comenzado a subirme por las paredes. En realidad ya lo venía haciendo como lo solemos hacer tod@s las personas de bien que en el escalafón soportamos por encima a un tipejo impresentable. Pero esta vez me subo a las paredes por decisión personal, eso sí, bien amarradito con mi arnés y mis pies de gato.
Ahora ando buscando un sol, o una ninfeta o tal vez un gnomo con carita picarona. Quizás una luna fumando un “peta” que vi una vez, pero a la que he perdido el rastro. Se admiten sugerencias, y si llegan con diseño, miel sobre ojuelas. Pero quiero que no sea demasiado grande, con lo que el diseño ha de ser necesariamente sencillo. Las ninfas que he visto hasta ahora combinan colores y si se los quitas, pierden la gracia. Valoré la posibilidad de tatuarme una leyenda que dijera: “Por favor, mírame a los ojos”, pero no sé si en letras chinas hay una que lo traduzca.
Así que cualquier día me armaré de valor y le haré una visita a David, pidiéndole perdón por enseñarle mi trasero.





