Tengo poderes... ¡y yo sin saberlo! (¿O sí?)
Efectivamente, señoras y señores, el menda lerenda tiene poderes. Y no me refiero a esos que quien más quien menos posee y ejercita. Sino poderes de un nivel superior, recibidos de alguna vida anterior.
Y no, no me refiero a la capacidad de pensar en alguien y que suene el teléfono y ¡voilà!, hel@ aquí; o encontrar a esa persona en la calle tras miles de años sin saber de ella. No, eso es fácil y con un poco de técnica se consigue, esos son poderes de segundo nivel.
Me estoy refiriendo a capacidades más allá del entendimiento humano: ubicuidad, en su fase de bilocación; teletransportación y, finalmente, invisibilidad.
Empecemos por la bilocación. En periodo muy avanzado de experimentación, estoy dando los últimos pasos para doctorarme. El master para conseguir el don de la ubicuidad me sale muy caro, y es sólo para elegidos. Aunque mi radio de acción todavía es muy limitado, pues todavía no soy efectivo más allá de los dos kilómetros, gracias a mi trabajo he conseguido estar en dos sitios simultáneamente...
Por necesidades del guión y de lo anteriormente expuesto, me apunté a un curso básico de teletransportación. Para conseguir apagar dos fuegos a la vez, quise unir mi poder anterior a una capacidad que me permitiera desplazarme a velocidades ilimitadas, aumentando la ya de por sí elevada eficacia que el poder anterior me da. El curso básico no da mucho más de sí. Aún tengo algún que otro problema de desmembramiento en el viaje, pero no me quieren pagar el curso intermedio. Pero me las apaño bien, si consigo recordar dónde me he dejado un brazo, la pierna o la cabeza. Además uno es hombre de recursos, para lo cual me he agenciado una bici. Ese es otro tema que algun@s ya conocéis...
Y para acabar, la perla de mis poderes. Lo de la invisibilidad es que me tiene fascinado. Este es el poder que poseo desde hace más tiempo, pero del que hace menos he caído en la cuenta. Debo remontarme a la adolescencia, allá por el Pleistoceno, para recordar las primeras veces en que este poder hacía efecto. El problema, supongo que por alteraciones hormonales, es que no he sabido nunca controlarlo y manejarlo en mi beneficio. Adivinaréis a quien saludaba aquella chica que me hacía suspirar... ¡Exacto!. Siempre al amigo que venía conmigo. Yo, era invisible. Sin embargo esto nunca funcionó en clase, por ejemplo. ¿A quién pillaban si hacía su única trastada trimestral?. ¿A quién hacían siempre la pregunta que nunca se sabía?. Otra vez habéis acertado. Nunca a mi vecino de pupitre, o al de delante o al de atrás, siempre a mí.
Este poder me sigue acompañando ahora que soy más talludito. Y la verdad, no sé si renunciar a él o, por el contrario, pedir ayuda para su manejo a instancias mayores.