¿Dónde estabas?
Creí que el sábado por la tarde iba a verte. Imaginé otras tardes encontrándonos en el mismo lugar, quizás por diferentes motivos, pero siempre trabajando y alzando la voz por una causa que creíamos justa.
Busqué tu cara entre la gente, bajo los paraguas, cobijada tal vez en alguno de los abrigos. Recordé tu sonrisa franca cada vez que nos encontramos, que dicho sea de paso, cada vez son menos las veces que esto ocurre.
Busqué un motivo a tu ausencia. Quizás algún crío enfriado, quizás marchaste al pueblo a ver a los tuyos, lo mismo era día de celebración familiar.
Sinceramente, me hubiera gustado encontrarme contigo, por lo que nos unió, por lo que creo que nos une aún. Pero no te reconocí, o tal vez, simplemente, no estabas.
Te imaginé una y mil excusas. Siempre hay un “algo” que nos ata. No se puede llegar a todo, no se puede partir uno en dos.
Pero el sábado había que estar allí. Bajo la lluvia de agua, que no de golpes. Soportando el primer frío intenso del otoño, que más fría es la indiferencia y la humillación más dolorosa.
Nosotros se lo debemos. Ellas lo merecen y lo necesitan. Quiero pensar que no eres insensible, que el tiempo pasado, la comodidad, las “otras” obligaciones” te han cambiado. Que no eres la misma persona que conocí, que tus valores han cambiado. Quiero seguir teniendo esperanza. Porque todos somos necesarios, porque todos hemos de alzar la voz, cuantas veces haga falta. Porque han de sentirse comprendidas, acompañadas, arropadas, defendidas, valoradas. Porque nos lo piden con su silencio, con su grito ahogado de rabia, de dolor, de pesar…
No fue así. El sábado pasado estábamos cuatro gatos. Y esa es la mejor forma de perder la batalla contra la violencia, en este caso, apellidada “de género”.
Etiquetas: denuncia genero grito maltrato manifestacion mujer mujeres protesta solidaridad violencia
Noviembre 2006, día 14.
Pérdidas.
Durante los últimos seis años he tenido una motivación especial para ir a trabajar. Quizás fuera mi más fuerte motivación, si exceptuamos la crematística, que también tiene su peso.
Durante las primaveras, los otoños y los inviernos de estos seis años he asistido, puntualmente, y si las nubes no lo impedían, al maravilloso espectáculo que supone ver amanecer. Rojo, radiante, hermoso cada mañana el sol se alzaba ante mi vista, llenándolo todo de una luz especial, regalándome un espectáculo único, pese a repetirse día tras día.
Hoy me veo privado de ese milagro. Un enorme edifico gris se levanta frente a la ventana que me surtía de luz natural. Da igual que sea verano que invierno, que haya nubes o luzca limpio de nubes el cielo, da igual la hora del día. Impasible, imponente, siempre gris.
Ya están aquí.
Impecables. Enfundados en sus trajes verdes. Ocultos tras pasamontañas y gafas. Erguidos en su montura. Otean el horizonte. Surgiendo como una exhalación, inesperados.
¡Vaya susto!. De vuelta a casa, en un cruce de carreteras, de repente, sin esperarlo, surge la mole. Un BMR (Vehículo blindado porta personal 6x6) me pega un susto por lo inesperado (e inoportuno) de su aparición. ¿Qué hacen esos tipos en una carretera civil?.
Nota: Sé que el artilugio en cuestión, arma del diablo, era un chisme de esos por gentileza del ejército español, que lo presenta en su página web.
Se acerca la Navidad
God effoo de gadueif fiago bodiengo fodgododez…
¡Pamplonaaaaaa!
El tiempo pasa...
