Hiru urte eta gero hau!

Lo dicho, tres años ya… ¡y para esto!.
La primera entrada la escribí hace tres años, en lo que fue la primera parte de ¡Qué bueno que viniste!.
Por una cuestión de espacio hubo que mudarse, y así nació, hace ya un tiempito, la segunda parte (donde se corroboró el dicho de que “nunca segundas partes fueron buenas”) de la historia en cuestión y en la que te encuentras ahora mismo.
Y por segunda vez nos encontramos en las mismas, vamos creciendo, ocupando espacios, guardando cacharros por doquier de los que nos da pena desprendernos, pero que hoy no suponen más que un lastre…
También dicen que “no hay dos sin tres”, pero no sé si en esta ocasión esto va a ser así. Todo se ha de ver, pensar, reflexionar.
Mientras tanto, sean ustedes felices. Nos leemos!
¡A por el mar!
Lulú cumple años. Y como la cifra es rotunda, sus amigos han decidido darle una sorpresa… Si sorpresa puede ser algo que ella ha decidido ir pidiendo desde hace meses, de manera insistente. Así que el reto es superior, hay que devanarse lo sesos, estrujarse el cerebro hasta la inflamación de las meninges.
Y con la excusa de viajar hasta L´Alt Empordá me preparé un fin de semana al borde del mar…
El viaje comenzó el viernes después de trabajar. La verdad es que fue bastante cómodo, hasta llegar a Girona, donde primero una retención y después un accidente cuando la retención se ponía en marcha, hicieron que se hiciera más tarde de lo pensado. Ocupamos una plaza en el camping, llegamos cuando la recepción estaba cerrada, pero el vigilante nos dejó entrar. Al día siguiente solucionamos el papeleo.
A la mañana siguiente, y siguiendo mi costumbre, madrugué. Así que en vez de quedarme en la “furgo” o leyendo, me levanté y me fui a pasear por la playa. Apenas unos paseantes con sus perros, un señor recogiendo papeles, una madre y su niña recogiendo conchas, algún deportista, tres o cuatro durmiendo en la playa… Fui desde el punto de la playa más cercano al camping hasta la zona de la playa en la que solemos ponernos nosotros.Fue un buen paseo y a buen ritmo. La vuelta la hice por el extremo interior de la playa, aprovechando un camino de tierra que discurre paralelo al mar. Hubo un momento que tuve una gran tentación de darme un baño. Pero no llevaba toalla y no sabía cómo iba a ser la sensación al salir, el sol aún no calentaba lo suficiente. Y aunque estaba despejando, aún había nubes en el cielo.
Volví al camping. Desayuno, café en el bar, toma de contacto con la gente para la noche y… a la playa. ¡Qué gusto!. Al llegar aún no había mucha gente, y eso que era más tarde de lo habitual. Además por ser sábado pensaba que habría más gente. Poco a poco fueron llegando y nos tocó al lado la típica familia gritona, ¡jo!. Tengo la sensación de que siempre me toca al lado la única familia que monta escandalera. O el grupito de amigos, con el radiocassette a todo volumen. ¡Con lo grande que es la playa!. Con lo bien que se estaba.
Me he enganchado a un libro de Almudena Grandes, “Los aires difíciles”. Así que baño, lectura… Luego a las dos, a comer, al restaurante ya habitual. A las 4 otra vez en la playa, tocó siesta y como cuando era crío, mirando el reloj esperando impaciente la hora de poder entrar al agua otra vez, hasta las seis, que se empezó a nublar. Vuelta al camping, ducha, lectura y a prepararse para la fiesta de la noche.
El plan del domingo era ir todos a la playa, pero salió muy nublado y sin pintas de abrir, de hecho más tarde tronó, y por la tarde en el viaje de vuelta llovió, a ratos mucho.
El domingo por la mañana también me fui de paseo, pero en sentido contrario al día anterior, hasta la desembocadura del río Fluviá. Al volver no resistí la tentación. Me desnudé y al agua!. Qué sensación, qué gusto. El agua estaba riquísima, con ese frescor que no te echa para atrás pero que te tonifica y estimula la circulación!. Fue una sensación de lo más placentera, qué bien se estaba!. Convoqué a todos mis sentidos para que no perdieran detalle de ese instante. Para que enviaran los datos, las señales, los estímulos al cerebro para que este los archivara adecuadamente, de forma clara y permanente.
A la vuelta al camping desayuné, pagué la cuenta, recogimos todo y como amenazaba lluvia cambiamos de planes y nos fuimos a Figueres. Tomamos un algo y emprendimos camino de vuelta a casa.
A las seis y media llegábamos a casa. Cansado pero muy satisfecho del fin de semana, ha sido balsámico.
Miradas
No sólo mata el asesino…
Ayer, al poco de conocerse la fatal resolución del caso de la desaparición de Fernanda, una conversación al respecto llenó la oficina en la que trabajo. Un grupo de personas, en torno a cinco, mayoritariamente mujeres, comentaban lo sucedido.
Poco a poco se fueron dando cuenta de los horribles aspectos de la historia, hasta que en un momento dado, una aportación, sobre la víctima, dio un giro inverosímil a la tertulia.
Esta bienpensante persona aportó sus ideas sobre las fotografías que de Fernanda se habían dado en televisión. Quizás las hayáis visto… No sé si fueron las únicas que aportó la familia, o las que interesadamente se usaron en las crónicas. Pero poco a poco, la juzgada era la niña, y con ella muchas niñas, adolescentes y jóvenes con las que habitualmente nos cruzamos en la calle.
Esto me recordó una de esas terribles sentencias, de hace ya un tiempo, en que la forma de vestir de la mujer agredida fue usada como atenuante, porque claro, su forma de vestir era una provocación.
Algo le sucedió a Fernanda ayer. No sólo sufrió salvajemente y perdió la vida a manos de unos desalmados, sino que, personas bienpensantes la juzgaron porque vestía de una manera que les parecía indecente ¿O era el maquillaje lo que les molestaba?. Bueno, ellos no dijeron indecente, dijeron, textualmente “que parecía mayor de lo que era”. De allí a decir que “mejor que fueran desnudas” o “si fuera mi hija no le dejaría nunca salir así de casa” hubo un paso. Ya no sólo se juzgó a la niña, entraron en el juicio paralelo sus padres…
Actitudes como ésta son terriblemente peligrosas. Apenas se censuró al agresor, la conversación giró en torno a la niña, y se le censuró. Si no está claro quien es el agresor y quién la víctima, si no distinguimos que no hay justificación posible ante un hecho de esta magnitud, si seguimos culpabilizando a la mujer, a la víctima, ya puede haber leyes, asociaciones y campañas publicitarias, que la violencia machista no desaparecerá.
Descansa Fernanda, si te dejan, en paz.
