Y en tu boda me colé...
Donosita nos recibe como era de esperar: temperatura fresca, amenaza de lluvia y viento que hace que el mar se presente embravecido. Pero ninguna de estas premisas importa cuando a al par te esperan con la cena preparada, buen vino y buena compañía.
Con la excusa de bebernos las botellas que nos habían regalado en nuestra última visita a una bodega, nos montamos una comida en una Sociedad Gastronómica en Donosti.
La mañana del sábado discurrió plácidamente, preparando las viandas que íbamos a aportar. A la hora convenida nos juntamos en “Lasalletarrak”, de donde X. es socio. Como era de esperar la excusa, es decir, las botellas, nos duraron poco y el desfile de platos ante nuestros ojos fue digno de esos lugares donde te sacan hasta cien platos y tú comes lo que puedes y hasta donde puedes… Cuatro horas después de iniciada la comida la dimos por finalizada, no así la jornada, que decidimos continuar desde la plaza de la “Consti”. Nuestro punto de partida fue el ya tradicional, pues quedamos citados en el “Hamabost”, habitual testigo de nuestras correrías alcohólicas (ops ¿no estaré desvelando demasiadas intimidades?, bueno, diré que es efecto del alcohol…) y de allí, con la sana intención de guarecernos de la lluvia que en forma de fina cortina se dejaba caer, fuimos saltando de bar en bar, con el consiguiente descenso de sangre disuelta en alcohol hasta que alguien dijo: “Vamos al B. B.”. Imaginé que en ese bar algún amigo trabajaba, o quizás otro grupo de amigos nos esperaba, pero no…
Un portero franqueaba la puerta a desconocidos. Yo me había despistado de la gente que me precedía y al volver una esquina me encontré sólo y perdido… Nadie por delante, nadie por detrás… Se los había tragado la tierra… O aquel portero tenía la respuesta. Le comenté a la persona que me acompañaba que se debían haber metido en aquel bar. El portero, tras echarnos una mirada de arriba abajo, al oírme, me espetó: “No, aquí no, esta cerrado y reservado para una boda”.
Cuando ya me veía llorando y pataleando L. vino en nuestro auxilio… ¡Saliendo de ese bar!. Efectivamente, íbamos de boda y nosotros sin saberlo. Fue entrar y sentirnos observados. Nuestra vestimenta dejaba bien a las claras que alguien estaba fuera de lugar, y “ellos” eran más. Así que hicimos más piña y decidimos reírnos de la situación… Música de “mis” tiempos para bailar, risas y mucho cachondeo a costa de al peña de la boda… Ni cuando sacaron, ¡por fin! los canapés nos cortamos… Eso sí, quedo muy clarito que no volvíamos a “contratarnos” para animar bodas y que, por supuesto, el lunes íbamos a cancelar la transferencia de nuestro regalo. En fin, para darnos de comer aparte.
Previsoramente (y porque no decirlo, porque no soy ave nocturna), me retiré pronto para casa con J. Recuerdo al amable lector que el “poteo” había comenzado a las 19 horas y todas conocéis la velocidad con la que se potea en Donosita…
Así que levantarse a la mañana siguiente no fue especialmente duro, con la excusa de ir a pasear a Ishcai, compramos el periódico y lo leímos plácidamente sentados al sol en una terraza. El plan para esa mañana consistía en viajar al Euskadi profundo y conocer de primera mano una fiesta y a sus gentes celebrándola. Íbamos a Usurbil, a disfrutar del “Usurbilgo Sagardo Eguna”, o “Día de la Sidra de Usurbil”. Había que mantener el nivel de sangre en alcohol… Y con ese objetivo claro fijado en nuestras mentes nos fuimos A., J., L., y yo. He de decir que la experiencia de estudio etnográfico fue altamente positiva… ¿Conocéis el programa “Vaya semanita”?. Pues se quedan atrás, muy atrás con respecto a la realidad…
Y tanto paseo entre chiringuito y chiringuito no podía tener otra consecuencia que el abrirnos el apetito, así que tras un tentempié en uno de los bares del pueblo, nos fuimos a Igeldo, donde habíamos quedado con el resto de la tropa a seguir dando cuenta de las viandas a las que el día anterior habíamos perdonado la vida.
El lugar idílico, la compañía inmejorable. A mis espaldas el Cantábrico, de frente los verdes valles que jalonan el río Oria… Buena comida, amena y distendida charla… El sol se ocupó de hacer todavía más grata nuestra estancia y la sobremesa.
Y como todo lo bueno tiene a su fin, también el fin de semana se acabó. Intenté convencer a mi amiga I. para que llamara a mi jefe y le dijera que estaba indispuesto por un periodo de tiempo que oscilaría entre una y tres semanas, que le dijera que no le iba a echar de menos, que tampoco lo hiciera él, que yo no se lo tendría en cuenta, pero al final me pudo la responsabilidad e inicié el duro camino de retorno.
Comentario:
Pues la última vez que estuve en Donosti, la hora de retirada no la marcó el reloj, sino el bolsillo, que tras pintxo y pote, pintxo y pote, pintxo y pote, pintxo y pote, pintxo y pote eta abar... ganas todavía quedaban.
Pero la visa, a cero...
Pero la visa, a cero...





