Retornar a origen
Agonizaba septiembre de 1989 cuando a bordo de una “patera” (un SEAT 127 blanco) arribé a las costas de “La ciudad de los prodigios”, la que iba a ser mi ciudad sólo por unos meses, aunque eso no lo sabía por aquel entonces, pues mi intención era la de mantener una larga estancia.
En mi travesía de 300 kilómetros dejé atrás mi casa, mi familia, mis amigos y un amor que acabaría por dejarme al no soportar la distancia, la ausencia… o al menos eso me dijo una fría noche de sábado un tiempo después.
Fui un emigrante afortunado, un emigrante de primera clase, legal, absolutamente legal. Un inmigrante privilegiado a quien sus estudios y formación le servían en aquel lugar que le había de recibir. Quizás porque mis rasgos no destacaban, porque hablaba el mismo idioma y me esforcé en aprender un segundo, porque profesaba la misma fe, porque tenía papeles válidos con todos sus sellos, más papeles, en regla, conforme a sus reglas.
Pero a pesar de todo, era un extraño en aquella ciudad. Y cada viernes, puntualmente, con mi bolsa de viaje al hombro, tomaba aquel autobús que me traía de nuevo a casa, con los míos. Pero es difícil entrar de nuevo al engranaje cuando has perdido ritmo. Pasaba el sábado por la mañana perdido, haciéndome a la ciudad, a su pulso. Deseando que llegara la noche y recuperar el tiempo perdido, intentando hacerme a la vida que seguía sin mí, apurando las horas acodado en la barra de cualquier bar, contando cervezas, esperando que un viento fresco renovara mi vida, mientras las nuevas luces anunciaban la llegada del domingo.
Y casi sin sentir, casi sin vivir, el autobús me volvía a llevar a la ciudad de acogida. Transitaba por las calles a esas horas ya desiertas. Y es algo a lo que nunca me pude acostumbrar…
Meses más tarde mi ciudad de origen me ofreció lo que tiempo atrás me había negado. No me lo pensé un instante. Una vez más me sentí afortunado.
Comentario:
Una tercera vía a las dos historias (Txabi y topmonster) que leo por aquí:
"Hay quien nunca se considera suficientemente extraño en la ciudad de acogida ni todo lo "en casa" que quisiese en la de origen, incluso hasta cuando llegas a "odiar" a una y "amar" a la otra"
Y no hay ninguna contradicción en ello.
"Hay quien nunca se considera suficientemente extraño en la ciudad de acogida ni todo lo "en casa" que quisiese en la de origen, incluso hasta cuando llegas a "odiar" a una y "amar" a la otra"
Y no hay ninguna contradicción en ello.
Comentario:
Yo no conseguí adaptarme, por dos veces, aunque todavía fantaseo con otra huída. lo que aprendí es que mi ciudad siempre está aquí para volver a acogerme. cabezota, ya se.
Comentario:
Experiencias similares hacen que entendamos mejor las cosas. Nada como ponerse en la piel de otro.
Y aun así, olvidamos pronto que hace apenas unos años, nosotros eramos los emigrantes de tercera.
Es dificil separarse de lasraices ¿verdad?, duro sentirse un extraño.
Y aun así, olvidamos pronto que hace apenas unos años, nosotros eramos los emigrantes de tercera.
Es dificil separarse de lasraices ¿verdad?, duro sentirse un extraño.
Comentario:
Perdona que te copie un poco:
Agonizaba el año 1984 cuando a bordo de una “patera” (un R-5 rojo) arribé a las costas de “La ciudad de los prodigios”, la que creia que iba a ser mi ciudad por mas de 20 años, aunque eso no lo sabía por aquel entonces, pues mi intención era la de mantener una corta estancia.
En mi travesía de 404 kilómetros dejé atrás mi casa, mi familia, mis amigos y un amor que acabaría por venirse conmigo al no soportar la distancia, la ausencia… o al menos eso me dijo una fría noche de sábado un tiempo después que lo dejo todo para venirse a mi lado.
Fui un emigrante afortunado, un emigrante de primera clase, legal, absolutamente legal. Un inmigrante privilegiado a quien sus estudios y formación le servían en aquel lugar que le había de recibir. Quizás porque mis rasgos no destacaban, porque hablaba el mismo idioma y no me esforcé en aprender un segundo, porque profesaba la misma fe, porque tenía papeles válidos con todos sus sellos, más papeles, en regla, conforme a sus reglas.
Nunca me sentí un extraño en aquella ciudad. Y aunque cada viernes, puntualmente, con mi bolsa de viaje al hombro, tomaba aquel tren que me traía de nuevo a casa, con los míos. Pero es difícil entrar de nuevo al engranaje cuando se ha perdido ritmo. Pasaba el sábado por la mañana perdido, haciéndome a al ciudad, a su ritmo. Deseando que llegara la noche y recuperar el tiempo perdido, intentando hacerme a al vida que seguía sin mí, apurando las horas acodado en la barra de cualquier bar, contando cervezas, esperando que un viento fresco renovara mi vida, mientras las nuevas luces anunciaban la llegada del domingo.
Y casi sin sentir, casi sin vivir, el tren me volvía a llevar a la ciudad de acogida. Transitaba por las calles a esas horas ya desiertas. Y es algo a lo que me acostumbré…
Meses más tarde mi pareja lo dejo todo y vino en busca mia, nos asentamos, tuvimos hijos, hoy me siento identificado con esta ciudad, la aprecio, y cuando vulevo a mi antigua ciudad de origen, casi me siento un extraño en ella, me gusta recordar aquel pasado, pero estoy deseando volver a mi casa, con mi familia. Una vez más me siento afortunado.
P.D.: Dos historias muy parecidas pero con desenlaces tan distintos!
Agonizaba el año 1984 cuando a bordo de una “patera” (un R-5 rojo) arribé a las costas de “La ciudad de los prodigios”, la que creia que iba a ser mi ciudad por mas de 20 años, aunque eso no lo sabía por aquel entonces, pues mi intención era la de mantener una corta estancia.
En mi travesía de 404 kilómetros dejé atrás mi casa, mi familia, mis amigos y un amor que acabaría por venirse conmigo al no soportar la distancia, la ausencia… o al menos eso me dijo una fría noche de sábado un tiempo después que lo dejo todo para venirse a mi lado.
Fui un emigrante afortunado, un emigrante de primera clase, legal, absolutamente legal. Un inmigrante privilegiado a quien sus estudios y formación le servían en aquel lugar que le había de recibir. Quizás porque mis rasgos no destacaban, porque hablaba el mismo idioma y no me esforcé en aprender un segundo, porque profesaba la misma fe, porque tenía papeles válidos con todos sus sellos, más papeles, en regla, conforme a sus reglas.
Nunca me sentí un extraño en aquella ciudad. Y aunque cada viernes, puntualmente, con mi bolsa de viaje al hombro, tomaba aquel tren que me traía de nuevo a casa, con los míos. Pero es difícil entrar de nuevo al engranaje cuando se ha perdido ritmo. Pasaba el sábado por la mañana perdido, haciéndome a al ciudad, a su ritmo. Deseando que llegara la noche y recuperar el tiempo perdido, intentando hacerme a al vida que seguía sin mí, apurando las horas acodado en la barra de cualquier bar, contando cervezas, esperando que un viento fresco renovara mi vida, mientras las nuevas luces anunciaban la llegada del domingo.
Y casi sin sentir, casi sin vivir, el tren me volvía a llevar a la ciudad de acogida. Transitaba por las calles a esas horas ya desiertas. Y es algo a lo que me acostumbré…
Meses más tarde mi pareja lo dejo todo y vino en busca mia, nos asentamos, tuvimos hijos, hoy me siento identificado con esta ciudad, la aprecio, y cuando vulevo a mi antigua ciudad de origen, casi me siento un extraño en ella, me gusta recordar aquel pasado, pero estoy deseando volver a mi casa, con mi familia. Una vez más me siento afortunado.
P.D.: Dos historias muy parecidas pero con desenlaces tan distintos!





