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Soy más raro que un perro verde, para que nos vamos a engañar. Hay personas que dicen que soy inteligente, ocurrente, dulce y sensible. A lo que añado que soy borde a ratos, introvertido y tímido (y no, eso no se lo digo a todas), pero que me encanta conocer personas.
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Otoño en la mirada

Aquella mañana cayó en la cuenta. Sabía que no era la primera vez que ocurría. No sabría ponerle fecha, pero sabía, conocía en su fuero interno que no era la primera vez. No le dio demasiada importancia. “Ya pasará”, se dijo, en un intento de engañarse y no preocuparse.

Una semana más tarde ya no lo pudo obviar. “Deberías mirarte esa tos. Llevas mucho tiempo con ella, y no remite”. Tenía razón, debía vencer su miedo e ir al dispensario. No había excusa, y más tras dos días con fiebre, con aquel abatimiento que le había conquistado todo el cuerpo, hasta el ánimo. Llegaba cansado a casa y apenas podía hacer las tareas que antes hacía fácilmente sin detenerse dos o tres veces.

El consultorio estaba en la plaza del pueblo, junto a la iglesia, frente al ayuntamiento y la botica. Era un edificio bajo, feo, de ladrillo barato. Frío, muy frío. Una pequeña sala de espera y un despacho donde pasaban consulta. Aquella mañana estaba solo. La doctora, una joven doctora, le recibió con una dulce sonrisa. Con calidez, casi con ternura le preguntó que ocurría, saltándose el protocolo y acercándose más a la persona que al paciente. Le auscultó, le hizo respirar repetidas veces mientras aplicaba a su piel el frío metal del fonendoscopio.

De repente se le nubló la vista...

Cuando despertó no sabía donde se encontraba. Una voz le susurró que no se moviera, que tenía una vía en el brazo, por donde le estaban medicando. No reconoció a su mujer, pero aquella otra cara, joven, sonriente, le resultó familiar. Acariciaba suavemente piel, su arrugada y seca piel en la que se marcaban las venas.

Conforme iba recuperando la consciencia reconoció el lugar. Estaba en la habitación del hospital. Una vía le conectaba al gotero por el que recibía la medicación; de su pecho salían varios cables que le unían al monitor que recogía sus latidos y otros parámetros que no supo identificar.

Volvió a mirar a la joven. Ella le miró a la vez que intentaba disimular una lágrima a punto de escaparse mejilla abajo. Quiso sonreír agradecido, mas sólo una mueca se dibujó en su rostro. Sabía que era tarde para él.
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