Fin de semana en Ñoñostia
¿Hay que ir a cenar a Donosti?. ¡Pues se va!. Faltaría más. Será por ganas y carretera. Así que cual si fuera un canto de sirenas acudimos a la llamada y para allá que nos fuimos.
Fue llegar y besar el santo, prácticamente, pues sin solución de continuidad nos encaminamos al restaurante, no sin antes hacernos con nuestros respectivos “kit del tamborrer@”:
- Panel circular de “okume” que diría Pielhoff (a quien vimos más tarde en situación…), con un cuchillo y un tenedor azules pintados en el centro. Se le colocará un cordel al objeto de poder colgarlo en el cuello, a poder ser con algo que sujete mejor que la cinta “Cello”.
- Dos palillos o baquetas para, si es posible siguiendo el ritmo de la música, golpear el antes citado panel que descansará sobre nuestro pecho.
- Gorro de papel y cartulina imitando al que usan los cocineros de fama, como Martín Berasategi, que por cierto, también lo vimos… ¡vestido de cocinero!. Qué poco original, ¡y qué bajito es!.
Una vez “vestidos para la ocasión” sólo nos quedaba alimentar el cuerpo para una larga noche y afinar el oído a base de tinto peleón para no desafinar mucho… Es lo que tiene no venir con el sentido musical instalado de serie.
Hay documentos gráficos que demuestran e inmortalizan las pintas que sacas cuando te “inculturizas” de aquesta guisa; pero salvo elevada cantidad de dinero en euros, os vais a quedar sin el placer de alimentar vuestros ojillos y vuestro sentido del cachondeillo a costa de un servidor. ¡Ah, se siente!. Haber elegido susto.
Marcialmente dispuestos y siguiendo las órdenes de nuestra capitana, desfilamos por las calles de la ciudad hasta las cercanías del puerto. Nuestro mayor afán era llegar pronto a una sociedad, donde, tras luchar contra la marea humana, saciar nuestra sed. Bueno, mi afán era que no se notara de cómo aporreaba el panelito sin seguir el ritmo general. Siempre me ha gustado ir un poco contracorriente.
Llegados al citado punto aprendí y descubrí por qué el río de esa ciudad lleva el nombre de Uru--mea… El pestazo en las calles era por momentos insoportable, proporcional a la incontinencia urinaria de sus habitantes.
Me sorprendió también comprobar como unos mozalbetes vestidos todos iguales en tonos azules, todos ellos muy gallardos, esbeltos y fortachones se habían unido a la fiesta. Iban vestidos con trajes militares, pero no de época, sino actuales, y no montaban cabalgadura animal, sino potentes furgonetas. Todos portaban una sola baqueta, eso si, de proporciones descomunales. Lo que me dejó un poco intranquilo fueron sus actitudes y expresiones poco festivas, y el hecho de que se hubieran dividido en dos grupos y apostado en ambos extremos de la calle no ayudó a que me tranquilizara, la verdad.
Llegados a este punto… ¿Qué narices se celebra?.
Analizada la fiesta sin más datos, la cosa resulta bastante extraña. Uno se pone a pensar en qué figuras intervienen y en qué valores se están exaltando y ¡cáspita! La cosa no queda muy bien parada. Militarismo, machismo, misa mayor. ¡Y cantan el himno de la Real!. Sólo faltaban alusiones taurinas y la cosa estaría muy clarita.
Pero un análisis un poco más profundo podría llevarnos a entrever otras connotaciones que es posible hayan quedado en el olvido. O al menos eso me hicieron creer, pues me explicaron una versión algo diferente de la oficial.
Para los que queráis profundizar en la historia oficial, podéis pinchar aquí o aquí.
Y para los que no, la versión “amable” y hasta “nada políticamente correcta”, es que durante la ocupación inglesa de Donosti (¡mira que saben estos inglesitos!), las gentes del lugar hacían burla a los soldaditos que marchaban marcialmente en el cambio de guardia, y daban la réplica a los tambores de Su Majestad con su instrumentos de trabajo, eso y la cercanía de los Carnavales hicieron el resto.
El resto de la noche pasó en peregrinación, no de iglesia en iglesia (porque los curas las tienen cerradas, que conste) sino de sociedad en sociedad. El amigo Kristian Pielhoff era como el perejil, aparecía en todas las salsas y a la vuelta de cada esquina.
Y como bien dicen los mayores del lugar… “días alegres, mañanas tristes” o también, “días de mucho, vísperas de nada”. El sábado transcurrió con mucha calma y paz, los cuerpos no estaban para grandes alharacas y es que vamos teniendo una edad y la falta de costumbre hacen estragos. Aprovechando la bonanza aún reinante y la proximidad a casa, nos dimos una vuelta por los jardines del Palacio de Aiete, donde saqué algunas fotos.

Y como cualquier cosa que empieza, también termina. En el caso de esta fiesta su punto y final lo pone la “Arriada”, que tiene lugar en una abarrotada plaza de la Constitución. Y para allá que nos fuimos. Obviamente para cuando llegamos la plaza estaba abarrotada, así que nos conformamos con seguir la fiesta desde un bar cercano… ¡por televisión!. Y tontín tonteando nos dieron las tres… (venga, os lo he dejado muyyyyy fácil).
Pausa: ¿No está quedando esto muy largo?. Venga, que ya acabo!
El domingo discurrió mucho más pacíficamente. Encuentros y charradetas varias con los amigos y amigas. Egibar y SanGil en el parque. Un vermouth, una comida ligera, café, paseo por la ciudad y de manera inmisericorde el reloj anuncia que va siendo hora de tomar el camino de vuelta a casa. Sin duda, un fin de semana intenso.
Comentario:
Te he leído bien a gusto, correré el peligro de aficionarme.
Comentario:
Jo, qué cansado todo... (suena divertido, pero tan, tan cansado!! :P)
Bonita la foto del árbol "tatuado"
Bonita la foto del árbol "tatuado"
Comentario:
Yo venía buscando foticos, de todas formas gracias por los besos, Ume.
Comentario:
No leo... solo vengo a dejar besos.
Comentario:
Pues me alegro por ese finde tan bien aprovechado ;)
Besos.
P.d. yo he elegido susto, jajaja...
Besos.
P.d. yo he elegido susto, jajaja...





