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Total... aquí no nos conoce nadie...
Bolqueo Central

NUEVA ENTRADA: ¿Practicas conmigo? ¡Ha vueeeeeltooooo!

A ver a los apaneros!!!

Kusooo!!!

Esto me suena...

¿Una partidita?
Sindicación
 
Bailando con hadas...

Primera cena: ¡¡¡Orcos!!!



- ¿Qué te ha visto la chorla? – soltó Xavier, conmocionado al recibir la noticia.

La reacción fue en voz tan alta que sirvió para destacar entre los cánticos de los chungos y llegar a oídos de la mayoría de presentes, quienes “delicadamente” me dedicaron sus miradas más curiosas.

- Bueno – dijo Xavi mientras me cogía del brazo y me apartaba un poco del gentío-. Por lo que pueda pasar –continuó susurrando, rollo confidente- toma un globito.

Sin darme apenas cuenta me había colado un preservativo en el bolsillo de la chaqueta. Sin más dejo paso a Josué y Pepo que se acercaron raudos a por detalles. No obstante, sus preguntas metralleadas se ensordecían ante los comentarios sueltos que provenían de las chicas. Ellas, misteriosamente, habían formado una piña entorno a la exdiosa. “¿Y como la tiene?” o “La tiene descapotable” fueron los comentarios más afortunados.

Ante los nervios, no pude más que ir a la mesa y beberme de un trago el primer vaso que encontré, uno con líquido azul fosforito. No importaba el color, solo que hiciera retornar el contentillo del alcohol, pues se había quedado en el bater. Creí que el efecto había sido instantáneo cuando a Josué le cayó un huevo crudo en la cabeza. Los vecinos, hartos de los vítores de los yonkis, empezaron a lanzar proyectiles desde sus ventanas.

- De tocar los huevos a tocarnos los huevos – así resumió la noche Xavier, quien salió por patas igual que todos los demás.

El segurata de Rumbo se quedó con la boca atónita cuando nos vio llegar. Todos sudados, unas con los pelos como zarzas, otros limpiándose restos de huevo como podían. Tras algún que otro empujón y miradita curiosa, llegamos al centro de la pista y nos pusimos a bailar. Me costó un poco arrancar, pues no hacía más que darle vueltas al “episodio chorla”, y lo que más rabia me daba es que solo podía pensar en qué le habría parecido mi amiguito a la exdiosa. Fue entonces cuando percibí una sensación extraña, nada que ver con el alcohol.

Mi estómago daba vueltas cual tifón, un tifón que subió rápidamente hasta el pecho, luego cuello y finalmente cabeza, y ahí se paró. Asustado, me giré hacia Pepo para decirle que me salía fuera, pero no era él, sino un orco de El Señor de los Anillos, feo de cojones. Miré a mi alrededor, no estaba en Rumbo, sino en una especie de cueva habitada por orcos, todos bailando una especie de ritual, seguro una celebración por la presa que iban a devorar, yo. El tifón volvió a mi estómago y empezó a subir, pero esta vez se acumuló en mi boca, que explotó dejando escapar miles de abejas. Escapé a correr y conseguí salir de la cueva esquivando orcos. No obstante, en la entrada uno de ellos, el más grande, papá orco, me hizo tal placaje que me tiró al suelo. De mi chaqueta se desprendió algo. ¿Un anillo? No podía ser. Sin dudarlo, me lo puse, auque me costó romper el extraño campo de fuerza que lo envolvía. ¡No lo podía creer! ¡Era invisible! Me levanté, y a paso raudo me alejé de la guarida de orcos. Tras una distancia prudencial, me quité el anillo.

¿Dónde estaba? ¿Cómo había llegado allí? ¿Pudiera ser que las hadas de luz que veía en el horizonte me ayudaran? Eran tan bonitas, no podían hacer daño.






- Frodo, para. No te van a ayudar.

Me giré y allí estaba. Una elfa preciosa, envuelta en un haz de luz. Tez de porcelana, cabello colmado de estrellas. Voz de seda. Ella el peligro ahuyenta.

- ¿Tu me puedes guiar? –le pregunté embelesado.
- Sí, yo te guiaré –respondió tendiéndome la mano.

Al poco andar, me pidió que me sentara. Me miró fijamente, causándome un dulce sueño. Antes de caer rendido ante su dulce conjuro vislumbré una imagen que quedaría grabada en mi mente, un colgante de diamante en forma de hoja. Por él la volvería a encontrar.


 
Ei, que yo ni foca...

La biblioteca: sucesos para(a)

normales



Eisenhower, Kennnedy, Johnson, Nixon, Ford, Carter, Reagan, Bush, Clinton, Bush... ¿Y porqué coño se repite un presidente? Eisenhower, Kennnedy, Nosequién, Nixon, Ford, Ferrari, Testarrosa,… Nada, que no podía. En señal de vencimiento, dejé caer mi cabeza sobre la mesa, pero con tal brusquedad que me di un buen “rijostio” en la frente. Los de las mesas de alrededor se giraron en señal de odio.

- La has cagado, les has despertado de su letargo –susurró Marco sonriente.

La biblioteca estaba más silenciosa que nunca, y era extraño, pues también estaba más petada que nunca. La invitación para pasar la noche estudiando me atrajo en un principio, pues creí que no todo iba a ser estudiar. No obstante, aquello parecía una sala de hibernación, donde los durmientes despertaban y te apuñalaban con sus miradas al mínimo ruido que excediera de un susurro. Solo los esporádicos comentarios de Marco, sentado a mi lado, y Josué, en frente, ahuyentaban momentáneamente el aburrimiento. Faltaban Roni y la exdiosa, que habían desaparecido hacía una hora. Seguro habían sido volatilizadas por una de las miradas de los zombis que petaban el recinto. Esta imagen me divirtió un instante, pero enseguida fue sustituida por la del colgante de diamante en forma de hoja. De todas las explicaciones y comentarios varios que recibí de mis compañeros sobre el episodio de los orcos, ninguno se refería a la elfa. Lógico, ésta llegó una vez salí del pub. La única referencia que tenía era el colgante, puesto justo encima del pecho. Hacia semanas que miraba a las chicas en esa parte, lo cual me provocó alguna que otra reprimenda. ¿Tan mal iba aquella noche para no reconocerla? La respuesta, muy a mi pesar, era sí.

toñaaazoooo...Volví a fijar mi mirada en los apuntes, hechos a ordenador y muy maqueados, firma personal de Josué. Su apellido, Benedicto, le iba que ni pintado, pues “benedictos” sean los altruistas que se curran unos peazo apuntes y los ceden a los amigos. Desde Benedicto, la mayoría guiábamos nuestros estudios mediante una referencia universal: “página tal de los apuntes de Josué”. Eisenhower, Kennnedy, Johnson, Nixon, Ford, Carter, Reagan, Bush, Clinton, Bush... todos en fila y numeraditos, pero aún así no entraban. Resoplido de desesperación.

- Si no te entra, ¿porque no “probes” un truco que hago yo? –propuso Josué-. Pilla la primera sílaba de “cada ú” y memoriza la tira, es “més fácil”.

El resultado: “ei, que, yo, ni fo, ca, rre, bush, cli, bush”.

- ¿“Ei, que yo ni foca”? ¡Mejor “ei, que yo ni zorra”! –solté pensando en voz alta.

Nos estábamos riendo de la parida cuando llegaron Roni y la exdiosa, ésta con cara de malhumorada. Era extraño. Desde hacía unos días, la exdiosa me miraba de forma rara. Incluso algunas veces abría la boca para hablar pero no soltaba palabra. Esa mirada entre pícara y divertida incluso asomaba en aquel estado de cabreo.

- ¡Qué fuerte! Nos han dado una referencia para un libro ¡y estamos una hora intentando encontrarlo! –dijo Roni para luego reírse sin contenciones, soltando su particulares carcajadas.

De nuevo miradas de odio de los muertos vivientes. Era cierto. En aquella biblioteca pedías un libro y te daban un número de referencia. A partir de ahí averíguate la vida, pues las referencias estaban hechas con tan mala leche que podían indicar varias salas, incluso plantas. Decidimos separarnos en busca del libro en cuestión, Roni y la exdiosa por un lado, Marco y yo por otro. Benedicto iría a recepción a preguntar por el mismo libro, por si le daban una referencia distinta.

Marco y yo llegamos a una sala de la segunda planta. Ni un alma. Los únicos habitantes de allí eran los libros que se apiñaban en las altísimas estanterías. Ante tal laberinto de pasillos, decidimos ir cada uno por un lado. Empecé a buscar. “Ei, que, yo, ni, fo, ca, rre, bush, cli, bush”; “ei, que, yo, ni, ca, rre, bush, cli, bush” ¡Oye, pues funcionaba!

- Shhhhhhhhhh… ¡Agáchate!

metal jaaaaaaarl!!!Marco me sorprendió, a mi lado, agazapado cual tigre esperando a su presa. Tiró de mí hasta que consiguió ponerme de rodillas. Se puso el dedo índice en los labios, en señal de silencio, y luego señaló hacia la estantería. No se refería a ningún libro, sino a lo que se podía ver a través de la estantería. En el pasillo paralelo estaba Roni, paralizada, con cara de susto. Miraba fija a algo que supuestamente estaba en el suelo, cerca de ella. No nos había visto. Marcos, sonriente, se incorporó sin hacer ruido y metió cuidadosamente su brazo en la estantería hasta lograr empujar un libro del otro lado. Ante el silencio reinante en la sala, el sonido del libro contra el suelo se amplificó sobremanera. Roni salió despavorida de la habitación, soltando un gritito.

- ¡Menudo cabrón! ¡Que susto le has dado! –le solté a Marco entre risas, mientras salíamos de la sala.
- Ya me veo su historia en el Punt de Mira... –bromeó Marco-. [Poniendo voz de presentador] Avui amb nosaltres una història esgarrifant. Una xica mantingué contacte amb un fantasma de biblioteca…

Llorando de la risa llegamos a la escalera y Marco, contagiado de emoción, decidió bajarla deslizándose por el pasamanos.

- ¡Estas como una jodida cabra! –bromeé mientras bajaba como las personas normales para reunirme con él en el descansillo.
- Cierto, pero no sabes lo que mola. ¡Prueba, no te cortes! –dijo señalando al pasamanos.

Como no quería romper el clima de cachondeo que por fin había adquirido la noche, decidí montarme al pasamanos y dejarme caer.






- ¿Pero que haceees? –gritó una voz anónima.

Acto seguido topete con algo y llegué al rellano de la primera planta. Me giré, y encontré a la exdiosa en la posición más ridícula en que la vería jamás: sentada en un macetero. En mi interior me moría de la risa, pero la culpabilidad impidió soltar carcajada alguna. Pero el descojone se hizo inevitable cuando Roni ayudó a la exdiosa a incorporarse y apreciamos que ésta tenía todo el trasero manchado de tierra mojada. Todos menos ella reímos. Marco incluso casi cae por las escaleras al intentar bajarlas en semejante estado de desternillamiento. No obstante, enmudecimos cuando la exdiosa se arrodilló y se levantó la pernera derecha del pantalón. Era el tobillo más hinchado que había visto en mi vida.


 
Don Panchito bailarín...

Examen de historia:

¡peazo rijostio!



El examen de historia general debería figurar en el mismo temario de la asignatura, porque desde luego hizo historia. Llegamos tarde los 5 jinetes del Apocalipsis: Josué, Roni, Marco, la exdiosa y yo. Lógico, acabábamos de salir del hospital, previa escayolación del pie de la exdiosa, y ésta no andaba muy suelta con las muletas. Ella no me dirigía la palabra, a pesar de que le pedí perdón tropecientas mil veces, así que al final desistí y empecé a preocuparme por otras cosas, como por ejemplo lo poco que había estudiado.

Curiosamente, cuando entramos en el aula estaban ocupados todos los asientos, menos los de la primera fila, resultado de la paranoia porque no te pillen la chuletas. No tuve más remedio que aposentarme al lado de la exdiosa, pues los cabrones de mis compañeros viraron en formación hacia el extremo izquierdo de la fila. No importaba, importaba el examen. Dios, ¡no me sabía nada! En pleno trance paranoico, el profesor hizo acto de presencia. De apellido Truntull, no recuerdo el nombre, pero sí su aspecto tan peculiar: un señor entrado en años y en quilitos de más, bien lo demostraba su pelo canoso y su prominente panza. Otro dato interesante: sus sobacos. Camacho no fue el pionero de las chubacas mojadas, ¡fue Truntull!

- Los que estáis sentados en la primera fila vais a tener ventaja – dijo Truntull dedicándonos una mirada de complicidad.

¿Ventaja? ¿Qué tipo de ventaja? ¿Es que íbamos a subir nota por ser los únicos pringados que les había tocado en la primera fila? Don Panchito, como lo conocíamos algunos, repartió el examen. Una vez terminó, subió a la tarima. Curioso lo de las tarimas. Son como una especie de escenario rollo Club de la Comedia en el que, en lugar de reir, te desesperas.

- Los de la primera fila tenéis la ventaja de tener el examen antes que los demás –bromeó dedicándonos otra mirada.

“Chascarrillo del humor”, recuerdo que fue el comentario de Josué, amen de resoplidos generales que indicaban la poca gracia de la broma. Fue una última sonrisa antes de fijar los ojos en el examen. “Primera pregunta: ¡¡¡Presidentes de los EE.UU. de los últimos 50 años!!!”

- ¡¡¡Ei, que yo ni foca, Rebushclibush!!!” –solté emocionado.

la bola maldita de Indiana Jones...Todos me miraron raro, especialmente Roni, sentada a mi izquierda. Truntull, en la tarima, se me quedó mirando un momento, pero enseguida desistió. Fijé de nuevo la mirada en el examen, pero instintivamente miré de reojo al profesor, y que suerte la mía. Don Panchito se paseaba por la tarima mientras leía unos papeles, por lo que no apreció que se aproximaba a uno de los bordes. Juro que mi intención fue la de advertirle con un grito, pero ya era tarde. Metió un pie en el vacío, y a partir de ahí el tiempo se ralentizó. Truntull describía una graciosa coreografía en el aire, cual grácil bailarín de ballet, agitando los brazos. A su vez, los papeles decidieron ir por libre y, a modo de confeti, añadir un curioso adorno a la situación. El impacto contra el suelo retumbó en toda la clase, lo que provocó el despertar de la peña. Un comentario de “eso que se mueve en el suelo, ¿qué es?” llegó de las filas de atrás.

Truntull había caido boca arriba y, dadas sus circunstancias físicas, le estaba resultando bastante difícil incorporarse. Me vino a la cabeza, y ahí se quedaría para siempre, la imagen de una tortuga panza arriba intentando darse la vuelta. En mi interior, mi subconsciente pedía a gritos que me partiera de la risa, pero mi sentido común se lo impedía a hostias.

- Al menos cógele el móvil, ¿no? –me espetó la exdiosa coja.

Efectivamente, el móvil del profesor había llegado a mis pies. Hipnotizado por la lucha que tenía lugar dentro de mí, mire fijamente el móvil y me agaché sin prisa a recogerlo.
Al incorporarme me di cuenta de que la exdiosa era la única que se había levantado a ayudar, y dada su cojera, mi subconsciente le dio un buen puñetazo a mi sentido común. Iba ganando el descojone.

Una vez Truntull se incorporó con ayuda de la coja, me acerqué para ofrecerle el móvil. Lo cogió y sin mediar palabra, ni “estoy bien” ni “menúo rijostio me dao”, salió por pies de la clase. Una sonrisa empezaba a dibujárseme en los labios, señal de que mi subconsciente estaba apunto de ganar. Lo impedía la mirada de desaprobación que me estaba dedicando la exdiosa. Entonces advertí que había algo extraño en el lugar del impacto. La coja siguió mi mirada.

- ¿El tacón? –soltó ella.

Seguro fue un pensamiento para sí, pero lo dijo en suficiente voz alta como para que lo oyeran las dos primeras filas. Fue el desencadenante que necesitaba la gente para empezar a partirse el churro. Ante tal descojone general, mi subconsciente fulminó a mi sentido común y empecé a reír con ganas. No aprecié en un primer momento que la exdiosa lloraba de la risa. Cuando me di cuenta me quedé mirándola, pues era la primera vez que la veía reírse con ganas. Algo nuevo surgió en mi interior, nada de subconsciente o sentido común, pero desapareció al instante, pues ella me miró, se puso seria al instante y apartó bruscamente la mirada. A pesar de todo, le había roto un pie.







 
Sábado sabadete... ¡echamos un casquete!

Noche de estreno



No lo podía creer. Sentía tanta excitación que hubiera podido cargar el móvil enchufándome el cargador en la nariz. Los pelos como escarpones; en mi interior, electricidad pura. De nuevo, mirada al escote de la chica que me llevaba de la mano. Efectivamente, allí estaba el broche de diamante con forma de hoja. Era la elfa, sin duda, la misma que me ayudó a escapar del mundo de los orcos. Era guapísima, una belleza canaria, morena de pelo y piel, ojos marrones… ¡qué extraño! Los recordaba marrones con motitas verdes, pero aquella noche vi orcos y hadas, así que… De todas formas eran mágicos, igual que lo fue el momento en que nos reencontramos la noche anterior.

Xavier acabó convenciéndome para que lo acompañará al Warhol, pues había fiesta Erasmus, u “orgasmus”, como él los llamaba. En un primer momento, mi sentido común me advirtió de lo próximos que estaban los exámenes y de lo poco aconsejable que era salir un miércoles noche, no obstante, mi subconsciente le hizo un placaje y acabé saliendo. El principio de la noche, lo típico. Xavier presentándose a todo lo que no llevara nada colgando entre las piernas, yo apoyado en la barra. Fue entonces cuando la vi. En el centro de la pista, una tía buenísima bailaba como una diosa posesa. Pero algo de ella me atrajo más que el físico: su escote despedía destellos de luz. Una mezcla entre curiosidad, calentón e instinto me empujaron a acercarme a ella y, efectivamente, los fogonazos de luz provenían del broche de diamante con forma de hoja. Noté como mi excitación tomaba forma en mi pantalón. Al percatarse de mi presencia, ella paró de bailar con cara de extrañada, dedicó unos segundos a escanearme y entonces se presentó.

- Vanessa, espera… -la frené tirándole suavemente de la mano.

¿Esto es una farmacia...?Estábamos delante de una farmacia y yo no llevaba preservativos. En el instituto siempre llevaba alguno “por si acaso”, pero como nunca se daba el caso, perdí la costumbre. Pero aquella vez era distinto, iba a estrenarme. Las señales que ella me había enviado durante la cena eran inconfundibles… o eso, o en Canarias tiene por costumbre lamer los cuellos de las botellas. “Durex, Safex, Prime, Inspiral, Billi Boy… ¡¿Billi Boy?! Plus, sensitivo, tuttifrutti, avanti...” ¡Avanti a toda veli! Joder, menudo surtido... y solo estaba mirando el escaparate, que a saber qué tenían dentro. Con la excusa de comprar algo para la acidez, le dije a Vanessa que esperara en la puerta. “¿Para la acidez? Joder, Alexxis, que poco sensual”. Aparqué ese pensamiento y entré. Repasé la estantería de condones (curioso, solo los preservativos tenían una estantería dedicada en exclusiva) y finalmente compré retardantes… era mi primera vez y quería quedar bien. Cuando salí, Vanessa se me acercó con descaro.

- He visto lo que has comprado. Yo tengo en mi piso. Son una sorpresa –me susurró al oído.

La excitación volvió a hacerse visible, y Vane se encargó de que así se mantuviera hasta que llegamos a su piso. En el ascensor, nuestras lenguas pelearon por fusionarse. No se cómo no agotamos el oxigeno, pues con el calentón podía haberlo quemado perfectamente. En el pasillo hacia su habitación fue cuando me di cuenta de la importancia de la situación. Ya estaba, por fin iba a estrenarme, y con una chica que significaba algo para mí, la misteriosa elfa de la que me enamoré la noche del anillo. ¿Qué más quería?

Sin embargo, una extraña punzada me atravesó el pecho, justo cuando pasé por delante de la puerta vecina a la habitación de Vanessa. Su lengua en zonas extremadamente erógenas se encargó de que me centrara en otras cosas. La habitación de Vane confirmaba lo que me había contado en la cena: era fan empedernida de El Señor de los Anillos, con lo que su naturaleza de elfa quedaba justificada. Los pósters eran chulos, pero no me dio tiempo a fijarme en ellos, pues la elfa de carne y hueso empezó a mostrar su carne. Una especie de dulce mareo me invadió al verla desnudarse, y el mareo se transformó en deseo cuando se echó en la cama, esperándome. De la forma más rápida que pude me quité la ropa, no sin antes sacar los preservativos del pantalón. Sabía la teoría, no la práctica. “Rompes bolsita, coges la puntita y te lo pones desenrollándolo poco a... ¡Coño! ¡Como escuece!”. Me lo quité de un tirón, enviándolo a la otra punta de la habitación. Fue mi primera y última experiencia con un condón retardante. ¿Qué coño les ponen? ¿Lejía?

Vane, anonadada por la situación, se levantó y como Dios la trajo al mundo se dispuso a salir de la habitación.

- Espera, mejor utilizamos uno de los míos –dijo sensualmente.

Abrió la puerta y salió. Me quedé desnudo, contemplando un póster en el que Frodo sostiene el Anillo Único con la mano abierta. Cuando Vane volvió y me ofreció, también con la mano abierta aquello, no pude más que remirar al póster. ¿Premonición? La elfa me estaba ofreciendo un preservativo con… ¡anillo vibrador! “¿Si me lo pongo me hago invisible?”, me envió mi subconsciente. Pero Vane estaba a lo que estaba, así que me lo puse. Al menos, ese no escocía, pero cuando apreté el botoncito del anillo, los pelos se me volvieron de acero. “Dios, si el otro condón era retardante, ¿éste que es? ¿Acelerador?”. La elfa me enlazó el cuello con sus brazos y me recostó junto a ella. Cuando empezó a besarme la oreja no pude más y solté un grito garrafal. El anillo vibrador hizo su papel de amortiguador.






Vane me consoló diciendo que no ocurría nada, que le pasaba a la mayoría de los tíos que probaban aquellos preservativos por primera vez. Ella no sabía que era mi primera vez en cualquier tipo de condón. Me propuso que fuera al cuarto de baño a por unos tuttifrutti que estaban en el botiquín (¡qué curioso!). Efectivamente, allí estaban. Una caja de 12 con distintos sabores. ¿Qué tal el de frutas del bosque? Intentando enmendar el primer pistoletazo, se me ocurrió sorprenderla apareciendo con el preservativo puesto. Mientras iba por el pasillo caí en que no sabía si había alguien más aparte de nosotros. “Pues si sale ahora y ve esto rojo…”.

Vane soltó una alegre risotada al verme aparecer con aquella pinta, pero funcionó. Inmediatamente se abalanzó sobre mí y de un empujón me tiró en la cama. Entonces ocurrió. Unas lenguas de fuego empezaron a recorrer mi cuerpo hasta apoderarse completamente de él. Noté como impregnaban mi mente, pidiendo más y más fuego. Ardía, pero aun así necesitaba más y puse afán en conseguirlo. No obstante, me excedí, y el fuego salió por donde tuvo que salir, no sin dejarme espasmos por todo el cuerpo.

Ante la conmoción y el nerviosismo por haber durado, ¿cuánto había sido? ¿llegaba al minuto?, me entró mi “risa Jekyll”. Así la llamaban mis amigos del pueblo, pues no era mi risa habitual. Solo se presentaba en ocasiones in extremis en las que los nervios arrasaban con mi subconsciente y sentido común. ¡¡¡La odiaba!!! Una especie de risa pija estridente y malsonante.

A Vanessa, sin embargo, le debió parecer excitante, puesto que me volteó ferozmente para ponerme encima de ella. Yo llevaba el ritmo del fuego esta vez, y me invadió, sí, pero no a la misma velocidad que antes. Cuando noté que el fuego iba a decir basta, hice un viraje a izquierdas demasiado brusco. El impacto de la cabeza contra la pared a la que estaba pegada la cama fue de aúpa. Vane se rió con gusto, lo que desencadenó de nuevo mi risa Jekyll. Le encantaba, no entendía porqué.

La noche estaba siendo especial… absurda, pero especial, y Vanessa se encargó de que así lo continuara siendo cuando me susurro al oído:

- ¿Continuamos?


 
¿Te vas?

De orgasmus: la exdiosa se pira



Siempre he dicho que lo que no se ha tenido nunca no se puede echar en falta. No se si a otras cosas, pero al sexo le va que ni pintada la frasecita. Siempre se tienen ganas de probarlo, te puedes imaginar cómo va a ser, pero cuando lo pruebas te das cuenta que cualquier imaginación se queda corta. Es entonces cuando comprendes a la gente que se desespera por sequías sexuales de una semana… “¡Una semana! ¡Si tuve que llegar a la universidad para hacerlo!

Lamentablemente, desde lo de Vanessa, empecé a conocer verdaderamente lo que eran las sequías. Era curioso. Aquel mítico día, mi subconsciente mutó a una especie de monstruo, deseoso por sentir de nuevo los lametones de fuego. Vanessa, sin embargo, lo satisfice un par de meses y se esfumó sin dejar rastro. Poco a poco empezó a no devolverme las llamadas, hasta que cerró el grifo y, con el tiempo, desistí. Entonces comenzó la abstinencia.

Pensé que el subconsciente monstruoso desaparecería estando a dos velas. No obstante, lo que hizo es transformarse en uno nuevo sin sentido del ridículo. Su lema, “total, si aquí no nos conoce nadie”. Esa era la excusa perfecta para hacer el cuadro de las mil y una formas posibles: haciendo croquetas, gastando bromas que muchas veces llegaban a ser putadas…

Eres una... Doooolooooooooorrrr!!!Mi víctima favorita, la exdiosa, por supuesto. Me encantaba echarle la culpa de mis rebeldías, y es que se ponía muy graciosa cuando se enfadaba… Y en ocasiones los cabreos eran descomunales, tanto que acabábamos gritándonos a grito pelao, incluso separándonos para no arañarnos cual guepardos. Es por ello que me extrañó muchísimo lo que sentí al conocer la gran noticia: la exdiosa se iba de Erasmus. Una punzada me atravesó el pecho… me resultaba familiar, pero no la llegué a identificar. Fue entonces cuando la exdiosa se instaló en mi cabeza, recordándome buenos y malos momentos. Acababa de darme cuenta de que la iba a echar de menos, pero ¿de qué forma?

Los días pasaron. “¿De qué forma?” resonaba en mi sesera. Intenté hablar con la exdiosa sobre ello, pero o bien me echaba para atrás en el último momento, o bien acabábamos discutiendo por cualquier chorrada. Llegó el día de la despedida y con él, la quedada de rigor para ir al aeropuerto a despedir a la exdiosa. Ella no sabía nada, era rollo sorpresa. Fue Sonja la que se ocupó de hablar con las dos compañeras de piso de la exdiosa, para quedar a una hora en el aeropuerto.

- Si tienes que hacer algo, hazlo ya –me advirtió Pepo en el taxi.

Sabía perfectamente a qué se refería, lo que no sabía era cómo coño podía referirse a ello, pues era algo que, de momento, me había guardado para mí. No obstante, esas palabras fueron suficientes para armarme de valor.

Allí estaba la exdiosa, junto con dos amigas… “Sus compañeras de piso”, supuse. Me armé de valor, y fui raudo como una flecha para decirle… no sabía qué, al menos que estaba rallado con ella. No obstante, al acercarme me quedé clavado en el piso, medio mareado de la conmoción. Cogida de la mano de la exdiosa, Vanessa me ofrecía una mirada de susto. “¿A ti qué coño te pasa? ¿Te has cambiado el móvil o qué?”, fue lo primero que se me vino a la cabeza, pero también “¿conoces a la exdiosa? No jodas que eres su…”. No me di ni cuenta que mi boca dejaba escapar la “risa Jekyll”, risa absurda nerviosa donde las haya.

- ¿Qué tal, Alexxis? –saludó jovial Vanessa, antes de plantarme dos besos. -Tenemos que celebrar la beca de Alexxia. ¿Por qué no te vienes al piso esta noche? –concluyó con mirada sensual.

¿Te piras?“Pues sí, es su compañera de piso”. Naturalmente era consciente de lo extremadamente zorra que estaba siendo la Vane, incluso se me escapó una risa en señal de “pero qué me estas contando”. Mi instinto fue el de mirar a la exdiosa, que me devolvía la mirada cargada de desprecio. No se porqué hice lo que hice, puede que por las ansias de lenguas de fuego o porque muy dentro de mí quería despertar alguna reacción en la exdiosa, pero la respuesta fue “sí”.

La exdiosa reaccionó bruscamente cuando Roni, Pepo y compañía se acercaron para despedirla. Su sonrisa parecía forzada. La otra compañera de piso le recordó que el avión estaba apunto de salir. La exdiosa se abrazó uno a uno otra vez, excepto a mí. Ni siquiera me volvió para saludar, una vez en la puerta de embarco. Comenzaba su nueva vida… y la mía sin ella.

 
Cagon el rector...

¿Practicas conmigo?



Uno no sabe realmente lo que es ir de culo hasta que le llega el San Martín de las prácticas externas. No tenía ni zorra de cómo me lo iba a compaginar todo: las clases, el gimnasio, el curro… bueno, al menos el curro era “solo” viernes tarde y fines de semana… y por supuesto las seis horas de prácticas, de lunes a viernes non stop. Lo mejor, sin duda, las maravillosísimas prácticas que me tocaron… “cagonel” decano y en los protocolos.

Me dormí, lo reconozco. Pero que intente el decanito levantarse a las 8 tras acostarse a las ¡3 de la madrugada! después de 8 horitas sirviendo cafés y demás mierdecitas… “cagon” también en la gente del bar… ¿cómo puede ser que alguien se cebe a carne aceitosa y postres hiperazucarados y luego se pida el café CON SACARINA?

Acababa de pasarme el turno cuando llegué a la subasta. Fue sentarme al lado de Xavier y él levantarse, como si hubiera rebotado al dejarme caer en la silla. ¿Ya le tocaba? Eso significaba que mi turno había pasado hacía tres años bisiestos… Interrumpí al decano en plena asignación de las prácticas de Xavier.

- Bueno, pues si no hay otra cosa póngame las de Trivision –dijo Xavier al decano con tono de desilusión.

Este decano me suena...¿Trivision? Ay, dios mío, que solo quedan las migajas. No obstante, no sabría que me iba a tocar del pastel hasta el final, pues tras contarle mi situación, el decano me dedicó la más fría de sus respuestas…

- El protocolo es el protocolo, sr. Lovera –sentenció sin siquiera mirarme. -Tendrá que esperar a que pasen todos.

¿Protocolo? ¿Eso no era un recreativos? ¿Y porqué coño me tenía que llamar “señor”? ¡Eso es de viejos! Entre otras cosas, te das cuenta de que te estás haciendo mayor cuando te llaman “señor”, y ¡señor! ¡para nada quería ser un “señor”!. ¿Para qué? ¿Para acabar siendo igual de antipático que el “señor” decano?

- ¿Señor Lovera? Pase. El sr. Nicampo le esta esperando –dijo la secretaria con la mejor de sus sonrisas ensayadas.

“Señor” tú, que con ese mostacho… Estaba muy cabreado. La “amabilidad” del decano me valió unas prácticas en un Archivo Histórico, en tal edificio horrendo de cuya zona no puedo acordarme… ¿A tomar por culo? Pues más allá. Primer día de prácticas, y suponía que primer sermón de mi jefe contando lo importante que iba a ser mi labor… porque sabía a lo que iba: a hacer aquello que nadie quería hacer… tarea de becarios.

Entré en el despacho, una especie de cubículo claustrofóbico en el que se apiñaban miles de excentricidades, entre ellas un cuadro gigante de Marilyn Monroe, justo detrás del escritorio en el que se movía una especie de bolinche. Mi jefe era Papa Noel, pero si barba, con gafas de culo de vaso y de vestimenta desaliñada.

- Siéntese, siéntese, señor Lovera. ¿Le apetece un dulce? –me soltó mientras me acercaba un plato de lo que parecían ser pedruscos marrones con cagarrutas incrustadas.

Sus uñas deformes y amarillentas arrancaron de mi mente cualquier curiosidad por el sabor que deberían tener aquellos cantos rodaos.

- Tímido, ¿eh? Tranquilo, que aquí cogemos confianza enseguida. Si por algo nos caracterizamos en estas oficinas es por… -se interrumpió. Alguien llamaba a la puerta. – Oh, vaya. Debe ser su compañera de trabajo. ¿Puede abrir, señor Lovera?

<> El despacho desapareció. En ese instante existíamos ella y yo, nadie más. Mi subconsciente empezó a enviarme un chorro sin fin de recuerdos referentes a la “señora” que tenía ante mí. La exdiosa.

Desde lo sucedido en el aeropuerto no nos habíamos dirigido la palabra, ni por carta, ni por mail, ni por tam tam. Lo que conocía de su aventura “orgasmus” en Lyon era gracias a la cuadra de los de clase. Todos los días tenía a Sonja y Roni contándome que si la exdiosa había estado en Paris, que si se había comprado una boina… para luego ametrallarme con la misma musiquilla de “llámala, llámala”… ¡parecían Las Supremas ensayando su nuevo super hit! No entendía el interés que tenían todos porque contactara con la exdiosa. No me apetecía y ya está. ¡Pero si nos llevábamos como el perro y el gato! Parecíamos esa pareja de cine... ¿cómo se llamaba la película?






Bueno... de acuerdo... Fui un insensato al aceptar la invitación de Vanessa en sus morros, invitación que luego rechacé. Pero ella, tan madura, no había sido ni para un simple apretón de manos. Protocolo, tía, protocolo.

- Pero bueno chicos, ¿qué os pasa? Parece que hayáis echado un casquete sin saber que ibais a trabajar juntos –bromeó el Papa Noel pordiosero.

Supuse que el tipo quería romper el hielo, pero más bien lo derritió, pues lo del casquete sirvió para que mirara a la exdiosa de otra forma. ¿Era el pelo más corto? ¿Los pómulos más rojizos? ¡¿Le habían crecido las tetas?! Cierto monstruo dormido en mi interior asintió.

- Usted debe de ser Alexxia Danera. Bienvenida -saludó el de los renos desde su asiento.
- Ah! Sí, hola. Encantada. –respondió la exdiosa de forma trabada.
- Le presento a Alexxis Lovera. ¡Vaya, sus nombres son parecidísimos! ¿Son parientes? –siguió el jefecito. ¿Parientes? No, por Dios. -Pero no se queden parados, pónganse cómodos -¿Cómodos? ¿Con la exdiosa? El monstruo de mi interior volvió a asentir.

Fue entonces cuando empezó la perorata del Papa Noel excéntrico. Creí que me volvería bizco, pues intentaba mirar a la exdiosa y a mi jefe a la vez. Finalmente el monstruo despertó.despertó, y a él no le interesaba el discurso de apertura:

Pincha en las frases en negro para saber qué estaba pensando...






La exdiosa se levantó. Al parecer, Papi Noel había pedido que nos diéramos la mano. Protocolo puro. Ella la tendió a regañadientes, y cuando me acerqué para ofrecerle la mía, me di cuenta de algo curioso. Unas motitas verdes decoraban sus ojos castaños. ¿Qué me estaba intentando decir mi subconsciente? No iba a tardar en saberlo. Bienvenida, exdiosa.