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Total... aquí no nos conoce nadie...
Bolqueo Central

NUEVA ENTRADA: ¿Practicas conmigo? ¡Ha vueeeeeltooooo!

A ver a los apaneros!!!

Kusooo!!!

Esto me suena...

¿Una partidita?
Sindicación
 
Bailando con hadas...

Primera cena: ¡¡¡Orcos!!!



- ¿Qué te ha visto la chorla? – soltó Xavier, conmocionado al recibir la noticia.

La reacción fue en voz tan alta que sirvió para destacar entre los cánticos de los chungos y llegar a oídos de la mayoría de presentes, quienes “delicadamente” me dedicaron sus miradas más curiosas.

- Bueno – dijo Xavi mientras me cogía del brazo y me apartaba un poco del gentío-. Por lo que pueda pasar –continuó susurrando, rollo confidente- toma un globito.

Sin darme apenas cuenta me había colado un preservativo en el bolsillo de la chaqueta. Sin más dejo paso a Josué y Pepo que se acercaron raudos a por detalles. No obstante, sus preguntas metralleadas se ensordecían ante los comentarios sueltos que provenían de las chicas. Ellas, misteriosamente, habían formado una piña entorno a la exdiosa. “¿Y como la tiene?” o “La tiene descapotable” fueron los comentarios más afortunados.

Ante los nervios, no pude más que ir a la mesa y beberme de un trago el primer vaso que encontré, uno con líquido azul fosforito. No importaba el color, solo que hiciera retornar el contentillo del alcohol, pues se había quedado en el bater. Creí que el efecto había sido instantáneo cuando a Josué le cayó un huevo crudo en la cabeza. Los vecinos, hartos de los vítores de los yonkis, empezaron a lanzar proyectiles desde sus ventanas.

- De tocar los huevos a tocarnos los huevos – así resumió la noche Xavier, quien salió por patas igual que todos los demás.

El segurata de Rumbo se quedó con la boca atónita cuando nos vio llegar. Todos sudados, unas con los pelos como zarzas, otros limpiándose restos de huevo como podían. Tras algún que otro empujón y miradita curiosa, llegamos al centro de la pista y nos pusimos a bailar. Me costó un poco arrancar, pues no hacía más que darle vueltas al “episodio chorla”, y lo que más rabia me daba es que solo podía pensar en qué le habría parecido mi amiguito a la exdiosa. Fue entonces cuando percibí una sensación extraña, nada que ver con el alcohol.

Mi estómago daba vueltas cual tifón, un tifón que subió rápidamente hasta el pecho, luego cuello y finalmente cabeza, y ahí se paró. Asustado, me giré hacia Pepo para decirle que me salía fuera, pero no era él, sino un orco de El Señor de los Anillos, feo de cojones. Miré a mi alrededor, no estaba en Rumbo, sino en una especie de cueva habitada por orcos, todos bailando una especie de ritual, seguro una celebración por la presa que iban a devorar, yo. El tifón volvió a mi estómago y empezó a subir, pero esta vez se acumuló en mi boca, que explotó dejando escapar miles de abejas. Escapé a correr y conseguí salir de la cueva esquivando orcos. No obstante, en la entrada uno de ellos, el más grande, papá orco, me hizo tal placaje que me tiró al suelo. De mi chaqueta se desprendió algo. ¿Un anillo? No podía ser. Sin dudarlo, me lo puse, auque me costó romper el extraño campo de fuerza que lo envolvía. ¡No lo podía creer! ¡Era invisible! Me levanté, y a paso raudo me alejé de la guarida de orcos. Tras una distancia prudencial, me quité el anillo.

¿Dónde estaba? ¿Cómo había llegado allí? ¿Pudiera ser que las hadas de luz que veía en el horizonte me ayudaran? Eran tan bonitas, no podían hacer daño.






- Frodo, para. No te van a ayudar.

Me giré y allí estaba. Una elfa preciosa, envuelta en un haz de luz. Tez de porcelana, cabello colmado de estrellas. Voz de seda. Ella el peligro ahuyenta.

- ¿Tu me puedes guiar? –le pregunté embelesado.
- Sí, yo te guiaré –respondió tendiéndome la mano.

Al poco andar, me pidió que me sentara. Me miró fijamente, causándome un dulce sueño. Antes de caer rendido ante su dulce conjuro vislumbré una imagen que quedaría grabada en mi mente, un colgante de diamante en forma de hoja. Por él la volvería a encontrar.


No