Examen de historia:
¡peazo rijostio!
El examen de historia general debería figurar en el mismo temario de la asignatura, porque desde luego hizo historia. Llegamos tarde los 5 jinetes del Apocalipsis: Josué, Roni, Marco, la exdiosa y yo. Lógico, acabábamos de salir del hospital, previa escayolación del pie de la exdiosa, y ésta no andaba muy suelta con las muletas. Ella no me dirigía la palabra, a pesar de que le pedí perdón tropecientas mil veces, así que al final desistí y empecé a preocuparme por otras cosas, como por ejemplo lo poco que había estudiado.
Curiosamente, cuando entramos en el aula estaban ocupados todos los asientos, menos los de la primera fila, resultado de la paranoia porque no te pillen la chuletas. No tuve más remedio que aposentarme al lado de la exdiosa, pues los cabrones de mis compañeros viraron en formación hacia el extremo izquierdo de la fila. No importaba, importaba el examen. Dios, ¡no me sabía nada! En pleno trance paranoico, el profesor hizo acto de presencia. De apellido Truntull, no recuerdo el nombre, pero sí su aspecto tan peculiar: un señor entrado en años y en quilitos de más, bien lo demostraba su pelo canoso y su prominente panza. Otro dato interesante: sus sobacos. Camacho no fue el pionero de las chubacas mojadas, ¡fue Truntull!
- Los que estáis sentados en la primera fila vais a tener ventaja – dijo Truntull dedicándonos una mirada de complicidad.
¿Ventaja? ¿Qué tipo de ventaja? ¿Es que íbamos a subir nota por ser los únicos pringados que les había tocado en la primera fila? Don Panchito, como lo conocíamos algunos, repartió el examen. Una vez terminó, subió a la tarima. Curioso lo de las tarimas. Son como una especie de escenario rollo Club de la Comedia en el que, en lugar de reir, te desesperas.
- Los de la primera fila tenéis la ventaja de tener el examen antes que los demás –bromeó dedicándonos otra mirada.
“Chascarrillo del humor”, recuerdo que fue el comentario de Josué, amen de resoplidos generales que indicaban la poca gracia de la broma. Fue una última sonrisa antes de fijar los ojos en el examen. “Primera pregunta: ¡¡¡Presidentes de los EE.UU. de los últimos 50 años!!!”
- ¡¡¡Ei, que yo ni foca, Rebushclibush!!!” –solté emocionado.
Todos me miraron raro, especialmente Roni, sentada a mi izquierda. Truntull, en la tarima, se me quedó mirando un momento, pero enseguida desistió. Fijé de nuevo la mirada en el examen, pero instintivamente miré de reojo al profesor, y que suerte la mía. Don Panchito se paseaba por la tarima mientras leía unos papeles, por lo que no apreció que se aproximaba a uno de los bordes. Juro que mi intención fue la de advertirle con un grito, pero ya era tarde. Metió un pie en el vacío, y a partir de ahí el tiempo se ralentizó. Truntull describía una graciosa coreografía en el aire, cual grácil bailarín de ballet, agitando los brazos. A su vez, los papeles decidieron ir por libre y, a modo de confeti, añadir un curioso adorno a la situación. El impacto contra el suelo retumbó en toda la clase, lo que provocó el despertar de la peña. Un comentario de “eso que se mueve en el suelo, ¿qué es?” llegó de las filas de atrás.
Truntull había caido boca arriba y, dadas sus circunstancias físicas, le estaba resultando bastante difícil incorporarse. Me vino a la cabeza, y ahí se quedaría para siempre, la imagen de una tortuga panza arriba intentando darse la vuelta. En mi interior, mi subconsciente pedía a gritos que me partiera de la risa, pero mi sentido común se lo impedía a hostias.
- Al menos cógele el móvil, ¿no? –me espetó la exdiosa coja.
Efectivamente, el móvil del profesor había llegado a mis pies. Hipnotizado por la lucha que tenía lugar dentro de mí, mire fijamente el móvil y me agaché sin prisa a recogerlo.
Al incorporarme me di cuenta de que la exdiosa era la única que se había levantado a ayudar, y dada su cojera, mi subconsciente le dio un buen puñetazo a mi sentido común. Iba ganando el descojone.
Una vez Truntull se incorporó con ayuda de la coja, me acerqué para ofrecerle el móvil. Lo cogió y sin mediar palabra, ni “estoy bien” ni “menúo rijostio me dao”, salió por pies de la clase. Una sonrisa empezaba a dibujárseme en los labios, señal de que mi subconsciente estaba apunto de ganar. Lo impedía la mirada de desaprobación que me estaba dedicando la exdiosa. Entonces advertí que había algo extraño en el lugar del impacto. La coja siguió mi mirada.
- ¿El tacón? –soltó ella.
Seguro fue un pensamiento para sí, pero lo dijo en suficiente voz alta como para que lo oyeran las dos primeras filas. Fue el desencadenante que necesitaba la gente para empezar a partirse el churro. Ante tal descojone general, mi subconsciente fulminó a mi sentido común y empecé a reír con ganas. No aprecié en un primer momento que la exdiosa lloraba de la risa. Cuando me di cuenta me quedé mirándola, pues era la primera vez que la veía reírse con ganas. Algo nuevo surgió en mi interior, nada de subconsciente o sentido común, pero desapareció al instante, pues ella me miró, se puso seria al instante y apartó bruscamente la mirada. A pesar de todo, le había roto un pie.





