logotipo

img_google
Total... aquí no nos conoce nadie...
Bolqueo Central

NUEVA ENTRADA: ¿Practicas conmigo? ¡Ha vueeeeeltooooo!

A ver a los apaneros!!!

Kusooo!!!

Esto me suena...

¿Una partidita?
Sindicación
 
Sábado sabadete... ¡echamos un casquete!

Noche de estreno



No lo podía creer. Sentía tanta excitación que hubiera podido cargar el móvil enchufándome el cargador en la nariz. Los pelos como escarpones; en mi interior, electricidad pura. De nuevo, mirada al escote de la chica que me llevaba de la mano. Efectivamente, allí estaba el broche de diamante con forma de hoja. Era la elfa, sin duda, la misma que me ayudó a escapar del mundo de los orcos. Era guapísima, una belleza canaria, morena de pelo y piel, ojos marrones… ¡qué extraño! Los recordaba marrones con motitas verdes, pero aquella noche vi orcos y hadas, así que… De todas formas eran mágicos, igual que lo fue el momento en que nos reencontramos la noche anterior.

Xavier acabó convenciéndome para que lo acompañará al Warhol, pues había fiesta Erasmus, u “orgasmus”, como él los llamaba. En un primer momento, mi sentido común me advirtió de lo próximos que estaban los exámenes y de lo poco aconsejable que era salir un miércoles noche, no obstante, mi subconsciente le hizo un placaje y acabé saliendo. El principio de la noche, lo típico. Xavier presentándose a todo lo que no llevara nada colgando entre las piernas, yo apoyado en la barra. Fue entonces cuando la vi. En el centro de la pista, una tía buenísima bailaba como una diosa posesa. Pero algo de ella me atrajo más que el físico: su escote despedía destellos de luz. Una mezcla entre curiosidad, calentón e instinto me empujaron a acercarme a ella y, efectivamente, los fogonazos de luz provenían del broche de diamante con forma de hoja. Noté como mi excitación tomaba forma en mi pantalón. Al percatarse de mi presencia, ella paró de bailar con cara de extrañada, dedicó unos segundos a escanearme y entonces se presentó.

- Vanessa, espera… -la frené tirándole suavemente de la mano.

¿Esto es una farmacia...?Estábamos delante de una farmacia y yo no llevaba preservativos. En el instituto siempre llevaba alguno “por si acaso”, pero como nunca se daba el caso, perdí la costumbre. Pero aquella vez era distinto, iba a estrenarme. Las señales que ella me había enviado durante la cena eran inconfundibles… o eso, o en Canarias tiene por costumbre lamer los cuellos de las botellas. “Durex, Safex, Prime, Inspiral, Billi Boy… ¡¿Billi Boy?! Plus, sensitivo, tuttifrutti, avanti...” ¡Avanti a toda veli! Joder, menudo surtido... y solo estaba mirando el escaparate, que a saber qué tenían dentro. Con la excusa de comprar algo para la acidez, le dije a Vanessa que esperara en la puerta. “¿Para la acidez? Joder, Alexxis, que poco sensual”. Aparqué ese pensamiento y entré. Repasé la estantería de condones (curioso, solo los preservativos tenían una estantería dedicada en exclusiva) y finalmente compré retardantes… era mi primera vez y quería quedar bien. Cuando salí, Vanessa se me acercó con descaro.

- He visto lo que has comprado. Yo tengo en mi piso. Son una sorpresa –me susurró al oído.

La excitación volvió a hacerse visible, y Vane se encargó de que así se mantuviera hasta que llegamos a su piso. En el ascensor, nuestras lenguas pelearon por fusionarse. No se cómo no agotamos el oxigeno, pues con el calentón podía haberlo quemado perfectamente. En el pasillo hacia su habitación fue cuando me di cuenta de la importancia de la situación. Ya estaba, por fin iba a estrenarme, y con una chica que significaba algo para mí, la misteriosa elfa de la que me enamoré la noche del anillo. ¿Qué más quería?

Sin embargo, una extraña punzada me atravesó el pecho, justo cuando pasé por delante de la puerta vecina a la habitación de Vanessa. Su lengua en zonas extremadamente erógenas se encargó de que me centrara en otras cosas. La habitación de Vane confirmaba lo que me había contado en la cena: era fan empedernida de El Señor de los Anillos, con lo que su naturaleza de elfa quedaba justificada. Los pósters eran chulos, pero no me dio tiempo a fijarme en ellos, pues la elfa de carne y hueso empezó a mostrar su carne. Una especie de dulce mareo me invadió al verla desnudarse, y el mareo se transformó en deseo cuando se echó en la cama, esperándome. De la forma más rápida que pude me quité la ropa, no sin antes sacar los preservativos del pantalón. Sabía la teoría, no la práctica. “Rompes bolsita, coges la puntita y te lo pones desenrollándolo poco a... ¡Coño! ¡Como escuece!”. Me lo quité de un tirón, enviándolo a la otra punta de la habitación. Fue mi primera y última experiencia con un condón retardante. ¿Qué coño les ponen? ¿Lejía?

Vane, anonadada por la situación, se levantó y como Dios la trajo al mundo se dispuso a salir de la habitación.

- Espera, mejor utilizamos uno de los míos –dijo sensualmente.

Abrió la puerta y salió. Me quedé desnudo, contemplando un póster en el que Frodo sostiene el Anillo Único con la mano abierta. Cuando Vane volvió y me ofreció, también con la mano abierta aquello, no pude más que remirar al póster. ¿Premonición? La elfa me estaba ofreciendo un preservativo con… ¡anillo vibrador! “¿Si me lo pongo me hago invisible?”, me envió mi subconsciente. Pero Vane estaba a lo que estaba, así que me lo puse. Al menos, ese no escocía, pero cuando apreté el botoncito del anillo, los pelos se me volvieron de acero. “Dios, si el otro condón era retardante, ¿éste que es? ¿Acelerador?”. La elfa me enlazó el cuello con sus brazos y me recostó junto a ella. Cuando empezó a besarme la oreja no pude más y solté un grito garrafal. El anillo vibrador hizo su papel de amortiguador.






Vane me consoló diciendo que no ocurría nada, que le pasaba a la mayoría de los tíos que probaban aquellos preservativos por primera vez. Ella no sabía que era mi primera vez en cualquier tipo de condón. Me propuso que fuera al cuarto de baño a por unos tuttifrutti que estaban en el botiquín (¡qué curioso!). Efectivamente, allí estaban. Una caja de 12 con distintos sabores. ¿Qué tal el de frutas del bosque? Intentando enmendar el primer pistoletazo, se me ocurrió sorprenderla apareciendo con el preservativo puesto. Mientras iba por el pasillo caí en que no sabía si había alguien más aparte de nosotros. “Pues si sale ahora y ve esto rojo…”.

Vane soltó una alegre risotada al verme aparecer con aquella pinta, pero funcionó. Inmediatamente se abalanzó sobre mí y de un empujón me tiró en la cama. Entonces ocurrió. Unas lenguas de fuego empezaron a recorrer mi cuerpo hasta apoderarse completamente de él. Noté como impregnaban mi mente, pidiendo más y más fuego. Ardía, pero aun así necesitaba más y puse afán en conseguirlo. No obstante, me excedí, y el fuego salió por donde tuvo que salir, no sin dejarme espasmos por todo el cuerpo.

Ante la conmoción y el nerviosismo por haber durado, ¿cuánto había sido? ¿llegaba al minuto?, me entró mi “risa Jekyll”. Así la llamaban mis amigos del pueblo, pues no era mi risa habitual. Solo se presentaba en ocasiones in extremis en las que los nervios arrasaban con mi subconsciente y sentido común. ¡¡¡La odiaba!!! Una especie de risa pija estridente y malsonante.

A Vanessa, sin embargo, le debió parecer excitante, puesto que me volteó ferozmente para ponerme encima de ella. Yo llevaba el ritmo del fuego esta vez, y me invadió, sí, pero no a la misma velocidad que antes. Cuando noté que el fuego iba a decir basta, hice un viraje a izquierdas demasiado brusco. El impacto de la cabeza contra la pared a la que estaba pegada la cama fue de aúpa. Vane se rió con gusto, lo que desencadenó de nuevo mi risa Jekyll. Le encantaba, no entendía porqué.

La noche estaba siendo especial… absurda, pero especial, y Vanessa se encargó de que así lo continuara siendo cuando me susurro al oído:

- ¿Continuamos?


No