De orgasmus: la exdiosa se pira
Siempre he dicho que lo que no se ha tenido nunca no se puede echar en falta. No se si a otras cosas, pero al sexo le va que ni pintada la frasecita. Siempre se tienen ganas de probarlo, te puedes imaginar cómo va a ser, pero cuando lo pruebas te das cuenta que cualquier imaginación se queda corta. Es entonces cuando comprendes a la gente que se desespera por sequías sexuales de una semana… “¡Una semana! ¡Si tuve que llegar a la universidad para hacerlo!
Lamentablemente, desde lo de Vanessa, empecé a conocer verdaderamente lo que eran las sequías. Era curioso. Aquel mítico día, mi subconsciente mutó a una especie de monstruo, deseoso por sentir de nuevo los lametones de fuego. Vanessa, sin embargo, lo satisfice un par de meses y se esfumó sin dejar rastro. Poco a poco empezó a no devolverme las llamadas, hasta que cerró el grifo y, con el tiempo, desistí. Entonces comenzó la abstinencia.
Pensé que el subconsciente monstruoso desaparecería estando a dos velas. No obstante, lo que hizo es transformarse en uno nuevo sin sentido del ridículo. Su lema, “total, si aquí no nos conoce nadie”. Esa era la excusa perfecta para hacer el cuadro de las mil y una formas posibles: haciendo croquetas, gastando bromas que muchas veces llegaban a ser putadas…
Mi víctima favorita, la exdiosa, por supuesto. Me encantaba echarle la culpa de mis rebeldías, y es que se ponía muy graciosa cuando se enfadaba… Y en ocasiones los cabreos eran descomunales, tanto que acabábamos gritándonos a grito pelao, incluso separándonos para no arañarnos cual guepardos. Es por ello que me extrañó muchísimo lo que sentí al conocer la gran noticia: la exdiosa se iba de Erasmus. Una punzada me atravesó el pecho… me resultaba familiar, pero no la llegué a identificar. Fue entonces cuando la exdiosa se instaló en mi cabeza, recordándome buenos y malos momentos. Acababa de darme cuenta de que la iba a echar de menos, pero ¿de qué forma?
Los días pasaron. “¿De qué forma?” resonaba en mi sesera. Intenté hablar con la exdiosa sobre ello, pero o bien me echaba para atrás en el último momento, o bien acabábamos discutiendo por cualquier chorrada. Llegó el día de la despedida y con él, la quedada de rigor para ir al aeropuerto a despedir a la exdiosa. Ella no sabía nada, era rollo sorpresa. Fue Sonja la que se ocupó de hablar con las dos compañeras de piso de la exdiosa, para quedar a una hora en el aeropuerto.
- Si tienes que hacer algo, hazlo ya –me advirtió Pepo en el taxi.
Sabía perfectamente a qué se refería, lo que no sabía era cómo coño podía referirse a ello, pues era algo que, de momento, me había guardado para mí. No obstante, esas palabras fueron suficientes para armarme de valor.
Allí estaba la exdiosa, junto con dos amigas… “Sus compañeras de piso”, supuse. Me armé de valor, y fui raudo como una flecha para decirle… no sabía qué, al menos que estaba rallado con ella. No obstante, al acercarme me quedé clavado en el piso, medio mareado de la conmoción. Cogida de la mano de la exdiosa, Vanessa me ofrecía una mirada de susto. “¿A ti qué coño te pasa? ¿Te has cambiado el móvil o qué?”, fue lo primero que se me vino a la cabeza, pero también “¿conoces a la exdiosa? No jodas que eres su…”. No me di ni cuenta que mi boca dejaba escapar la “risa Jekyll”, risa absurda nerviosa donde las haya.
- ¿Qué tal, Alexxis? –saludó jovial Vanessa, antes de plantarme dos besos. -Tenemos que celebrar la beca de Alexxia. ¿Por qué no te vienes al piso esta noche? –concluyó con mirada sensual.
“Pues sí, es su compañera de piso”. Naturalmente era consciente de lo extremadamente zorra que estaba siendo la Vane, incluso se me escapó una risa en señal de “pero qué me estas contando”. Mi instinto fue el de mirar a la exdiosa, que me devolvía la mirada cargada de desprecio. No se porqué hice lo que hice, puede que por las ansias de lenguas de fuego o porque muy dentro de mí quería despertar alguna reacción en la exdiosa, pero la respuesta fue “sí”.
La exdiosa reaccionó bruscamente cuando Roni, Pepo y compañía se acercaron para despedirla. Su sonrisa parecía forzada. La otra compañera de piso le recordó que el avión estaba apunto de salir. La exdiosa se abrazó uno a uno otra vez, excepto a mí. Ni siquiera me volvió para saludar, una vez en la puerta de embarco. Comenzaba su nueva vida… y la mía sin ella.





