Llega el universitario (1ªparte)
- ¡¡¡Por fiiiiiiin!!! ¡¡¡Vida universitaaariaaa!!! – recuerdo que pensé mientras me dirigía camino a la Facultad en mi primer día de clase.
La emoción me embargó cuando recibí días antes la famosa carta de inauguración del primer curso, que nos citaba a los recién matriculados en Comunicación en la Facultad de Filología cierto lunes de septiembre del 2001 (es que no recuerdo el día exacto…). Como jamás había pisado dicho edificio, pues me matriculé a distancia, tan solo podía imaginar cómo seria tan emblemático lugar, donde pasaría mis próximos 5 años. Me imaginaba un edificio clásico, de los 60, en medio de un gigantesco campus con millas y millas de espacio abierto… Y bueno, cuando lo vi… en algo acerté. Era clásico, una especie de torre gemela en miniatura a la que prácticamente se le caía la fachada. Y sí, campus y espacio abierto… todo el que permite la Blasco Ibáñez, porque está justo a mitad de la avenida.
Primer chasco que intenté subsanar convenciéndome de que no había llegado a la universidad para ver edificios. En la nueva etapa de mi vida me esperaban nuevas relaciones, no solo de amistad, sino también amorosas… En fin, que hacer amigos estaría muy bien, pero mojar el churro de una jodida vez, como que estaría mejor. Abrí mi carpeta de Comunicación to chula, un trozo de cartón viejo con unas gomas deshilachadas al que le habían impreso en blanco y negro el logo de la carrera. Saqué la carta. Correcto, Aula M-21 a las 10 h. Pero, ¿dónde coño estaba el aula M-21? Subí y baje no se cuántas veces los cinco pisos de la facultad, con sus escaleras de peldaños abombados (edificio clásico en toda regla), pero nada.
Tampoco veía a nadie de mi misma carrera, así que ya pensaba que había metido la pata, hasta que me asomé por enésima vez al pasillo del segundo piso y entonces la vi. Una belleza castaña, de pelo por los hombros y con unas curvas de impresión, se acercaba poco a poco, envuelta en una niebla etérea y mágica. Cuando se detuvo a no más de dos palmos de mi asombrado rostro, habló con voz sensual:
- Hola, menudo paquetón, ¿no?
El corazón me dio un vuelco. Dios, ¿esta tía le ha lanzado un piropo a mi paquete? Instintivamente, agaché la mirada para ver si el aludido no se había emocionado por la situación. No, seguía tranquilo. La volví a mirar a ella.
- Te he visto la bragueta. Menudo paquetón, ¿no? –insistió con voz melosa.
No podía ser. ¿No se cuántos años de instituto sin éxito y llego aquí y lo consigo en el primer día? Sacudí la cabeza fuertemente. Tenía que estar soñando. Con aquel gesto, la niebla que envolvía a la chica desapareció, al igual que parte de su sensualidad. Era guapa, pero mortal como las demás. Parecía contrariada.
- Te he visto la carpeta – dijo mientras me enseñaba un trozo de cartón viejo, igual que el que yo llevaba en la mano –. Eres de comunicación, ¿no? –su voz escondía cierta incomodidad.
Un sudor frío recorrió mi cuerpo, supongo que el resultado del desengaño y la vergüenza de haber hecho el ridículo actuando de aquella manera. Tan solo pude asentir tontamente con la cabeza. Tras unos incómodos segundos de silencio, en el que ella se quedó mirándome de arriba abajo, pensando a saber qué de mí, propuso ir juntos a buscar el aula perdida. Bien, Alexis, bien. Empiezas con buen pie.





