Discordancias.
Llevo unos días quejándome de mis pies, que, no en vano son importantes porque me llevan y me traen, me sujetan y me aguantan.
Lo hacen, pero son tan habladores como yo, y no paran de pedir a gritos su protagonismo; calce lo que calce, ellos se resienten.
Fui a una fiesta plagada de interesantes de pacotilla y decidí que era un gran momento para estrenar los taconazos verdes de los que, extrañamente, nos enamoramos a la vez mis pies y yo. Ellos no debieron pensar lo mismo, y , pese a que también sufrieron amor a primera vista, se defraudaron mucho más rápido que yo. Y me culparon a mí de engatusarlos haciéndoles mandar toda una vida de estabilidad emocional a la basura.
Esa discordancia entre mi opinión y la de mis pies suele ser frecuente; yo me enamoro con facilidad, me vuelvo loca, pierdo el sentido y decido mandar toda mi estabilidad a la mierda por un poco de amor en forma de zapato. Ellos, tan coherentes, tan sensatos, protestan y me gritan que es sólo un capricho, que me voy a arrepentir enseguida de todo lo sacrificado, que me dé cuenta y aprenda de mis errores, que no es la primera vez que acabo sollozando recordando con anhelo a los anteriores dueños de mi corazón.
Pero esta vez ha sido diferente, la primera en que ellos también han sentido el arrebato que puede con todas mis defensas y que ellos jamás entienden. Por una vez, a mi impulso incontrolable de avalanzarme a estos zapatos, previendo ya sus defensas, le continuó, contra todo pronóstico, un idéntico placer por parte de mis pies. Y se lo agradecí, casi veneré esa extraña comunión nunca antes alcanzada, disfruté cada detalle de esos segundos posteriores en que todos los sentidos siguieron a la vista en este laberinto de pasión. Entré en éxtasis cuando el tacto, el sentido que siempre nos divide a mis pies y a mí, fue suave y placentero, fácil, cómodo, agradable.
Ellos siempre me achacan que no tengo en cuenta al, para ellos, primordial de los sentidos, a su sacrosanto Tacto. Yo les rebato que es falso, que siempre lo considero, pero que no puedo evitar engañarme continuamente pensando que seré capaz de hacerlo cambiar, y así vamos enzarzándonos en una infinita discusión sobre el error de pensar en una relación que la otra parte cambiará, en sus abultados desmanes sobre lo que ellos llaman mi obsesión por la vista, ninguneando todo lo demás.
Siempre es igual, y llegado a ese punto, yo calmo mi tono y trato de resultar convincente, me cargo de razón porque sé que la tengo e intento hacerlos ver que ellos son los empeñados en poner fin a todas mis relaciones, a todo aquello que para ellos son unfracasomásentuinmensalistaaversiaprendesdeunaputavez, y para mí, sinceramente, conforman la catagoría clara de éxitos malgastados por culpa de mis malditos pies, siempre empeñados en cerrarme futuros a la mitad.
Cuando nos cansamos de discutir, solemos llegar a un acuerdo. A un acuerdo que, ahora lo sé, no nos satisface del todo a ninguna de las partes. Yo cedo en aquellas pasiones más altas, más inalcanzables, mas utópicas y platónicas, y me quedo con otros amores chiquitos y calmos, que son los que ellos me reclaman.
Si ellos no leyeran esto, podría incluso confesar que en noches de invierno se lo he agradecido, y que en momentos de debilidad he pensado incluso en firmar la paz definitiva, renunciando a tanta montaña rusa en pos de un amor más corriente, mucho más agradable y sencillo.
Nunca, sin embargo, he llegado a hacerlo, porque hay impulsos que yo no puedo evitar por mucho que lo intente, y en primavera necesito sentirme viva, plena, extasiada. Esa necesidad me hace renunciar a los buenos propósitos a los que el invierno y la persistencia de mis pies me conducen, y, aunque ellos se empeñen en gritarme NO NO OTRA VEZ NOOOOOOOOO!!!!! ¿CUANDO COÑO PIENSAS SENTAR LA CABEZA , QUE YA TIENES EDAD????, soy incapaz de renunciar al vuelo de las mariposas en el estómago, aun a costa de traicionar a mi querido y ya no pasional amor antiguo.
Pero esta vez, la de los tacones verdes...
ellos sintieron lo que yo, vieron lo que yo, yo percibí la importancia del tacto para ellos... y llegamos a un acuerdo.
A un acuerdo que ellos se permitieron romper en medio de aquella fiesta de importantes de pacotilla.
No sé si fue envidia o nostalgia, revancha, rencor o ganas de joderme la vida.
Supongo que todo se desencadenó cuando la novia del celebrante, tan sosa, taaaaaaan buena anfitriona, tan feílla la pobre, tan insufrible para mí, se acercó a nosotros, tan contentos que estábamos con nuestros taconazos verdes, a decirnos lo deslumbrantes que estábamos y lo que llegaba a sorprenderle tan atrevida elección.
Y yo no pude reprimirme.
La respuesta fue inmediata, Miré su sonrisa y sus ojos, miré sus chanclas de dedo, tan Tarifa Style, tan parecidas a las que yo acababa de quitarme para subirme en mis amores verdes, y sonreí ampliamente, mientras anunciaba ante ella, ante sus chanclas, ante mis pies, mis tacones verdes y yo misma, que no se extrañara tanto, que de ahora en adelante iba a verme mucho más así, que había decidido comprarme un par de cada color de ese mismo modelo, o similar.
Ella se fue, siguió bailando cómodamente en sus chanclas de dedo, tan menudita, tan buena anfitriona, tan desaspercibida y a la vez atenta, y mis pies empezaron a gritarme, otra vez, más fuerte que nunca. Me insultaron hasta el infinito, a mí, que no daba crédito, que estaba convencida de nuestro entendimiento por los siglos de los siglos.
Me reprocharon mi injusticia, mi vanalidad, mi falta de consenso,... siguieron, cada vez más acalorados, berreando sobre mi infidelidad crónica, mi traición suprema ahora, que, por fin, todos habíamos coincidido en el objeto de nuestro amor y deseo. Cuando escupieron todo, callaron.
Y hoy, una semana después, aún continúan en su mutismo, inalterables ante cualquier estímulo, ya sea reproche, súplica, reconocimiento de culpa o intento de soborno.
Eso sí, los muy cabrones, ante mi intento de reconciliación usando un par de días las chanclas de dedo igualitas igualitas a las de la novia del anfitrión de la funesta fiesta de los tacones verdes, esas mismas cuya única visión me temo que influyó en que despertaran del sueño de la pasión para recordar que le juraron a otras iguales amor eterno, han decidido masacrarse a sí mismos, llenándose de ampollas en lugares inverosímiles que no reciben ningún tipo de presión.
Lo he intentado con todo, recurriendo a aquel primer amor romántico que ellos tuvieron y yo aborrecía, a alguna aventurilla adolescente, a su más firme amor... es lo mismo, ellos continuan castigándome sin tregua, haciendo que, cualquier zapato que calce, por muy antiguo, blandito o cómodo que hubiese sido antaño, se vengue de mí en forma de ampolla.
Cómo echo de menos los buenos viejos tiempos...
Lo hacen, pero son tan habladores como yo, y no paran de pedir a gritos su protagonismo; calce lo que calce, ellos se resienten.
Fui a una fiesta plagada de interesantes de pacotilla y decidí que era un gran momento para estrenar los taconazos verdes de los que, extrañamente, nos enamoramos a la vez mis pies y yo. Ellos no debieron pensar lo mismo, y , pese a que también sufrieron amor a primera vista, se defraudaron mucho más rápido que yo. Y me culparon a mí de engatusarlos haciéndoles mandar toda una vida de estabilidad emocional a la basura.
Esa discordancia entre mi opinión y la de mis pies suele ser frecuente; yo me enamoro con facilidad, me vuelvo loca, pierdo el sentido y decido mandar toda mi estabilidad a la mierda por un poco de amor en forma de zapato. Ellos, tan coherentes, tan sensatos, protestan y me gritan que es sólo un capricho, que me voy a arrepentir enseguida de todo lo sacrificado, que me dé cuenta y aprenda de mis errores, que no es la primera vez que acabo sollozando recordando con anhelo a los anteriores dueños de mi corazón.
Pero esta vez ha sido diferente, la primera en que ellos también han sentido el arrebato que puede con todas mis defensas y que ellos jamás entienden. Por una vez, a mi impulso incontrolable de avalanzarme a estos zapatos, previendo ya sus defensas, le continuó, contra todo pronóstico, un idéntico placer por parte de mis pies. Y se lo agradecí, casi veneré esa extraña comunión nunca antes alcanzada, disfruté cada detalle de esos segundos posteriores en que todos los sentidos siguieron a la vista en este laberinto de pasión. Entré en éxtasis cuando el tacto, el sentido que siempre nos divide a mis pies y a mí, fue suave y placentero, fácil, cómodo, agradable.
Ellos siempre me achacan que no tengo en cuenta al, para ellos, primordial de los sentidos, a su sacrosanto Tacto. Yo les rebato que es falso, que siempre lo considero, pero que no puedo evitar engañarme continuamente pensando que seré capaz de hacerlo cambiar, y así vamos enzarzándonos en una infinita discusión sobre el error de pensar en una relación que la otra parte cambiará, en sus abultados desmanes sobre lo que ellos llaman mi obsesión por la vista, ninguneando todo lo demás.
Siempre es igual, y llegado a ese punto, yo calmo mi tono y trato de resultar convincente, me cargo de razón porque sé que la tengo e intento hacerlos ver que ellos son los empeñados en poner fin a todas mis relaciones, a todo aquello que para ellos son unfracasomásentuinmensalistaaversiaprendesdeunaputavez, y para mí, sinceramente, conforman la catagoría clara de éxitos malgastados por culpa de mis malditos pies, siempre empeñados en cerrarme futuros a la mitad.
Cuando nos cansamos de discutir, solemos llegar a un acuerdo. A un acuerdo que, ahora lo sé, no nos satisface del todo a ninguna de las partes. Yo cedo en aquellas pasiones más altas, más inalcanzables, mas utópicas y platónicas, y me quedo con otros amores chiquitos y calmos, que son los que ellos me reclaman.
Si ellos no leyeran esto, podría incluso confesar que en noches de invierno se lo he agradecido, y que en momentos de debilidad he pensado incluso en firmar la paz definitiva, renunciando a tanta montaña rusa en pos de un amor más corriente, mucho más agradable y sencillo.
Nunca, sin embargo, he llegado a hacerlo, porque hay impulsos que yo no puedo evitar por mucho que lo intente, y en primavera necesito sentirme viva, plena, extasiada. Esa necesidad me hace renunciar a los buenos propósitos a los que el invierno y la persistencia de mis pies me conducen, y, aunque ellos se empeñen en gritarme NO NO OTRA VEZ NOOOOOOOOO!!!!! ¿CUANDO COÑO PIENSAS SENTAR LA CABEZA , QUE YA TIENES EDAD????, soy incapaz de renunciar al vuelo de las mariposas en el estómago, aun a costa de traicionar a mi querido y ya no pasional amor antiguo.
Pero esta vez, la de los tacones verdes...
ellos sintieron lo que yo, vieron lo que yo, yo percibí la importancia del tacto para ellos... y llegamos a un acuerdo.
A un acuerdo que ellos se permitieron romper en medio de aquella fiesta de importantes de pacotilla.
No sé si fue envidia o nostalgia, revancha, rencor o ganas de joderme la vida.
Supongo que todo se desencadenó cuando la novia del celebrante, tan sosa, taaaaaaan buena anfitriona, tan feílla la pobre, tan insufrible para mí, se acercó a nosotros, tan contentos que estábamos con nuestros taconazos verdes, a decirnos lo deslumbrantes que estábamos y lo que llegaba a sorprenderle tan atrevida elección.
Y yo no pude reprimirme.
La respuesta fue inmediata, Miré su sonrisa y sus ojos, miré sus chanclas de dedo, tan Tarifa Style, tan parecidas a las que yo acababa de quitarme para subirme en mis amores verdes, y sonreí ampliamente, mientras anunciaba ante ella, ante sus chanclas, ante mis pies, mis tacones verdes y yo misma, que no se extrañara tanto, que de ahora en adelante iba a verme mucho más así, que había decidido comprarme un par de cada color de ese mismo modelo, o similar.
Ella se fue, siguió bailando cómodamente en sus chanclas de dedo, tan menudita, tan buena anfitriona, tan desaspercibida y a la vez atenta, y mis pies empezaron a gritarme, otra vez, más fuerte que nunca. Me insultaron hasta el infinito, a mí, que no daba crédito, que estaba convencida de nuestro entendimiento por los siglos de los siglos.
Me reprocharon mi injusticia, mi vanalidad, mi falta de consenso,... siguieron, cada vez más acalorados, berreando sobre mi infidelidad crónica, mi traición suprema ahora, que, por fin, todos habíamos coincidido en el objeto de nuestro amor y deseo. Cuando escupieron todo, callaron.
Y hoy, una semana después, aún continúan en su mutismo, inalterables ante cualquier estímulo, ya sea reproche, súplica, reconocimiento de culpa o intento de soborno.
Eso sí, los muy cabrones, ante mi intento de reconciliación usando un par de días las chanclas de dedo igualitas igualitas a las de la novia del anfitrión de la funesta fiesta de los tacones verdes, esas mismas cuya única visión me temo que influyó en que despertaran del sueño de la pasión para recordar que le juraron a otras iguales amor eterno, han decidido masacrarse a sí mismos, llenándose de ampollas en lugares inverosímiles que no reciben ningún tipo de presión.
Lo he intentado con todo, recurriendo a aquel primer amor romántico que ellos tuvieron y yo aborrecía, a alguna aventurilla adolescente, a su más firme amor... es lo mismo, ellos continuan castigándome sin tregua, haciendo que, cualquier zapato que calce, por muy antiguo, blandito o cómodo que hubiese sido antaño, se vengue de mí en forma de ampolla.
Cómo echo de menos los buenos viejos tiempos...
no te preocupes, que yo me callo.
-Pero tú de esto no digas nada, ¿eh?
Y cuando oigo esa advertencia (que yo también uso de manera compulsiva cuando mi boca se empeña en no permanecer cerrada), no puedo evitar imaginarme la situación en que me vería envuelta en caso de pasar la apreciación por alto y dedicarme a plantar por el mundo situaciones surrealistas.
Los perotúnodigasnada suelen darse, sobre todo, en el ámbito laboral, en el amistoso-conocidillos y en el del amoramorrrrr.
En el primero, suele ser muuuuuuuuuuuuuy frecuente que la cadena de rumores supere con creces a las vías de comunicación formal, incluso que las sustituya. Así, te ves cagándote en el jefe porque tu querido compañero te ha confesao que el muy cabrón va presumiendo de lo maravillosamente bien que le ha quedado ese proyecto en el que tú, y sólo tú, has invertido las noches de los últimos tres días, y no es que presuma de ello ante cualquiera, sino ante el mismísimo presidente (delacompañíadeseguroslloradesconsoladamente...) -Ah, no, coño, que no estábamos cantando...- pues al temita: te lo cuenta, pero te dice que no lo digas. Y tú te vas quemando. Y al día siguiente, vuelta a la carga: ¿sabes que elhermanodelvecinodelnoviodemiprima le ha contado a mi compi de pádel que anoche fue al zoo y conoció a una mujer impresionante que estaba con su hija, y que al final del día se tiró al pibón que, mira tú por donde, resultó ser la mujer del presidente?
Ejemplo de no aplicar el perotúnodigasnada¿eh?en esta situación: (o sea, lo que yo veo a cámara lenta y en blanco y negro cada vez que alguien me repite la consabida advertencia de los cojones...):
La musiquita del pingüino en mi ascensor empieza a repiquetear constantemente en el cerebro, y que sí, que va a ser que sí, QUEEL PRESIDENTEDELACOMPAÑÍADESEGUROSLLOREDESCONSOLADAMENTE... y mira tú por donde, sin planearlo ni nada de ná, te le encuentras en el ascensor, que no va precisamente vacío, sino bastante petadito de peña trajeada y educada. Y tú tarareando la puta cancioncita sin darte ni cuenta... pero va a ser que el tono era algo alto, porque el mismísimo presidente en persona se da la vuelta, y tú, cargado de una euforia extraña de tanto repetir como un mantra lo de que el tipo ese que tienes enfrente llora desconsoladamente, te ves diciendo ante el respetable, encabezado por él mismo: "buenos días, señor presidente. Que sepa usted que el proyecto éste que le va a hacer ganar tropecientos mil millones de euros, no lo ha parido el hijoputa de Peláez, jefe de riesgos, sino yo mismo, D. José Grillo pa servirle (A Dios y a usted). Ah, y que sepa que usted está manteniendo en casa como esposa fiel a un putón verbenero que se tira a tó aquel que se le pone por delante." Y en mi visión a cámara lenta, el ascensor alcanza mi piso, y me bajo, mientras todos los demás se quedan allí como estatuas (soportando las estúpidas mirtadas de la estúpida gente) y me siento tan tranquilo, y empiezo mi rutina de mi día a día. Y después hay una cortina negra, un salto temporal, y un plano corto de mis cosas en una caja en una acera y yo al lado. Y es que, ¿cómo iba yo, por muy especialista en análisis de riesgos que sea, a imaginar que el presidente se iba a poner así? Es que no hay quién entienda a estos jefes, yo que le advierto de sus riesgos con una esposa de ese calibre, y que todo lo que logro es que me despida, a mí, que para colmo, soy el artícife de que su fortuna se vaya a ver incrementada hasta el infinito... eso sí, antes de que mi peli particular finalice, aparece en la acera mi compi correveydile, informándome de que Peláez, tan serio, tan formal, tan padre de familia numerosa, tan de comunión diaria y esposa ejemplar, pasa sus ratos libres en la cama del presidente de la compañía de seguros... -pero eso sí, ¿eh?
-continúa- tú esto no se lo digas a nadie...
Y, visto lo visto, los ejemplos dos y tres que iba a escribir de lo que podría ocurrir si ignorase el sabio consejo del perotúnodigasnada , mejor los dejo pa otro día...
Eso sí, no te preocupes, que yo me callo.
Y cuando oigo esa advertencia (que yo también uso de manera compulsiva cuando mi boca se empeña en no permanecer cerrada), no puedo evitar imaginarme la situación en que me vería envuelta en caso de pasar la apreciación por alto y dedicarme a plantar por el mundo situaciones surrealistas.
Los perotúnodigasnada suelen darse, sobre todo, en el ámbito laboral, en el amistoso-conocidillos y en el del amoramorrrrr.
En el primero, suele ser muuuuuuuuuuuuuy frecuente que la cadena de rumores supere con creces a las vías de comunicación formal, incluso que las sustituya. Así, te ves cagándote en el jefe porque tu querido compañero te ha confesao que el muy cabrón va presumiendo de lo maravillosamente bien que le ha quedado ese proyecto en el que tú, y sólo tú, has invertido las noches de los últimos tres días, y no es que presuma de ello ante cualquiera, sino ante el mismísimo presidente (delacompañíadeseguroslloradesconsoladamente...) -Ah, no, coño, que no estábamos cantando...- pues al temita: te lo cuenta, pero te dice que no lo digas. Y tú te vas quemando. Y al día siguiente, vuelta a la carga: ¿sabes que elhermanodelvecinodelnoviodemiprima le ha contado a mi compi de pádel que anoche fue al zoo y conoció a una mujer impresionante que estaba con su hija, y que al final del día se tiró al pibón que, mira tú por donde, resultó ser la mujer del presidente?
Ejemplo de no aplicar el perotúnodigasnada¿eh?en esta situación: (o sea, lo que yo veo a cámara lenta y en blanco y negro cada vez que alguien me repite la consabida advertencia de los cojones...):
La musiquita del pingüino en mi ascensor empieza a repiquetear constantemente en el cerebro, y que sí, que va a ser que sí, QUEEL PRESIDENTEDELACOMPAÑÍADESEGUROSLLOREDESCONSOLADAMENTE... y mira tú por donde, sin planearlo ni nada de ná, te le encuentras en el ascensor, que no va precisamente vacío, sino bastante petadito de peña trajeada y educada. Y tú tarareando la puta cancioncita sin darte ni cuenta... pero va a ser que el tono era algo alto, porque el mismísimo presidente en persona se da la vuelta, y tú, cargado de una euforia extraña de tanto repetir como un mantra lo de que el tipo ese que tienes enfrente llora desconsoladamente, te ves diciendo ante el respetable, encabezado por él mismo: "buenos días, señor presidente. Que sepa usted que el proyecto éste que le va a hacer ganar tropecientos mil millones de euros, no lo ha parido el hijoputa de Peláez, jefe de riesgos, sino yo mismo, D. José Grillo pa servirle (A Dios y a usted). Ah, y que sepa que usted está manteniendo en casa como esposa fiel a un putón verbenero que se tira a tó aquel que se le pone por delante." Y en mi visión a cámara lenta, el ascensor alcanza mi piso, y me bajo, mientras todos los demás se quedan allí como estatuas (soportando las estúpidas mirtadas de la estúpida gente) y me siento tan tranquilo, y empiezo mi rutina de mi día a día. Y después hay una cortina negra, un salto temporal, y un plano corto de mis cosas en una caja en una acera y yo al lado. Y es que, ¿cómo iba yo, por muy especialista en análisis de riesgos que sea, a imaginar que el presidente se iba a poner así? Es que no hay quién entienda a estos jefes, yo que le advierto de sus riesgos con una esposa de ese calibre, y que todo lo que logro es que me despida, a mí, que para colmo, soy el artícife de que su fortuna se vaya a ver incrementada hasta el infinito... eso sí, antes de que mi peli particular finalice, aparece en la acera mi compi correveydile, informándome de que Peláez, tan serio, tan formal, tan padre de familia numerosa, tan de comunión diaria y esposa ejemplar, pasa sus ratos libres en la cama del presidente de la compañía de seguros... -pero eso sí, ¿eh?
-continúa- tú esto no se lo digas a nadie...
Y, visto lo visto, los ejemplos dos y tres que iba a escribir de lo que podría ocurrir si ignorase el sabio consejo del perotúnodigasnada , mejor los dejo pa otro día...
Eso sí, no te preocupes, que yo me callo.
contracturas emocionales
últimamente mi micromundo se ve sacudido por una oleada de contracturas emocionales. Y todos los masajistas expertos parecen estar de vacaciones.
Los yonunca de mi amiga la chatera y sus consecuencias.
Mi amiga la chatera del diario (ahora puedes visitarla en http://diariodeunachatera.blogspot.com/), intenta despertarme el martes -cosa harto complicada- con su juego cibernético y púdico del yonunca.
Me pica tratando que mi sopor se esfume diciéndome que así, en seco, es difícil que me entre (un yonunca en la mente, se entiende), y casi lo logra.
Tradicionalmente, el yonunca es ese juego noctámbulo y peligroso al que dedicas noches de borrachera y compañías extrañas. Al menos yo.
Jugando al yonunca, yo nunca lo he hecho -joder, jugar al juego, vaya lío de palabras!- con un grupito de amigosamigos, no cuando todos nos sabemos, nos intuimos o nos conocemos lo suficiente para no querer saber más.
Las noches de yonunca son esas que empiezan sin saber muy bien cómo, esas en las que de repente confluyen aledaños incompatibles a priori, alrededores alejados por la rutina y dos o tres de los habituales menos frecuentados. Y sin saber cómo, o quizá sabiéndolo, en la fase alcohólica de exaltación de la amistad, surge la necesidad de saber cosas (tradúzcase cosas como anécdotas jugosas, cotilleos inconfesables o truculentos comportamientos sexuales) de aquellos con los que has coincidido sin saber muy bien cómo, pero sí por qué: sin duda, para jugar al yonunca y arrepentirte tremendamente a la mañana siguiente de haber confesado, ante tipos tan poco de fiar, que te tiraste al novio de tu amiga, que un día acabaste cachonda perdida tocando a la novia de tu primo o que fantaseas recurrentemente con una violación en grupo.
Y es que, querida chatera, quienes somos, como tú y yo, exhibicionistas por naturaleza, tenemos que evitar las ocasiones del yonunca que la casualidad, a veces, nos pone a tiro; bien sabemos que siempre somos las que más hablamos, y, casi siempre, de lo más inapropiado con los más inapropiados... pero eso, ¿cómo se hace?
Móntame un escenario propicio y volveré a confesar lo inconfesable ante aquellos que mienten mientras juegan... y a cagarme en todo a la mañana siguiente por mi imprudencia.
Me pica tratando que mi sopor se esfume diciéndome que así, en seco, es difícil que me entre (un yonunca en la mente, se entiende), y casi lo logra.
Tradicionalmente, el yonunca es ese juego noctámbulo y peligroso al que dedicas noches de borrachera y compañías extrañas. Al menos yo.
Jugando al yonunca, yo nunca lo he hecho -joder, jugar al juego, vaya lío de palabras!- con un grupito de amigosamigos, no cuando todos nos sabemos, nos intuimos o nos conocemos lo suficiente para no querer saber más.
Las noches de yonunca son esas que empiezan sin saber muy bien cómo, esas en las que de repente confluyen aledaños incompatibles a priori, alrededores alejados por la rutina y dos o tres de los habituales menos frecuentados. Y sin saber cómo, o quizá sabiéndolo, en la fase alcohólica de exaltación de la amistad, surge la necesidad de saber cosas (tradúzcase cosas como anécdotas jugosas, cotilleos inconfesables o truculentos comportamientos sexuales) de aquellos con los que has coincidido sin saber muy bien cómo, pero sí por qué: sin duda, para jugar al yonunca y arrepentirte tremendamente a la mañana siguiente de haber confesado, ante tipos tan poco de fiar, que te tiraste al novio de tu amiga, que un día acabaste cachonda perdida tocando a la novia de tu primo o que fantaseas recurrentemente con una violación en grupo.
Y es que, querida chatera, quienes somos, como tú y yo, exhibicionistas por naturaleza, tenemos que evitar las ocasiones del yonunca que la casualidad, a veces, nos pone a tiro; bien sabemos que siempre somos las que más hablamos, y, casi siempre, de lo más inapropiado con los más inapropiados... pero eso, ¿cómo se hace?
Móntame un escenario propicio y volveré a confesar lo inconfesable ante aquellos que mienten mientras juegan... y a cagarme en todo a la mañana siguiente por mi imprudencia.