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ALGO DE TODO
Porque no podría centrarme en una sola cosa
Acerca de
Me llamo Patricia y estudio Periodismo y Comunicación Audiovisual. Los fines de semana trabajo como maquetadora en La Tribuna de Ciudad Real. Podéis escribirme a soylaveraARROBA hotmailPUNTOcom
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Nuevo blog: La cuenta atrás
Por los problemas que últimamente hemos tenido todos los usuarios de ya.com con nuestros blogs me he mudado a blogspot. Podéis encontrarme en mi nuevo blog, La cuenta atrás. Aunque cambie la dirección, la esencia del blog es la misma, así que espero contar con todos vosotros entre mis lectores.
 
La mirada de "El niño"
No me atrevo a decir que El niño con el pijama de rayas (2007), de John Boyne, sea una novela corta para niños. No me atrevo porque está dirigida, inequívocamente, al público adulto. Es más, está dirigida a la ingenuidad del adulto. Si por algo se caracteriza El niño... es la distancia que impone respecto a los hechos. Unos hechos que difícilmente pueden interpretarse de otra manera distinta a lo que son, una de las páginas más oscuras de la historia del siglo XX y un profundo agujero negro en la historia de la Humanidad, son tratados en esta novela como "algo que pasa al otro lado de la valla". Ese algo indefinido, que desde el principio se parece más a una aventura, es el genocidio de miles de judíos en Auschwitz. Y este punto de partida, tan novedoso como arriesgado, tiene sus puntos fuertes y sus puntos débiles.

A su favor hay que decir que obliga al lector a cambiar su perspectiva. Obliga a mirar el mundo de otra manera, desde unos ojos limpios e inexpertos que se cuestionan una y otra vez el mundo que los rodea. Obliga a aceptar sugerencias en vez de evidencias y obliga a luchar contra la rabia y la ira que embarga al lector conforme avanza en la lectura. El niño... hace que deseemos ir más allá, profundizar en algo que queremos ver y que se nos vela.

La otra ventaja es que vemos "este lado de la valla", esto es, el corazón de la familia del opresor. Bruno, el protagonista, nos ofrece una precisa visión de lo que ocurre de puertas para adentro: la seriedad del padre, la frustración de la madre, la adolescencia de la hija y todos los tejemanejes que suceden en toda familia. De este modo, asistimos a los desacuerdos de la familia del comandante de Auschwitz, que no siempre está de acuerdo con él y no siempre por razones de moralidad. Y vemos que no todo se puede reducir a buenos y malos, héroes y villanos.

Y la mayor virtud de El niño... es también su debilidad. Parece increíble que un niño de nueve años (que no es tan pequeño) asista a todo esto sin enterarse de nada. Está muy bien que Bruno, al principio, no sepa de qué va la cosa pero, con el avance de la novela, la ingenuidad de Bruno se vuelve exasperante. Y esto se eleva al cubo cuando Shmuel, "su nuevo mejor amigo para toda la vida", que vive desde dentro la tragedia, tampoco se entera. Entiendo (y coincidirán conmigo la mayoría de los lectores) que un niño no puede entender (los adultos tampoco lo entendemos) por qué sucedió, pero lo que no se puede desconocer, y menos si lo tienes ante tus ojos, es qué pasó. Shmuel puede dudar la primera vez que desaparece alguien, pero no puedes negar la evidencia de una desaparición tras otra durante un año. Y esto le resta credibilidad a una novela que, si hubiera cambiado la perspectiva en algún momento, aunque fuera como un guiño, hubiera sido perfecta.

Pese a este pequeño inconveniente, El niño con el pijama de rayas es una novela que no debería faltar en ninguna estantería y que los colegios e institutos deberían empezar a recomendar.
 
Una de médicos
Uno de los problemas de la sanidad pública española es que se dan muchas cosas por supuestas. La falta de información sobre cualquier procedimiento es abrumadora y su consecuencia más habitual es que tengamos que hacer las cosas dos y hasta tres veces.

Hace una semana fui a una revisión de la alergia. Llevo vacunándome, con mediano éxito, cada mes durante un año. La alergóloga me preguntó si seguía con síntomas, le dije que sí y me aconsejó que siguiera vacunándome. Le faltó decirme "hala, pa' casa". Me dio un papelico para continuar el tratamiento y una cita para el año que viene. Me dijo que seguramente ni siquiera me tendrían que autorizar el tratamiento, que en la farmacia me lo suministrarían.

Cuando me vacuno, siempre pregunto si me quedan suficientes dosis (porque el tratamiento hay que pedirlo con un mes de antelación, por aquello de que tienen que prepararlo especialmente, o eso dicen). Llevaba un par de meses sin preguntar, lo justo para que, alarmada, la enfermera que me vacunó esta vez me dijo que no me quedaba nada para el mes que viene, que tenía que pedirlo muy rápido porque en agosto los laboratorios no trabajan. Qué sorpresa.

Así que me voy a la farmacia y, obviamente, me dicen que Inspección Sanitaria (que a mí me suena como la CIA, por lo menos) me tiene que autorizar la vacuna. Entiendo que haya tratamientos que se pidan como excusa para traficar con ellos, como la morfina o los fármacos para seropositivos, pero... ¿a alguien se le ocurre traficar con una vacuna de alergia común?

Al día siguiente a las 8.30 de la mañana me voy a Inspección Sanitaria, para no pillar cola, y me encuentro con que no abren hasta las 9. Así que media hora de espera en el coche, dando cabezadas sobre el volante. Otra media hora de espera (porque a la gente le debe gustar esperar en sitios con la puerta cerrada), presenciando discusiones entre pacientes e "inspectores" hasta que, al llegar a la mesa donde me tienen que sellar la receta, me dicen que "ese papelote grande que tengo" no es una receta sino un "informe para el laboratorio" y que "sin receta yo no puedo hacer nada".

Me voy al consultorio médico y me dicen que para que me firmen una receta tengo que pedir cita al médico de cabecera, porque aunque lleve un informe médico completísimo hecho por un especialista tiene que ser un médico el que lo recete. Pido cita para ese mismo día, porque así me da tiempo de volver a coger el coche, ir a Inspección, volver al centro, aparcar y encargar la vacuna a la farmacia. Me dan cita para el día siguiente a media mañana. Uf, con las prisas que me metió la de la vacuna cualquiera se espera...

De modo que me voy de compras para hacer hora hasta que termine la consulta del médico y colarme vilmente. Espero pacientemente a las 13.30 y, en cuanto veo un hueco aprovechando la ausencia de una señora, me cuelo en la consulta y suplico a mi médico que me firme una receta. Se ríe de mí (y, con él, los residentes estos tan graciosos que tienen y que miran todo con tanta atención) y me la firma.

Mierda (perdón), son las 13.55: no me da tiempo a volver a Inspección. Tendrá que ser otro día.

Esta mañana, contra todo pronóstico, consigo la Autorización, así en mayúscula (con lo que me ha costado conseguirla). Ya que he perdido tanto tiempo podía pedir más y empezar a traficar con ellas y, al menos, sacaría algo de beneficio, porque lo que es la vacuna en sí no tiene mucha utilidad (salvo ayudarme a superar mi miedo a las agujas).

Y aquí estoy, haciendo hora para suplicar a la farmacéutica que suplique al laboratorio que se dé prisa para que el mes que viene yo pueda tener mi próxima dosis. Qué yonqui suena todo esto...


 
Ese gran escaparate
Mientras veía la ceremonia de inauguración de los JJOO de Pekín pensé en la importancia que tienen los medios de comunicación en estos eventos. No me refiero sólo al despliegue tecnológico del que hacen gala, sino de la responsabilidad social que debe acompañar sus informaciones sobre temas no estrictamente deportivos.

A nadie se le escapa, pese a las escasas informaciones que están apareciendo en los medios sobre los múltiples lados "oscuros" de la sociedad china, que la celebración de los Juegos es sólo un gran escaparate y, como tal, su labor es tanto presentar como embellecer lo que hay en el interior. Echo de menos reportajes y documentales sobre la realidad de la sociedad china (aunque sé que alguno están emitiendo), en ningún caso para boicotear una celebración ni para presentar a los occidentales como superiores, sino para que nadie se lleve a engaño.

A todo esto he recordado un ensayo que escribí para la asignatura de Periodismo Internacional, a principios de 2008. Creo que puede resultar interesante, así que os lo cuelgo aquí:
El_precio_de_los_JJOO.doc

 
Crueldad sin fin
Ken Follet ha puesto sobre el papel, como ya hiciera en Los Pilares de la Tierra (1989), todo un ensayo sobre la crueldad humana. Un mundo sin fin (2007) es cruel como la vida misma, con esa suerte de maldad que te obliga a seguir leyendo en busca de un rayo de esperanza. Con unos personajes de gran complejidad, Follet explora las grandezas y las miserias humanas en un entramado de historias que mantienen al lector aferrado a las páginas (y con los puños cerrados por la ira). Transcurra como transcurra cada trama, siempre llega, de una manera un otra, la indignación. Y esa indignación, como el mundo, parece no tener fin.

Un mundo sin fin recoge dignamente la herencia de su predecesor. El autor utiliza los mismos mecanismos para lograr los mismos fines, eso no es nuevo, pero lo sigue haciendo magistralmente. Consigue que empaticemos al instante con cada uno de los personajes y que vivamos su angustia como si fuera nuestra. Las zancadillas se suceden y sólo confiamos en la fortaleza de nuestros personajes queridos para salir adelante. Pero el sufrimiento, como el mundo, parece no tener fin.

Desconozco si la descripción de la realidad histórica es adecuada. En este caso, poco importa. Porque estas tramas y estos personajes podrían colocarse en cualquier época y tendrían el mismo sentido. De hecho, no hay mucha diferencia respecto a Los Pilares de la Tierra, a pesar de mediar, si no me equivoco, unos doscientos años de diferencia. Los anhelos son los mismos y las barreras sociales, también. Si trasladáramos estas historias a nuestros días poco cambiarían, sólo que los malvados tendrían otros nombres y otras ocupaciones. La ventaja de lo atemporal es que siempre cala hondo e intensifica la identificación. La novela histórica contemporánea no busca tanto la exactitud como la empatía. Y ahí reside su grandeza. Quien busque algo diferente a Los Pilares... se decepcionará pero ¿para que cambiar algo si de por sí es perfecto? Y la perfección, a veces, parece no tener fin.

Al final, rompiendo los esquemas de la tragedia, llega la resolución esperanzadora. Una esperanza que, como toda esperanza, tiene un poso de tristeza, de abandono y de decepción, pero que es esperanza al fin y al cabo. Follet dosifica vestigios de claridad que nos hacen creer que no todo es oscuridad, pero esta luz sólo aparece como un ancla al que aferrarse. La esperanza, como el mundo, como el universo de Follet, parece no tener fin.