Cuando el arte genera arte
"Soy una persona muy difícil, Anna Holtz, pero me consuela saber que es Dios quien me ha hecho así", Beethoven en Copying Beethoven.
Las artes, a veces, se unen para dar lugar a algo inexplicable de tan perfecto. 2006 ha sido un año prolífico en films acerca de compositores, pintores y demás genios del arte. Tomemos como referencia Klimt (Raoul Ruiz), Copying Beethoven (Agnieszka Holland) y Goya's Ghosts (Milos Forman), todas de 2006, y recordemos Amadeus (Milos Forman, 1984).
Klimt es para mí un artificio onírico retorcido que, sinceramente, no llegué a entender. Destacaría, únicamente, una visualidad potente, que se inspira directamente en la obra pictórica de Gustav Klimt. El film cojea en el guión y, quizá por ser demasiado simbólico, la historia se pierde. Y, para mí, no hay película si no hay historia.
Copying Beethoven se encuentra en las antípodas de Klimt. Se trata de una obra tan plástica, sonora y cinematográficamente perfecta que aún guardo en mi mente los compases de los títulos de crédito y lamento profundamente no haberla visto en la pantalla grande. Las interpretaciones de la hermosísima Diane Kruger y del enorme Ed Harris, que quizá acabe de vivir uno de sus mejores momentos cinematográficos, merecerían un post aparte.
Copying Beethoven no hubiera bebido tanto de Amadeus de haber estado dirigida por Milos Forman. Las referencias son ineludibles. La utilización de la música es tan grandiosa, tan emotiva, tan exultante y tan reverberante como la del maestro Forman allá por los ochenta. Se encuentran tantas similitudes y, a la vez, tantas reinvenciones, que es imposible pensar en una sin recordar otra. Además, Copying Beethoven tiene la misma particularidad que tenía el encantador Amadeus: conocemos al genio a través de unos ojos cercanos, que nos permiten compartir la relación amor-odio que compartía Salieri con Mozart y Beethoven con Anna Holtz. Una relación que nos permite sentir el choque de los egos y, a través de ello, descubrir el verdadero significado, la cara y la cruz, de la genialidad.
La planificación se adivina muy estudiada. Los planos cortos, los desenfoques, las composiciones pictóricas... todo se enarbola, poquito a poco, hasta llegar a una de las partes más logradas del film: el estreno de la Novena Sinfonía. En este momento, los genios de Anna y Beethoven entran en una conexión casi mística, donde es inevitable pensar en un coito, un coito que no se produce pero que resulta más intenso que si hubiera tenido lugar. La conexión entre ambos va más allá de la admiración, de la comprensión, de la ayuda mutua que se prestan... se conectan las almas de ambos y de este momento surgen las más profundas reflexiones religiosas del genio.
Aún no he visto Los fantasmas de Goya pero estas películas han sentado tal precedente en mí que dudo si Milos Forman pueda parecerse tanto a sí mismo como ha logrado la directora Agnieszka Holland. Espero que Forman sea capaz de llevar la pintura al cine tan bien como hizo en Amadeus en el caso de la música. Tiene, al menos, mi voto de confianza.
Las artes, a veces, se unen para dar lugar a algo inexplicable de tan perfecto. 2006 ha sido un año prolífico en films acerca de compositores, pintores y demás genios del arte. Tomemos como referencia Klimt (Raoul Ruiz), Copying Beethoven (Agnieszka Holland) y Goya's Ghosts (Milos Forman), todas de 2006, y recordemos Amadeus (Milos Forman, 1984).
Klimt es para mí un artificio onírico retorcido que, sinceramente, no llegué a entender. Destacaría, únicamente, una visualidad potente, que se inspira directamente en la obra pictórica de Gustav Klimt. El film cojea en el guión y, quizá por ser demasiado simbólico, la historia se pierde. Y, para mí, no hay película si no hay historia.
Copying Beethoven se encuentra en las antípodas de Klimt. Se trata de una obra tan plástica, sonora y cinematográficamente perfecta que aún guardo en mi mente los compases de los títulos de crédito y lamento profundamente no haberla visto en la pantalla grande. Las interpretaciones de la hermosísima Diane Kruger y del enorme Ed Harris, que quizá acabe de vivir uno de sus mejores momentos cinematográficos, merecerían un post aparte.
Copying Beethoven no hubiera bebido tanto de Amadeus de haber estado dirigida por Milos Forman. Las referencias son ineludibles. La utilización de la música es tan grandiosa, tan emotiva, tan exultante y tan reverberante como la del maestro Forman allá por los ochenta. Se encuentran tantas similitudes y, a la vez, tantas reinvenciones, que es imposible pensar en una sin recordar otra. Además, Copying Beethoven tiene la misma particularidad que tenía el encantador Amadeus: conocemos al genio a través de unos ojos cercanos, que nos permiten compartir la relación amor-odio que compartía Salieri con Mozart y Beethoven con Anna Holtz. Una relación que nos permite sentir el choque de los egos y, a través de ello, descubrir el verdadero significado, la cara y la cruz, de la genialidad.
La planificación se adivina muy estudiada. Los planos cortos, los desenfoques, las composiciones pictóricas... todo se enarbola, poquito a poco, hasta llegar a una de las partes más logradas del film: el estreno de la Novena Sinfonía. En este momento, los genios de Anna y Beethoven entran en una conexión casi mística, donde es inevitable pensar en un coito, un coito que no se produce pero que resulta más intenso que si hubiera tenido lugar. La conexión entre ambos va más allá de la admiración, de la comprensión, de la ayuda mutua que se prestan... se conectan las almas de ambos y de este momento surgen las más profundas reflexiones religiosas del genio.
Aún no he visto Los fantasmas de Goya pero estas películas han sentado tal precedente en mí que dudo si Milos Forman pueda parecerse tanto a sí mismo como ha logrado la directora Agnieszka Holland. Espero que Forman sea capaz de llevar la pintura al cine tan bien como hizo en Amadeus en el caso de la música. Tiene, al menos, mi voto de confianza.
La Carlos III cumple 18 años... ¡a ver si madura!
Debe ser que, hasta ahora, la Universidad Carlos III vivía su particular edad del pavo. Al principio (cuatro cursos hace ya que pululo por aquí) creímos que la desorganización de nuestra carrera (Periodismo y Comunicación Audiovisual) se debía a que aún andaba en pañales. Los pañales, por lo visto, intentan cambiar, pero lo fundamental sigue: la falta de madurez. Al inicio del cuarto curso de la primera promoción, conseguimos que nos asignaran a una decana; mientras tanto, habíamos compartido cabeza de mando con Periodismo y con Comunicación Audiovisual, y ya sabe todo el mundo que las cosas compartidas no suelen funcionar bien.
Tras una reunión con la decana, donde expusimos tooodas las pegas que llevamos arrastrando tres años, creímos que conseguiríamos algo. Los resultados están por ver. De todas formas, nosotros ya no disfrutaremos de ello, ya que, Dios mediante, el año que viene terminaremos nuestros estudios. Las siguientes promociones llevan ya el camino muy limpito, pero me da a mí que mucho tienen que cambiar las cosas.
Estos son los últimos ejemplos:
a) Llevamos semana y media de clase. Aún no nos han asignado profesor para una de las asignaturas.
b) El viernes estuvimos esperando media hora a que viniera el profesor; al no llegar, nos marchamos a nuestras casas. A menos veinte se presentó el que debe ser nuestro profesor, el cual todos los viernes tiene una reunión a esa hora. ¿Quién hace los horarios? ¿Quién pone los profesores?
c) No dudo de que los profesores asociados sean grandísimos profesionales en sus respectivas áreas, auténticos genios. Pero si no saben dar clase, si no tienen ni idea de la diferencia entre exámenes y si además se pasan los criterios de correción (y que conste que he sacado notable) por donde yo me sé... ¿qué hacen en la universidad?
Y, para colmo, en reprografía (ese sitio cuya principal función es hacer fotocopias) no saben hacer fotocopias. Cuatro son al menos las fotocopias que hemos tenido que devolver porque el texto sale en negro y, por consiguiente, no se puede leer. Además, tenemos que dar explicaciones.
A todo esto, todos los alumnos nos hacemos la siguiente pregunta: ¿si somos la elite, (la última promoción tuvo la tercera nota de corte más alta de toda la Comunidad de Madrid), como nos vienen diciendo desde siempre, por qué nuestros profesores no son la elite también?
El único consuelo que nos queda es que, supongo, en todas las Universidades ocurrirá lo mismo.
Tras una reunión con la decana, donde expusimos tooodas las pegas que llevamos arrastrando tres años, creímos que conseguiríamos algo. Los resultados están por ver. De todas formas, nosotros ya no disfrutaremos de ello, ya que, Dios mediante, el año que viene terminaremos nuestros estudios. Las siguientes promociones llevan ya el camino muy limpito, pero me da a mí que mucho tienen que cambiar las cosas.
Estos son los últimos ejemplos:
a) Llevamos semana y media de clase. Aún no nos han asignado profesor para una de las asignaturas.
b) El viernes estuvimos esperando media hora a que viniera el profesor; al no llegar, nos marchamos a nuestras casas. A menos veinte se presentó el que debe ser nuestro profesor, el cual todos los viernes tiene una reunión a esa hora. ¿Quién hace los horarios? ¿Quién pone los profesores?
c) No dudo de que los profesores asociados sean grandísimos profesionales en sus respectivas áreas, auténticos genios. Pero si no saben dar clase, si no tienen ni idea de la diferencia entre exámenes y si además se pasan los criterios de correción (y que conste que he sacado notable) por donde yo me sé... ¿qué hacen en la universidad?
Y, para colmo, en reprografía (ese sitio cuya principal función es hacer fotocopias) no saben hacer fotocopias. Cuatro son al menos las fotocopias que hemos tenido que devolver porque el texto sale en negro y, por consiguiente, no se puede leer. Además, tenemos que dar explicaciones.
A todo esto, todos los alumnos nos hacemos la siguiente pregunta: ¿si somos la elite, (la última promoción tuvo la tercera nota de corte más alta de toda la Comunidad de Madrid), como nos vienen diciendo desde siempre, por qué nuestros profesores no son la elite también?
El único consuelo que nos queda es que, supongo, en todas las Universidades ocurrirá lo mismo.
Openning titles
Una vez, un profesor mío dijo que nadie había estudiado cómo los títulos de crédito condicionan la apertura de la película. Lo más parecido que he encontrado, buceando por Internet, lo podéis leer aquí.
Por otra parte, yo no me levanto de mi asiento en el cine hasta que sale la última letra. Muchos creadores han sabido aprovechar el efecto sorpresa para incluir sketches tras los créditos finales (se me ocurre, ahora mismo, Scooby Doo).
Si Almodóvar ya me había sorprendido en los títulos de crédito de Mujeres al borde de un ataque de nervios, ahora me rindo ante los de la archiconocida Casino Royale.
Por otra parte, yo no me levanto de mi asiento en el cine hasta que sale la última letra. Muchos creadores han sabido aprovechar el efecto sorpresa para incluir sketches tras los créditos finales (se me ocurre, ahora mismo, Scooby Doo).
Si Almodóvar ya me había sorprendido en los títulos de crédito de Mujeres al borde de un ataque de nervios, ahora me rindo ante los de la archiconocida Casino Royale.
Unas risas a costa del mancheguismo
Nada mejor que partirse de risa después de días de agotadores exámenes. Aquí vemos a Ramón Barreda, ex-concejal de festejos de Ciudad Real, presentando a Millán Salcedo en el pregón de carnaval. Sin desperdicio...
Tim Burton, hasta en los huesos
Tim Burton tiene mucho que decir en el audiovisual contemporáneo. Aquí lo explican bastante mejor que yo. Tomad nota de esta maravilla:
Siento que el vídeo no tenga mejor calidad. Son las cosas de Youtube.
Ojalá, algún día, tenga yo la oportunidad de hacer algo así.
Siento que el vídeo no tenga mejor calidad. Son las cosas de Youtube.
Ojalá, algún día, tenga yo la oportunidad de hacer algo así.
Días de biblioteca
Gracias a los exámenes estoy llevando a cabo una importante investigación sociológica: observar a la gente que estudia en la biblioteca. No voy a hablar de todos y cada uno de los tipos de personas desesperadas que se encuentran hacinadas en mesas comunes, sino de una particular especie, cada vez más en boga: los estudiantes de segundo de bachillerato.
Uno de estos días tuve ocasión de compartir mesa con una chica y dos chicos, estudiantes de segundo. Los escuchaba hablar de sus futuras carreras, de notas, de grandes exámenes y algo dentro de mí sonreía. Algo dentro de mí sonreía con esa mezcla de burla y ternura que también me provocan los quinceañeros. Y me acuerdo que hace nada yo era así... y me doy cuenta de que las cosas no han cambiado tanto.
Segundo de bachillerato fue para mí uno de los años más horribles y uno de los años más maravillosos de mi vida. Y, como ahora, cuatro años después, estaba hipersensible. Y es que los exámenes sacan a flote lo mejor y lo peor de uno mismo. Afloran las inseguridades, los arrepentimientos y, paralelamente, comienza a desarrollarse la capacidad de pensar en dos cosas totalmente distintas a la vez. Como antes, ahora estudio con la mitad del cerebro y con la otra me monto historias de lo más inverosímiles, me inspiro para escribir, canturreo canciones y, en resumen, busco cualquier medio de evasión.
En bachillerato la presión de las notas, para quienes queríamos estudiar una carrera con una nota de corte alta (o sin nota de corte, como era mi caso, por ser la primera promoción) era un infierno. Recuerdo que durante los dos primeros trimestres los profesores me bajaban la nota para motivarme, nota que luego recuperaron al final como premio. La espera tras selectividad, los tres o cuatro días hasta que dan las notas, fue desesperante (para mí y para todos los que estaban a mi alrededor y tenían que sufrirme). Y todos los miedos salían a flote. Me peleaba con quien menos culpa tenía, quería a quien no tenía que querer. Y, por fin, el entusiasmo de saber que has cumplidos tus objetivos. Ahora me río cuando digo: ¡bendita selectividad!
Los universitarios hemos conseguido, para bien y para mal, estudiarnos doscientos folios en dos días. En tercero de la ESO nos acojonábamos (y no estoy exagerando) ante exámenes de 40 páginas. La vida va cambiando, el tamaño de los apuntes y la rapidez con que se toman, también; pero algo permanece, y es el miedo. Un miedo la mayoría de las veces injustificado porque, seamos sinceros, lo peor que te puede pasar es que suspendas y, en último extremo, que te expulsen de la carrera (algo que ocurre en contadas ocasiones). Pero el miedo al fracaso está patente, recordándonos que queremos aprobar un curso por año, como manda la tradición, y recordándonos que cuesta una pasta estar estudiando lo que estamos estudiando y donde estamos estudiando. Esperemos, pues, que sea sólo miedo... y no realidad.
¡Suerte a todos!
Uno de estos días tuve ocasión de compartir mesa con una chica y dos chicos, estudiantes de segundo. Los escuchaba hablar de sus futuras carreras, de notas, de grandes exámenes y algo dentro de mí sonreía. Algo dentro de mí sonreía con esa mezcla de burla y ternura que también me provocan los quinceañeros. Y me acuerdo que hace nada yo era así... y me doy cuenta de que las cosas no han cambiado tanto.
Segundo de bachillerato fue para mí uno de los años más horribles y uno de los años más maravillosos de mi vida. Y, como ahora, cuatro años después, estaba hipersensible. Y es que los exámenes sacan a flote lo mejor y lo peor de uno mismo. Afloran las inseguridades, los arrepentimientos y, paralelamente, comienza a desarrollarse la capacidad de pensar en dos cosas totalmente distintas a la vez. Como antes, ahora estudio con la mitad del cerebro y con la otra me monto historias de lo más inverosímiles, me inspiro para escribir, canturreo canciones y, en resumen, busco cualquier medio de evasión.
En bachillerato la presión de las notas, para quienes queríamos estudiar una carrera con una nota de corte alta (o sin nota de corte, como era mi caso, por ser la primera promoción) era un infierno. Recuerdo que durante los dos primeros trimestres los profesores me bajaban la nota para motivarme, nota que luego recuperaron al final como premio. La espera tras selectividad, los tres o cuatro días hasta que dan las notas, fue desesperante (para mí y para todos los que estaban a mi alrededor y tenían que sufrirme). Y todos los miedos salían a flote. Me peleaba con quien menos culpa tenía, quería a quien no tenía que querer. Y, por fin, el entusiasmo de saber que has cumplidos tus objetivos. Ahora me río cuando digo: ¡bendita selectividad!
Los universitarios hemos conseguido, para bien y para mal, estudiarnos doscientos folios en dos días. En tercero de la ESO nos acojonábamos (y no estoy exagerando) ante exámenes de 40 páginas. La vida va cambiando, el tamaño de los apuntes y la rapidez con que se toman, también; pero algo permanece, y es el miedo. Un miedo la mayoría de las veces injustificado porque, seamos sinceros, lo peor que te puede pasar es que suspendas y, en último extremo, que te expulsen de la carrera (algo que ocurre en contadas ocasiones). Pero el miedo al fracaso está patente, recordándonos que queremos aprobar un curso por año, como manda la tradición, y recordándonos que cuesta una pasta estar estudiando lo que estamos estudiando y donde estamos estudiando. Esperemos, pues, que sea sólo miedo... y no realidad.
¡Suerte a todos!
Cúentame cómo voy mejorando
A veces, la televisión no tiene nada que envidiar al cine. Y el capítulo número 138 de Cúentame cómo pasó (emitido ayer 1 de febrero de 2007) lo ha demostrado. Agustín Crespí en la dirección y Curro Royo en el guión, lograron uno de los mejores capítulos de la temporada (y de temporadas anteriores). Y los actores estuvieron al nivel.
Esta serie está consiguiendo cifras espectaculares de audiencia (según su web, un share del 30%, que suponen casi cinco millones y medio de espectadores). Cuéntame... ha pasado de ser una serie familiar a convertirse en un culebrón, con todo mi respeto al género, pero en cuanto a la factura técnica, está a años luz de sus comienzos.
Ayer pusieron en juego todas las herramientas estilísticas que tenían al alcance para hacer que la tensión fuera extrema, pero también para que las escenas fueran más sinceras que nunca y, con ello, legitimaban la conducta de los personajes. He de decir que he tenido mis más y mis menos con los guionistas de Cuéntame..., sobre todo porque en ocasiones las vueltas de tuerca de los personajes son inverosímiles y las parejas de enamorados no me terminan de convencer, pero en el capítulo del que hablo todo aparecía perfectamente orquestado, cada reacción estaba justificada y, por primera vez en mucho tiempo, me creí la trama.
Y luego están los trucos narrativos. Cuando una lleva dos días con la cabeza llena de "análisis de la narrativa audiovisual" y con la presión de examinarse de aquí a nada, empieza a ver cosas extrañas. Creí al principio que mi vista me engañaba, ¡pero no!. Desde el primer plano del capítulo, director y guionista se confabularon para mantener la mente del espectador bien despierta. Comenzar con un relato secundario (un sueño) sin ningún operador modal que lo justifique hizo que empezáramos al borde de la angustia para luego respirar tranquilos sabiendo que nuestra Merche está a salvo. A partir de entonces supimos que en el capítulo nos aguardaba muchas sorpresas.
El otro espasmo orgásmico-narrativo vino en la culminación de la trama, cuando Antonio duda si volver a jugarse su gigantesca deuda o no. Habíamos anticipado la desgracia, pero decidieron estrangularnos un poco más y mostrarnos lo que nadie quería que ocurriera. E, inmediatamente después, la salvación. La suerte es así y no había mejor manera, ni forma más tensa, de contarlo. No pude evitar pensar en Woody Allen, mi director de cabecera desde hace unos meses, cuando en Hannah y sus hermanas ve cómo el doctor le dice que va a morir, para justo después descubrirnos que es un hipocondriaco.
Un vez llegados aquí, las estrategias narrativas se conjugan con las de marketing. El jueves que viene, el último episodio de la temporada y el espectador con el alma en vilo.
Esta serie está consiguiendo cifras espectaculares de audiencia (según su web, un share del 30%, que suponen casi cinco millones y medio de espectadores). Cuéntame... ha pasado de ser una serie familiar a convertirse en un culebrón, con todo mi respeto al género, pero en cuanto a la factura técnica, está a años luz de sus comienzos.
Ayer pusieron en juego todas las herramientas estilísticas que tenían al alcance para hacer que la tensión fuera extrema, pero también para que las escenas fueran más sinceras que nunca y, con ello, legitimaban la conducta de los personajes. He de decir que he tenido mis más y mis menos con los guionistas de Cuéntame..., sobre todo porque en ocasiones las vueltas de tuerca de los personajes son inverosímiles y las parejas de enamorados no me terminan de convencer, pero en el capítulo del que hablo todo aparecía perfectamente orquestado, cada reacción estaba justificada y, por primera vez en mucho tiempo, me creí la trama.
Y luego están los trucos narrativos. Cuando una lleva dos días con la cabeza llena de "análisis de la narrativa audiovisual" y con la presión de examinarse de aquí a nada, empieza a ver cosas extrañas. Creí al principio que mi vista me engañaba, ¡pero no!. Desde el primer plano del capítulo, director y guionista se confabularon para mantener la mente del espectador bien despierta. Comenzar con un relato secundario (un sueño) sin ningún operador modal que lo justifique hizo que empezáramos al borde de la angustia para luego respirar tranquilos sabiendo que nuestra Merche está a salvo. A partir de entonces supimos que en el capítulo nos aguardaba muchas sorpresas.
El otro espasmo orgásmico-narrativo vino en la culminación de la trama, cuando Antonio duda si volver a jugarse su gigantesca deuda o no. Habíamos anticipado la desgracia, pero decidieron estrangularnos un poco más y mostrarnos lo que nadie quería que ocurriera. E, inmediatamente después, la salvación. La suerte es así y no había mejor manera, ni forma más tensa, de contarlo. No pude evitar pensar en Woody Allen, mi director de cabecera desde hace unos meses, cuando en Hannah y sus hermanas ve cómo el doctor le dice que va a morir, para justo después descubrirnos que es un hipocondriaco.
Un vez llegados aquí, las estrategias narrativas se conjugan con las de marketing. El jueves que viene, el último episodio de la temporada y el espectador con el alma en vilo.





