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ALGO DE TODO
Porque no podría centrarme en una sola cosa
Acerca de
Me llamo Patricia y estudio Periodismo y Comunicación Audiovisual. Los fines de semana trabajo como maquetadora en La Tribuna de Ciudad Real. Podéis escribirme a soylaveraARROBA hotmailPUNTOcom
Sindicación
 
Lecciones de economía
Hay quien echa en cara a Rodrigo Cortés el estilo publicitario con el que está realizada Concursante (Rodrigo Cortés, 2007) pero ¿de qué otra manera podría rodarse el inexplicable universo mágico que supone? Concursante mezcla comedia, cine negro, estética de videoclip y tirones de orejas al capitalismo, por lo que resulta ser una delirante sátira sin desperdicio.

La historia es aparentemente simple: un joven profesor de historia de la economía (un atractivo Leonardo Sbaraglia) gana el mayor premio de la historia de la televisión, consistente en 500 millones de pesetas en premios. El concurso, sin embargo, parece comenzar mucho después y se constituye como un desgarrador descubrimiento del mundo. En el filme subyacen lecciones de economía tan simples que pasan desapercibidas, si bien tratadas de forma maniquea y ciertamente manipuladora en lo que no es nada más que un instrumento para que la ficción en sí quede redonda.

Vendida como una película subversiva, a mi parecer no trata de dar lecciones ni de hacer desaparecer la ceguera capitalista del espectador. Se diría que eso es sólo la superficie y es fácil para el que la ve pasarlo por alto, aunque las voces en off y los solapamientos de sonido nos los recuerden constantemente. Podemos deshacernos de un tirón de esa manta de ideología y centrarnos en un guión original donde los haya, donde nada sobra ni falta, con cambios de ritmo perfectamente estudiados y apoyados en un montaje sorprendente. Ni siquiera necesitamos demasiada profundidad en el tratamiento de personajes porque la historia se sirve más de situaciones que de emociones y, sin embargo, es enteramente una emoción.

El gran logro es que no solamente no aburre, sino que desde el primer minuto el espectador muerde el anzuelo y se deja llevar por una corriente de imágenes casi oníricas y tan perfectamente compuestas que desvelan precisamente lo que otras películas intentan ocultar: que estamos viendo cine.

Rodrigo Cortés es un debutante en el largometraje pero no hay duda de que no es ningún novato. Es difícil encontrar en el panorama español una película original, pero es que Concursante es ya desde el planteamiento una película distinta, innovadora y esencial para cualquier espectador contemporáneo. Los movimientos de cámara, los efectos especiales, la consistencia de los actores y la creatividad de las localizaciones elevan el nivel medio de una producción española. Invariablemente bebe de fuentes norteamericanas pero el efectismo tiene mucho menos de cine de atracciones y más de magnetismo de una buena trama.

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La felicidad de la ficción
Cuando tenía 12, 13, 14 años solía pasar tarde enteras con mis amigas (mis mejores amigas, ese término ya en desuso, como si la gradación de afectos fortaleciera la amistad) tumbadas en el suelo o en la cama charlando sobre nuestros deseos. El tema principal de conversación solían ser los chicos, los que nos gustaban, a los que gustábamos o los que ni una cosa ni otra. Ahora pienso que realmente no parábamos de hablar del sexo opuesto porque no sabíamos hablar de otras cosas; no sabíamos desnudarnos, hablar de lo que realmente nos preocupaba, intentar dibujar con palabras lo que de verdad nos dolía, que normalmente era algo más profundo que no gustarle a determinado chico. Con la edad se hace aún más difícil hablar, compartir confidencias, descubrir nuestro interior, pero seguimos anhelando cosas cuya ausencia nos duele y dolores que aumentan con palabras bajo llave.

Tomamos la costumbre de escribir diarios (cuántos tomos tengo escritos a mano, guardado en algún sitio, día a día descrito con precisión milimétrica). Como no sabíamos hablar claramente, nos leíamos cara a cara esas hojas íntimas que estaban vetadas para nuestros padres, aunque lo que pensáramos fuera menos escandalosos que lo que hacíamos. Siempre es más fácil expresarse escribiendo, porque da la opción de ordenar las ideas, de reconocer las cosas que no nos atrevemos de viva voz, de pensar y repensar hasta dar con la clave de lo que nos preocupa. En mi caso, es que no sabía expresarme de otra manera que no fuera escribiendo.

A través de los diarios, de las infinitas conversaciones y de los ojos vidriosos yo adivinaba qué necesitaban mis amigas. Si bien no lograba atisbar qué querían, sí me hacía a la idea de lo más difícil: qué necesitaban. Y lo que necesitaban, ellas y yo, no era sino crear un mundo aparte, un mundo de semificción donde se nos permitiera soñar a nuestras anchas, donde las palabras inventadas entre las nieblas del sueño fueran reales, tuvieran sus precedentes y sus consecuencias. Queríamos, en definitiva, un mundo que pudiéramos controlar, en el que los chicos nos amaran y las prioridades estuvieran claras. Un mundo que se pareciera al real, pero que fuera más simple, más predecible y, sobre todo, que tuviera un final feliz.

No tuve que pensarlo mucho, la idea simplemente surgió. En aquella época difusa en la que escribir para mí era más fácil que respirar y en la que, como ahora, era incapaz de dar un abrazo o un beso en el momento correcto (admiro la facilidad de algunas personas para prestar consuelo tal y como lo necesitas en el instante preciso), opté por regalarles cuentos. Los escribía en una tarde (bufff, menos, en una hora), normalmente después de una tarde de alabanzas sobre el chico en cuestión, tenían tres, cuatro, diez hojas a lo sumo y se los regalaba al día siguiente. "Toma, he escrito esto para ti". El primer día les resultó extraño, el segundo día me felicitaron, el tercer día volvieron a releer los relatos, tan simples como una fotonovela de revista de adolescentes, sin mayores objetivos que desvelar un mundo nuevo. Así, nuestros sueños aparecían por escrito, de una manera tan increíblemente sencilla, y entonces, aunque nuestro amor no fuera correspondido en el plano real, en un plano ficticio quedábamos plenamente satisfechas. Adivinábamos así a qué sabían esos labios prohibidos, qué textura tenían sus mejillas, a veces, incluso, cómo era el timbre de su voz. Nos convertíamos de este modo en personas amadas, colmadas de felicidad, aunque fuera la felicidad que sólo puede dar la ficción.

Aquellos relatos ahora estarán perdidos, como se pierde la amistad en el tiempo, y se han diluído en la memoria como si se deshicieran en el agua. Hoy, después de tanto tiempo, vuelvo a recordarlos y cuando recuerdo algo es sin duda porque lo necesito. Necesito ficción para poder dormir, porque no me gusta que me roben mis sueños, que arañen mi tiempo de tinieblas con ilusiones falsas que nunca se cumplirán. La incertidumbre y la inquietud me hace desear una ficción aparte, donde las frases que yo imagino tengan por fin lugar, donde los ojos miren donde yo quiera que miren, donde los besos lleguen donde yo quiera que lleguen. Lo peor de todo es que ahora la ficción no basta porque ya no supone un refugio tan cálido como entonces, porque mis ojos no se acostumbran a lo que se supone que es real, lo que se supone que debo sentir y lo que se supone que debo desear. Ahora la ficción se convierte en una necesidad que no se colma. Ahora la ficción simplemente se acaba.
 
Las entrañas del acordeón
Lo primero que destaca en El hijo del acordeonista, novela de Bernardo Atxaga traducida al castellano en 2004, es la estructura. Nos lleva a retazos por los recovecos de la memoria de David Imaz, en una suerte de hilván de relatos cuya densidad y extensión dependen de lo que la historia necesite. Podría decirse que es asimismo un mosaico cultural, donde se unen cuatro lenguas (castellano, euskera, francés e inglés) que los personajes utilizan sin distinción.

El hijo del acordeonista es todo un logro en cuanto a profundidad de la historia, que goza de una trama entrelazada entre personajes y épocas. Es sobre todo una novela de tiempos, en la que el protagonista parece vivir más en el pasado que en el presente y, ya siendo adolescente, se aferra a una raíces difusas que él cree distinguir perfectamente. Su adolescencia está marcada por los recuerdos callados de la Guerra Civil española, por los fantasmas de Guernika, por las reuniones clandestinas... David se mete en un mundo secreto donde algunas palabras que desconoce (desnacionalizar, por ejemplo) están por encima de la moral. Atxaga es, en este sentido, valiente; valiente porque no elude el tema, porque mete a David de lleno en la lucha armada, como ellos dicen, pero es asimismo objetivo (o cobarde, si quieren) al hacer que David no se pronuncie al respecto. Al lector le parece que el protagonista va a parar allí casi por casualidad, porque sus amigos también están, porque conjuga ciertos vagos principios que hay en él. Realmente, la vida de David es para mí (si Freud me leyera...) sólo una reacción contra su padre, fascista casi reconocido, también casi por amistad; Atxaga mezcla la política y las afrentas que todos viven en la adolescencia contra sus progenitores y lleva al protagonista a unos hechos que marcan su vida.

Por todo ello, el personaje de David es ciertamente inconsistente. Los secundarios le roban terreno. Pese a que David lleva el peso de la historia, justificamos la abundancia de secundarios, y su particular importancia, en que se pretende recuperar la memoria a través de las personas que conoció, que fueron importantes para él, que lo llevaron adonde está, que lo condenaron o lo salvaron. En la novela, las personas tienen extremada relevancia, casi más que los hechos, y los pequeños detalles (de los que a veces se abusa) como las mariposas y el sombrero americano Hoston. Sin embargo, no podemos olvidar que la memoria se forja a partir de estos fragmentos de mundo que se nos quedan prendidos de las retinas.

Frente a David, tenemos a Joseba. Es imposible desligarse de la realidad y no ver que Joseba es el propio Atxaga (sólo hay que mirar su biografía), adornado con las fantasías de la ficción, pero con el corazón de un Atxaga que también decidió dedicar su vida a la escritura y a la lengua vasca. Como personaje, Joseba está y no está. Tiene una presencia continua a lo largo de toda la historia, pero no llega a crear un personaje que adoremos u odiemos, como ocurre con otros.

Podemos leer esta novela remontándonos a los clásicos relatos de añoranza, de nostalgia, de (como digo siempre) salto de la infancia a la madurez. Empiezo a pensar, y alguien que no recuerdo lo dijo alguna vez, que todos los relatos dibujan un camino metafórico que el protagonista debe seguir, que normalmente se identifica con el que todo ser humano recorre desde su infancia a su vejez. El hijo del acordeonista lo hace, si bien de forma no lineal, como no puede ser de otra manera tratándose de un libro de memorias, ficticias o no.
 
Carta de amor al futuro...
Te fuiste a mediodía y ya te echo de menos. Cuanto más te tengo, más me haces falta. Nos habíamos acostumbrado a jugar a papá y a mamá, a dormir juntos cada noche, a hacer la compra, a comer juntos, a vernos a cada minuto... Me gustan esas siestas largas y esas noches cortas. Me gusta escucharte respirar a mi lado. Me gustan tus bromas, aunque a veces me saquen de quicio. Me gusta verte revolotear por mi casa, me gusta que la llenes con tu presencia, que la hagas tuya.

No quería que esta semana acabara nunca. Sin embargo, cuanto antes pase el tiempo antes lograremos ese sueño que es vivir juntos. Ayer fuimos a ver tu casa, nuestra casa. Sigue igual, igual de oscura, de sucia, de vacía... vacía de muebles y llena de sueños. Disfrutamos imaginando ese espacio vacío lleno de muebles, lleno de risas, lleno de niños. Sabemos cómo queremos las cosas, estamos de acuerdo en la mayoría... sólo hace falta ponernos a ello, a construirla desde dentro, a crear nuestro hogar.

Hay que ver cómo ha cambiado nuestro futuro barrio en un par de años. Yo, que lo he visto crecer, que disfrutaba mirando los cimientos, mirando los tabiques, subiendo y bajando montones de tierra. Ahora muchos han empezado su sueño antes que nosotros y las calles están llenas de coches, aunque haya cocheras; el club de tenis está lleno de tenistas, aunque antes sólo fueran cuatro vallas con pocas expectativas... Y las casas... Hay que ver qué cantidad de casas han construido. Cómo crear una ciudad de la nada, en unos años... Y dentro de no muchos años seguiremos sorprendiéndonos de cómo ha cambiado todo.

Pasamos a ver a unos conocidos, que nos invitaron a tomar una cerveza. Realmente, nos invitaron a ver la casa, a que cotilleáramos, a que preguntáramos... ¡Ese frigorífico es el que me gusta! ¿Dónde habéis comprado la cocina? Pues a mí me gusta el gris para las paredes. Esos cuadros le dan mucha personalidad... qué escalera tan bonita. Siempre me pasa igual cuando entro a una casa nueva: me parece fascinante. El edificio en sí puede que no sea el ideal, pero me encanta penetrar en las casas de la gente y atisbar un poquito más qué son. En este caso, me gustó imaginarme un futuro parecido. Con nuestros sofás, nuestra tele, nuestras cervezas y nuestras aceitunas.

Y luego, al salir, de vuelta a casa, con la ansiedad todavía en los labios. ¿Qué, te ha gustado? Yo cambiaría esto y lo otro. No me gusta esto. Pero lo demás es fantástico. Recuérdame que compremos una lámpara igual. Y recuérdame que nunca tendremos perro...

Y así, así, de vuelta a casa. A nuestro nidito de amor por unos días, que nos hace añorar nuestros días madrileños, donde sólo los compañeros de piso impedían la felicidad completa (y los exámenes y los horarios de trabajo). Nuestro nidito provisional, que nos fuerza a olvidar que nos queda un año duro por delante, un año de desubicaciones, un año de cuenta atrás... para empezar ¿qué? De nuevo otra cuenta atrás; y a veces la ansiedad me puede y me gustaría acelerar el reloj, pasar las hojas del calendario, para que llegue el día en que lleguemos a casa y sintamos que es nuestra y que es para nosotros. Una casa para vivirla y disfrutarla, sin tener que ponerse bayetas en los pies al pasar, ni descalzarse, donde se puedan comer guarrerías viendo una película... donde al día siguiente, salvo para ir al trabajo, no tengamos que separarnos nunca más.
 
La magia inocente del cine
No pudo decir que de pequeña fuera mucho al cine. Mi amor por las películas, y por el mundo audiovisual en general, se ha desarrollado muy tardíamente. Sin embargo, algunos de mis recuerdos infantiles están ligados a ese sitio mágico, casi inalcanzable, que era el cine.

Pronto comenzarán las obras de demolición del que fue el Cine Castillo, de Ciudad Real, que vio la luz a finales de los cincuenta. Se verá convertido, probablemente, en pisos o en una franquicia del grupo Inditex (quienes ya se han interesado por el terreno, según los propietarios del inmueble). El Cine Castillo está situado en el centro de la ciudad, rodeado de la Plaza del Pilar y de la Escuela de Artes y Oficios (rebautizada como Escuela de Arte Pedro Almodóvar, que para algo que tenemos en la provincia, Almodóvar y El Quijote, pues hay que aprovecharlo). Tiene tres salas de mediano tamaño. Estuvo abierto hasta 2006, si bien sus últimos años los vivió más con pena que con gloria, como sala secundaria para públicos minoritarios. Siempre albergué la secreta esperanza de que un edificio tan grande, mejor o peor equipado, se convirtiera en algo útil culturalmente hablando; hubo un tiempo en que fantaseé con películas en versión original subtitulada o ciclos de cine especializados. Debe ser que a nadie más se le ocurrió, o que a quien lo hizo echó cuentas muy por encima y se dio cuenta de que tenerlo cerrado sale más barato que contribuir al enriquecimiento cultural. Y así, todo el mundo, antes o después, se fue olvidando del Cine Castillo.

La primera película que vi, acompañada de mi madre, una amiga de ésta y sus hijos fue Cariño he agrandado al niño. Fascinada ante una pantalla tan grande y ante un niño no menos gigante, salí de la sala frontándome los ojos, maravillada por lo que acababa de ver. También vimos, por la misma época, La Bella y la Bestia. Imaginaos la fascinación de una niña pequeña ante la magia del cine sumada a la fascinación de la magia por definición, Disney.

No recuerdo nada más hasta que, algo más creciditas ya, mi amiga Luna y yo nos empeñamos ver Toy Story (la primera parte, pues aún no había llegado la fiebre de las secuelas). También por aquella época vi, acompañada de mi madre, Babe, el cerdito valiente. Entre ambos momentos, simplemente creo que no fui al cine. Y así, pues, se resume toda mi infancia cinéfila, en cuatro películas para el olvido y una vaga sensación atemporal.

Durante unos años los cinéfagos de Ciudad Real se alimentaron en el Cine Castillo y en los Multicines María Cristina, que parecían ser más modernos y más vanguardistas pero que al fin y al cabo no llegaban ni a ser multiplex. El Parque de Ocio las Vías (con más nombre de atracción de feria que de cine) sustituyó a ambos, dejando respirar un tiempo, como he dicho antes, al Cine Castillo (y si lo dejó respirar fue porque pertenecían a los mismos dueños). Fue en estos lugares donde me convertí sumisa a la cultura del centro comercial y a la economía de las palomitas, al terror adolescente y a los besos húmedos de butaca trasera.

Ahora ir al cine es para mí una actividad totalmente diferente. No comulgo con la inercia de ir al cine por ir al cine, aunque también pasé por aquella etapa. Ahora voy buscando lo que quiero ver, lo tengo decidido de antemano y presto más atención a la película que a la compañía. Ahora disfruto comentando cada detalle de la película, ante la mirada desinteresada de mis interlocutores, que asienten con vagos síes y noes las pausas de mi monólogo.

El cine, como todo lo infantil que guardamos en la memoria, ese bagaje invisible que nos acompaña, evoluciona a la vez que evoluciona la percepción del resto de las cosas. Nos habituamos, olvidamos y recordamos a nuestro antojo, pero poco queda ya de esa magia inocente, de los ojos abiertos como platos ante una pantalla incomprensible para nosotros... con el tiempo, cuando se comprende qué es el cine, cómo se hace, qué hay detrás y qué hay delante, se olvida de lo que realmente significó el cine de nuestros primeros años: un manjar inclasificable, dosificado con cuentagotas.

Cine Castillo, descanse en paz.

 
Flöge y Klimt (o el amor latente)
"No esperéis una novela romántica" leí hace poco (en un enlace que no he podido recuperar) al respecto de El Beso, de Elizabeth Hickey. Esta novela recoge la historia de Emilie Flöge, la amante, amiga y compañera de Gustav Klimt durante la mayoría de su vida. Los historiadores no se ponen de acuerdo sobre la naturaleza de su relación y el único testimonio físico es el retrato que le hizo el artista.

Por ello no nos encontramos ni ante una novela romántica ni ante un ensayo sobre el pintor, ni siquiera ante un retrato de las costumbres de la época. La autora define su libro como ficción histórica y se justifica de la siguiente manera: "El propósito de la ficción histórica no es tanto reflejar el pasado como sucedió exactamente, tarea imposible, sino imaginarlo como debió suceder".

Por ello, Hickey nos ofrece una novela extrañamente romántica, pues sin adecuarse totalmente al término que intenta definirla es romántica en esencia. Es la historia de una mujer que ofrece su vida al hombre que ama, aunque ninguno de los dos tenga claros sus sentimientos. Klimt lo es todo para ella, su maestro, su tutor, su mecenas, su amante... Su relación con el pintor cambia drásticamente su vida y la de su familia y la sumerge de lleno en el mundo de las artes y la bohemia. Para Emilie es también el camino hacia el éxito, pues gracias a sus contactos, a su inteligencia y a su saber estar consigue llevar adelante uno de los salones de modas más famosos de la época.

El beso nos hace transitar por algunos de los cuadros más famosos del genio simbolista, nos describe las situaciones que les dieron lugar y cuya descripción seguramente no se aleje mucho de la realidad. De soslayo, también nos habla de la guerra y de cómo arrancó de cuajo las esperanzas de una Viena de inmenso potencial cultural; nos habla de cómo la guerra pone fin a todo y deja sólo devastación a su paso. En la superficie de la novela, sin embargo, hay grandes notas de esplendor cultural, descritas con tanta precisión que nos parece oír el rasgar de las carísimas telas de los vestidos, acariciar los lienzos de los artistas o contemplar las creaciones del resto de genios del arte que se dieron cita en una época y un lugar determinados.

Esta obra es un retrato de emociones y de tránsito de la infancia a la madurez. El tono cambia sensiblemente hasta hacer que nos identifiquemos plenamente con la edad que tiene Emilie Flöge en cada momento de la novela. Vemos todo desde su particular y privilegiada óptica: contemplamos a Klimt como un mago ante sus ojos de niña inocente, asistimos a los primeros contactos de ambos con el temblor de una hoja, conocemos las inseguridades de una joven que se mueve en un entorno al que no sabe si pertenece y finalmente vemos cómo la mujer en que se ha convertido es capaz de hacerse un hueco en ese mundo y sentirse orgullosa de lo que hace. La sexualidad late bajo las líneas de la novela, haciéndose explícita muy pocas veces y sin necesidad de ello.

No llegamos nunca a conocer a Klimt. Lo mudable de su personalidad junto con la inexactitud de los datos crean a su alrededor una atmósfera misteriosa. Sabemos de sus múltiples relaciones con mujeres, pero no nos explicamos el porqué de sus relaciones (la ternura, la caridad, la sensualidad, el vicio, la costumbre, el favor...) Sabemos de su relación de dependencia con el arte, pero no nos explicamos hasta qué punto era un pintor comercial o controvertido. Era un hombre optimista y pesimista a la vez, oscuro y brillante, feliz y atormentado... Hickey no deja claro qué procede de la verdad histórica y qué de su imaginación, pero el caso es que, real o no, consigue crear un personaje enigmático y magnético del que, nos hace pensar, cualquiera se podría enamorar.

El beso es realmente una obra que enamora y por eso de qué otra forma podríamos llamarla sino romántica.
 
La quinta maravilla
Trompeta, saxo, armónica, piano, guitarra, bajo y una voz arrolladora... Música española y mexicana se mezclaron una noche de agosto en la Plaza de Toros de Tomelloso (Ciudad Real). Era el concierto de La Quinta Estación.

Soprende que hoy en día, tal y como está el panorama musical español, surja una voz tan potente, tan pura y tan llena de matices como la de Natalia Jiménez, la cantante del grupo. Y esto nos debería hacer reflexionar acerca de los talentos que nacen en nuestro país y se ven obligados a emigrar para triunfar. La tradicional subestimación de lo nuestro, en resumidas cuentas.

La Quinta Estación puso a disposición de un público escaso aunque entregado toda una orquesta polifacética. La música fue magnífica en su ejecución y la calidad de sonido acompañó.

El concierto comenzó con Tu peor error y, ante las exigencias del público, se despidieron con el mismo tema. El espectáculo dejó lugar a la acción, con unas 1500 personas de todas las edades dando saltos y palmas incansablemente. No obstante, varias baladas que ponían la piel de gallina dejaron patente una inestimable calidad musical. El punteo de guitarra española y unos aires de flamenco acompañaron a Rompe el Mar. Esperaré despierta se convirtió en un rock dulce con algo de reagge. Entre canción y canción los músicos nos deleitaron con algunos solos (bajo, trompeta, saxo...) Tras la fingida despedida (y sin hacerse de rogar mucho, ya que la cantante estaba disfrutando de la entrega de su público) llegó El sol no regresa y El mundo se equivoca.

La Quinta Estación dejó buen sabor de boca en los asistentes con grandes dosis de buena música envuelta en una sencilla puesta en escena.

 
El aroma de la belleza
La búsqueda de la belleza conduce a la obsesión y ésta nos conduce por caminos tan desconocidos como el asesinato.

Jean Baptiste Grenouille (Ben Wishaw), el protagonista de El perfume: historia de un asesino (Tom Tykwer, 2006), no mata por placer sino como un medio para conseguir sus fines. Y el espectador no consigue odiarlo, no por las extravagantes consecuencias de su aroma, sino porque lo comprende. En una sala oscura, despojados de todos nuestros prejuicios con la compra de una entrada o de un dvd, nos adentramos en un mundo de fantasía donde la base de la narración descansa sobre esquemas que ahondan en el corazón humano, en la más íntima naturaleza humana. Todos buscamos la belleza y la perfección y todos intentamos retener, al menos en nuestra mente, aquello que más nos importa. La búsqueda de Grenouille es primero una búsqueda de la sabiduría como método para alcanzar algo superior; la búsqueda de Grenouille es la belleza que todos ansiamos y nadie retiene, ni siquiera en la imaginación.

Con una extraordinaria fotografía y una no menos excelente banda sonora, Tykwer nos muestra la Belleza, con mayúscula. Es la belleza retenida en un rojizo rizo ondulando en el aire, es la belleza de la tersura de una piel joven, es la belleza del aroma de la virginidad y es la belleza de aquello que nos está prohibido.

Desde su nacimiento, Grenouille ha tenido prohibido el acceso a la belleza. Nacido entre cabezas de pescado e intestinos de cabra, curtido entre las pieles y el barro, Grenouille no merece vivir, y así nos lo demuestra el filme desde el primer instante. Es su tenacidad lo que le hace sobrevivir. Grenouille, por no tener, no tiene ni olor. El acceso al olor, y con ello a una identidad, también le está prohibido. Por eso pasa desapercibido, por eso todos pasan por encima de él, por eso nadie le tiene en cuenta salvo para utilizarle para lograr algo. Grenouille no hace más que trasponer esto a su incierta búsqueda: utiliza a los demás para darles lo que todos quieren, la belleza suprema.

El perfume es algo más que una película, pues se constituye como todo un tratado sobre la belleza. Disquisiciones morales al margen, el filme nos desliza por los bajos fondos franceses hasta el punto de que parecemos arrastrarnos junto con la cámara. Quizá con lentitud, pero con la perfecta fórmula de drama y suspense, la historia simplemente surge, como si nadie detrás moviera sus hilos. Pasmosamente nos introducimos en los ojos de Grenouille, y en su mente a través del olfato, en un viaje a lo que sin duda es una de las mejores interpretaciones de un cuerdo desquiciado (sin olvidar un ineludible aire a Norman Bates) que nos ha regalado el cine reciente.

El perfume, como obra, es indispensable. Sobre papel o sobre celuloide (he de reconocer que me ha gustado más la película que el libro, si es que esta división sirve de algo), la historia en sí misma es un hallazgo brillante.
 
El genio, por sí mismo
En Woody Allen por sí mismo, Richard Schickel desgrana la vida y obra del cineasta. La parte central del libro se compone de una entrevista realizada para televisión, en la que película a película ambos van sacando a la luz los temas principales que subyacen a toda su filmografía.

Para embarcarnos convenientemente en la entrevista, Schickel (escritor, productor y crítico de cine) nos avanza un estudio exhaustivo acerca de cómo Woody Allen imprime su peculiar personalidad a cada obra que realiza. Desde la admiración, pero también desde el rigor, la obra de Allen se despliega ante nuestros ojos, como si la conociéramos profundamente pese a no haberla visto.

Los estudios de cine suelen ser algo menos sofisticados que los de, por ejemplo, la reproducción de las amebas en cautividad (si es que esto existe), pero es un gran logro por parte del autor lograr una narración perfecta, en la que una idea lleva a otra sin artificios, sin un léxico rebuscado ni eternas peroratas para los no entendidos.

La conclusión es que Schikel pone a Woody Allen en su sitio, el de un gran director de cine y el de algo más... ¿inexplicable? Woody Allen aparece como el rey de la comedia en un Olimpo que parece estar algo desgastado en la época de la entrevista (que se realizó antes de Melinda y Melinda y Match Point, éxitos, especialmente éste último, que han vuelto a poner a Allen en la boca del público generalizado). Woody Allen como un extraño en la industria hollywoodiense pero sin la cual tampoco hubiera podido tener cabida. Un cineasta libre, atado sólo al compromiso con su público, que indudablemente obtiene mayores triunfos en Europa que en Estados Unidos. Un Woody Allen que no es adicto al trabajo, sino que sólo en la fantasía de la creación de una película es capaz de sobrellevar su existencia.
 
ETA y los empresarios
ETA sigue viva (como si no lo supiéramos) y las encuestas demuestran que el terrorismo ha vuelto a encabezar la lista de preocupaciones de los españoles, por encima de la vivienda. Hace unos días nos dicen que un atentado está al caer y hoy Bermejo, ministro de Justicia, pide a los empresarios "que no cedan a la tentación de pagar a ETA".

Hoy (mañana) La Tribuna de Ciudad Real y sus periódicos hermanos publican la columna de opinión del colaborador Manuel Molares. En ella dirige una carta abierta al Juez para que le indique, a grandes rasgos, si frente a una extorsión de ETA es legal emplear el dinero solicitado para contratar una banda de matones que velen por su seguridad.

No conozco el País Vasco ni la calidad de vida que sus habitantes puedan tener allí (el alejamiento de una porción importante de nuestro territorio y, por tanto, de nuestra vida, tradiciones, cultura, etc. es también un logro de ETA) pero soy capaz de imaginarme muy remotamente el miedo bajo el que se ven obligados a vivir los vascos de a pie (y a convivir con quienes les amenazan). Lo que sí está claro es que el deber de un Gobierno es velar por la vida y la seguridad de los ciudadanos de su país y para eso, aparte de para gestionarnos, es para lo que nombramos algunas decenas de representantes. El Gobierno, en ningún caso, puede obligar a sus ciudadanos a ser héroes, y pedir a los empresarios que no paguen para salvar su vida (si es que pueden pagar tan exorbitada cantidad) no es sino exigir un heroísmo desmedido a aquellos que han depositado su confianza, en forma de voto o no, en un Gobierno. Ya es suficiente heroísmo intentar sostener la economía de un país sobre sus espaldas.
 
Esos lentos cierres de verano...
A veces, cerrar un periódico se convierte en una ardua tarea, monótona e insulsa, donde la máxima acción consiste en esperar. La larga espera se entretiene de muchas formas, pero llega un momento en el que ya has leído los blogs habituales, los no habituales, has memorizado ofertas de viaje recordando que no las aprovecharás, has desgastado las teclas de mantener conversaciones por el messenger... La noche se alarga y el ordenador ya no sirve para nada, sólo para actualizar una y otra vez la pantalla en busca del más mínimo cambio.

Mis compañeros odian los cierres, pero hay que reconocer que, en verano, nos hacen disfrutar de un horario estupendo... (aquí, al menos, se entra a las seis de la tarde).

Sin embargo, cuanto más lento es el cierre más se saborea el momento de llegar a casa. No sería cierto decir que deseas refugiarte en el hogar después de un día de trabajo agotador, porque la mayoría de las veces tampoco es para tanto, pero girar la llave en la cerradura, lenta y silenciosamente, sabiendo que todos, en casa, están durmiendo... produce cierta satisfacción.

Me gusta coger el periódico del día, un periódico ya caducado, cuando salgo del trabajo. Me gusta activar la alarma, cerrar y mirar a mi alrededor. Oler el aire, respirar hondo y comprobar que las luces de una gasolinera siguen encendidas. Me gusta conducir por las calles casi desiertas, escuchando la música que me apetezca y aparcar limpiamente en la cochera. Me gusta caminar despacio hacia casa, olvidándome poco a poco de lo que ha dado de sí el día y sintiéndome feliz porque sólo yo conozco cómo será exactamente el periódico del día siguiente.

Mi profesora de diseño de la universidad, Maite Cortés (gracias a la cual, dado que nos hizo sufrir durante todo un cuatrimestre, entré medianamente preparada, y sólo muy medianamente, para este trabajo) nos decía que le gustaba pasar al VIP's los fines de semana y comprar la primera edición del periódico. Y es que tiene un encanto especial, aunque la prensa ya no sea lo que era y las noticias, cuando llegan a la mesa del desayuno, están más que masticadas y desgajadas en Internet.

Mirando el reloj de reojo comienzo a cenar. Es una hora absurda para cenar y, además, meterse en la cama con la barriga llena no es lo más recomendable, pero no puedo evitar abalanzarme sobre la pechuga de pavo a las finas hierbas (mi nueva afición alimenticia) y un pan ni duro ni blando, ni de un día ni de otro, como un periódico.

No es una hora para meterse en la cama. El cerebro aún bulle dentro del cráneo y pide que, por favor, no llegue ya mañana. Qué rápidos pasan los días... Ya me han comentado más de una vez que todos los periodistas somos unos borrachos, un tópico plagado de razón (como, en parte, todos los tópicos), pero si lo somos no se debe a otra cosa que a los horarios que nos gastamos. Somos pocos los que solemos ir a cenar al Rayfer a las dos de la mañana, el único lugar, junto a las tiendas de chinos y de 24 horas, que osa alimentarte a según qué horas. Pero las copas sientan mejor sobre un lecho de hamburguesa grasienta en el estómago. Y una copa después de trabajar, en verano, no se perdona. A no ser que el agotamiento lo impida.
 
Somos números
Soy una fecha de nacimiento. Soy un Documento Nacional de Identidad. Soy un número de tarjeta sanitaria. Soy un Número de Identificación de Alumno. Soy una nota de corte. Soy un número de teléfono fijo y otro de móvil. Soy el número del PIN del móvil y una clave secreta para el cajero. Soy un número de cuenta bancaria. Soy una matrícula. Soy un número de póliza de seguro. Soy el número de una calle y el número de un piso (en ocasiones soy varios). Soy una posición en la cola de espera de Correos (o de Mercadona). Soy una cifra en un ticket de compra. Soy una fecha de aniversario. Soy un número de billete de AVE. Soy un número de autobús. Soy una hora de llegada. Soy, soy, soy... seré una fecha de muerte.

Esta tarde nos han dado un listín teléfonico con los número de teléfono internos del periódico. Para que nos llamemos y no demos voces de lado a lado de la redacción. Cada número se corresponde con el nombre y, en algunos casos, con una función. Nosotros somos "Maquetación 1", "Maquetación 2" y "Maquetación 3". No tenemos nombre, somos intercambiables. Mi compañero ha escrito su nombre con rotulador al lado de Maquetación 2. El resto deberían hacer lo mismo. ¿Y yo? No tengo ordenador propio. Yo soy 1 y 3, cuando somos muchos soy 2... sólo un número para el que quiera hablar conmigo.