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ALGO DE TODO
Porque no podría centrarme en una sola cosa
Acerca de
Me llamo Patricia y estudio Periodismo y Comunicación Audiovisual. Los fines de semana trabajo como maquetadora en La Tribuna de Ciudad Real. Podéis escribirme a soylaveraARROBA hotmailPUNTOcom
Sindicación
 
León el Mediterráneo
En León el Africano, escrito por Amin Maalouf en 1986, hay dos protagonistas, uno individual y otro colectivo. El primero es Hasan (que a lo largo de la novela recibirá múltiples nombres, adoptando aquí y allá el que más le conviene), exiliado de Granada a finales del siglo XV y, por tanto, ciudadano del mundo. El segundo protagonista no es ni más ni menos que los pueblos que se extienden a lo largo de la cuenca mediterránea, por los cuales Hasan viaja, a quienes conoce, con quienes negocia y de los que extrae una profunda sabiduría de la que sólo da cuenta en las páginas finales.

Pese a que la novela está dividida en pequeños capítulos, se diferencian claramente, al menos, 3 partes (que se podrían corresponder, casi, con las tres principales mujeres que marcan su vida). La primera parte es extensa y abarca desde los recuerdos que ni el mismo Hasan ha vivido, aquellas vivencias transmitidas oralmente por allegados, hasta el inicio de su adolescencia cuando, de buenas a primeras, se encuentra convertido en embajador de su tierra adoptiva. La segunda parte es la que llamaríamos de descubrimiento, no tanto de la vida en sí sino del mundo que hay a su alrededor. En sus continuos viajes, en sus apasionados amores y en sus múltiples encontronazos con la política y la justicia, Hasan nos describe detalladamente la cultura y la sociedad que se va encontrando. En el último tercio del libro las observaciones son más ligeras, pues Hasan, ahora Juan León de Médicis, ha entrado en una madurez donde sólo le apetece mirar atrás. Aquí es adoptado por la curia romana y aceptado en los mismísimos brazos del Papa.

Destaca especialmente la capacidad de adaptación de Hasan. Es capaz de adoptar diversas religiones, en mi opinión guiado más por las costumbres (y las conveniencias) que por profunda convicción. Hasan tiene muy claros sus orígenes, añora su tierra arrebatada pero no por ello se siente abatido. Granada es para él sinónimo de su infancia, con toda su inocencia y esplendor. Establece su casa en cualquier lugar del mundo y se mezcla con las más variadas gentes. Es curioso cómo el autor logra introducir a los más importantes personajes de la época sin que por ello se resienta la trama (Lutero, los Médicis, los papas... son sólo algunos ejemplos); es más, esa proliferación de personajes enriquece de tal manera la novela que nos hace encontrarnos de bruces con un mosaico cultural del que podemos presuponer cierto rigor histórico.

León el Africano es una novela distinta a la novela histórica a la que nos estamos acostumbrando últimamente. En esencia no es sino una novela de aventuras. El tono, salvo por algunas expresiones, alude a una suerte de crónica periodística (no en vano el autor ejerció el periodismo) que se hace ligera de leer y muy creíble. Al principio cuesta un poco engancharse, sobre todo porque el autor exige una inmersión total en el relato que haga percibir olores, sabores, imágenes de una época que no hemos conocido. Pronto el relato comienza a avanzar, nos sentimos cómodos en compañía de Hasan, gozamos con su atrevimiento y sufrimos con sus penalidades. Es en ese momento, cuando conseguimos olvidarnos del siglo XXI, cuando la historia ya no nos abandona.

 
Mi pobre coche...
Hace muchos, muchos años me hallaba yo jugando en mi habitación con el zoo de Playmobil. Las vallas no conseguían quedarme rectas y no sabía muy bien dónde colocar los animales, porque yo nunca había visitado un zoo. Mi madre me colocó todo, con precisión milimétrica, según su parecer, dando como resultado un zoo hermoso o, al menos, a mí me lo pareció. Después se fue. Creo que no toqué nada en toda la tarde, para no desvirtuarlo y, si lo hacía, volvía a dejar todo justo en el mismo lado. Al desmontarlo tuve ganas de llorar.

Por aquellas fechas, quizá un poco antes, quizá un poco después, mi madre me dio una muñeca. No era ni bonita ni fea, más bien de piel-plástico oscura, con el pelo rizado y un simpático aro alrededor de la cintura que se movía (con música y todo). No debió ser muy cara, tampoco excesivamente barata. Pero si de algo me acuerdo es de que me dijo que era mi hermano quien se había empeñado en regalármela. La cuidé con mucho mimo porque era la primera vez que mi hermano se acordaba de mí en lo que a regalos se refiere. Luego quedó olvidada porque llegó ese incierto momento en que una no sabe si seguir jugando con muñecas o empezar a jugar con kens. La dejé como adorno en mi habitación y cada vez que la miraba me invadía una mezcla de tristeza y alegría que no he podido olvidar.

Algo parecido sentí cuando, hace unos días, abollé el coche por primera vez. Ocurrió al entrar en mi cochera (una de esas cocheras en cuesta y curva) cuando, al hacer una maniobra, se me escapó el pie. El trasero de mi coche sufrió una importante liposucción. Sentí rabia, angustia y culpabilidad. Luego me consolé pensando que, de todas las cosas que te pueden pasar en un coche, ésta es la menor. Pero la rabia no se va. ¿Tendrán razón mis compañeros de trabajo cuando dicen que quiero demasiado a mi coche?
 
Angustia en la 1408
A 1408 (Mikael Hafstrom, 2007) le llueven las críticas porque parece que el director no ha sabido aprovechar el buen material que tenía entre manos, una novela de Stephen King, el mago del terror. Pero la película resulta ser mejor de lo que parece y superior a otras de su género que desembocan en lo que se ha dado en llamar terror adolescente.

Los primeros 30 ó 45 minutos son perfectos. Samuel L. Jackson se deja ver demasiado poco y su personaje tiene, además, escaso peso en la trama. En su primera aparición simplemente nos prepara para lo que va a venir a continuación. El resto de la película es, sin duda, de John Cusack, un escéptico escritor buscador de fantasmas. La historia se desarrolla conforme a la reglas básicas del guión: presentación de personajes, presentación breve de antecedentes y un primer punto de giro como punto de partida de la historia.

Pronto aparecen los principales elementos creadores de tensión: un espacio cerrado del que escapar y una cuenta atrás. Desplegado con hábil imaginación en el aprovechamiento de recursos, las primeras intervenciones del más allá son sorprendentes y originales. En unos segundos, el espectador comienza a sentir angustia y a identificarse plenamente con ese escéptico convertido en creyente.

Los recursos de una pequeña habitación de hotel para aterrar al público son limitados. No obstante, al principio resultan frescos y originales, para luego transformarse en trucos muy vistos que abusan de los efectos especiales y cuya presencia no está nada justificada. Las cosas, simplemente, suceden. No hay un patrón definido, pero el protagonista pretende encontrarlo porque así la comprensión de lo que le ocurre le llevaría a la salvación.

Bajo los fenómenos paranormales intenta ocultarse el clásico conflicto entre la realidad y la ficción y, por otra parte, la necesidad del personaje principal de buscar en su interior, a través de sus recuerdos, para sublimarlos y así salvarse a sí mismo y a los que le rodean. Tan altas aspiraciones se quedan en agua de borrajas y dejan como sello únicamente un final sorprendente.

1408 bebe indudablemente de otros relatos, actuales y remotos. Algún que otro guiño a El Resplandor (Stanley Kubrick, 1980) y a Los Pájaros (Alfred Hitchcock, 1963) que podían haber trabajado más y cierta herencia de La habitación del pánico (David Fincher, 2002) o incluso Saw (Jamen Wan, 2003). Mucho que agradecer a la tradición literaria de Stephen King, cuyos relatos son más que reconocibles.

El resultado viene a ser algo aterrador que no deja huella, que aprisiona durante unos momentos pero que, después de visto, resulta indiferente. No hay ninguna moraleja. El final es sorprendente, angustioso, pero intenta prolongarse unos minutos más de lo debido. Una y otra vez se cometen los mismos errores: una puesta en acción brillante que promete más de lo que da realmente. No obstante, es una buena película para ver, no apta para los temerosos y que no dejará decepcionados a los amantes del género.

 
Una niña a la que proteger
Toda mi vida he tenido a alguien encima intentando protegerme. Primero mis padres, como es natural, y ahora mi novio.

La protección de los padres suele extenderse más allá de lo necesario, pues la mayoría de ellos se niegan a asumir que sus hijos han crecido y han de volar solos, lo que supone estrellarse, levantarse, volverse a estrellar, volver a alzar el vuelo y así continuamente. Una vez que se ha superado esta etapa, por parte de ambos (si es que alguna vez se supera) comienzan a verte como a una igual y a sufrir con tus errores y desengaños pero, al fin y al cabo, dejarte hacer. Porque cada uno tiene su vida y la vida se compone de decisiones.

La función de la pareja va más allá de la protección. Es cierto que todos tendemos a proteger a aquel a quien amamos y con el que hemos elegido compartir nuestra vida (o intentarlo, al menos), pero una relación de pareja se establece, en principio, de igual a igual. Por tanto, que uno intente proteger a otro no es síntoma sino de la extrema superioridad de uno de los miembros de la ecuación o de la extrema debilidad del otro. ¿Es este el caso?

No es la primera vez que discuto con mi novio por esto. Soy débil, siempre lo he sido, como todas las personas en algún momento de su vida. Por ello siempre he intentado superarme, aun en los aspectos más insignificantes. Suelo agobiarme entre multitudes y allí siempre está él para socorrerme. Me conozco, sé mis limitaciones, pero si no las supero jamás podré seguir adelante. Su actitud ante esto, en mi opinión, sería apoyarme, ayudarme a superar el bachecito para poder hacer cosas en la vida. Su actitud, sin embargo, es decirme que me quede en casa.

Mis amigas, con su derecho a opinar, y la gente no tan amiga que no tiene demasiado derecho a opinar, me dicen que mi novio tiene que abrir la mente. Aprovechan para decirlo en cualquier ocasión, siempre que les cuento mis peleas con él (que, por otra parte, para eso están), pero yo no creo que ese sea el problema. Supongo que llegará un momento en que deje de verme como un ser al que proteger, como un bebé necesitado de ayuda pero, hasta entonces, ¿qué camino tomar? ¿debo ceder siempre yo y escalar, tan poquito a poco, mi derecho a la libertad, mi derecho a equivocarme, mi derecho a que me apoyen cuando me caiga aunque me hubieran avisado de ello antes?

Mi madre lleva años diciendo lo mismo y hasta ahora no lo ha conseguido. Mi relación cada vez se parece más a la de mis padres. La de mis padres cada vez se parece más a la de mis abuelos. ¿Todas las parejas siguen este camino inexorable?
 
Ese caprichito
En aquellos lejanos tiempos en los que mientras navegabas en internet no podías utilizar la línea telefónica para otra cosa, mi abuela solía llamar a casa (en contadas ocasiones) y encontrarse con el teléfono comunicando. La frase era siempre la misma: "estarán jugando con el interné".

Internet ha sido desde sus orígenes, en nuestras vidas, un entretenimiento y, como tal, en esta sociedad que aún no ha aprendido a superar sus limitaciones heredadas de no sé qué época, donde España decidió que el progreso no era para ella, el entretenimiento es prescindible. Tarifas caras, imposibles contrataciones y, aún así, Internet se extiende. ¿Por qué? Porque Internet es mucho más que puro entretenimiento.

Las empresas ofrecen por doquier un internet que, como un espíritu, está en cualquier parte. Ofertas que no son más que engaños porque en los folletos, en letra pequeñita, siempre aparece "sujeto al compromiso por 18 meses" (Y al menos, ahora, lo ponen, aunque sea en diminuto). Entiendo que una empresa está para ganar dinero y no para regalar equipos, pero de esta manera se blinda de intensa manera el desarrollo. En mi caso, me había decidido a probar Internet portátil durante los cuatro meses que voy a estar fuera de casa, como alternativa previsiblemente más sencilla que dar de alta una línea de teléfono, posteriormente un línea de ADSL y, finalmente, dar ambas de baja. Los precios han dejado mis esperanzas bajo mínimos.

Todo sería más fácil si yo pudiera alquilar una habitación en un piso compartido, cercana a la universidad, que no superara con creces esos 210 euros que promete Zapatero (y que no llegan ni pa pipas en una ciudad como Getafe) y que tuviera conexión a Internet. Aquellas habitaciones que la tienen se aprovechan y doblan el precio. Las que no lo tienen se excusan diciendo que "el piso tiene otras comodidades", que "la universidad está muy cerca" o que "hay estudiantes que no lo pueden pagar". En mi búsqueda inmobiliaria he comprobado que los pisos en alquiler con conexión a internet y a un precio decente se comparten con chicos. ¿Han demostrado ellos ser más inteligentes que nosotras? ¿O es que son más "caprichosos"?

En definitiva, años después del nacimiento de Internet, sigue siendo considerado un capricho y no una necesidad. Yo voy de arriba a abajo todo el día, me mandan un montón de trabajos inútiles para los cuales, en el 80% de los casos, necesito buscar información en Internet: obviamente no puedo estar condicionada por los horarios de la universidad y la disponibilidad de sus "maravillosos" ordenadores, sobre todo cuando más de una vez termino redactando cualquier cosa a las dos de la mañana. Y cuando una quiere hacer cursos a distancia, por ejemplo.

Lógicamente, siempre podemos volver a las fórmulas de antaño. Los cybers de ordenadores obsoletos donde cobran una millonada por media hora de conexión, donde abundan los extranjeros comunicándose con sus familias allende los mares y los adolescentes granulosos jugando, esta vez sí, con juegos en red.

Y es que yo, si fuera casero, tampoco ofrecería conexión a Internet. Porque cualquier compañía te va a poner todas las dificultades posibles para entorpecer cualquier intento de darse de baja. Hay que decir que, al menos en Telefónica, ya tienen más asumido eso de la libertad de elección a la que tenemos derecho los consumidores y al menos no amenazan ni hacen cosas extrañas; simplemente hacen las cosas mal, cada comercial te cuenta una cosa y pierden esas facturas explicativas que tanta falta hacen. Si el inquilino quiere internet, que lo contrate él (aunque sea para unos meses) que yo seguiré cobrando tranquilamente mi mensualidad esté cómodo o no y que no me cuente películas.

En resumidas cuentas, que luego venimos pensando que, como quien habla del tiempo, por qué otros países viven mejor que nosotros, por qué están más desarrollados. La respuesta... búsquenla en Internet, jaja.
 
Una Arbus ajena a la realidad
Ahora que los biopics se han puesto de moda, merece la pena reseñar uno que se aparta de la norma. Retrato de una obsesión (Steven Shainberg, 2006) tiene grandes carencias (entre ellas una banda sonora verdaderamente consistente y algo de falta de ritmo) pero las suple con creces ofreciendo una profunda historia de sentimientos y secretos a voces.

Ya desde el principio el director (y los encargados de la comercialización) se encargan de no vender la película como una biografía, sino como un relato inventado a raíz de la vida de una de las más fantásticas artistas del siglo XX, la fótografa Diane Arbus. Si el espectador asume esta premisa se adentrará en una bonita historia de amor, donde los afincados valores norteamericanos de amor a la familia y la (presuntamente represora) sociedad adinerada de los cincuenta tienen mucho peso. Si por el contrario nos desentendemos de sus avisos y pretendemos ver un retrato real de la vida de Arbus nos encontraremos de frente con la decepción. Y es que la clave en la que se asienta todo el filme no es otro que la ficción, aunque la realización apunte al hiperrealismo.

Asumamos, pues, que estamos viendo una mentira cuya máxima aspiración es acariciarnos el corazón. Ni qué decir tiene que Nicole Kidman y Robert Downey Jr. han encontrado la cumbre de la profesionalización (si es que no la habían alcanzado ya) encarnando unos personajes tan complejos, donde los gestos, el lenguaje corporal y los silencios tienen tanta importancia.

El filme comienza presentándonos un drama americano clásico donde un ama de casa intenta encontrar su hueco en el mundo. Pronto gira hacia el thriller, vistiendo la trama de algo de supense y encubriendo el primer punto de giro de la historia, que no es otro que el encuentro entre ambos protagonistas. El suspense deja lugar a algo con ciertos aires de novela de descubrimiento, de viaje interior, donde un personaje se integra en un mundo que no le pertenece pero que desea íntimamente. Por último, llega el amor. El amor que ha estado sustentando precariamente toda la cinta hasta ese momento explota por fin y, con él, viajamos al interior de unos personajes atractivos de tan monstruosos y compartimos con Diane Arbus la fascinación por lo tormentoso.

En mi opinión es sólo al final de la película cuando se logra retratar (haciendo honor a la pésima traducción del título en español) la fotografía de Arbus. Hasta donde yo conozco, la peculiaridad de su obra es una intensa mirada a cámara por parte de los fotografiados, proveniente de la conciencia de estar siendo retratados. La Arbus histórica no escondía el artificio, sino que lo forzaba para así retratar lo que ella tomaba por realidad. Esta Arbus ficticia por fin se encuentra con su homóloga biografiada en una escena magnífica del filme, cuando finalmente toma la fotografía de Lionel. La cámara le vacía por dentro, le rescata del olvido y el cine, en sólo un par de planos, atrapa todo el magnetismo de la situación.
 
Diario salmantino (y III)
De vuelta a casa. Ay, aún no me hago a la idea. Y eso que sólo han sido dos días...

Esta mañana nos hemos levantado a las nueve, hemos bajado a desayunar (esta vez sí me he apuntado al jamón ibérico) y luego nos hemos vuelto a dormir un poquito (por aquello de aprovechar hasta el final la habitación). Pasadas las once hemos recogido todo (sniff, sniff...) y hemos conducido hasta Salamanca. En medio del camino, un camión encallado en el barro nos ha hecho formar parte de un atasco inolvidable.

Como ya nos conocemos el camino (con la inestimable ayuda del GPS, qué invento) hemos aparcado enseguida y nos hemos puesto a patear la ciudad. Hemos vuelto al centro histórico, esta vez perdiéndonos un poquito por la zona universitaria (aunque en Salamanca todo es uno). Han caído unas cañitas en la Plaza Mayor. La primera de ellas en el bar El Reloj, justo bajo los soportales y con fama de buenas tapitas. Nosotros no las hemos probado porque teníamos que hacer sitio en el estómago para la comida, pero tenían una pinta... y grandes, además. Las otras cañitas han sido en un bar universitario a la espalda de la famosa fachada de la Universidad (la de la rana y la calavera), llamado La Lajina o algo así (no me hagáis mucho caso, porque las letras medievales y yo no nos llevamos demasiado bien).

Hemos vuelto a pasear por la ciudad. Y es que pasear por Salamanca es una auténtica gozada. Las calles se habían desvestido ya de sus casetas de feria, aunque aún quedaban algunos recogiéndolas. Los universitarios alborotaban ya con sus carpetas y fotocopias. Ay, Salamanca, cómo logras unir tantas cosas en una...

Hemos comido en El Ave, un restaurante a medio camino entre la zona universitaria y las catedrales. Importante reseña: menú del día a 10,60 (más IVA), con multitud de platos a elegir. Lo cierto es que esta zona es la más barata (ningún menú supera los 12 euros) pero El Ave ofrece la mayor variedad de platos. Yo he comido, por fin, patatas meneás, que es uno de los platos típicos y están buenísimas, aunque se hacen un poco pesadas. De segundo he comido solomillo de pato al oporto (que no es típico pero está delicioso) y mi novio, cochinillo asado (pequeño, lo justo para no empachar, y muy bien hecho). Estoy pensando seriamente en dedicarme al periodismo gastronómico, debe ser el mejor trabajo del mundo.

Para no variar, ha comenzado a llover mientras comíamos. Las calles han vuelto a quedarse desiertas. Los adoquines lucían brillantes bajo el manto de agua. El repiquetear sobre los tejados, sobre el suelo, acompañaba una comida sosegada. Un café para hacernos a la idea de que las vacaciones, poquito a poquito, se acababan.

Hemos caminado hasta el coche, echándonos las últimas fotografías (en breve en mi space), apurando lo que nos quedaba de día. Y hemos vuelto a Madrid. Qué tristeza por marcharnos, y qué alegría por haber ido.

Han sido unas vacaciones inolvidables. No es que sea el mejor sitio al que hemos ido (Lisboa también me gustó el septiembre pasado) pero han tenido algo de especiales. Quizá es que ya las necesitaba, que he estado esperándolas con locura, que mi cuerpo iba pidiendo a gritos, día tras día, un poco de aire fresco. Seguramente lo que las haya hecho tan satisfactorias es que por fin me he tomado algo con calma. Normalmente me estreso en mis días libres porque pienso que estoy perdiendo el tiempo, aunque me lo pase genial y descanse siempre tengo la sensación de que nada es suficiente y me dan pequeñas crisis de ansiedad. Esta vez me he dedicado a disfrutar, a descansar y a comer (y a que me masajeen, mmmm).

Lo más importante es que, después de tantos años juntos, mi novio y yo nos empezamos a entender. Yo sé que no debo agobiarle con museos, iglesias y demás cosas culturales (sólo lo justo y necesario) y que debo prestarle unos minutos de avituallamiento. Él sabe que no me puedo ir de una ciudad sin ver lo más representativo y que cuando me pongo a comer no hay quien me pare. Sabemos cuándo nos apetece una cosa y cuándo nos apetece otra y, aunque riñamos, siempre terminamos riéndonos. Él sabe que no tiene que darle importancia a mis ataques de mala leche y yo aprendo a entender que a veces está cansado. Escapada tras escapada nos vamos conociendo y apuesto a que es eso lo que nos hace tan felices.

Mientras estábamos en la sauna, el sábado, charlamos con una pareja joven. Se quejaban de que les habían dicho que cerca del hotel había campo de hípica y que era posible jugar al paintball (dispararse unos a otros con escopetas cargadas de pintura). Nosotros dijimos que eso hay que probarlo alguna vez en la vida. El chico dijo: "es que estas cosas son las que forman una pareja".

Gran verdad.


 
Diario salmantino (II)
Desayuno por todo lo alto: con sus tostaditas con mantequilla y mermelada de ciruela, zumo de naranja natural y hasta jamoncito ibérico cortado finito. Por la mañana hemos vagado por los alrededores del hotel. En el campo de golf habitaban los domingueros, con sus cochecitos pequeños y sus barbacoas. Hemos tomado una cervecita para hacer hora hasta que llegara el momento más esperado de las vacaciones: el masaje.

Vestidos sólo con un albornoz hemos recorrido el hotel, hasta llegar al spa. Nos han metido a cada uno en una habitación y nos han dado un tanguita de papel para que nos pusiéramos cómodos (si es que hacer como que una se viste con un trozo de tela, incomodísimo y que apenas tapaba nada puede parecer cómodo). El primer paso era un masaje exfoliante. Consiste en embadurnarte de crema exfoliante (de esa que parece que tiene arenilla), envolverte como un pollo en un plástico y dejarte quince minutos tostándote en una habitación. Me sentía como un cadáver en un depósito, pero con calor. Después, una duchita y la piel se queda como la seda (y no es una exageración).

El segundo paso es la ducha de chorros. Semidesnuda en una habitación semejante, con sólo dos barras para apoyarse, el agua te va recorriendo, a gran presión, todas las partes del cuerpo. Después se pasa al masaje propiamente dicho. Una habitación a oscuras, con música relajante y unas manos recorriéndote entera. Qué sensación más placentera. Es altamente relajante.

Después del programa revitalizante nos hemos vestido corriendo y hemos puesto rumbo a Salamanca. Hemos comido cerca del centro, en un restaurante llamado Le Sablon (con muy buenos comentarios por internet). Se trataba de un comedor pequeño y andaban faltos de personal, pero la comida ha sido deliciosa. Yo me he tomado un solomillo de avestruz con salsa de higos y mi novio, un solomillo de cerdo ibérico, además de una ensalada. Para beber, un tinto Dehesa La Granja de 2001. Una vez pagada la cuenta, nos esperaba, de postre, la ciudad.

La Plaza Mayor aparecía hoy inmensa, aún con el escenario sin desmontar, y con las terrazas de los bares desplegadas. Hemos tomado un café en el Café Real, que ha resultado un lugar muy atractivo pero con muy poco donde elegir. Hemos caminado por el centro largo rato y hemos montado en uno de esos trenecitos que te enseñan la ciudad en 20 minutos. Salamanca en sí es ya un monumento, pero además tiene la ventaja de que todo está muy cerca y caminando por las preciosas calles peatonales se llega a cualquier parte. La otra gran virtud de esta ciudad (virtud que en tierras manchegas se desconoce por completo) es el respeto al entorno. Me explico: aquí hasta los cajeros automáticos lucen sus letras explicativas con caracteres góticos. Los bares visten sus fachadas de piedra y se esmeran en que la decoración no desentone. Todo, hasta el lugar más moderno, tiene cierto aire medieval que hace pensar, en algún momento, que se ha viajado en el tiempo. Hoy, a los pies de la Catedral Nueva había un extenso mercado medieval, que destacaba con sus colores y olores y, más que nada, por el gentío que lo abarrotaba.

Así las cosas, no hemos parado hasta encontrar el astronauta labrado en uno de los arcos del pórtico de la Catedral Nueva y la ranita sobre la calavera de la fachada de la Universidad. Ha llegado entonces el bajón y, de camino hacia el coche, a eso de las siete de la tarde, hemos entrado en una sidrería llamada Mater Asturias. Qué local más sorprendente. Lo primero que destaca es su decoración minimalista, en tonos verdes ácidos y plagado de botellas de sidra desde el suelo hasta el techo. Cuenta con un grifo que escancia sidra (parecido a los caños de cerveza pero mucho más alto y con forma de serpiente). En algunas paredes lucían espejos con forma de manzana, grandes y perfectos. Los baños eran también un elogio al buen gusto.

Mientras tomábamos nuestros culitos de sidra ha comenzado a llover y, después, a granizar. Todo el mundo se refugiaba en los portales de los edificios y los bares y bajo los soportales de la Plaza Mayor. El suelo pronto se ha cubierto de piedra blanca y las calles inmediatamente se han vaciado de gente. En cuanto ha escampado nos hemos dirigido al coche y hemos vuelto al hotel.

Agotados, hemos comprado unas cervezas y hemos abierto el hornazo que previamente habíamos comprado, prediciendo que esta noche íbamos a tener pocas ganas de marcha. Hemos visto la final del Eurobasket y, como temíamos, ha perdido España (se lo merecía, porque ha jugado fatal, aunque los rusos no lo han hecho mejor). Hemos digerido el disgusto con un café con leche y una cerveza en el bar del hotel, cuyo espectacular hall estaba atestado de jóvenes (procedentes, quizá, de una excursión de fin de carrera). Y aquí nos encontramos ahora, apurando nuestra última noche de vacaciones, organizando las cosas que nos quedan por ver mañana por la mañana y lamentando abandonar una ciudad que nos ha cautivado.
 
Diario salmantino (I)
Esto de tener internet (gratis) en la habitación del hotel es una gozada. Pasan la una y media de la noche y no tengo sueño, pero me muero por irme a dormir. Ha sido un día... agotador.

Me levanté a las 6.26 de la mañana (manías mías), viajé en AVE hasta Madrid para hacer el examen más absurdo de cuantos existan, uno de esos exámenes en los que una no sabe si ha suspendido o ha aprobado (pronto saldré de dudas). De momento, pasado está.

Dado que la Universidad permanecía cerrada a cal y canto, sin posibilidad de tomarse una de mis añoradas barritas de pan tostado con tomate, me he dedicado a recoger números de teléfono de gente que alquila habitaciones en pisos compartidos. He empapelado parte de Getafe con mi número de teléfono, dicho sea de paso.

A las 11.30 me ha recogido mi novio, mientras yo disfruta de tres donut blancos sentada, al sol, en un banquito frente a la Residencia de estudiantes. Salamanca y, con ella, mis vacaciones de verano (ironías de la vida, en este septiembre frío y lluvioso) al alcance de la mano.

Ayudados por ese maravilloso invento del siglo XXI llamado GPS (cuando uno se acostumbra, resulta una agradable compañía que, aparte de hablarte con voz de cajera de Mercadona te avisa de los radares escondidos y, con ello, te ahorra un desembolso considerable en multas), hemos conseguido llegar a las dos y media y este maravilloso hotel que es el Doña Brígida (apellidado algo así como Forum Golf Resort) y que, para bien y para mal, está en culo del mundo (con perdón).

Una vez instalados en una habitación sorprendente (forrada en madera, con el baño más original que se ha visto nunca) hemos bajado a comer al comedor más pijo del mundo, con el temor a que nos quedáramos sin dinero en las primeras horas. No ha sido así. La comida ha sido excelente y el precio (58 euros) no ha sido exagerado.

Después de comer hasta hartarnos, sin posibilidad de siesta, nos hemos embarcado en un circuito termal. Yo, que creía que esto era cosa de viejos, he quedado encantada. Piscina de chorritos, jacuzzi, sauna, ducha bitérmica, baño turno, ducha de esencias y una piscina con el agua de un sospechoso color verde (tenía sales o algo así). Casi dos horas de letargo y humedad, chapoteando y riendo y alternando frío y calor como si nada. Y, aunque parezca mentira, se me ha quedado la piel que es como para verla. Mañana toca masaje.

Después de una ducha rápida, baloncesto (oé, España, oé) con cervecita y frutos secos subidos directamente del bar del hotel. Una vez celebrada la victoria contra los griegos (que tanto me simpatizaban y que hoy han logrado caerme realmente mal) tocaba embarcarse a Salamanca para cenar y tomar una copa.

Tras perdernos por múltiples rotondas y tardar más de una hora en aparcar (hasta los aparcamientos subterráneos estaban completos) hemos llegado a algo que parecía el centro. Salamanca tiene algo más de 160.000 habitantes pero hoy, que así sin comerlo ni beberlo se nos ha ocurrido venir en fiestas, al menos quintuplicaba la población. Un concierto de Nacha Pop en un Plaza Mayor atestadísima, con un escenario enorme y, desde luego, un marco incomparable. Cerquita de allí nos hemos metido entre pecho y espalda una racioncita de jamón ibérico y otra de picadillo de cerdo ibérico (también llamado "prueba") acompañado de unas cervecitas.

Después de cenar, de garbeo por los bares. Hemos estado en un café-bar extrañísimo, más parecido a un pub por las telas de araña que colgaban de las paredes (así en plan neogótico) pero con un ambiente más o menos bueno. Un poquito más adelante, peleando con una marea de gente, entramos en Camelot, un garito recomendado por un amigo y que, pese a que los cubatas valían 6.50 euros, me ha encantado. Decorado al estilo medieval, con las paredes de piedra y el techo enrejado, con mesas artúricas y música r&b y similar, nos hemos hecho fotos por doquier y, una vez roto mi zapato, nos hemos visto obligados a volver.

Mañana nos espera un día no menos completo. Espero sobrevivir para contarlo.
 
Inolvidable Seda
Acabo de leer Seda, de Alessandro Baricco (gracias Carmen y, por extensión, Julio).

Se trata de una novela que se lee en poca más de una hora pero deja una huella imborrable en la memoria. Su peculiar forma de narrar, con las frases cortas y las repeticiones, atrapa desde el inicio. Logra, con la más exquisita delicadeza, trasladar la emotividad de un instante a nuestra sensibilidad.

Como el autor aventura en la contraportada de mi edición, "Ésto no es una novela. Ni siquiera es un cuento. Ésta es una historia". Imagino que a lo largo de años y años nos suceden muchas anécdotas, pero sólo una Historia, la historia que recordaremos al final de nuestros días, por insignificante que pueda parecer, porque ha marcado el ritmo de nuestros sentimientos. Supongo que, al final de nuestra vida, sólo habrá una historia que deseemos poner por escrito, que merezca la pena contar. Quizá por ello Baricco dibuja a nuestro protagonista, Hervé Joncour, como alguien "que asiste a su propia vida y considera improcedente cualquier aspiración a vivirla". Joncour es un espectador de sí mismo, anodino, insulso y, sin embargo, capaz de experimentar la más grande historia de amor sin palabras. Nosotros, con él, asistimos a su insignificante gran historia y, desde ese momento, no podemos dejar de sentir cierta desazón interior, como si cada uno de nosotros, lectores, espectadores, vividores de sentimientos ajenos, también asistiéramos a nuestra propia existencia.

El gran logro de Seda es, sin duda, contar tanto con tan poco. En pocas líneas, trazadas con precisa maestría, viajamos, amamos, soñamos, añoramos, enriquecemos, lloramos y nos conformamos. Un vida concentrada en un rato de lectura, pero un rato, y una vida, tan intensos que se convierten en inolvidables.
 
Las distancias insalvables
Debería ser el subtítulo de El velo pintado (John Curran, 2006), una película que brilla por la elegancia de su narración y por la contención en todos sus aspectos. Con una fotografía y una banda sonora impecable, evoca cierto cine clásico romántico en el que, sin embargo, el amor es algo que flota en el ambiente pero que parece que nunca llegará.

Walter es un médico que arrastra a su esposa, Kitty, a una pequeña ciudad de China con el objetivo de estudiar una epidemia de cólera. Él, interpretado por Edward Norton, es callado, contenido, a veces incluso frío y cruel; frente a él, una Naomi Watts encendida por dentro, egoísta y antipática al principio pero que logra hacerse con el corazón del público a medida que avanza la película. Entre ellos, como un abismo, la distancia, el velo pintado, esa pared inexistente que los separa. Una distancia angustiosa, que parece no tener fin, la distancia que sólo puede separar a dos personas que siempre han esperado más de la otra y que no logran ver lo que realmente tienen ante sus ojos. Los espacios, entonces, cobran protagonismo: las distancias que Curran establece entre ellos, las poses forzadas, la extraña repelencia de dos entes. La composición es fantástica y los ambientes están muy trabajados.

La distancia cultural palpita entre los huecos que dejan los personajes, que arrasan en la pantalla. En un bando se halla el pueblo chino; en el opuesto, los occidentales. Buenos y malos, como en todo, pero huyendo de juicios superficiales. La primera noticia que tenemos de la imposibilidad de la comunicación nos llega desde el mismo lenguaje; lejos de presentarse como un país exótico, China aparece apartado del desarrollo ya desde el uso del idioma. El resto de datos nos llegan por las tradiciones arraigadas, de las que la película da buena muestra e introduce en el argumento.

Por otra parte, el ritmo está perfectamente medido. Transcurre suave, sin dañar la comodidad del espectador, ayudándole a mantener el pulso, pero sin aburrir ni un instante. No han caído en el riesgo de alargar excesivamente la película, y sus dos horas de duración parecen ser el resultado correcto de una película que no necesita más, pero tampoco menos. He aquí la medida exacta para racionar los sentimientos y la razón, tanto para los personajes como para el espectador.
 
El olor del nuevo curso
Hasta que empecé la universidad, comprar el material del curso era comparable a la mañana de Reyes. Nunca me compré estuches de marca, gomas de distintas formas, sacapuntas con muñecos ni nada que no fuera estrictamente funcional. El mayor capricho que tuve fue una mochila de Pocahontas, preciosa, que duró poquísimo. Se compraban unas cuantas gomas Milán, se amontonaban en algún estante del salón y de ahí íbamos tirando mi hermano y yo.

No quiero decir que no me gustaran dichas cositas. Simplemente, eran prescindibles. Aún hoy en día disfruto en una papelería como una niña pequeña, mirando los bolígrafos de colores, las agendas, los cuadernos, los estuches... y, sin embargo, en clase utilizo papel blanco y boli Bic. Y que no me quiten mi Bic que no sé escribir.

Los libros. En boca siempre de la gente, en esta época, por malditos. En conjunto, cuestan menos que las chucherías de todo el curso, que los cubatas de todo el año, infinitamente menos que un día de vacaciones y, fíjate por donde, sirven para aprender. Un libro es uno de los más preciosos instrumentos que se pueden tener hoy en día.

El día previo al inicio del curso era fantástico. Había que desenvolver los libros, colocarlos, ordenaditos, unos sobre otros. A veces había que forrarlos como para preservarlos del tiempo. El primer día los sacábamos con cuidado de la mochila; un mes después nada quedaba ya de tanta delicadeza.

Una imagen para el recuerdo: la primera hoja de una libreta. La letra redonda, perfectamente alineada, violentado la blancura del papel, llenando las líneas azules de la cuadrícula, tan apretada que se marcaba en las hojas siguientes. Las demás de páginas estarán próximamente desordenadas, con tachones, serán arrancadas, rotas, tiradas a la papelera... pero la primera página siempre tendrá el encanto inmaculado de la primera vez.

Ese olor de nuevo curso, a nuevos compañeros, a nuevas sensaciones, a tantas cosas por aprender... Los libros que adoras al principio y que terminarás odiando de tanto mirar, día tras día. El encanto de leer el horario, pulcramente dibujado en una cuadrícula de colores, con esa palabra que cuando crecemos ya no usamos ("recreo" se convierte en "descanso" o ni siquiera), leerlo con atención, para no equivocarnos de asignatura. Cuando llegue el frío tendremos el horario interiorizado, estaremos hastiados y sólo contaremos los días para que lleguen las vacaciones. Pero ese nerviosismo del primer día, los nuevos profesores, las aventuras a la vuelta de vacaciones... ese encanto huele bien.

Y hoy lo he recordado cuando he pasado a una librería. Me ha llegado el olor a nuevo, un olor que no solamente provenía de los libros. Era el olor de lo que ya pasó, sin pena ni gloria, y el olor de la lástima de que los niños de hoy no disfruten ya de esos momentos. Para mí era mágico intentar adivinar qué portada tendría el libro de lengua, era tentador repasar el índice de lo que íbamos a dar para ver si me iba a costar mucho o poco, era nefasto cuando te habías equivocado de editorial y había que cambiarlo... era un libro que se iba, un libro que ya no estudiarías más. Un tiempo perdido.
 
Amor, desastres y un rato entretenido
"He intentado que sea una película que pueda verse como una comedia romántica apreciando a la vez sus artificios y sus límites". Palabras de Alek Keshishian, director de Amor y otros desastres, en una entrevista en redcasting.

No hay frase que mejor defina este filme. Quizá el gran fallo sea que esta idea subyacente comienza a tomar cuerpo, a hacerse palpable, cuando la película está demasiado avanzada. Al principio parece que nos movemos en un buen guión mal ejecutado porque las intenciones que poco a poco se van desvelando están apoyadas en un artificio que no llega al máximo. Es difícil moverse entre los límites del género y, a la vez, tratar de reinventarlo; pero Keshishian sale medianamente victorioso de su particular lucha.

Amor y otros desastres puede verse como una comedia americana perfectamente ejecutada dentro de los cánones europeos. Amores, desamores, declaraciones y descubrimiento de los verdaderos sentimientos más tarde que pronto. Amor y otros desastres puede verse también como un paso más allá, que no pasará a los anales de la historia pero que logra hacer pasar un rato divertido.

Comencemos con los paralelismos. En primer lugar, debo referirme a las similitudes entre la forma de actuar de la protagonista, Brittany Murphy, y nuestra Verónica Echegui (más conocida como La Juani). Pongamos a la protagonista como una Juani que trabaja en Vogue y viste de grandes marcas. El siguiente paralelismo, menos rebuscado, nos lleva a una inolvidable Audrey Hepburn que desayunaba con diamantes. La relectura gay del género nos conduce, por último, a una comedia clásica más adaptada a estos tiempos, donde se gana al público incluyendo diversos tipos de personajes para que todos puedan identificarse.

En blogdecine he encontrado la más precisa crítica de Amor y otros desastres. En ella Beatriz Maldivia recorre punto por punto las grandísimas debilidades de la película, que no son otras que las derivadas de querer mostrarse superior al resto de sus hermanas de género. Y tiene gran razón. Se echa en falta profundidad en los personajes, puesta en escena innovadora (o al menos no tan manida), líneas argumentales sólidas basadas en algo más que en malentendidos... No obstante, es una película que se deja ver, que deja buen sabor de boca, que hace sonreír, que hace que el espectador quiera predecir e intenta engañarlo. Creo que intenta sobrepasar los límites y, a la vez, es muy consciente de ellos. Funciona como comedia romántica para quien no quiera ver otra cosa y se deja apreciar para alguien que quiera inspeccionar más allá.
 
Honesto Arrebato
El viernes 7 de septiembre El Arrebato tuvo una gran acogida en el campo de fútbol de Villarrubia de los Ojos (Ciudad Real). Unas dos mil personas disfrutaron durante una hora y media de música, espectáculo y mucho baile.

Javier Labandón, más conocido como El Arrebato, ofreció un concierto divertido, que hizo reír y gritar al público. Sin más pretensiones que la de entretener, el buen rollo llegó desde el escenario a la arena en la que nos encontrábamos. Tocó todas las canciones buenas, no se entretuvo metiendo paja para llenar, sabía qué queríamos y se entregó. Frente a los gritos de "¡Sevilla, Sevilla!" no tuvo más remedio que cantar el Himno del Centenario (precioso himno, que emociona a una que no es para nada sevillista) en el bis y no tuvo más remedio que terminar con Búscate un hombre que te quiera, como todos esperamos. Fue a todas luces un concierto honesto, donde el cantante no se vanaglorió aunque sí presumió de músicos (porque eran para presumir) y de una gracia zevillana inconfundible.

El Arrebato me trajo buenos recuerdos. El día antes me enteré de que antes de formar este grupo era integrante de Piel Morena. No es un tipo de música que entre en mi lista de preferencias musicales, pero cuando tenía 11 ó 12 años se sacaron de la manga una canción llamada No cabe tanto amor, que durante muchos años me emocionó. Volví a escucharla, a modo de previa del concierto, y volvió a emocionarme. Por supuesto mis lagrimillas no se debían a la gran calidad musical (cosa discutible) sino a esa especie de regocijo interior que se siente cuando se recuerda que hubo una vez, en aquella época que parece tan lejana, en la que el amor, el dolor, la alegría y la amistad se sienten intensamente como únicas. Y esa época incierta donde las barbies compiten con los posters de los diversos ídolos para mí tiene el nombre de Piel Morena aunque por entonces ni siquiera sabía quiénes eran.
 
Sobre la vergüenza
Cuando era pequeña me daba vergüenza hasta pedir un vaso de agua. Para mí era algo insuperable que, además, no sólo me pasaba ante desconocidos. Durante muchos años tuve un gran mundo interior, donde me sucedían cosas extraordinarias que sólo mi imaginación podía ofrecerme. En mi mundo exterior no me iba mal, tenía bastantes amigas y me gustaba ir de líder. Insufriblemente, siempre de líder. Y de lo contrario me enfadaba. Para bien o para mal siempre conseguía tener a mi alrededor una cohorte de niñas, la mayoría con muy poca autoestima, que se ocupaban de adorarme y consentirme. Yo vivía atrapada en una nube de romanticismo prematuro que me llevaba a imaginar las más rocambolescas historias.

Pocos años después, comencé una fase de euforia desvergonzada, también llamada adolescencia. Entonces me convertí en todo lo contrario. Era capaz de hablar con cualquiera, de cualquier sexo y condición, era capaz de bailar, cantar y gritar por la calle y, lo más increíble de todo, de pedir salir a un chico, salir con él sin que me gustara (lo cual ya era una muestra insultante de poca vergüenza) y aguantar un rechazo sin pestañear. En ocasiones, la vergüenza se mezclaba con el orgullo.

Para muestra, un botón. Hubo una época en la cual ciertas chicas, crueles como sólo pueden ser las chicas, me hacían la vida imposible en el instituto, me acorralaban en el baño y comenzaban a decirme sandeces con el objetivo de hacerme llorar. Me insultaban, me empujaban y me atemorizaban. Una vez, estos episodios de crueldad adolescente me pillaron acompañada de una amiga, a la que se le saltaron las lágrimas mientras tanto. Aguanté como pude, aguanté sin llorar, pensé en otra cosa y traté de organizar ciertas respuestas coherentes en mi cabeza, respuestas que me hicieran mantener el orgullo pero sin atizar su odio hacia mí y hacer que me metiera en más problemas. Cuando todo terminó y pudimos ir a la cafetería a comernos tranquilamente nuestro bocadillo, mi amiga me dijo, muy seria: "no sé cómo puedes estar tan entera ante esto, parece que no va contigo". Y yo, por dentro, estaba deshecha. Pero nadie lo veía, y era más por vergüenza que por orgullo.

Trabajar en la tienda de mi madre durante muchos veranos me arrancó de cuajo la vergüenza primeriza y me suavizó un poco la vergüenza secundaria, por aquello del respeto a los clientes. Sin esas lecciones de cara al público, la que aquí escribe no se parecería ni un ápice a lo que es ahora.

En este momento he encontrado cierto equilibrio que me hace vivir dentro de la normalidad. Es cierto que paso vergüenza, más por creer que no voy a saber hacer frente a una situación que por la situación en sí. La mayoría de las veces es peor pensarlo que hacerlo.

Hace no mucho tiempo, mientras picaba una esquela en el ordenador de la redacción, caí en la cuenta de que no teníamos la edad de la fallecida. Le pregunté al redactor jefe y su respuesta fue: "estoy muy liado, llama tú, ahí tienes el teléfono". Y la vergüenza me asaltó: ¿cómo iba a llamar a una persona que no conocía, sin saber dónde le pillaba, para preguntarle cuántos años tenía la muerta? ¿Cuál es la mejor palabra para utilizar: muerta, fallecida, difunta, cadáver...? Por dios, todo sonaba horrible. ¿Y si preguntaba por su nombre? No me atrevía, así sin conocerla, sin ninguna relación que nos uniera lo más mínimo, salvo la comercial. Así que descolgué el teléfono, sin pensar más, y solté, tras balbucear ciertas explicaciones, que se nos había pasado "la edad". Así lo dije, esperando que mi interlocutor supiera a qué me refería. Y así fue, me dijo la edad y se despidió amablemente. Ni siquiera tuve que darle el pésame, lo cual ya hubiera sido el colmo de mi vergüenza. Y sí, fue fácil, fue rápido... si no hubiera pensado tanto hubiera sido más rápido aún.

Quien algo quiere, algo le cuesta. Y la vergüenza es algo que nos puede lastrar el camino sin que haya motivos para ello.

(Va por ti, Laury.)
 
De tanto estirar...
De tanto estirar, la cuerda a veces se rompe. Nunca he sido buena para saber cómo son las personas realmente pero suelo reconocer los puntos de inflexión en mi vida. Llamo así a esas situaciones en las que, sin una razón concreta, siento que algo va mal o, al menos, no tan bien como iba anteriormente. Son pequeñas corazonadas que a veces se pasan y sólo meses después compruebo que algo había de cierto en aquel pálpito olvidado y, otras veces, encuentran su confirmación sólo días después.

Ayer me enfadé con un compañero de trabajo. Cuando hay un malentendido con los turnos normalmente hablamos y vemos cómo solucionarlo, cediendo cada uno un poco hasta que encontramos la manera de salir ganando los dos. Ayer simplemente pasó de mí y, en resumidas cuentas, vino a decir que cambiaba los turnos me gustara o no. Y me callé porque había mucha gente en la redacción y no hay necesidad de que los demás se enteren de los tiras y aflojas dentro de cada sección, pero si no había puesto las cosas claras. Y cuando pongo las cosas claras, tal y como soy yo, arde Troya.

Así que esto no hace nada más que confirmar lo que ya temía: que no pinto nada en este trabajo. Y confirma que lo que tengo que hacer es aprender lo más posible y aguantar hasta que termine la carrera, porque hoy por hoy no puedo dejar de trabajar (ni quiero, que conste) y entonces buscar algo donde pueda seguir aprendiendo. En otra sección en esta empresa, o en otra empresa.

Una amiga mía dice que soy una exagerada. No es que por un simple roce sin importancia (no es la primera vez que digo que gilipollas tiene que haber en todas partes) vaya a dejar el trabajo, por supuesto que no. Me encanta mi trabajo, me gusta la gente que hay allí, tengo un horario estupendo que me permite estudiar a la vez y además gano dinerillo para mis cosas (que increíblemente cada vez son más cosas y menos dinero). Pero comienzo a estar harta de no poder hacer planes (con lo que a mí me gusta planificar), de no tener tiempo libre, de pasarme horas y horas en la redacción (he llegado a pedir cama y ducha para quedarme a vivir allí) y de que todo ello no constituya un avance. Pero más que nada estoy harta, como le dije a este compañero mío, "de comerme todos los turnos chungos que nadie quiere y que encima parezca que pido favores". Y es que a veces, aunque nos quejemos tanto, sería necesario un jefe.
 
... Me acuerdo...
En respuesta a mi amigo Náufrago, que nos obligó a hacer memoria por un día... y salió esto.

Me acuerdo de que mi profesora de Sexto de primaria me dijo que era imposible combinar el color naranja y el fucsia.

Me acuerdo de mezclar fideos, avecrem y agua y comérmelos.

Me acuerdo de aprender a atarme los cordones de los zapatos en el colegio.

Me acuerdo de querer ser detective y empeñarme en encontrar huellas dactilares ajenas en mi casa.

Me acuerdo de cuando me mareé al ver el cordón umbilical sin cicatrizar de mi prima pequeña (ahora ya no tan pequeña)

Me acuerdo de pronunciar "estauta" en vez de "estatua".

Me acuerdo de colgarme en las barras de las canastas del colegio hasta que me salían callos en las manos.

Me acuerdo de que mi novio me pidió un beso donde él me dijera, yo (aterrada) le dije que vale y él me pidió que le besara su cicatriz de la rodilla (había tenido cuatro operaciones).

Me acuerdo de dejar a un chico y que él terminara consolándome.

Me acuerdo de grabar canciones de la radio y permanecer totalmente en silencio porque creía que se grabarían también los ruidos de fuera.

Me acuerdo de soñar con tener una cabaña de madera para mí. Y me acuerdo de pedirle a los Reyes que me trajeran unos tablones.

Me acuerdo de ver Punky Brewster y me acuerdo de Leticia Sabater haciendo aerobic a mediodía.

Me acuerdo de ir con mi hermano y mi padre, montados en bicicletas, a un barranco con agua y renacuajos que había en la carretera de mi pueblo a Los Cortijos.

Me acuerdo de la primera vez que vi Madrid en Navidad y me acuerdo de que todo me pareció inmenso.

Me acuerdo de ponerme a llorar en el Museo del Prado para que me sacaran de allí.

Me acuerdo de que atropellé a un niño con la bicicleta e inmediatamente después fui a pedirle dinero a mi abuela y me marché corriendo a por chucherías. (Al niño no le pasó nada)

Me acuerdo de que el examinador del carné de conducir me dijo que había hecho uno de los peores exámenes que él recordaba. (Era la tercera vez que me presentaba; aprobé a la cuarta).

Ahora os toca a vosotros...