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ALGO DE TODO
Porque no podría centrarme en una sola cosa
Acerca de
Me llamo Patricia y estudio Periodismo y Comunicación Audiovisual. Los fines de semana trabajo como maquetadora en La Tribuna de Ciudad Real. Podéis escribirme a soylaveraARROBA hotmailPUNTOcom
Sindicación
 
Detrás de la ficción
Leí en filmAffinity que para disfrutar de Más extraño que la ficción (Marc Forster, 2006) es necesario prepararse para lo absurdo. Y, sin embargo –añado-, el guión se sostiene.

Todo el filme no es sino un gran truco narrativo que nos hace ponernos en la piel de un personaje que está siendo narrado. Asistimos, pues, a la interacción entre creador y personaje, adentrándonos en la desequilibrada misión de un escritor que ha de enfrentarse a la realidad de sus novelas y de una persona que ha de admitir que se trata de un personaje. Ambos deben asumir el destino que les está encomendado por el bien de la narración y se encuentran en la encrucijada de elegir entre la vida y la consecución de una obra maestra.

Una vez abandonada toda pretensión de ver algo cohesionado sobre la narración más convencional, rendidos por fin ante una insistente voz en off, descubrimos un sinfín de puntos de giro estrambóticos, increíbles pero que, al ser descubiertos como una supranarración (por llamarlo de algún modo) se tornan simpáticos. Toda la película está plagada de cierto humor irónico basado en situaciones inverosímiles. Y en personajes reales que más bien podrían ser ficticios.

La puesta en escena sorprende desde el primer minuto. Los grafismos están tan justificados que se integran perfectamente con las necesidades narrativas. Acompañamos a nuestro protagonista (Harold Crick, interpretado por el actor Will Ferrell), en su rutina diaria y conseguimos identificarnos con alguien tan anodino que resulta singular. En su vida monótona y aburrida vida destaca un punto de luz, la estupenda Maggie Gyllenhaal, que hace gala de una extraña sensualidad. En el resto del reparto figuran Emma Thompson y Dustin Hoffman, increíbles en sus papeles de personajes desvinculados de toda realidad tradicional pese a que, supuestamente, encarnan a los máximos exponentes de la intelectualidad (una escritora y un profesor de teoría literaria, respectivamente).

Más extraño que la ficción es una oportunidad fantástica para reflexionar sobre el trasfondo de las creaciones y, además, pasar un rato entretenido.
 
La cara fea de la industria
No me gustan los polígonos industriales. Siempre lo he dicho. Son demasiado regulares, son demasiado anónimos, son demasiado apabullantes y están demasiado sucios. Constituyen la cara más fea de la industria, la puerta de atrás de las grandes y pequeñas marcas, lejos de la inmaculada publicidad con la que nos bombardean día a día.

Los polígonos son lugares sin personalidad. Iguales en todo el mundo, como centros comerciales, pero oscuros, ruidosos y mal comunicados. He pasado media hora sentada en una parada de autobús viendo pasar camiones, camiones gigantes, camionetas, coches utilitarios, todos iguales y todos con sus historias particulares.

Son los camiones que llevan nuestras vidas. El mueble que lucirá en nuestro salón, el ordenador que entretendrá nuestros ratos, la comida que encontraremos en el supermercado, las golosinas que comerán nuestros hijos, los ladrillos que sostendrán nuestras casas... todo lo necesario se encuentra en naves dispares, ordenadas sin ninguna estética, como si las hubieran desparramado en rectángulos perfectamente divididos por anchas calles.

No me gustan los polígonos industriales porque parecen un campo asolado tras una lluvia torrencial. Los edificios destiñen gris aunque luzca el sol, las personas también parecen grises, todas iguales, sean obreros, comerciales o jefes. Todos lucen la misma cara de polígono, el mismo gesto de polígono y sus pies están cansados de recorren un polígono.

Y esta cara fea de la industria es también la cara fea de nuestra sociedad, consumista por naturaleza, apoyada frágilmente en las bases oscuras de los polígonos en los que un autobús pasa cada cuarenta minutos.
 
El (gran) buen periodismo
Hay artículos, muy de vez en cuando, que hacen que recuperemos la fe en el periodismo. Es más, en el periodismo como obligación de los profesionales y como derecho de los ciudadanos. En el periodismo como mecanismo de control del poder y de denuncia social. En esta ocasión no me refiero a un artículo, sino a GAL, la historia que sacudió el país, escrito por el periodista Melchor Miralles y el guionista cinematográfico Antonio Onetti.

Si nos ponemos en antecedentes, descubrimos que este extenso reportaje, de más de 350 páginas, fue publicado después del estreno de la película GAL (Miguel Curtois, 2006) en cines. Según sus autores, en el libro cabe todo lo que en el filme, por razones de índole cinematográfica, no tenía lugar.

GAL es una crónica negra de los años ochenta y noventa en España. Su lenguaje ameno, incluso intenso, no interfiere en la inmensa cantidad de datos que aportan los autores. Poco a poco el lector se desliza en las páginas más negras de la historia española y lo hace con tal pasión que muchas veces tiene que recordarse que aquellos sucesos fueron reales y no producto de una obra de ficción. A esta intensidad dramática contribuyen las inmejorables descripciones de los protagonistas, pero también la capacidad de los autores de hacernos palpar el ambiente en el que se movían en cada instante.

Los autores, como cabe suponer, pecan de egolatría. Diario 16 y El Mundo aparecen como grandes defensores de la libertad de información y en algunas ocasiones se extralimitan culpando al resto de medios de comunicación de hacer la vista gorda. No sé si esto fue así pero me parece bien que se autopubliciten, pues su trabajo lo merece. Miralles dedicó gran parte de su vida, jugándosela a veces, a descubrir todo el entramado de los GAL, lo que afectó significativamente, para bien y para mal, a su ocupación periodística. Así, entre las páginas de GAL podemos encontrar auténticas lecciones de periodismo dignas de alabanza. La preocupación por el rigor, el contraste, la protección de las fuentes y un largo etcétera de detalles acerca del quehacer periodístico.

Página tras página se conoce mejor a España, con sus vicios y virtudes, y se crean juicios de valor que se desmentirán o corroborarán conforme avance la trama. GAL es una novela intensa, policial, de investigación, que rastrea la corrupción, paso por paso, desde la génesis del grupo terrorista hasta la condena de todos los cargos de Interior. La búsqueda del equilibrio en el ritmo tiene su recompensa, pues alterna pasajes tremendos con editoriales o con declaraciones judiciales. No faltan los antecedentes, las retrospectivas y las anticipaciones. Puede leerse como una crítica al Gobierno y una defensa a ultranza del Estado de derecho. Puede leerse como un homenaje al maltratado periodismo de investigación, al periodismo más puro y puesto en mayor medida al servicio de la sociedad. Y puede leerse también como una novela entretenida sin tener que saltarse sartas de nombres o explicaciones incomprensibles. Es, en todo caso, imprescindible.


 
Crónicas sevillanas
A la vuelta de Sevilla, ya un poco más descansada, me atrevo a contaros mis impresiones.

Dado el revuelo armado en la ciudad por motivo del concierto de Héroes del Silencio (del que ya hablaré en otra ocasión), un mes antes de mi viaje encontré, tras arduas averiguaciones, el único alojamiento libre de todo Sevilla (y parte de alrededores). Lo cierto es que ha resultado ser un apartamento muy cómodo y bonito. Se trataba de una habitación de unos 25 metros donde había una pequeña cocina y un pequeño saloncito y, separado por una estantería, la cama de matrimonio con un estante y un armario empotrado. Al lado, un baño completo. Todo ello decorado muy de Ikea, con las paredes blancas y el sofá y la cama en colores llamativos. Muy jovial y atractivo. Lo malo era que había que tener las ventanas siempre cerradas porque todo el que pasaba por ahí nos veía (o eso suponíamos, porque resulta que en los tres días que estuvimos no nos cruzamos con nadie). No sé si nuestra ausencia de vecinos se debía a algo en particular o es que nuestras horas de salidas y entradas eran tan intempestivas que no coincidíamos con ningún ser humano.

¿Qué hemos hecho en Sevilla? Básicamente caminar, beber cerveza y comer jamón. Y muchas fotos (que pronto podréis ver en mi space, para quienes no repriman su deseo de cotillear). No ha sido una visita turística, no hemos visto ningún monumento salvo la Giralda (y por fuera). Me costó hacerme a la idea de que el viaje iba a ser así y el primer día ya tenía yo mi primera pequeña crisis de ansiedad. Al menos ya lo voy controlando y no me pongo a gritar como loca, pero puedo asegurar que me vuelvo insoportable (y eso convierte a mi novio en un santo).

Y es que el viernes ya fue un día agotador. Como no hubo manera humana de aparcar el coche cerca del apartamento, pedimos a nuestro casero que nos llevara primero al aparcamiento que también nos alquilaba y que estaba, más o menos, en la otra punta de Sevilla. Una vez dejado el coche a buen recaudo caminamos, arrastrando maletas, hasta el apartamento. Para unas personas normales con algo de sentido de la orientación el paseo hubiera durado aproximadamente quince minutos; para gente como nosotros, desprovistos además de todo plano, se alargó durante una hora, durante la cual atravesamos calles empedradas arrastrando dos maletas bajo el justiciero sol de mediodía. Podéis imaginaros cuán relajante resultó la ducha posterior y la gran siesta de tres horas que nos regalamos.

Después fuimos a conocer la ciudad, atravesando calles, ojeando comercios y fotografiando todo lo fotografiable. La mañana siguiente se desarrolló más o menos del mismo modo, con la particularidad de que, después de mucho peregrinar por bares atestados, llegamos a un pequeño refugio de comida deliciosa cuyo nombre no recuerdo. Y entre las dos jarras de sangría que nos bebimos y los chupitos de ron miel posteriores a cuenta del restaurante cualquiera se movía de allí.

No obstante, no podíamos despistarnos. Averiguar el funcionamiento de los autobuses sevillanos nos llevó largo rato. Al final cogimos uno que nos llevaba justo en dirección contraria pero, como la línea era circular, después de más de una hora llegamos a nuestro destino: el Estado Olímpico de La Cartuja.

Faltaban unas dos horas para el comienzo del concierto y había muchísima gente. Muchos habían pasado allí la noche para coger la posición más ventajosa en la cola de entrada. Una vez que pudimos pasar, esperamos una hora y media de pie derecho. Y después saltamos, como nunca antes habíamos saltado, durante tres horas menos cuarto. Ni siquiera nos planteamos coger un autobús o un taxi de vuelta. Inútil. Comenzamos a caminar siguiendo la marea de camisetas negras, atravesando descampados, aparcamientos y campo mal iluminado hasta llegar a algo parecido a la civilización sevillana. Después recorrimos toda la Avenida Kansas City hasta llegar cerca de Triana, lo cual en minutos pateados viene a ser como más de una hora.

Hambrientos, sedientos y cojeando (cada uno de una pierna, para complementarnos) intentamos que alguien nos diera de comer. Era más de la una de la noche y sólo estaban abiertos los bares de copas. Ningún bar servía comida ni tapas y no había ninguna sucursal de comida basura abierta. Volvimos a caminar, en dirección al centro, y sólo encontramos un Kentucky Fried Chicken cuya cola de espera daba una vuelta a la manzana. Las dos de la mañana. Recorrimos todo el centro. A las dos y media ya habíamos perdido toda la esperanza de comer algo y todos nuestros esfuerzos se centraban en encontrar un sitio donde descansar y, al menos, beber algo. Cerca del apartamento donde nos alojábamos se hallaba un café de sillones mullidos. Nuestra cena de aquel largo día consistió en dos zumos de naranja bebidos casi sin respirar, un pedazo de tarta y una tarrina de helado. Y a la cama.

No había quien se levantara al día siguiente. Una vez superadas las dificultades materiales, tales como apoyar las piernas sin gritar de dolor, y desentumecer los músculos lo mejor posible, vagabundeamos por la ciudad, advirtiendo a nuestro paso cómo otros muchos, curiosamente ataviados de negro y con señas que los identificaban como seguidores de Héroes, intentaban encontrar algún lugar donde pasar el día. Según informaciones, más bien rumores, al menos el 20% de las entradas (de 72500 entradas, que no son pocas) se vendieron a gente de fuera de Sevilla que no logró encontrar alojamiento.

El cansancio pudo con nosotros. Pasamos la tarde tumbados en la cama, leyendo el periódico y mirando la carrera de Fórmula 1. Había sido nuestro último día de vacaciones y teníamos que madrugar.

Nos levantamos a las tres y media de la mañana. A las 4.15 abandonamos Sevilla, echando no tanto de menos la ciudad (la verdad es que la recordaba mucho más bonita) como lo que en ella habíamos vivido, con sueño en los ojos y muchísimas ganas de llegar a casa (y a la cama). Llegué a la estación del AVE de Ciudad Real a las 8 de la mañana, embarqué en el de las 8.45 y llegué a Madrid a las 9.40. Un cercanías después llegaba a Getafe a dejar la maleta y a las 10.45 esperaba en la puerta de clase para hacer el examen más absurdo de mi vida (el cual, obviamente, suspendí).

Pasé la tarde ordenando fotos, mirándolas una y otra vez… recordando la promesa que hice hace poquito tiempo, ante mi incompetencia para lidiar con los avatares del destino, de no volver a planear un viaje así. Con el sabor en los labios de que pese a todo ha merecido la pena. Porque son estas palizas de diversión las que luego recordamos toda la vida, de las cuales en un futuro nos reiremos. Y, junto a la promesa de no volver a planear nada hasta que la carrera no me devuelva mi libertad, la noticia de que hemos sido premiados con un viajecito de dos noches a (posible destino) Ibiza.

Qué dura es esta vida… ¿verdad?
 
En perfecto equilibrio
Equilibrium (Kurt Wimmer, 2002) no es la primera película que trata de concienciarnos de los peligros del futuro. Fílmicamente, bebe indudablemente de Matrix (Hermanos Wachowski, 1999), de V de Vendetta (James McTeigue, 2005) y de La isla (Michael Bay, 2005), por citar estas como las primeras referencias que me vienen a la mente, sin olvidar aquel magnífico Fahrenheit 451 (FranÇois Truffaut, 1966). Pero esta tradición viene de más allá, con Un Mundo Feliz, de Aldous Huxley, y 1984, de George Orwell. Y, sin embargo, Equilibrium tiene algo de original.

A pesar de contar con dos actores de primera fila, una Emily Watson secundaria y Christian Bale en el papel protagonista, a esta cinta, como ocurre con todo lo cultural últimamente, le cuesta llegar a España. No he conseguido averiguar si por fin se estrenó en España y, en ese caso, si fue en cines o en dvd, pero en algunos foros se ruega insistentemente que lo hagan. Equilibrium no hace gala de grandes presupuestos y, aunque ofrece acción muchas veces increíble (como quizá pase siempre en el cine), goza de una gran credibilidad en su conjunto.

No soy una aficionada a Matrix, pero sin duda terminó siendo algo que no quería ser en sus inicios. Si V de Vendetta ponía por delante una ideología y La Isla ofrecía unos rostros bellos envueltos en una trama cuanto menos interesante, Equilibrium simplemente cuenta una historia. Y es la historia de un hombre que ha de tomar una decisión, que debe enfrentarse de una vez por todas con su naturaleza humana, con sus vicios y virtudes, recién descubierta. Quizá en el guión le podían haber dado un par de vueltas más a las contradicciones, pero es necesario decir que de este modo la cinta gana en agilidad.

Equilibrium es un filme indispensable. Por su carácter independiente, por su virtud para convertir algo enrevesado en una historia simple (que no simplista), por el magnífico resultado a partir de unos recursos escasos y por recordarnos lo bonito y lo macabro que resulta sentir. La esencia del conflicto en la película bandea en torno a la necesidad de erradicar la maldad, y todo lo que conlleva, del corazón de los seres humanos, a cambio de sacrificar sentimientos nobles como el amor, la amistad y el gusto por la belleza.

El punto principal de conmoción en la película es cómo director y guionista logran transmitirnos qué es la belleza a través de unos pocos pasos. En definitiva, logran describir con imágenes el hecho de sentir. Y crear verdadera inquietud en el espectador. Pura empatía con un magnífico protagonista, el clérigo John Preston, perfectamente elaborado. Y, por supuesto, no os perdáis la Gun Katta.
 
Promesas para reflexionar
Cronenberg ha vuelto a las pantallas con Promesas del Este (David Cronenberg, 2007) haciendo gala de su particular inclusión de la violencia más exacerbada en la vida cotidiana. Recrea el universo clásico del cine negro a la vez que lo reinventa, sin por ello dejar de lado las pasiones.

La historia se desarrolla con aparente sencillez, con la misma calma con la que nos introduce en lo más profundo de la mafia rusa de mano de un magnífico Viggo Mortensen. Educado, correcto, aplacado y consistente. Un tipo que está y no está y que, sin altibajos y sin inmutarse, sostiene sobre su personaje todo el peso de la historia. El contrapunto es una Naomi Watts sólo un centímetro menos brillante, pues bordar un personaje anodino también tiene grandes complicaciones. Una vez más, Cronenberg pone al ser humano cotidiano frente a los avatares del destino, aquellos que le hacen tomar decisiones importantes con pocas contemplaciones y que embarcan al improvisado protagonista y a todo su entorno en una aventura arriesgada cuyo final se desconoce.

Si algo destaca en el filme de Cronenberg es la atmósfera tensa, oscura y siniestra que logra crear a partir de elementos presentados casi como asépticos. La mafia parece estar incrustada en el mismo corazón de una ciudad distante como Londres, conformando un pequeño gran universo con sus normas, sus héroes y sus ovejas negras.

Semyon, interpretado por Armin Mueller-Stahl, es el jefe del clan, un jefe oscuro pero impecable, de doble o triple clara según las circunstancias, amigo de sus amigos y, sobre todo, enemigo de sus enemigos. Quizá por todos sus matices, casi equiparables a los de Nikolai (el personaje de Mortensen), su actitud de controlar todo agrada al espectador.

Vincent Cassel es la oveja negra del rebaño: inconsistente, deseoso de demostrar su poder y sus vinculaciones y, sobre todo, deseoso de agradar. Está llamado a heredar el entramado mafioso puesto en pie por su padre pero no cuenta con las brillantes habilidades de éste. Viggo Mortensen es su apoyo, su cara y su cruz, su lazarillo en las noches de sexo y violencia.

También predomina un ritmo muy medido, donde la acción no es sino la catarsis del relato. Las primeras escenas de violencia carecen de recreación; el espectador se asoma a ellas sorprendido por el hecho en sí, pero no por la forma en la que el director las plantea. Las situaciones críticas están muy dosificadas, integradas de tal manera que fortalecen el relato y lo enriquecen, no sólo lo adornan. No es una película de acción, de efectos especiales ni de sangre gratuita; es una película exigente para un espectador exigente y que nunca defrauda, se busque lo que se busque. Incluso puede leerse como una crítica social que intenta arropar a las pequeñas víctimas traídas del este, condenadas bajo promesas de una vida mejor.
 
De bodas y separaciones
Hoy celebrábamos (era un decir, porque de celebración no ha habido nada) los 12 años de casados de mis cuñados. Hace unos días mis tíos cumplieron 13 años de casados. Mi hermano ha acudido este fin de semana a la boda de un amigo. Mi novio pasó todo el sábado de despedida de soltero, también de un amigo. Desde marzo hasta ya avanzado octubre no hay fin de semana durante el cual no se celebren varias bodas. Unos matrimonios durarán toda la vida, otros durarán largos años y otros se extinguirán poquito a poco o de repente, según las circunstancias. Y mi familia y yo tomamos todas las notas posibles para cuando llegue el día de mi boda.

En el último mes, que yo recuerde, me he enterado de dos separaciones, ambas de parejas amigas o conocidas.

Un amigo de mi novio, casado hace un par de años, llegó a media mañana del trabajo y se encontró a su mujer en la cama con otro (amigo en común, por cierto), al más puro estilo comedia americana, pero sin ningún sesgo de comedia. Encontrarlos en plena faena (bueno, esto es echarle ya mucha imaginación) e ir descubriendo que su mujer llevaba una doble vida fue todo uno. Han iniciado ya los trámites de divorcio.

Otra pareja conocida "se va a dar un tiempo". Odio esa expresión, pero quizá no todo el mundo tiene la valentía de cortar algo de raíz y ni siquiera esto es garantía de que todo se supere más o menos bien. No llevaban casados ni siquiera dos años. La pérdida de la emoción y las dificultades de conciliar los deseos cotidianos de uno y otro parece ser la causa de su distanciamiento. Y quién sabe qué cantidad de cosas se le pasan a uno por la cabeza cuando decide poner fin a una relación, haya pasado o no por la vicaría.

Una amiga y yo siempre sacamos a relucir estos temas y solemos poner bocabajo los cánones que pululan por la sociedad tradicional; en realidad, lo que hacemos es poner en viva voz lo que muchos piensan, se atrevan a reconocerlo o no. Como siempre volvemos a la misma conversación (quizá debido a que hace poco ella sufrió un revés sentimental que nos hace tener la palabra "pareja" en la boca todo el día), hemos llegado a la conclusión de que si una relación va bien, quizá más abocada a la amistad que a otra cosa, es absurdo separarse. Porque hoy en día cuesta tanto conocer a alguien con quien más o menos congenies que no parece lo más aconsejable tirar todo por la borda porque simplemente ya no quieras a alguien.

Es duro reconocerlo, pero también es cierto que muchas parejas funcionan sin amor. Por supuesto que no es el objetivo primordial de toda persona, pero para las que no concebimos el hecho de vivir solas (porque simplemente necesitamos a alguien que nos sustente, que nos apoye, que esté ahí aunque sea para reñir) parece ser, en los tiempos que corren, la solución menos mala. Hablamos de situaciones en las que no se llegue al odio hacia la otra persona ni, obviamente, tu pareja te estorbe hasta molestarte. Hablamos de aquellas situaciones en las que parece que se ha perdido la pasión, el enamoramiento, pero en las que hay cariño y cuyo estancamiento, demostrado está, sólo suele percibirse si de repente a uno o a otro le da por prepararse una aventura romántica o enamorarse de una tercera persona.

Pinto un panorama triste y quizá me lleve a ello la preconcebida falta de valor por mi parte si yo me hallase en una encrucijada semejante. Ojalá el amor fuera para siempre, aunque amores para siempre los hay y el desengaño afectivo no nos lleva a ninguna parte. Todos necesitamos amar y ser amados, aunque sea un instante, y quizá más sentirnos amados que amar verdaderamente a una persona. No se puede mantener una relación sin creernos que la otra persona nos quiere. Porque el amor no mueve el mundo, pero lo sustenta y hace que los humanos cometamos la mayor parte de las estupideces. Supongo que, como en todo, hay que saber cuándo ha llegado el final del juego, cuándo es necesario empezar otra partida... pero yo deseo a todos amor para siempre y, si no puede ser amor, al menos felicidad.
 
La poesía hecha prosa
Cuando se termina de leer Océano mar (Alessandro Baricco, 1999) la duda que surge es: ¿estamos ante algo surrealista o hiperrealista? Baricco es principalmente un mago de las palabras. Hace alarde de una precisión sin igual hasta llegar a expresiones que rozan lo filosófico.

Océano mar es un conjunto de relatos hilvanados como una novela. Historias que se cruzan de personajes que no se sabe muy bien por qué están en la vida y, sin embargo, tienen una presencia muy consistente. Nunca llegamos a conocerlos bien pero enseguida, desde los primeros párrafos, entran en cada uno de nosotros y no se despegan. Son personajes pegajosos, que luchan por instalarse en nuestro interior, en unirse a nosotros, indisolublemente, como las gotas del agua del mar.

El mar es metáfora, es realidad, es principio y es final. El mar, el océano mar, es parte protagonista de esta novela corta. El mar es medio, es fin, es método, es curación, es salvación y es condena. En el mar cabe todo, como caben todo tipo de personas en la magnífica posada Almayer. Nunca un edficio, desde el caserón del Norman Bates de Psicosis, tuvo tanta importancia en una narración. La posada Almayer es el medio para encaminarse al mar y así fundirse con estas historias; un lugar situado en medio de la nada (sólo sabemos que junto al mar) que es en sí mismo un refugio de perdidos, de desesperados, de locos, de artistas... de sabios cotidianos que huyen de todo aquello que les aferra a la realidad.

La prosa de Baricco es deslumbrante, tanto que obliga a releer continuamente para apresar su belleza. Por ello una novela tan corta, que indudablemente puede leerse de un tirón (porque atrapa, porque emociona, porque enamora, porque aturde) se convierte en un mapa que nos ofrece el goce de descifrarlo poco a poco. Baricco se convierte así en nuestro compañero de horas de ensueño, guiándonos suavemente por los recovecos de la mente, de los recuerdos, de los deseos. Océano mar nos engulle y nos obliga a naufragar en su interior.

Que nadie espere una novela al uso. Sería infravalorar a Baricco el tratarla así. Océano mar merece horas de reflexión, minutos eternos para saborearla. Como un bombón que se deshace lentamente sobre la lengua y deja un recuerdo imborrable. Océano mar se derrite en el lector. Y hace que el lector se derrame.
 
Improvisada tarde de radio
No me gusta la radio. Antes sólo escuchaba emisoras de radiofórmula y desde hace tiempo ni siquiera eso. Tanto en casa como en el coche suelo poner mi música y, si necesito ruido alrededor, por aquello de sentirse acompañado, me gusta más la televisión. Sin embargo, tras el día de hoy he comprobado que me gusta más la radio desde el lado del emisor que del oyente. Hoy día 8 de octubre de 2007, el programa de RNE, Asuntos propios, se ha emitido desde en directo desde el Aula Magna de mi universidad, la Carlos III.

Toni Garrido (con una voz preciosa, al menos en vivo y en directo) lo ha sabido llevar con desparpajo, haciéndonos sentir cómodos y parte del programa, a pesar de que él, y sólo él, lleva las riendas. El programa combina varios elementos, desde noticias hasta bromas, pero sobre todo se centra en las entrevistas. Me ha sorprendido el interés de los entrevistados, en unas charlas que parecían prometedoras pero que la limitación del tiempo en radio (y la limitada atención del oyente, también) han hecho que sean demasiado breves. Entre los invitados que más me han gustado, y que además conocía, han estado Jaime Urrutia (ex Gabinete Caligari y desde hace tiempo, Jaime Urrutia por derecho propio) y José Luis Gil (este nuestro presidente, Juan Cuesta, venido a menos en esa suerte de plagio consentido y mal hecho que es La que se avecina).

Además hemos podido escuchar a Santiago Roncagliolo, escritor encargado de novelar la biografía del líder de Sendero Luminoso, Abimael Guzmán, en La cuarta espada. Como no podía ser de otra manera, Ángel Torres (presidente del Getafe F.C.) ha intervenido. También en deportes se ha hablado con uno de los responsables de llevar a las chicas del baloncesto a la plata (perdón por no recordar el nombre) sobre la virtud del baloncesto de hacer que los jugadores continúen con sus estudios.

Y también ha estado, casi al final del programa y con el público universitario participando en la elaboración de las preguntas, Sebastián Álvaro, director de Al filo de lo imposible y cuya intervención, de haber sido menos apresurada, hubiera dado mucho más de sí.

El programa se ha extendido durante tres horas, durante las cuales no han faltado el buen humor, la frescura y las múltiples conexiones en directo. No creo que logre atraparme en este medio pero ha conseguido, en esta tarde, hacerme afirmar que no me importaría dedicarme a la radio.
 
La venganza del espectador
Death Proof (Quentin Tarantino, 2007) no es la mejor película de Tarantino, pero tiene algo de inolvidable. Me gusta más pasados unos días que inmediatamente después de salir de la sala oscura. Cala... e intento saber por qué.

Destaquemos primero las persecuciones de coches. La que ocupa los 20 minutos finales de filme es una de las persecuciones mejor ejecutadas que he visto en el cine de los últimos tiempos. Y no soy fanática de los coches corriendo a toda velocidad con chapa a prueba de golpes. Pero es alucinante. Es trepidante. Es dinámica. Es original. Y es... vengativa.

La película está dividida claramente en dos partes (al igual que el programa completo, Grindhouse, está compartido con Robert Rodríguez). Cada parte asimismo se desdobla en un eterno prolegómeno generador de tensión y una catarsis brutal de la emoción contenida. Veamos (ALERTA-spoilers):

PARTE 1. Un grupo de chicas atractivas, desenfadadas y dispuestas a pasarlo bien. Una broma. Bares. Alcohol. Muchas palabras malsonantes. Un guión espléndido, fluído, creíble. Le pese a quien le pese, las personas normales hablan así, sobre todo en una noche de chupitos. Y las chicas monas también hablan así. Tarantino sabe que las chicas follan. Y no tiene reparos en regocijarse en ciertas palabras.

Aparece el magnífico Stuntmant Mike (Kurt Russell). Trabaja como doble en el cine (digo stuntmant porque vi la película en versión original) y tiene un coche a prueba de muerte (death proof). Quizá sea su veteranía como actor o un papel hecho a su medida, pero me decanto por señalarle como el auténtico peso pesado del filme. Kurt Russell es tierno, amenazante y misterioso. Es inquietante. Y desde el principio llena la pantalla.

Stuntmant Mike lanza su arma mortal contra las chicas. Unas chicas a las que hemos aprendido a querer, a algunas más que otras. El espectador se identifica con ellas por algunos viejos trucos de cámara, ni más ni menos que situarla a la misma altura que ellas, en la mesa, oliendo el alcohol, percibiendo su piel, riendo con sus carcajadas. Durante mucho tiempo no pasa nada, pero las escenas previas tienen que durar tanto para que se produzca la identificación. Para que nos olvidemos que estamos viendo una película y creamos que vivimos dentro de una noche de copas. Por eso su muerte te deja algo indefenso, algo tocado. La ficción te golpea como si fuera realidad. La película se para y tú con ella. El choque se ralentiza, se repite cuatro veces, vemos el resultado de cada una de las chicas, Tarantino hace que sintamos dolor, el choque dura más de un minuto, lo revivimos. El choque nos golpea también a nosotros.

INTERVALO. Sheriff con hijo número 1 (o número 2, etc.). Ecos de otras películas. El gran fallo es no haber incluído a nuestro querido sheriff de Abierto hasta el amanecer y Kill Bill (Tarantino, 1996 y 2003 ) autointerpretándose. Moraleja: no existe la justicia y si existe no sirve para nada, sólo cabe la venganza. No es un tema nuevo en el universo tarantiniano.

PARTE 2. Un grupo de chicas atractivas, desenfadadas y dispuestas a pasarlo bien. ¿Os suena? Un reencuentro. Un viaje. Algo de road movie. Una gasolinera. Despliegue de referencias y autorreferencias. Tarantino sabe que hoy por hoy es uno de los dioses que pueblan el olimpo de Hollywood y es consciente de que Kill Bill hizo historia. Arranca sonrisas a un público que desea esas autorreferencias, porque aman a Tarantino y a su ego, por qué no decirlo.

Stuntmant Mike se doblega de nuevo ante sus impulsos, con algo de sexual, de violento y de fetichista. Sólo quiere divertirse. Matar un poco. Castigar a las chicas por ser tan sexys, por hablar de aquel modo, por vestir de tal manera... por estar allí y haberse cruzado en su camino. Stuntmant Mike no sabe, sin embargo, con qué se va a encontrar.

Vivimos aterrorizadas junto con las chiquillas, que al inicio de la persecución parecen débiles y muy, muy, indefensas. El golpe de efecto llega con una sonrisa. Se me ha quedado grabada esa sonrisa. La sonrisa, la mirada de la venganza. Las chicas se lanzan a por él. Y colman la venganza del público.

Vuelvo a conectar con mi idea (y la de muchos teóricos), cien veces repetida en este blog , de que cuando alguien entra al cine, y paga una entrada, se despoja de sus prejuicios. El público de Death Proof clama acción y venganza. Porque el primer choque nos ha partido también a nosotros en dos. Las chicas de la segunda parte no vengan a las anteriores, sólo se divierten y colman su instinto de sanguinaria aventura. Son chicas duras. No conocen a las anteriores, pero son un instrumento de venganza en manos del público. Y no es sólo una teoría mía, confirmadla en el Cahiers du Cinema español (gracias, María).

Death Proof no es tan sangrienta como otras películas de Tarantino. Sólo un par de escenas. El resto discurre dentro de la más aburrida normalidad. Quizá por ello muchos han criticado a Tarantino. Pero los golpes de efecto son magistrales. Lo demás es pura fachada, linimentos de la estética tarantiniana sin los cuales esta película sería otra película.
 
Mi Uni me mima
El otro día la vicedecana de nuestra carrera nos preguntó nuestra valoración ahora que estamos en quinto y somos (¡oh, bienaventurados!) la primera promoción. A día de hoy es imposible pronunciar quinto, primera promoción y elite sin cierto rintintín. Uno de mis compañeros dijo que notaba más que estaba en el colegio que en la universidad, por aquello de la asistencia obligatoria a ciertas clases y alguna que otra cosilla más. Estoy totalmente de acuerdo con él y creo que una gran mayoría de los que estábamos allí también.

Lo de la asistencia obligatoria tiene cosas buenas y cosas malas, como todo. Normalmente acudo a clase, tenga sueño o no, y sólo muy de tarde en tarde falto porque, simplemente, me ha salido un plan mejor. Ni siquiera suelo faltar si estoy enferma y mi enfermedad me permite al menos levantarme y acudir al aula. Como muchos de mi clase paso horas interminables cogiendo apuntes, otras tantas pasándolos a limpio, entrego todos los trabajos normalmente sin apurar al último día, colaboro en las actividades en grupo y suelo sacar una nota decente en los exámenes.

Como últimamente tengo tan buena suerte, me ponen un examen (absurdo, de aquellos cuya calificación sólo servirá en caso de duda flagrante entre un suspenso y un aprobado) el único lunes en todo el curso que tenía pensado faltar. ¿Y por qué iba a faltar? Porque llevo seis meses planeando un viaje a Sevilla para estas fechas y el tan bienamado control me hará levantarme a las 4 de la mañana allá en tierras andaluzas, correr por la autovía para llegar a Ciudad Real para poder coger un tren que me lleve a Madrid y luego correr para coger un cercanías que me deje en el aula dispuesta y preparada para hacer un ¡test de actualidad! que, por supuesto, suspenderé. Y tengo que dar gracias que el examen es a las 11 de la mañana y no a las 9, alabado sea Dios.

La otra opción, claro está, es pagar otros setenta y muchos euros de AVE para que me deposite directamente desde Sevilla a Madrid y que, mientras tanto, mi novio conduzca solitario mi coche por atestadas autovías hasta llegar a casa. Suma este dinero a los 240 del hotel, a los 84 de las entradas (más otros 84 de otras dos que ruedan por ahí) y a los cincuentaytantos del aparcamiento y réstalo todo de un sueldo de 350 euros al mes. En fin, un tema.

Y el hecho de no presentarse a dicho examen, dicho sea de paso, supone la eliminación del 40% de la nota total de la asignatura. Olé ahí.

Y lo siento, pero dejadme llorar. Dejadme llorar porque hoy ya lo necesito. Porque no me puedo creer que todo el mundo falte a clase, viaje (en definitiva, viva) y no pase nada y yo, para una vez que salgo al año, tenga estos problemas. Porque, aunque aquí no lo explique, no es el primer problema que tengo respecto al tan ansiado viaje. Por primera vez había decidido arriesgarme y pasar un poco de la carrera para hacer algo interesante en mi vida aparte de trabajar y estudiar siete (ahora seis) días a la semana, pero es que un 40% de la nota es mucho porcentaje. Y a mí ya sólo me quedan dos fines de semana libres en los meses que quedan hasta junio.

Y lloro. De rabia. De impotencia. Esas lágrimas que dicen ¿por qué siempre a mí? Y digo siempre porque cuando marché a Salamanca decidieron operar a mi suegro. Porque cuando pensamos en irnos a Tenerife a mi novio le desaparecieron los días de vacaciones. Y así siempre y así siempre... Así que dejadme llorar, porque tengo que pagar por ir a una boda a la que no voy a ir, porque tengo que pagar una comida de bautizo con gente con la que no me hablo... porque, porque, porque... Hoy me apetece llorar un poquito. No os riáis. Dejadme descansar.
 
Maldito Baudelaire
Digamos que Baudelaire, el escritor maldito es arriesgada. El día 4 de octubre se representó en el Teatro Quijano de Ciudad Real, de mano de Alvar Vielsa (monopolista de la expresión cinematográfica ciudadrealeña y oligopolista de la teatral) y la compañía Teatro de la Sensación. Entre los asistentes figuraba predominantemente el círculo de amigos y profesionales del actor-director culipardo.

De escasa duración (aproximadamente una hora), Baudelaire... es una obra para ver. Se echa de menos una historia que la sustente, un trama que la guíe, cierta narratividad de las escenas. Nos encontramos ante algo más poético y expresionista que narrativo, lo que deja al espectador ciertamente descolocado. En los primeros minutos es imposible localizarse, ubicarse ante lo que se está presenciando. Poco a poco la obra entra en los espectadores y fluye en su interior.

Goza de gran riqueza plástica, pese a los pocos elementos de los que se sirven. Un juego de luces intimista y contrastado, quizá como metáfora de la locura, con sus luces y sombras. Unas cadenas que atan, cuyo sonido se integra perfectamente en la obra. Exquisito simbolismo, prácticamente imcomprensible. Hace falta algo que ate la imagen a la realidad, que nos haga entender qué es lo que estamos viendo. Entre el público, las más diversas especulaciones.

No es que yo sea detractora de lo abstracto, pero el gran peso que arrastra la obra es sin duda la falta de referentes. De Baudelaire la mayoría conoce lo que estudió en el instituto y muchas veces ni se acuerda; por tanto, la obra debería contener, en esa media hora que tanto se echa de menos, una cierta explicación (que no por explicación dejaría de ser bonita) que sitúe al patio de butacas.

Con media hora más, que equilibrara lo narrativo y lo emotivo, la obra quedaría redonda. Sobre todo porque cuando empiezas a asentar tus especulaciones, cuando comienzas a disfrutar de la expresión de los actores, cuando la banda sonora termina cobrando sentido es cuando la obra acaba. Y las luces de la sala sumen en el desconcierto al público que, por fin, se había enganchado a algo que no entendía.

 
De nuevo aquí
Octubre empezó nervioso. Y temprano. A las 6.30 ya estaba en pie, con mi maleta preparada, pronta a embarcarme de nuevo en este AVE destinado a llevarme y traerme durante todo un curso. Llevaba una maleta, el teléfono de una posible habitación, seis horas de clase por delante y un alojamiento provisional "por si las moscas".

Las clases fueron bien, es decir, no fueron. Los primeros días siempre tienen algo de absurdo, de atemporal y, sin embargo, dicen que son los más importantes. Las clases, este curso, el último -espero- del tan deseado último año de carrera pintan igual que los demás: muchos planes, poco tiempo y estrés desde las primeras semanas. Esta vez sí que siento que me he hecho mayor. Los novatos ahora son novatos, no quedan dudas, y los veo por fin más pequeños que yo (y más inteligentes, de paso). Debe ser que ya empiezo a darme cuenta de los años que tengo y cuando me preguntan mi edad ya no se me viene a la cabeza decir "quince". Y es que hasta hace muy poquito yo seguía creyendo que tenía 15 años. Ahora me comporto como tal, pero no los tengo. Y hoy en la cafetería, los niños de 18 años me han exasperado. ¡Ay! Y queda tanto por delante...

Visité la habitación que tenía hablado por teléfono. Me encantó el piso, la zona, las compañeras y la perspectiva de saber que es algo temporal. La casera, no obstante (una de mis compañeras) me hizo esperar. Había otra persona interesada en la habitación y se iba a quedar por más tiempo. Por lo tanto, mi estancia -o distancia- con Getafe dependía de la decisión de otra persona. Me dijo que me llamaría a las 2 de la tarde.

Llamé a las cinco. Me dijo que llamaría a la otra chica a ver qué había pensado. Seguí esperando. Me acompañaron dos amigas, me sostuvieron y aguantaron mi nerviosismo, mi decepción, mi lucha interior entre la sinceridad y la necesidad de alojamiento. Deambulamos por Getafe. Ese Getafe que no sé si sentir mío o despreciar. Este Getafe agridulce en el que tanto y tan poco he vivido. Y es que Madrid sigue siendo para mí un desconocido misterioso, fascinante y digno de temor, un Madrid que se me ha escapado, para bien y para mal.

Llovía. Me gustan los días de lluvia. Los días de lluvia en la ciudad, más aún. Me gusta ver cómo se destiñen los edificios, como se derraman en las aceras, cómo el cielo se oscurece y se torna abrigo... Así que me refugié en la universidad, vieja amiga ya, a esperar a que otra amiga me rescatara.

Me invitó a su casa. La acompañé a hacer la compra. A las ocho de la tarde decidí llamar otra vez a la mi casera potencial. Harta de llamar a la otra chica, que no daba señales de vida, me dijo que me fuera para allá. Cogí la maleta. A las ocho y media ya tenía casa. Llegué como quien llega a un hotel. Sin deshacer la maleta. El tiempo justo para poner las sábanas y huir. La noche se iba cerrando en agua y frío.

Mi amiga -y ahora vecina- me invitó a cenar una de sus tortillas de patatas (se ha hecho toda una experta). Me sentí cómoda dentro de mi albergue provisional. Vimos la televisión. Me marché, por fin, a mi nuevo hogar. Mareada de tan agotada. Caminé los escasos metros, subí en el ascensor, pulsé el timbre pensando en que, tras un día tan largo, al menos había tenido suerte.

A las 11 ya estaba totalmente dormida, fulminada por un sueño reparador. Al día siguiente, como siempre, vértigo. No suelo extrañar las camas ajenas, me acostumbro enseguida y suelo sentirme como pez en el agua... pero siempre que llego a Getafe, a principios de curso, sufro vértigos durante un par de semanas. Y siempre llueve. Siempre arrastro la maleta entre el agua, doblando las ruedas, sorteando charcos... siempre me traigo poca ropa de abrigo, siempre me empapo, siempre me agoto... y luego, de repente, el curso mediado y yo inmersa en él.