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ALGO DE TODO
Porque no podría centrarme en una sola cosa
Acerca de
Me llamo Patricia y estudio Periodismo y Comunicación Audiovisual. Los fines de semana trabajo como maquetadora en La Tribuna de Ciudad Real. Podéis escribirme a soylaveraARROBA hotmailPUNTOcom
Sindicación
 
Un poco más cerca de China
Vivimos en la Sociedad de la Información, pero no en la del Conocimiento. Los autores que defienden esta teoría se apoyan siempre en que la gran cantidad de información disponible hoy en día hace que en realidad sepamos menos, todo ello por la increíble dificultad de gestionarla. Es difícil adentrarse en un tema desconocido porque encontraremos muchas informaciones dispersas que nos será difícil hilar si no tenemos cierto conocimiento teórico de base. Por eso celebro, y quiero destacar aquí, la capacidad de algunos documentos para aunar información e interpretación y, además, ser amenos.

Es el caso de Made in China (Manel Ollé, 2005, Editorial Destino), un libro que pone en relación todos los aspectos esenciales para conocer y comprender la cultura china. Con la única intención de dar una visión general consigue aunar explicaciones geográficas, demográficas, históricas, míticas y literarias (no sé si me dejo algo en el tintero) y formar con todo ello un corpus comprensible, que se logra leer casi de un tirón y que deja una satisfactoria sensación de haber aprendido algo.

No quiero decir con esto que el autor, profesor de Estudios sobre Asia Oriental en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, se limite a la superficie. Lo que resulta más sorprendente de su obra es que alcanza una gran profundidad, epígrafe por epígrafe, que permite hacerse sólo una idea ligera o indagar hasta casi el análisis político, literario o social. En lo que a mí respecta, me ha aportado gran información de base para, a partir de ella, comprender las noticias que nos llegan de China a través de múltiples canales.

Y esto sucede en un entorno muy concreto. China es el gran gigante, el monstruo milenario, admirado por unos y desdeñado por otros, enigmático, incomprensible, a veces anacrónico, casi esquizofrénico... y un muy importante actor del panorama internacional que hay que tener en cuenta. 2008, año de España en China (algo que nadie sabe muy bien qué significa), Juegos Olímpicos de Pekín, reciente Congreso del Partido Comunista Chino... y todo eso nos suena, nunca mejor dicho, a chino.

En la enseñanza (primaria, secundaria y universitaria) China sigue siendo algo extraño. China es lo que nos proprociona el botellón los jueves por la noche y la barra de pan olvidada los domingos por la tarde. Pero nadie sabe bien qué es China, ni los propios chinos ni los expertos en temas asiáticos. Libros como este nos acercan un poquito más, nos encajan el pasado y el presente (algo que en China en ocasiones viene a ser lo mismo) y nos sumergen en las contradicciones de un país complejo donde los haya. Manel Ollé nos da una herramienta básica para comprender un poco más algo aparentemente tan lejano.
 
Grandes verdades en la educación de menores
Emilio Calatayud, nacido en Ciudad Real, es Juez de Menores en Granada. Ha alcanzado la fama por imponer condenas educativas a menores que habían cometido un delito. Defiende la unión de todas las instancias educativas para prevenir la delincuencia juvenil y cree que las condenas deben redundar en beneficio de la comunidad. Ana Isabel Jiménez lo explica bien en este artículo.

Hace unas semanas ofreció una conferencia en el Aula de Sur y sus grandes verdades pueden verse a través de internet. Lo he descubierto por cortesía de mi padre. La conferencia, colgada en youtube, está dividida en dos partes de diez minutos. Escucharle es muy divertido e interesante, así que os lo cuelgo aquí. Ojalá las clases en la Univesidad fueran siempre tan amenas.







 
Ni un bodrio ni todo lo contrario
Una película basada en una idea original, distinta, puede venirse abajo por detalles nimios pero básicos. Prueba de ello es El número 23 (Joel Schumacher,2007).

El objetivo de la película es mostrar cómo algo aparentemente absurdo consigue obsesionar a una persona hasta llevarla a la locura. El comienzo es brillante, atractivo, y presenta una estética reconocible. El entramado de obsesiones que se nos va presentando logra sostenerse sólo por los pelos, hasta llegar a un final que podría haber sido brillante pero que se queda únicamente en sorprendente. El número 23 es un thriller psicológico en el que hay que rebuscar para encontrar el significado. No puede verse únicamente como una película hecha para el entretenimiento, que también lo es, sino como la puesta en imágenes de una teoría sobre la obsesión. Schumacher podía haberlo hecho mejor, sin duda, podía haber limado más los flecos, haber cohesionado mejor las piezas, haber retorcido una y otra vez a los personajes hasta hacerlos dar todo de sí mismos. La película no pasará a la historia del cine, pero no es un bodrio, como dicen algunos.

El número 23 tiene dos puntos fuertes, dependientes el uno del otro. El primero, aunque no el más importante, es la puesta en escena. El filme utiliza recursos, tanto narrativos como estilísticos, que le dan gran personalidad. La oposición pasado-presente y fantasía-realidad está muy trabajada. El otro gran punto fuerte es la interpretación. No es sólo un gran acierto que un mismo actor/actriz interprete dos papeles (lo que pone de relieve la variedad de registros de los profesionales), es que Jim Carrey está excelente en ambos. Ya probó algo parecido en Olvídate de mí (Michel Gondry, 2004) - con un título mucho más sugerente en inglés "eternal sunshine of the spotless mind"-, que le salió mejor pero que no caló demasiado entre el público comercial.

No hay que sobrevalorar El número 23. Es sólo -y sobra- la historia de la obsesión de un hombre por una nimiedad, que le lleva a perder la cabeza, a convertirse en otra persona, a no reconocerse. Personalmente eliminaría la apología de la justicia que subyace en el final y hubiera preferido que Walter Sparrow no asumiera las consecuencias de sus actos. Pero esto, como todo, es discutible.
 
"Por favor, no corran por el aula"
No es un parque infantil. No es un colegio. No es un instituto de secundaria. No es una residencia de estudiantes. ¡Es una universidad! La frase que da título al post es el texto de un cartel colgado en las aulas informáticas de la Universidad Carlos III de Madrid y constituye la prueba evidente, quizás, de que nos consideran unos niños.

Reza el dicho que "en todos sitios cuecen habas", pero no soy la única estudiante descontenta con esta Universidad en cuanto a regulación se refiere. Es cierto que no mienten. Es cierto que, desde que uno se matricula por primera vez, sabe que tiene sólo 4 convocatorias por asignatura, que no puede cursar asignaturas de tres cursos a la vez... todo ello, se supone, en virtud del logro de ser "la pública diferencia".

Esta diferencia, en la práctica, se corrobora con la asistencia obligatoria a clase, con la excesiva burocracia y desinformación para cualquier trámite y, sobre todo, con la desigualdad entre profesores. En la Universidad Carlos III estudia la elite, o eso dicen, pero nosotros, virtuosos estudiantes, no contamos con la misma percepción de los profesores. Hay profesores que se limitan a dictar los apuntes, otros que sólo leen el power point (si hay suerte y el proyector cumple su función) y otros, los más, intentan combinar una cosa y otra sin demasiado éxito. Este año, incluso, tenemos una asignatura en la que nosotros mismos nos damos clase, sin ningún conocimiento previo y ante el desinterés de la profesora.

Hay honrosas excepciones. Hay profesores que se ganan el corazón del alumno y, de paso, llenan su cabeza de ideas (objetivo, por otra parte, de la Universidad). Hay profesores que desearías que te dieran clase una y otra vez y que cuentan casi con su club de fans particular. Por alguna extraña razón suelen estar vinculados con la Comunicación Audiovisual más que con el Periodismo.

He ahí otro de los grandes fallos. Somos conejillos de Indias de la Primera Promoción de nuestra fantástica carrera, donde ni aprendermos Periodismo ni aprendemos Comunicación Audiovisual pero sí asuntos relacionados con Derecho. Soy de las que piensan que es bueno tener una cultural general, sobre todo cuando, en el mundo de periodismo, el 90% de las veces hablaremos de algo de lo que no tenemos ni idea. Una cosa es, sin embargo, tener nociones básicas de Derecho y otra, tener una asignatura por cuatrimestre. Esto es sin duda fruto de la eficiente gestión de nuestro ex-rector Peces Barba, vinculado por historia a todo lo concerniente a las leyes. La sorpresa es que nuestro nuevo rector, Peña, nos llevará de la mano hacia el maravilloso mundo de la estadística. Menos mal, Señor mío, que una servidora y su generación ya no lo verán.

Mientras tanto, desde mi visión particular, echo en falta Historia del Arte (forma de comunicación previa a la audiovisual) y algún que otro periodismo especializado (deportivo, económico...) Y esto viene al caso de que uno de nuestros profesores se sorprende de que, en quinto de carrera, no sabemos escribir un artículo de opinión porque nadie nos ha enseñado. Podría ponerme a pensar mucho más, pero no me dejan tiempo. Y es que el hecho de que repitamos asignatura (y contenido) un curso tras otro parece ser resultado de que nos hacen un favor juntando dos carreras. Pues oigan, si las juntan, júntenlas bien.

Y dejaremos para otro día, entonces, lo de correr por las aulas y comer en clase. Ya que nos pasamos el día en la Universidad, al menos tendremos que sentirnos como en casa. Je. Je. Je.
 
Observaciones en tarde de viernes
Estoy en una habitación de un niño adolescente, acompañando a mi novio, que arregla ordenadores. Con vergüenza reconozco que me gusta, cuando llego a la casa de una persona desconocida, observar cada detalle. Nada de violaciones de intimidad, por supuesto, pero me obsesiona contar cuántos libros tiene alguien en su casa y, si los tiene, cuáles son. Aquí hay unos cuantos ejemplares de la colección de El Barco de vapor (fiel compañía de mi infancia), Mi primer Quijote, Los Tres Mosqueteros... es decir, este niño no lee salvo lo que le mandan en el instituto y los libros que le regalaron para su Primera Comunión.

He comprobado que todas las habitaciones de los chavales del pueblo son iguales. Lucen muebles de Merkamueble (algo así como el Ikea ciudadrealeño) y algún banderín del Real Madrid.

También he comprobado que todas las casas están hechas a retales. Me sorprende. Siempre creí que en un pueblo puede tenerse la casa que se quiera. Todas son muy grandes, con patios interiores de luces, con zócalos de baldosines y dormitorios que ya quisieran aquellos que viven en grandes urbes. Y, sin embargo, las puertas son de mala calidad, los tubos de la calefacción se ven por fuera, las baldosas son frías y la decoración parece salida de una película de Almodóvar.

Pero hay algo que me ha llamado la atención poderosamente. Llevamos algo más de una hora aquí, mi novio mirando cosas en el ordenador y yo sentada en la cama, observando. Durante todo ese tiempo, su padre (el cabeza de familia) ha estado sentado en el patio mirando El Diario de Patricia, alguna que otra película y los avances informativos. Ha bebido dos cervezas. Se ha fumado un par de cigarrillos. Ha dado un par de vueltas por la casa. Y todo eso mientras leo un post de Maktub sobre la soledad.

Nunca he visto algo así en mi casa. Cuando era más pequeña, cuando estábamos en casa, mi madre estaba con nosotros. Cuando crecimos, y ella comenzó a trabajar, la casa siempre ha estado sola y mi hermano y yo estudiábamos o hacíamos algo más o menos de provecho. Nunca se me había pasado por la cabeza qué hacía un hombre solo en una casa un viernes a las siete de la tarde. Jamás imaginé a mi padre sentado frente a la televisión fumando y viendo la televisión. El tiempo es demasiado importante. Hay muchas cosas que hacer. Supongo que este hombre es feliz así, y lo respeto, pero me ha hecho pensar. Un viernes por la tarde en un pueblo, solo, con la cantidad de tonterías que ponen por la televisión, sin leer, sin escuchar música, sin ver una película, sin tener alguien con quien charlar.

Y esta es la imagen que me viene a la cabeza cuando digo que no quiero vivir en un pueblo. Porque el tiempo se para. Para mí el pueblo es un lugar en la memoria más que un lugar físico, un lugar que amo y odio, siempre oscuro en cuanto cae la tarde, sin vida que palpite en las calles. El pueblo es el lugar de la infancia, de los sueños, de los recuerdos... pero nunca lo he asimilado al concepto "futuro".
 
Cíclico, cíclico...
El martes una amiga y yo quedamos para ver una película en su casa. Comenzó de manera inusitada, sin muchas explicaciones, y creímos que sería un truco de guión (cuando una ve tantos experimentos audiovisuales como en nuestra carrera se acostumbra a todo y es difícil discernir). Poco a poco nos fuimos dando cuenta de que o se les había ido la mano con los trucos narrativos o la película era mala de verdad. Cuando comenzaron a repetirse escenas, exactamente igual que las habíamos visto, descubrimos que a aquel que la había colgado en internet se le había ido la pinza. Comprobamos que se repetían los mismos sinsentidos una y otra vez. Y tuvimos que pasar quince minutos frente a la pantalla para descubrirlo. Pusimos entonces otra copia, esta vez con las escenas ordenadas, no sin antes reírnos una y otra vez sobre tan curiosa anécdota. (La película, por cierto, no era tan mala, pero tampoco buena).

Y es que en esta semana, que prometía ser anodina, todo ha sido así, cíclico, cíclico. Juro que rezo para que la semana que viene sea mejor, un poco mejor. Cada día lo fácil se ha hecho difícil y, cuando se creía solucionado, se ha hecho más difícil todavía.

Todo comenzó con la necesidad de diseñar la idea para un corto, cuyo guión teníamos que entregar a finales de esta semana. Siendo un grupo que solemos estar de acuerdo en casi en todo, sin grandes afanes de protagonismo y con una correcta apertura mental para las nuevas ideas, hemos dado más vueltas que un trompo sólo para intentar satisfacer a la inexplicable profesora de Producción. Y cuando hoy por fin llegamos a una solución y la contrastamos con ella nos hemos dado cuenta de que le daba igual lo que hiciéramos.

El martes mi compañera de piso me dio un papel donde se certifica que estoy viviendo en alquiler, el cual tenía que firmar su padre (que es quien cobra). Para conseguir que me lo firmara he tardado más de un mes. Pues en la línea dejada adrede para escribir el número de DNI, éste no aparece. Así que le digo que se lo pregunte a su padre. Aún estoy esperando... Una firma y un número, ¿es tan díficil?

Ayer miércoles, después de esperar un mes, Telefónica vino a instalarme una maravillosa cajita para la conexión telefónica. El trabajo duró poco, fue limpio y no hubo ningún problema. En ningún momento consideré que pudiera molestarle a mi compañera de piso (dueña, por cierto) el hecho de instalar una cajita discreta en su habitación (contigua a la mía pero exterior) para que yo pueda tener internet (algún año de estos). Tras hora y media de discusión con ella (en dos tiempos, como los partidos de fútbol) intentando que comprendiera que una caja no es un atentado a la estética y que a mí el técnico me había explicado (con o sin razón) que tenía que ponerse precisamente allí y no en otro sitio, y después de presentarle mis disculpas cientos de veces por si me había extralimitado en mis libertades como inquilina, lo único que quedó en conclusión es un disgusto para las dos, una noche durmiendo mal para mí y un día en el que mi estómago no aceptaba comida.

Hoy, jueves, tres llamadas a ONO para anular la instalación del servicio, con intenciones de saber cuánto dinero me va a costar un servicio que no he tenido. Afortunadamente, las primeras noticias son favorables y no me cobrarán nada, pero dada mi experiencia con todas y cada una de las compañías telefónicas no me fío demasiado.

Existen muchas dificultades en la vida, dificultades que muchas veces nos buscamos y otras tantas vienen impuestas. Es cierto que meto la pata, como todo el mundo, pero también estoy aprendido, muy poco a poco, a disculparme. Cada vez más compruebo que lo importante, cuando hay muchas cosas que hacer, es la organización, y sin ella no se consigue nada. Pero si hay algo que me llena de tensión, de incertidumbre, incluso de angustia, es que cosas tan simples se conviertan, en virtud de cualquier circunstancia nimia, en obstáculos insalvables en el camino. No soporto que algo fácil se convierta en difícil por la incompetencia o por los malentendidos. Los pequeños problemas hacen más mella en mí que las grandes dificultades. Sé aconsejar a la gente, sé organizar su vida y sus estudios cuando me lo piden, sé plantearles todas las soluciones alternativas a un problema... pero cuando soy yo la que me encuentro en esa vorágine de sinsentidos que es la vida cotidiana sufro una profunda ansiedad. Es mi cuenta pendiente aprender a controlarla, aprender a vivir con ella, aprender a no desesperar... pero de momento queda en eso, en una cuenta pendiente.
 
Historias de un bar
Deben tener unos 35 años, tienen un bar y dos hijos. El carricoche, con bebé o sin él, siempre está aparcado dentro, en medio o en un rincón. Ella lleva el pelo teñido de un rubio platino que deja ver sus raíces negras, es bajita, viste vaqueros ajustados y habla a voces. Siempre la he imaginado cantando canciones de Camela. Él tartamudea un poco, es más discreto pero le gusta hablar de su vida y enterarse de la de los demás. Montaron el bar cuando él se retiró de la construcción a causa de una lesión. El bar es el típico bar de pueblo inserto en una ciudad más o menos grande. Cervezas heladas a 1.10 y tapa, gratis, grande y de calidad. Son del Madrid y del Getafe, no se sabe en qué prioridad, como casi todos los getafenses. Tienen una televisión de plasma de 42' frente a la que se reúnen los clientes para ver desde los partidos de fútbol al Allá tú. Disfrutan abriendo las cajas y viendo qué premio hay en su interior.

Los clientes son peculiares. Uno de ellos parece mucho mayor de lo que realmente es, es bajito, su piel está muy arrugada y bebe sin parar. Como resultado, siempre, siempre, está borracho. Siempre a su lado, riendo o discutiendo, está Homer Simpson (evidentemente no es amarillo y tiene cinco dedos, pero, por lo demás, es el ser más parecido que se haya visto nunca). Una vez presentados los protagonistas, es obvio decir que otros entes de similar pelaje reculan cada tarde, casi siempre a la misma hora, no se sabe si en busca de bebida barata o de un sitio donde pasar sus anodinas horas.

Mi novio y yo comenzamos a ir allí porque estaba cerca de casa y se cenaba con dos cañas y dos tapas. Una vez que nos conocieron incrementaron el tamaño de las tapas. Allí fuimos testigos de los cuatro maravillosos goles del Getafe al Barcelona y disfrutamos como niños cuando muchos fueron a bañarse a La Cibelina. Para Getafe aquel partido fue en sí una gran victoria, aunque luego quedara en nada.

Yo terminé el curso y mi novio dejó la ciudad, por lo que aquel bar quedó olvidado, a pesar de los buenos ratos que, pese a lo ordinario del establecimiento, habíamos pasado en él. Cuando volví a Getafe en octubre rememoré aquellas tardes de cervezas, quizá porque cuando añoro a ciertas personas las identifico con los lugares en los que he compartido cosas importantes con ellas (esto, todo hay que decirlo, ha dado lugar a anécdotas graciosas).

Este miércoles mi novio vino a visitarme y volvimos allí para tomarnos una cerveza y, de paso, saludar. Ella nos recibió con los brazos abiertos, nos preguntó qué tal y nos invitó a unas cañas. Estaba el carro, pero no el bebé. Su marido no estaba por allí, aunque era el que pasaba más horas detrás de la barra. Cuando por educación le preguntamos por él nos dijo que se habían separado. No supimos cómo reaccionar, incluso nos costó entenderlo. Sin embargo, pronto comenzó a contarnos los detalles de su actual relación: "estamos mejor ahora, no reñimos tanto". Me sonó a una de esas separaciones que nunca se llevan a cabo, pero que existen.

Ella tenía la misma alegría de siempre, quizá un poco más disparatada y confiada con los clientes. Nos sentamos en la misma mesa, tomamos las mismas cervezas, nos invitó a la última justo cuando nos marchábamos. Nos despedimos deseándole suerte, "hasta la próxima". Y, sin embargo, todo había cambiado. Ese bar cutre de barrio obrero se había convertido más aún en un bar cutre de barrio obrero, sin la pizca de magia que le atribuíamos. Quizá es que cada cosa tiene su lugar y su tiempo en la mente de cada persona y, como ocurre con otras muchas cosas, cuando se intentan recuperar los recuerdos, éstos se desvanecen.
 
El Orfanato: ni mucho ni poco
Hay películas cuyo éxito se basa en las expectativas que son capaces de generar en el espectador. El caso más claro de los últimos meses, teniendo en cuenta que no es una producción norteamericana, es El Orfanato (Juan Antonio Bayona, 2007). Por primera vez desde hace mucho tiempo se trata de vender una película con una importante inversión publicitaria, como si de un producto como cualquier otro se tratara. A partir de ahí, el potencial espectador se posiciona. Unos deciden verla inmediatamente, otros prevén que la verán en algún momento de su vida y otros juran que jamás pagarán una entrada de cine por ver "eso". El Orfanato está demostrando ser una decepción para quienes la esperaban con ansia y un rato entretenido para quienes renegaban de ella.

El Orfanato se encuadra dentro del terror clásico, mezcla de suspense y sustos varios, que sigue la senda trazada por películas como Los Otros (Alejandro Amenábar, 2001), indudablemente. He leído y escuchado en más de un sitio que era una mala copia de Los Otros y, sin embargo, una vez visionada, me parece que todos los parecidos empiezan y terminan en la atmósfera. El Orfanato logra crear una atmósfera inquietante y densa, misteriosa y atrayente, fruto de una buena ambientación y cierto mimo en los recursos empleados.

El punto de partida es clásico y poco original. La mezcla de un caserón inquietante y la necesidad de todo ser humano de recoger las migajas de su infancia están en la base del planteamiento. Quizá por su simpleza conecta con la mayor parte de los espectadores porque ¿quién no ha fantaseado en su infancia con los secretos escondidos en viejos caserones, con las historias que en ellos se fraguaban?

La trama que le sigue tampoco goza de gran originalidad, pero está muy bien llevada a cabo, con un buen sentido del ritmo, y magníficamente interpretada. Laura (Belén Rueda) y Simón (Roger Prínceps) están estupendos, mientras que Carlos (Fernando Cayo) ocupa un perfecto segundo plano, actuando sólo como contrapeso en una trama dominada por la intensa relación entre una madre y su hijo.

En los secundarios destacan, muy especialmente, Benigna (Montserrat Carrulla en un papel inquietante y determinante) y la médium (Geraldine Chaplin, la elegancia hecha actriz). Son para mí los personajes más atractivos, si bien están mal aprovechados. Las apariciones de Benigna se quedan cortas, echo de menos una mayor implicación y su colaboración en más escenas de suspense. La secuencia en la que aparece Geraldine Chaplin me parece infumablemente inflada, ridícula y con más determinación que la que debería tener (realmente sólo se salva su genial interpretación).

El final es bonito. Articulado con la trama que le precede, su máximo valor es que juega con los deseos del espectador. Primero lo satisface, luego lo desencanta y después lo dulcifica con preciosas metáforas que procuran cierto regocijo. Pecan de infravalorar al espectador, como si aún no estuviéramos acostumbrados a los giros finales y no fuéramos capaces de comprender qué nos están contando pero, afortunadamente, estas aclaraciones apenas duran unos segundos.

Pese a mi opinión favorable (fruto justamente de que prometí que no la vería en cines), no se debe esperar una obra maestra ni del terror ni del cine español. El Orfanato tiene sus limitaciones y es que es un producto de entretenimiento, maravillosamente manufacturado y con un guión (obra de Sergio G. Sánchez) dentro de los cánones de lo visible, pero no va más allá. Su principal virtud es que te lleva cómodamente, de la mano, a la infancia, no se sabe muy bien con qué recursos. La mezcla de drama familiar y suspense a mí, personalmente, me parece que lastra ligeramente la narración, aunque este inconveniente no llega a ser importante. El Orfanato no revoluciona el género, no aporta personajes inolvidables, no te acompaña la sensación de inquietud... y quien espere encontrar esto seguramente no termine satisfecho. Para los demás, es de lo mejor que se puede ver últimamente.
 
Lecciones "superpoperas" (de domingo)
Las tardes de domingo son largas, tremendamente largas, cuando se trabaja en un periódico y todo lo que hay que hacer es mirar una pantalla y pulsar F5. En esas horas de letargo mental viene bien repasar lo acontecido durante el fin de semana, sobre todo cuando acabamos de dejar atrás un puente largo (para quien lo haya tenido).

En estas tardes, como digo, surgen absurdas (o no tan absurdas) teorías sociales. Más absurdas cuanto más cercana está una a los quince años, al menos mentalmente (o emotivamente). Y la vida comienza a resbalar entre los dedos, derramándose en un teclado de ordenador.

Una amiga se conecta al messenger y comienza a contarme sus venturas y desventuras amorosas. En un momento de la conversación cae, como por sorpresa, la pregunta del millón: ¿es que los hombres no tienen personalidad?

Lección 1: los hombres no tienen personalidad, siempre hacen lo que hacen sus amigos.

Risas. Pasó gran parte de la noche de juerga con los amigos de su novio. Pregunta: ¿Es que los hombres sólo saben hablar de mujeres?

Lección 2: Introducción al pensamiento masculino. Los hombres no sólo hablan de mujeres, también hablan de fútbol y de coches. Entramos en materia: en una pirámide, al estilo de la de Kelsen, las mujeres, desde luego, no ocuparían el primer lugar en las prioridades de conversación.

Risas. Escepticismo. Pregunta: ¿No?

Avance del curso de análisis comparativo de géneros, sólo para usuarios avanzados: existen indicios claros de que las mujeres pasan más tiempo hablando de hombres que a la inversa. ¿Por qué nos metemos con ellos si las relaciones son el único campo en el que somos realmente iguales? Las mujeres tampoco venimos con manuales. A veces los necesitaríamos hasta nosotras mismas.

Estoy segura de que los inútiles manuales con portadas de colores que pueblan librerías comenzaron a fraguarse en lentas tardes de domingo, quizá en una charla de amigas, frente a un café.